Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo cinco #3
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Capítulo cinco #3

Sus ojos brillaban de pánico.

—No me dejes aquí.

—No voy a dejarte atrás —le puse la mano en la mejilla y la miré a los ojos—. Encontraré una salida y volveré a por ti. Pero necesito que aguantes, solo un poco más. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —gimió, pero la burbuja de aire era pequeña y vi que estaba al borde de la hiperventilación.

Tomé una bocanada de aire y me sumergí para evaluar nuestras opciones de salida. Me concentré en la ventana sobre el fregadero. La luna llena se refractaba en el agua e iluminaba el espacio inundado. A través de la ventana, veía la superficie ondular sobre mí.

Si encontraba una salida, todavía teníamos una oportunidad.

Dato curioso: llevaba dos años intentando morir activamente y ahí estaba, contraviniendo esa orden porque Lexi estaba atrapada conmigo.

Mi lado cínico quería reírse de eso, pero no tenía tiempo para sarcasmos. Abrí el pestillo de la ventana, la levanté y empujé las barras laterales hacia fuera.

Nada.

Las juntas estaban atascadas.

El agua se agitó a mi alrededor. Lexi se sumergió, señaló la ventana y empujamos juntos.

No se movió.

Estábamos atrapados en una tumba acuática. Peor aún, me ardían los pulmones y una necesidad compulsiva de aspirar aire me obligó a volver a la burbuja.

Por el rabillo del ojo, divisé movimiento. Una sombra oscura y alargada atravesó el agua y se detuvo, flotando sobre nosotros. Pegué la nariz al cristal y miré hacia la superficie.

¿Un barco?

¡No, una canoa!

Sabía quién había venido a echarnos un cable.

Con un chapuzón amortiguado, una forma grande atravesó la superficie y se sumergió con una linterna en la mano.

Por un segundo, la luz me cegó. Luego Jax nadó hacia nosotros con la facilidad de un delfín musculoso; el pelo le flotaba alrededor de la cabeza y sus ojos verdes brillaban con la misma intensidad que la linterna que nos apuntaba.

Golpeé la ventana. Lexi se unió a mí y aporreó el cristal. A mi hermano SEAL solo le costó dos patadas más llegar hasta nosotros. Agarró el toldo sobre la ventana, se ancló y me miró a la cara.

Tú empujas, yo tiro, señaló en código silencioso.

Le di el código de espera, señalé hacia arriba y me toqué la boca para indicarle que necesitaba respirar.

Asintió y se disparó hacia la superficie.

Agarré a Lexi y nadamos de nuevo hacia la burbuja de aire.

—¡Se ha ido! —jadeó mientras luchaba por mantener la cara fuera del agua.

—No se ha ido —aspiré una bocanada de aire, casi todo dióxido de carbono, me agarré al armario que tenía al lado y sostuve a Lexi con el otro brazo.

—¿Estás seguro?

—Es mi hermano. Va a volver. Garantizado.

—No siento las manos.

Tosió.

—Tampoco puedo respirar.

—Lo sé.

La hipotermia empezaba a hacer efecto, entumeciendo también mis extremidades. Habíamos agotado casi todo el oxígeno de la burbuja de aire. Nos quedaban segundos.

—Vas a salir de aquí —dije con voz ronca—. Considéralo hecho.

Asintió. Le temblaba el cuerpo, la piel se le estaba poniendo gris y los labios se le volvían azules delante de mis ojos.

—Baja cuando te tire de la pierna —dije—. El nivel del agua subirá rápido en cuanto ceda la ventana. La burbuja de aire desaparecerá. Prepárate. ¿Entendido?

—Entendido.

A falta de oxígeno, la determinación en su mirada fue lo que impulsó mi siguiente inmersión. Nadé hasta la ventana y encontré a Jax golpeando ya el cristal.

Apoyo. Necesitaba algún tipo de palanca.

Apoyé las manos en el borde de la encimera opuesta, planté los pies firmemente en la ventana y empujé el cristal con cada gramo de fuerza que me quedaba en las piernas.

Los pulmones me ardían cuando sentí que las juntas cedían un poco, lo justo para que Jax pudiera meter el KaBar que sostenía en la rendija.

Giró la hoja, ensanchó la abertura y metió los dedos en el hueco. Yo empujé, él tiró, y de pronto la ventana emitió un gemido ahogado y se desprendió del marco.

Una nueva oleada de agua entró a raudales. Me estampó contra la pared opuesta. La espalda me gritó de dolor. ¿Quién demonios necesitaba dos riñones?

La corriente casi me arrancó el parche del ojo. De un tirón, apreté la banda y busqué a Lexi. Luchando contra la corriente, ella nadó hacia mí con el pelo largo ondeando a su espalda.

Le tomé la mano y la empujé hacia los brazos de Jax.

La rodeó con el brazo por la cintura y empezó a patalear, impulsándose con sus poderosas piernas.

Llevó a Lexi hacia arriba en un ascenso en espiral.

La luna iluminó el chapoteo cuando atravesaron la superficie, junto a la elegante sombra de la canoa.

Lexi estaba a salvo. Habría suspirado de alivio si me hubiera quedado algo de aire. Ahora me tocaba a mí nadar hasta la superficie. Solo que no lo hice.

Miré alrededor de la caravana. La burbuja de aire que nos había salvado la vida había desaparecido. La cabina era ahora un reino marino donde los utensilios flotaban a cámara lenta, un paisaje muerto, casi lunar.

El último aliento me salió de la boca en un chorro de burbujas. Sin aire en los pulmones, no tenía ningún incentivo físico para flotar. Aquí abajo todo era paz, tranquilidad.

Y estaba cansado, tan cansado.

Del dolor. De la lucha. Del puño helado que me apretaba el alma día tras día.

¿Qué hay de esa chica tan maja? La voz de Leo resonó en mi cabeza. ¿Qué hay de Lexi?

Lexi, sí. Acababa de conocerla. Si estar con ella era lo último que hacía antes de largarme, entonces la vida había merecido la pena, incluso una vida tan de mierda como la mía.

Un tirón en la cintura. Un agarre en el bañador. Una mano poderosa me sacó de la caravana.

Miré por encima del hombro.

Jax me tenía agarrado, con la boca recta, la mandíbula tensa, el rostro marcado por una feroz determinación. Le hice señas para que volviera a la superficie, pero negó con la cabeza y articuló un obstinado «No».

En un movimiento fluido y practicado, apoyó los pies en el fondo arenoso, dobló las rodillas y se impulsó, arrastrándome con él. Subimos, mi hermano y yo, apuntando a la luna, de regreso a ese agridulce estado suspendido que llamaba mi vida.

La cabeza me atravesó la superficie.

Aire.

Mis agradecidos pulmones se expandieron. Mi cuerpo pedía más a gritos. Floté en el agua un momento, orientándome, con el cuerpo entumecido en las garras del lago glacial.

El rostro de Lexi apareció en mi campo de visión. Se inclinó sobre el costado de la canoa, con el agua corriéndole por la cara y el brazo extendido.

—¡Max! —gritó—. ¡Por aquí!

Fue un movimiento instintivo. Extendí la mano y agarré las suyas.

Tiró de mí. Pateé para pasar por encima de la borda y aterricé directamente en sus brazos. Se echó hacia atrás y se desplomó, respirando en jadeos desesperados. Enredado en sus brazos, caí con ella, aplastándola en el fondo de la canoa con mi cuerpo helado y jadeante.

—¡Gracias a Dios!

Me cubrió de besos cálidos que fueron de mi boca a las sienes, pasaron por la frente y volvieron a mi boca.

Sus apasionados besos encendieron el calor en mí y empezaron a descongelar el entumecimiento de mis extremidades. Su estrecho abrazo me dio la bienvenida de vuelta a la vida.

Temiendo aplastarla bajo mi peso, me di la vuelta y la traje encima de mí con un gruñido.

Estaba empapada, temblando, y sus ojos aún brillaban con el terror de los últimos minutos.

Tenía el pelo pegado hacia atrás, pero su sonrisa de labios azules rivalizaba con el brillo de la luna y las estrellas sobre nosotros.

—A la orilla —ordenó Jax, izándose por el lado opuesto y sacando un remo de debajo de nosotros—. Tenemos que calentarlos.

—A la orilla —repitió Emme desde su posición en el banco delantero, hundiendo el remo en el agua para impulsar la canoa.

Dejé caer la cabeza hacia atrás sobre la fría superficie de aluminio y me aferré a Lexi.

Muchas cosas habían salido muy mal ese día.

Tumbado en el fondo de la canoa, chapoteando en un charco de agua, tenía muchas preguntas, pero una tenía prioridad sobre las demás: ¿Cómo demonios se había encendido ese coche solo y había arrastrado la caravana al lago?

La furia me ardía en las entrañas. Alguien, en algún lugar, iba a pagar caro por intentar hacerle daño a Lexi y por meterse conmigo.

Pero muchas cosas también habían salido bien. Habíamos sobrevivido, y por un golpe de suerte, Jax y Emme habían estado en el lago y listos para ayudar cuando los necesitamos.

Joder, quizá parte de mi suerte perdida había vuelto por fin.

Levanté la cabeza por encima de la borda. Un vistazo rápido me mostró al equipo de seguridad esperando con coches y mantas en la playa, y las luces de una ambulancia acercándose por Lake Road.

Dejé caer la cabeza hacia atrás y seguí respirando mientras me aferraba a Lexi. Le frotaba los brazos y las piernas para reactivarle la circulación, para que entrara en calor. Ella, a su vez, se aferraba a mí y me anclaba a este mundo.

Es cierto que aún me faltaba oxígeno, pero tuve una extraña sensación. Aquella chica inteligente, dulce y encantadora, aquella mujer aclamada y exitosa que pertenecía al mundo entero, se aferraba a mí como si yo mereciera el esfuerzo, como si no fuera a soltarme nunca.