Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo treinta y dos
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Capítulo treinta y dos

Jax

Un mes y una semana. Treinta y siete días, para ser exactos. Hacía cinco semanas que Emme se había ido, dejando solo una nota en mi almohada que decía: Tengo que ocuparme de unas cosas, pero volveré pronto, lo prometo.

En ese momento, le había creído. Pensé que estaría fuera tres días, una semana como mucho. O sea, en serio, ¿cuánto tiempo podía llevar cerrar la venta del terreno vacío donde antes estaba su casa?

Pero una semana se convirtió en dos, y dos semanas en cuatro. Claro, habíamos hablado por teléfono. Me había asegurado que estaba bien. Había dicho que volvería pronto, pero su móvil salía como no disponible casi siempre. La última semana, no había sabido nada de ella.

Y ahora, sentado en mi sofá con la pierna apoyada en la mesa de centro, me preguntaba: ¿habría tenido alguna vez intención de volver cuando se marchó?

Cierto, se había quedado conmigo durante lo peor: tres cirugías, varias semanas en el hospital y una vuelta a casa complicada con mi humor de mierda.

Un pulmón colapsado y un fémur roto se habían aliado para dejarme fuera de juego. No podía culparla por huir. Pero, joder, tenía que saber que la quería. ¿Eso no contaba para nada?

Era un maldito milagro que no les hubiera pedido a los chicos que rastrearan a Emme y la trajeran de vuelta a Res.

Pero sabía que eso no era la solución. La fuerza bruta no era la respuesta.

Estar conmigo tenía que ser decisión suya.

Tenía que volver porque quisiera hacerlo. De lo contrario, nunca se quedaría.

Y necesitaba que se quedara. Conmigo. Para siempre.

Me devanaba los sesos tratando de encontrar nuevas formas de convencerla para que volviera.

Si pudiera hablar con ella ahora mismo, le prometería algo, todo, lo que quisiera.

Joder, si pudiera hacer que mi maldita pierna funcionara, iría a buscarla yo mismo.

Estaba desesperado, al borde de la locura.

Si me rechazaba, quizá tendría que olvidarme de hacer las cosas bien y arrastrarla de vuelta a Res como un auténtico cavernícola.

Agarré el móvil y volví a marcar. Si contestara el maldito teléfono, le suplicaría que volviera. Haría lo que fuera. Pero los tonos dieron paso al buzón de voz.

—A la mierda con esto.

Tiré el móvil al sofá.

Kass me observó desde el otro lado de la mesa de centro, sentado en el sofá, trabajando con su tableta.

—¿Gruñendo otra vez?

—No, gruñendo no —intervino Apollo desde su sitio junto a la chimenea—. Más bien aullando a la luna.

—Me estáis ocultando algo —solté por fin—. Me ha dejado. No va a volver. Piensa que soy escoria, no quiere saber nada de mí y ha huido tan lejos como ha podido.

Señalé a mis hermanos con un dedo acusador.

—Vosotros dos lo sabéis, pero no me lo estáis contando.

Kass resopló.

—¿Quieres la verdad? Pues ahí va. Dejarte tirado es exactamente lo que yo habría hecho si fuera Emme. Acéptalo, no fuiste precisamente el paciente modelo.

—Más bien el paciente infernal —coincidió Apollo, negando con la cabeza.

No había pretendido ser difícil, pero lo había pasado fatal. Estar tirado sin hacer nada me parecía una cadena perpetua, como si hubiera vuelto a las instalaciones, encerrado. Me sentía inútil atrapado en la cama. Salvo cuando Emme estaba en ella, conmigo. Entonces todo iba bien.

Si hubiera estado en plena forma, habría aprovechado esos momentos. Pero no, qué va, nada de pasarlo bien para Jax en las últimas semanas. Y ahora que me sentía mejor, Emme no estaba.

¿Dónde demonios estaba?

Había oído lo que me susurró en la UCI. Estaba aturdido, pero me había pedido que aguantara, y eso había hecho.

Y ahora, cuando había superado lo peor, cuando las cosas mejoraban y empezaba a sentirme yo mismo otra vez, ¿dónde coño estaba ella?

—No te sulfures —dijo Apollo—. ¿Dónde está tu espíritu navideño? Mañana es Navidad. ¿Dónde queda eso de paz en la tierra y buena voluntad entre los hombres?

Fulminé a mis hermanos con la mirada, pero ellos solo sonrieron, entregados a su deporte favorito: tocarle las narices a Jax.

Imbéciles.

Al menos solo tenía que aguantar a la mitad del equipo. Troy seguía en África y Max había conseguido de algún modo que los demás lo autorizaran para una misión.

De qué misión se trataba, ni idea, pero se largó tan rápido que casi me da un latigazo. Ahora, si pudiera librarme de Kass y Apollo, podría regodearme en mi miseria tranquilo.

La puerta se abrió y Trev entró rodando con una sonrisa.

—Tengo algo para Jax.

Se había recuperado rápido de su violento encuentro con McVeigh. Había llevado los veinte puntos y la fuerte conmoción cerebral como si fueran una molestia menor. Le debía mucho por salvarle la vida a Emme. A partir de ahora, era uno de los míos, uno de nosotros.

Levanté la barbilla.

—¿Qué tienes?

Trev sonrió aún más.

—Una entrega.

—¿Y bien?

Trev hizo un gesto hacia alguien que estaba fuera.

—¡He vuelto! —Emme apareció de un salto desde detrás de la puerta, con los brazos abiertos, las manos en alto y una sonrisa bobalicona de oreja a oreja—. ¿Me has echado de menos?

Joder, si supiera cuánto. ¡Emme había vuelto!

Por un momento no pude hablar, ni respirar, ni pensar.

Me quedé mirándola con la boca abierta, el corazón a punto de salírseme del pecho.

El alivio me inundó. La necesitaba en mis brazos ya.

Busqué las muletas y me impulsé para levantarme del sofá, pero hice una mueca y me dejé caer de nuevo.

Una punzada de dolor me recordó que mi cuerpo aún no estaba para esos trotes.

La boca tampoco me funcionaba. La garganta se me había quedado seca como el desierto del Kalahari. Contemplé a Emme como un mendigo hambriento ante un bufé libre.

Me deleité con el brillo de sus ojos plateados, con su espesa melena castaña rojiza, que le había crecido al menos un par de centímetros, y con la sonrisa que adornaba su rostro pecoso.

Era lo más hermoso que había visto en el universo.

—Tú, ven aquí —di unas palmaditas en el cojín a mi lado—. Los demás, fuera.

Los chicos se levantaron y se fueron, con una deferencia inusual hacia lo que yo quería. Trev salió rodando detrás de ellos, aún con la sonrisa en la cara.

Emme, en cambio, no era tan buena soldado. Entró en la habitación sin prisa, avanzando despacio, tomándose demasiado tiempo para llegar hasta mí.

Si no llegaba a mis brazos ya, me iba a dar un infarto. Estaba tan sexy con sus vaqueros BB, tan apetecible. Quería recorrer con las manos ese jersey verde y mullido que llevaba y después arrancárselo.

Tranquilo, Jax. Cálmate.

No sabía qué hacer ni qué decir, así que fue Mayhem quien tomó la iniciativa, alimentándose del pozo de su ira.

—¿Dónde demonios te habías metido?

Se detuvo a unos buenos dos metros y medio de mí. Su mirada me acariciaba desde lejos, pero también me regañaba de algún modo.

—Ajax Battleson, ¿no te acuerdas? —cruzó los brazos—. Te dije que tenía una larga lista de cosas que resolver.

—Sí, lo pillé, Emme, pero ¿cinco putas semanas? —cada minuto separados había sido una tortura, cada día un infierno—. Casi me había convencido de que no ibas a volver.

—¿En serio, Jax? —ladeó la cabeza, se puso las manos en las caderas y me lanzó su mirada de ya-deberías-saberlo—. Te dije que volvería.

—Lo sé, lo sé, es solo que... —tragué en seco.

Seguía demasiado lejos de mí, resistiendo la llamada desesperada de mi cuerpo, desafiándome con las cejas arqueadas y esa inclinación obstinada de la barbilla.

—No me creíste —concluyó con sorna.

—No, no es eso —me mordí los labios, recordando que me había prometido no volver a mentirle a Emme—. Bueno, quizá un poco. Vale, mucho. Es que después de todo lo que ha pasado, pensé que a lo mejor habías cambiado de opinión sobre lo nuestro.

Dejó caer los brazos.

—¿Por qué ibas a pensar algo así?

—Porque sabes lo que soy, que lo hice todo mal desde el principio, y que te hicieron daño estando yo al mando —solté de golpe—. Porque si yo fuera tú, no estaría aquí.

—Vaya —soltó un largo suspiro—. Eso es mucho que digerir de golpe. Así que te daré la respuesta corta. No eres un qué, Jax. Eres un quién. Y me gusta quién eres, tal y como eres.

—Pero...

—Espera —levantó un dedo en el aire, advirtiéndome—. Aún no he terminado. Sí, lo hiciste todo mal, pero eso ya es pasado. A partir de ahora, miramos al futuro. ¿Entendido?

—Sí, señora —ese era un plan al que me apuntaba encantado.

—En cuanto a lo de «bajo mi vigilancia» —dijo, bajando la voz varias octavas para imitarme—, no eres mi guardaespaldas. Tu misión a partir de ahora es caminar a mi lado por el camino. ¿Crees que podrías hacerlo?

—Claro —dije, sorprendido y agradecido de que quisiera recorrer cualquier camino, el que fuera, conmigo—. Pero...

Alzó la barbilla.

—¿Pero qué?

—Tienes que saber una cosa. Iré contigo adonde quieras, pero siempre seré tu avanzadilla y siempre te cubriré las espaldas. Así soy yo, es mi manera de ser.

Una sonrisa le curvó los labios y le iluminó los ojos.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo dijiste?

—Pensé que merecía la pena intentarlo.

—Bien jugado —la sonrisa me resultó oxidada en la cara, pero era auténtica.

—Y en cuanto a eso de que si tú fueras yo estarías lejos de aquí, te equivocas. Si tú fueras yo, estarías aquí, justo aquí. ¿Sabes por qué?

Ni idea.

—Porque te quiero, Jax. Te quiero con todo mi ser.

Sus palabras me golpearon como un batazo en la cabeza.

—No me mires así —dijo—. Es verdad. Te quiero. No necesito que me seduzcan, ni que me tienten, ni que me sobornen para estar contigo. Quiero estar contigo. El resto de mi vida.

Joder, alguien tenía que pegarme. Sí, un buen puñetazo en la mandíbula bastaría para despertarme de una puta vez. Tenía que estar soñando. Quería estar conmigo. Por su propia voluntad. ¿El resto de su vida? Me obligué a cerrar la boca. ¿Lo decía en serio?

Arqueó una ceja.

—Todavía no me crees, ¿verdad?

—Joder, Emme, para un marinero como yo, lo que dices... es demasiado bueno para ser verdad.