Capítulo Siete #3
A Lexi casi la habían matado. Por mi culpa. Si alguien iba a por mí, ahora también iba a por ella.
Para mantener a Lexi a salvo y fuera de esto, necesitaba demostrarle a quien estuviera mirando que no éramos pareja. Lo cual, por cierto, no éramos.
Yo estaba listo para irme, pero ¿Lexi?
Ella tenía una larga vida por delante.
—Vale, ahora ya me estás cabreando.
Las rodillas de Jax crujieron cuando se levantó del sillón reclinable.
—Que te jodan.
Me levanté de la silla y, después de arrancarme las gafas de la cara y tirarlas sobre la silla, fui hacia la puerta con paso decidido, impulsado por una furia salvaje que no podía contener, y mucho menos entender.
No estaba enfadado con Lexi. Estaba furioso conmigo mismo. ¿Por qué había dejado que esto pasara? ¿Qué sería de Lexi si Zero Tango la convertía en su objetivo?
Moriría de forma miserable, eso es lo que pasaría.
Agarré el pomo, lo retorcí como si fuera el escuálido cuello del hacker que buscaba, y abrí la puerta de golpe.
—¿Qué?
Lexi dio un respingo. Su rostro palideció y sus labios carnosos se comprimieron en una línea tensa. Sus ojos se abrieron aún más al mirarme.
Mi frustración se disparó. Con cada segundo de silencio que pasaba, sus ojos brillaban más con lágrimas contenidas. Me dolían las tripas como si se me hubieran podrido.
—Ni se te ocurra llorar, joder —solté con desdén—. Sabías lo que era esto desde el principio. Estoy ocupado. Mejor mantente alejada.
El dolor que oscureció sus ojos me golpeó en el estómago. La migraña me apretó la cabeza, como una prensa enorme que se retorcía alrededor de mi cráneo.
Lexi cerró los puños. Esos labios que había besado tan bien empezaron a temblar, y una de esas malditas lágrimas escapó de la comisura de su ojo y se deslizó por su mejilla.
Joder. Si hubiera tenido corazón, se habría hecho añicos.
Tal como estaban las cosas, podía sentir los bordes dentados de cristal roto que se trituraban en mi pecho, que desgarraban carne, que raspaban hueso.
No podía soportarlo.
Cerré la puerta de un portazo y me di media vuelta, muy consciente de sus pasos retumbando escaleras abajo mientras huía.
El golpe que me alcanzó oscureció mi mundo ya de por sí turbio.
El crujido de los nudillos de Jax al chocar contra mi mandíbula resonó en mi cabeza.
El dolor vino después, multiplicando la migraña.
La agonía explotó en mi cabeza. Salí volando contra la pared y me desplomé en el suelo mientras la habitación giraba violentamente a mi alrededor.
Cuando pude volver a ver, Jax se cernía sobre mí como un demonio vengador.
—Pequeño cabrón —gruñó—. ¿Crees que eres el único gilipollas que sufre en este planeta?
Tambaleándome por el golpe, me llevé la mano a la cara. Los dedos se deslizaron sobre un hilo de sangre que fluía de la comisura de la boca, donde me había mordido el labio. La mandíbula me dolía de cojones.
Un puñetazo de Jax siempre era un acontecimiento memorable, incluso cuando uno se lo merecía. El labio partido y los dientes doloridos lo recordarían mañana.
—Hola, Mayhem —le sonreí con los dientes ensangrentados—. Hacía tiempo que no te veía. Buen golpe, por cierto.
—Max… —Jax cerró los puños.
—Debes de estar perdiendo facultades —me froté la mandíbula—. No me has roto el hueso.
—Puede que tu mandíbula no esté rota, pero tú desde luego sí lo estás —masculló Jax.
—Me importa una mierda.
La mirada furiosa de Jax se clavó en mí.
—¿Esa mujer de ahí fuera? También ha tenido una noche infernal. Está asustada. Está entre desconocidos. Perdió la caravana y casi se ahoga en nuestro maldito lago.
—Jax… —me apoyé en el codo—. Déjalo ya, tío.
—No —escupió con rabia—. No pienso rendirme contigo. Así que escúchame.
Me dejé caer contra la pared y puse los ojos en blanco.
—Allá vamos.
—Estoy harto de verte arrastrándote destrozado —dijo Jax—. Se me acabó la paciencia, hermano. Alguien tiene que decirte las cosas claras. Parece que me ha tocado a mí esa puta lotería.
Hizo una pausa y soltó un gruñido de frustración.
—Basta, Max. ¿Este purgatorio en el que te has quedado atascado? Es una pocilga y te revuelcas en ella cada día. Espabila. O ve al puto psiquiatra. ¡Haz algo, joder! Este no eres tú, Max. Quiero que vuelvas. Todos queremos que vuelva nuestro hermano.
Las palabras de Jax me golpearon como una patada en los huevos.
Quería a Jax. Quería a todos mis hermanos. Joder, quizá fueran la única razón por la que seguía aquí. Pero ellos no podían entenderlo.
Ellos no eran los que veían la cara de Leo en todas partes. No habían estado allí cuando murió. No habían visto la vida escapándosele de los ojos, la sangre brotando del cuerpo. Y no le habían fallado a nadie como yo le fallé a Leo.
La voz de Jax me llegó desde algún lugar lejano.
—¿Me estás escuchando?
No debería estar perdiendo el tiempo conmigo. Yo ya estaba muerto. Me abracé las rodillas y solté una carcajada. Fue un sonido horrible, chirriante, amargo, pero joder, reír era mejor que llorar.
Jax soltó un largo suspiro.
—¿Qué te hace tanta gracia?
—Pareces un predicador. Te echas una mujer y de repente eres mejor que yo, mejor que todos nosotros.
—Joder —Jax se plantó con los puños en las caderas—. Vas a obligarme a hacer esto, ¿verdad?
Se agachó, me agarró por el cuello de la sudadera y me levantó como si fuera un trapo. Con un golpe seco, me estampó contra la pared. Me sostuvo allí, a la altura de sus ojos, nariz con nariz.
Su aliento me azotó la cara.
—Emme es lo mejor que me ha pasado en la vida. Puede pasarte a ti también, imbécil. Si lo permites. Pero no, estás demasiado ocupado dándote pena a ti mismo. Soy tu hermano, Max. No puedo permitirlo. No pienso hacerlo. Ya no aguanto más.
El dolor en los ojos de Jax me golpeó tan fuerte como su puño. Aquello era un festival de dolor. No quería hacerle daño a Jax. Ni a mis hermanos. Ni a Lexi. Y sin embargo, eso era todo lo que hacía: herir a la gente, hacer que los mataran.
—No tienes que tirarte a la mujer si no quieres —el agarre de Jax se aflojó y su ira fue menguando—.
Si no es la indicada, no es la indicada.
Pero Max, aquí todos somos hombres hechos y derechos.
Todos llevamos el apellido Battleson. Vivimos y morimos por nuestro código, y eso te incluye a ti también.
Me soltó y me dejó allí, tambaleándome contra la pared, borracho de mi propia miseria, con el dolor golpeándome desde todas direcciones.
Recorrió la habitación tirándose del pelo. Por fin, se detuvo junto a la puerta, dejó caer los brazos a los costados y me miró.
—Los Battleson no hacemos daño a las mujeres —dijo—. Puede que todos vengamos de la mierda, pero no somos mierda. Si tengo que molerte a golpes para recordártelo, que así sea. Puede que estés actuando como un imbécil, pero no eres ningún cobarde. Arregla esto, Max. Sabes cómo.
Dicho esto, abrió la puerta y se escabulló, silencioso como el guerrero incansable que era.
¿Y yo? Me deslicé pared abajo, me dejé caer al suelo y hundí la cara en las manos, añorando una época en la que había sido más como Jax.
***
Lexi
Yacía bajo un montón de mantas en el sofá de Jax y Emme con la cara hundida en una almohada empapada de lágrimas.
Los acontecimientos se repetían en mi mente en un círculo infinito.
La conmoción de conocer a Max. Las emociones caóticas de la sesión de fotos.
El sexo, el sexo, el sexo. La caravana, el salto al lago.
El lago intentando matarnos. Yo, atrapada en ese ataúd de baño.
Max, manteniendo la calma. Los Battleson. El Taj.
Tantos subidones. Bajones tan violentos.
Las últimas veinticuatro horas de mi vida habían sido una montaña rusa despiadada.
Todavía tenía el estómago en un puño. Pero nada me golpeó tan fuerte como el rechazo de Max.
Ahogué un sollozo. El asco que le retorció la cara cuando abrió la puerta me había marcado a fuego con vergüenza, dolor y tristeza.
Me sentía destrozada, aunque no entendía por qué.
Era solo otro tipo más. Me había metido en ese lío sin expectativas. Y, sin embargo, el sexo con Max había sido diferente, bueno —no—, fantástico, como un verdadero intercambio entre dos personas que se necesitaban. Y luego... ¿qué?
Autoengaño. Había sido estúpida al buscar seguridad y consuelo en sus brazos cuando sexo sin más era todo lo que habíamos acordado.
Sacúdetelo, Lex. Sigue adelante.
En unos días, estaría lejos de aquí y Max no sería más que un punto en mi espejo retrovisor. Había tenido planes antes de conocer a Max. Con desamor o sin él, esos planes seguían en pie.
Mi escapada hacia la libertad no iba a descarrilarse. Quienquiera que hubiera conspirado para atacar la Bambi iba tras los Battleson, no tras mí. Mañana encontraría otro lugar donde quedarme. Seguro que podría alquilar otra autocaravana y sacudirme la tristeza que dominaba mi ánimo esa noche.
Respiré hondo y me sequé las lágrimas. Si seguía llorando, ningún maquillador del mundo podría hacer nada con mis ojos hinchados durante el próximo mes.
En algún momento, el agotamiento del día me venció. Cerré los ojos y caí en un sueño ligero plagado de pesadillas.
En mis sueños, la autocaravana yacía en el fondo arenoso del lago conmigo atrapada dentro.
El agua estaba helada, me congelaba hasta los huesos.
A través de la ventana, veía a Max nadando alrededor de la autocaravana.
Pero antes de que pudiera alcanzarme, la arena se arremolinó y un oscuro remolino abrió sus fauces y lo engulló, despedazándolo miembro a miembro.
Grité, pero el agua me entró a borbotones por la garganta y me inundó los pulmones. Me estaba ahogando otra vez.
—Lex. —Un susurro urgente me rescató de las profundidades turbias—. ¡Lex!