Capítulo cinco #2
Me tiré del pelo e intenté ordenar el revoltijo de emociones que me oprimía el pecho.
Culpa. Quizá debería haber sido más caballero y menos bestia.
Sorpresa. Habíamos estado bien juntos, y a toda máquina, habíamos encajado de maravilla.
Euforia. Si había tenido alguna duda sobre mi rendimiento, Lexi me la había despejado.
Esperanza. Se sentía bien en mis brazos.
Si ella estaba cerca, yo estaba que me salía.
¿Y qué pasa con esa chica tan maja y dulce? La voz de Leo resonó en mi cabeza.
¡Que te calles, joder!
La furia me hirvió en las venas. Leo se había largado antes de tiempo y me había dejado atrás. No tenía ni voz ni voto en nada de esto. No estaba hecho para dar ni recibir afecto. No sabía cómo hacerlo. Leo se había equivocado al pensar que yo tenía algo que ofrecer.
Sexo, eso sí sabía hacerlo. ¿Amor, felicidad, compromiso? Y una mierda. No creía en ninguna de esas gilipolleces. No tenía punto de referencia, ni experiencia, ni formación, ni capacidad para ello.
Bajé la mirada hacia Lexi y me entró el pánico. Necesitaba largarme de allí. ¿Qué diría cuando despertara y viera al desastre andante que había dejado meterse en su cama?
Como si lo hubiera oído, sus párpados aletearon. Bajo toda aquella melena, bostezó. Estiró sus largos brazos y piernas. Su cuerpo se sentía suave y relajado. El mío se tensó a la espera del desastre.
Prepárate para el impacto.
Se apartó el pelo de la cara y alzó la mirada.
Fue como si hubiera descorrido unas cortinas y dejado entrar el sol a raudales.
Sus ojos verdeazulados me iluminaron como un par de focos de alta intensidad.
Su mirada iluminó hasta los rincones más oscuros de mi mente.
Por un segundo, deseé llevar puestas las gafas de sol.
Pero enseguida caí en la cuenta, sobresaltado, de que ni con gafas habría dejado de deslumbrarme.
—Hola —dijo con los ojos entrecerrados por el sueño, parpadeando al mirarme mientras su sonrisa se abría—. ¿Ya es de día?
—Todavía no —respondí—. Vuelve a dormir.
—Oh-oh —sus ojos se abrieron de par en par y su sonrisa vaciló—. Tienes cara de preocupación y de susto total. ¿Arrepentimientos?
La decepción que oscureció sus ojos me hizo maldecirme. Me leía como si mis pensamientos fueran un letrero luminoso desfilando por mi frente.
—Qué va —reaccioné por instinto—. Ningún arrepentimiento.
Era mentira, pero me sorprendió descubrir que también era verdad.
—¿Y tú? —pregunté.
—Para nada —se incorporó en la cama y me plantó un beso rápido en la punta de la nariz—. Lo necesitaba. El mejor sexo de mi vida.
Si eso no le sacaba una sonrisa a un soldado, nada lo haría.
Ladeó la cabeza y su sonrisa volvió a iluminarle los ojos.
—Ahora pareces muy pagado de ti mismo, señor Battleson.
No pude evitar sonreír ante su gesto travieso. Crucé los brazos detrás de la cabeza, usándolos de almohada.
—Lo pasamos bien, ¿verdad?
—Ya lo creo —se recogió el pelo y se lo echó sobre el hombro—. Estoy lista para más si tú también.
Mi polla se puso firme como un voluntario entusiasta.
¿Me estaba vacilando el universo?
—Veo que he conseguido interesarte —alargó la mano y me dio un apretoncito—. Dame un segundo.
Rebuscó entre las sábanas revueltas, encontró mi camiseta y se la puso. Gateó hasta los pies de la cama, regalándome una vista estupenda de su trasero en pompa.
La sonrisa volvió a mi cara, reacia pero firme. Un hombre, incluso un amargado cabrón como yo, podría engancharse a esta mujer y no volver jamás a la Tierra.
Lexi miró por encima del hombro, sonrió y se bajó de la cama. Cómo me gustaba esa versión boba de su sonrisa. Me animaba más que cualquier trago de whisky.
En cuanto se puso de pie, eché de menos contemplar su cuerpo. Era una pena que mi camiseta le tapara tanto. En mi opinión, Lexi estaba mejor desnuda.
Abrió la puerta del baño y encendió la luz. Al mirarse, se echó a reír.
—¿De qué te ríes? —pregunté.
Pasó la mano por la camiseta con un gesto elegante al estilo Vanna White.
—Pregúntame si me importa un carajo —leyó en voz alta y levantó la vista hacia mí—. La respuesta es sí, Max. Te importa. Y mucho. Y muy bien.
Solté una carcajada. Sus risitas se sumaron a las mías y nuestras risas llenaron la caravana de pura alegría.
—No pierdas esa idea —volvió a seducirme con la curva traviesa de su sonrisa—. Ah, y para que lo sepas: estoy limpia y tomo anticonceptivos, así que no tienes que preocuparte por eso.
—Tú tampoco tienes que preocuparte por mí —había dado negativo en el hospital hacía dos años y seguía igual desde entonces.
—Perfecto —me hizo el gesto de aprobación con los dos pulgares—. Vuelvo enseguida.
Entró en el baño, cerró la puerta y echó el pestillo con un suave clic.
Me descubrí esperando como un cachorro ansioso por su cena. Quería mucho más de Lexiliciosa. Sonreí ante el apodo, saboreando su gusto, aún fresco en mis labios.
Oyéndola moverse, me sentí más ligero, más relajado de lo que había estado en mucho tiempo, casi esperanzado. Pero, con diferencia, mi polla era la parte más optimista de mí.
Y entonces caí en la cuenta.
Quería quedarme. Allí. Con Lexi. Hasta la mañana. O quizá hasta el mediodía.
Joder, tenía que largarme de allí. Ya.
Me incorporé de golpe en la cama, busqué a tientas mis bóxers ajustados y me los puse. Estaba cogiendo los vaqueros cuando el sonido de un motor arrancando me sobresaltó.
Saltaron todas las alarmas en mi cabeza.
El rugido del acelerador revolucionándose me activó el modo misión. Salté en la cama mientras el Airstream se tensaba, traqueteaba y daba una sacudida hacia delante.
—¡Lex! —grité.
Luchando por mantener el equilibrio, miré por la ventana delantera. Durante un segundo entero, me negué a creer lo que veía. El todoterreno de alquiler se movía, rebotando sobre rocas, hierba y arena. Derribó el cubo de basura al sacar el remolque de su sitio y arrastrarlo, ganando velocidad.
Una segunda mirada reveló el mayor misterio de aquel puto desastre.
El asiento del conductor estaba vacío.
Vacío.
¿Qué cojones?
—¡Lex! —grité de nuevo, con el cerebro procesando a un millón de megabits por segundo—. ¡Tenemos que salir! ¡Ya!
El Outback cruzó la playa a toda velocidad, aceleró hacia el lago y se metió en el agua. La caravana lo siguió, saltando por encima del muro de rocas, volando en una trayectoria arqueada que la llevó mucho más allá de la orilla. Golpeó el agua con un estruendo.
Logré mantenerme en pie, pero por los pelos. El golpeteo del cuerpo de Lexi contra las paredes del baño me heló las entrañas. Por un instante, el chasis flotó, balanceándose como un barco bajo mis pies.
Un vistazo rápido por la ventana delantera me mostró el Subaru hundiéndose en el lago. La caravana se sacudió y gimió, siguiendo al coche.
—¡Lex! —me lancé hacia el baño y aporreé la puerta—. ¡Sal!
El armazón de la caravana empezó a temblar con un estertor de muerte. Sonaba exactamente como un barco hundiéndose. El agua entraba por todas partes, brotando por debajo de la puerta y surgiendo desde el chasis, corriendo sobre mis pies, fría y letal.
Enganchado al coche que se hundía, el Airstream se inclinó hacia delante; la cama y el baño fueron lo primero en descender. Agarré el pomo de la puerta del baño y lo giré.
No giraba.
—¡Max! —Lexi golpeaba la puerta—. ¿Qué está pasando?
—Quita el cerrojo —dije—. ¡Deprisa!
—La cerradura no gira —gritó—. ¡No puedo abrir la puerta!
La maldita cerradura estaba atascada. Sacudí el pomo, pero no cedía. Mientras forcejeaba con la puerta, calculé las probabilidades: nos hundiríamos unos cinco metros antes de tocar fondo.
—Aléjate —dije—. Voy a tirar la puerta abajo de una patada.
—¡Hay agua! —el pánico le agudizó la voz—. ¡Nos estamos hundiendo!
Tenía razón. El agua ya me llegaba a las rodillas. El Bambi se hundía.
—¡Por favor! —su voz sonaba estridente por el miedo—. ¡Sácame de aquí!
Seguí golpeando esa estúpida puerta con el talón, pero no cedía. Con el agua hasta la cintura, estaba perdiendo apoyo.
Mi entrenamiento se activó. Tenía grabado a fuego pensar bajo presión. Me giré hacia la encimera, abrí un cajón y rebusqué entre los utensilios.
El agua subía mientras buscaba, entrando a raudales en el cajón.
Tenedores, cucharas y cuchillos salieron flotando.
La botella de vino sin abrir flotaba en mi visión periférica y la bolsa de comida para llevar se arrugaba en la corriente.
La caravana descendía, moviéndose y chirriando a mi alrededor.
Tomé una bocanada de aire y me sumergí. El agua helada me entró en los oídos, me nubló la visión y me sacudió el cerebro. Me sobrepuse al impacto y rebusqué en el siguiente cajón.
Ahí.
Agarré un tenedor de barbacoa de acero inoxidable y me giré hacia la puerta del baño. El agua cubría tres cuartas partes de la puerta. Dentro, debía de llegar casi hasta el techo. Oía a Lexi toser y atragantarse, todavía luchando con la cerradura.
Tomé otra bocanada de aire y me sumergí. Usé el tenedor como palanca, lo encajé en la rendija entre la puerta y el marco y tiré con fuerza.
La pieza de metal que rodeaba la puerta cedió. Con un crujido amortiguado, el aglomerado se rompió. La placa de cierre y el pestillo salieron de la ranura y la puerta se abrió.
Lexi salió nadando del baño, con los ojos muy abiertos, la boca torcida en una mueca de terror; el aire le borboteaba por la nariz demasiado rápido. La agarré del brazo, pateé con fuerza y la arrastré hacia la puerta.
Demasiado tarde.
La caravana tocó fondo. Cayó en ángulo y se volcó de lado. El suelo arenoso del lago nos bloqueó la salida.
Mierda.
Pateé y nadé hacia arriba, sin soltar el brazo de Lexi.
Divisé una burbuja de aire atrapada en la parte trasera superior de la caravana y me dirigí hacia allí.
Unos segundos después, rompí la superficie y tiré de Lexi conmigo.
Su cabeza emergió junto a la mía, pero ambos tuvimos que inclinar la cara hacia arriba para poder respirar.
—Max —jadeó—. ¡Max!
—No malgastes el aire —le advertí, jadeando yo también—. Quédate quieta.