Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Diez
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Capítulo Diez

Lexi

Agarré mi abrigo del reservado y salí de Rocosas hecha una furia, tan enfadada que no veía ni por dónde iba. Crucé la calle hacia el parque con el pulso al ritmo de mis zancadas.

Mis botas vaqueras nuevas me apretaban los pies y me rozaban los talones, pero seguí adelante. A esas horas, el parque estaba tranquilo y desierto.

Pasé junto a la pequeña iglesia y seguí el sendero que bordeaba el bosque de álamos y coníferas hasta el pequeño pabellón que presidía el parque.

Unos pasos más me llevaron colina abajo, por la hierba, hasta el mirador, donde las hojas tiernas de primavera relucían con la brisa fresca y susurraban secretos al lago.

Respiré hondo e intenté calmar la turbulencia que llevaba dentro.

Era difícil. Max había hurgado en algunas de mis heridas más antiguas y me había dejado supurando rabia y confusión.

Me habían dicho qué hacer toda mi vida. Había trabajado muy duro para cambiar eso, para defenderme, para tomar las riendas de mi vida. Había progresado. O eso creía. Y entonces Max había aparecido de la nada y había declarado que yo era suya.

Era alucinante. Insultante. No le pertenecía a nadie. Pero tenía que admitir que sus palabras también me halagaban, que despertaban algo dentro de mí, una especie de... ¿qué?

¿Esperanza, tal vez?

Cerré los puños y gemí en voz alta, maldiciendo aquella emoción traicionera. Mi dignidad estaba en juego. ¿Cómo podía sentirme así por un tipo que no me convenía? ¿Y quién demonios se creía que era para presentarse así y soltar esas estupideces?

Había visto a Max todos los días durante la última semana, pero de lejos. Se había mostrado distante aunque educado, profesional pero reservado. También parecía cansado.

Yo hacía mi trabajo y él el suyo, pero su indiferencia me iba resquebrajando por dentro un poco más cada día. Su rechazo me latía en el pecho y me impedía respirar a fondo cada vez que lo veía.

Me odiaba a mí misma por eso.

Pero era fuerte. Estaba decidida a curarme de Max. Me recuperaría de la adicción instantánea que su cuerpo había provocado en el mío. En cuanto terminara el trabajo, me iría. Solo entonces podría esperar alivio del dolor que me oprimía el pecho sin cesar.

En cualquier caso, tenía planes para mi futuro y Max no formaba parte de ellos. Podía conseguir lo que quería yo sola.

Durante toda aquella lenta semana, me había concentrado en lo positivo.

Estaba a salvo y cómoda en Res. Me gustaba la gente con la que trabajaba.

Los del pueblo me trataban como a una persona normal.

Nada de Sandro dándome la lata, ningún paparazzi siguiéndome y nadie se me acercaba a pedirme selfies ni autógrafos.

Para mí, Res era un pequeño paraíso.

Disfrutaba terminando el día en El Taj, bromeando con Trev, picándome con Apollo, charlando del curro con Kass o coqueteando con Troy, que iba de tiburón al acecho pero no lo era.

Mi asistente me había enviado todo lo que necesitaba: ropa, zapatos y accesorios a montones, una tableta nueva y un móvil de repuesto. Para no agobiar a Jax y Emme en su casa, había trasladado mis cosas a la suite del séptimo piso. Pero seguía durmiendo en el sofá de Emme.

Toma ya.

Me encantaba pasar tiempo con Jax y Emme. Jax era divertidísimo y su devoción por Emme y los niños me llegaba al alma, lo que me reafirmaba en que lo que yo quería era lo correcto.

Emme me aceptaba por la persona que había detrás de la celebridad. Por primera vez en mi vida, tenía una amiga de verdad. Cuando estábamos juntas, éramos simplemente dos mujeres que compartían sus vidas entre risas y confidencias.

Emme y yo discrepábamos en algo importante. Ella pensaba que yo sería genial para Max. Yo no estaba tan segura. Con una dosis de lógica fría y la firme decisión de ceñirme a mis planes, me había convencido de que lo mejor era mantenerme alejada de él.

Hasta esta noche, cuando se abrió paso entre la multitud en Rocosas y anunció al mundo que yo le pertenecía a él.

¿Qué demonios pasaba en el cerebro enrevesado de ese hombre?

Un susurro entre los arbustos a mi espalda me sobresaltó. Me di la vuelta y entrecerré los ojos escudriñando la oscuridad. Capté un atisbo de movimiento. El corazón se me aceleró.

No es nada.

Probablemente era alguna ardilla emprendedora trabajando hasta tarde. Respiré hondo e intenté calmarme. Pero no era tan fácil cuando el sonido se repitió, más fuerte, como si lo causara algo mucho más grande que una ardilla.

—¿Hola? —grité—. ¿Hay alguien ahí?

Silencio.

Escudriñé el cielo. No había drones volando allá arriba. Al menos ninguno que yo pudiera ver.

No seas tan miedica.

Los nervios me jugaban malas pasadas. El recuerdo del ataque al tráiler no ayudó precisamente a calmar mis miedos.

Contrólate, Lex. Todo está bien.

Si todo iba tan de maravilla, ¿por qué no podía quitarme de encima esa horrible sensación que me revolvía las tripas?

Una ramita crujió de nuevo. Madera seca se partió, aplastada bajo un gran peso. Una sombra se movió veloz, saliendo de mi campo de visión. Intenté fijar la vista en el fantasma que huía, pero desapareció entre el follaje.

Mis instintos gritaron. No estaba sola.

—Esto no tiene gracia —grité de nuevo, con la garganta seca y el corazón aporreándome las costillas—. Por favor. Sal donde pueda verte.

Sin respuesta. Silencio total.

No entres en pánico.

Quizá había sido un animal, algo más grande como un ciervo o un alce. Podía ser, ¿no? Al fin y al cabo, estaba en las montañas. Seguro que había todo tipo de criaturas por ahí.

Y sin embargo, el silencio a mi alrededor no hacía más que crecer, más denso y amenazante con cada segundo que pasaba.

Era como si todas las criaturas nocturnas se hubieran escondido. Hasta las olas del lago habían dejado de romper en la playa y la brisa había cesado. Una quietud antinatural se había apoderado del pequeño parque desierto.

La palabra clave: desierto. Aunque gritara, nadie me oiría.

Se me erizó el vello de la nuca y un escalofrío me recorrió la columna.

Una aguda sensación de peligro hizo que el pulso me retumbara en los oídos y que los músculos se me tensaran, listos para echar a correr.

Casi podía oler la malicia que envenenaba el aire, sentir el roce viscoso de una mirada invisible que me seguía.

Algo o alguien me estaba cazando. ¿Un oso? ¿Un puma? O peor aún, ¿un humano?

Se me cerró la garganta y las palmas empezaron a sudarme mientras apretaba los puños. Giré lentamente sobre mí misma, escudriñando el bosque y la playa, incapaz de librarme de la aterradora sensación de que me acechaban.

En algún lugar, oculto entre las sombras, el peligro acechaba, listo para abalanzarse sobre mí. No sabía de qué dirección vendría.

Di un paso atrás y luego otro, deshaciendo el camino, con los ojos bien abiertos e intentando con todas mis fuerzas no echar a correr. Fuera animal o humano, no quería despertar el instinto de caza de quien me acechaba.

El silencio absoluto se alargó, se intensificó. El lugar estaba tan silencioso que gritaba peligro. Había llegado casi hasta el mirador cuando percibí movimiento en los arbustos a mi derecha y capté el destello de algo metálico en el aire.

¿Un cuchillo?

El corazón me martilleaba en los oídos. Sin apartar la mirada de la forma oscura que avanzaba hacia mí, retrocedí alejándome del bosque, hasta que mi espalda chocó con algo sólido.

Me giré, ciega de terror. Me abalancé sobre mi atacante con los puños cerrados. No iba a caer sin luchar.

Un agarre firme se cerró en torno a mis muñecas y me atrapó las manos en un torno inquebrantable. La mirada se me nubló con una oleada de pánico. Pateé y forcejeé con mi atacante, intentando liberarme.

—¡Para! —Una voz familiar atravesó mi pánico—. ¡Joder!

Un montón de palabrotas resonaron en la noche mientras mi bota impactaba una y otra vez contra un par de piernas sólidas.

—Lex. ¡Para ya! —La orden atravesó mi neblina—. Soy yo. Max.

—¿Max?

Me quedé inmóvil y parpadeé varias veces, intentando enfocar el rostro ante mí, mientras las fuerzas me abandonaban y todo lo que pude hacer fue mirarlo boquiabierta.

—¿Eres tú de verdad?

—Soy yo, con mis espinillas magulladas incluidas. —Estaba ante mí, con mis manos sujetas en uno de sus puños, y me miraba como si me hubiera vuelto loca—. ¿Qué está pasando? ¿Qué ocurre?

—¿Qué ocurre? —Jadeé, tomando aire bruscamente, indignada—. ¿Tienes que preguntar? ¡Tú eres lo que ocurre!

Arranqué las manos del agarre de Max, aliviada y enfurecida al mismo tiempo.

Aliviada porque no era un oso, un puma, un secuestrador ni un asesino letal, gracias a Dios.

Enfurecida porque se había acercado sigilosamente sin que lo detectara y me había gastado una broma con sus habilidades de raider, dándome un susto de muerte.

—Idiota —siseé—. ¡Me has dado un susto de muerte!

—Tranquila, Lex. —Max levantó las manos en el aire y me mostró las palmas en un gesto de rendición—. ¿Qué he hecho ahora?

—¿De verdad tienes que andar por ahí como un maldito fantasma todo el tiempo? —exigí—. ¿Te parece gracioso?

—¿De qué demonios estás hablando?

—¡De ti! —Lo fulminé con la mirada mientras intentaba calmar el pulso—. Que si merodeas en la oscuridad, que si juegas a tus estúpidos juegos de sigilo por la noche.

—No estaba merodeando ni intentando asustarte —dijo—. Lo juro.

—¿No estabas ahí fuera, haciendo el tonto y escondiéndote en los arbustos?

—Acabo de llegar hace un minuto más o menos.

—¿Un minuto? —murmuré con voz vacilante—. ¿Estás seguro?

—Cien por cien —dijo—. ¿Qué pasó, Lex? ¿Por qué estás tan asustada?

—Oí un sonido, como si alguien me estuviera acechando desde los arbustos, y luego creí ver...

Dios mío. ¿Qué había visto?

¿Una sombra sin rostro? ¿El destello de un cuchillo? ¿Un asesino o un secuestrador que me seguía en la noche? ¿O tal vez solo un ciervo inofensivo que pasaba por allí?

—¿Lex? —Max arqueó su ceja buena, instándome a continuar—. ¿Qué viste?

Dejé caer las manos a los costados y solté un suspiro.

—Da igual. No sé qué vi. Creo que simplemente me asusté, ya sabes, después de lo del dron y todo eso.