Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo treinta y dos #2
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Capítulo treinta y dos #2

—Pues sigue esperando, vaquero. Vas a tener que meterte en la cabeza que eres un ser humano increíble y que eres total y absolutamente digno de amor. Y voy a demostrártelo.

Me quedé mirando a la mujer que tenía delante, abrumado por sus palabras.

Los labios me temblaron con emociones tan profundas y viscerales que no sabía si mi corazón podría soportarlas.

Me ardían los ojos y las lágrimas me nublaron la vista.

El sabor salado de esas lágrimas acompañó el nudo que logré tragar a duras penas.

Nadie me había dicho nunca algo así. Salvo mis hermanos, nadie me había aceptado como Emme. Demonios, ni mi propia madre me había querido.

¿Pero Emme? Era más valiente que la mayoría. Me amaba.

Joder, me amaba.

Y así, sin más, la violencia en mi interior retrocedió, como una marea que daba paso a otro tipo de caos: una ola de asombro, necesidad y esperanza, una explosión de alegría que iluminó mi camino.

—Así que no, no he cambiado de opinión —Emme se acercó a mí—. Estoy aquí para quedarme.

Extendí el brazo y, de un solo movimiento, la levanté del suelo. La senté sobre mi regazo y la atrapé entre mis brazos. La acuné contra mi pecho, capturé su boca y la devoré con un beso hambriento, buscando su lengua, sediento de su sabor.

Soltó un pequeño chillido y se retorció en mi regazo.

—¡Jax, tu pierna!

—Me importa un carajo mi pierna —murmuré entre besos—. Te necesito.

Por fin estaba donde debía estar. En mis brazos.

Recorrí sus costados con las manos, acaricié su trasero, recordando cada curva de su cuerpo, reclamando cada centímetro de su piel. Me perdí en su dulce aroma, bebiendo su aliento. Todos mis sentidos estaban puestos en Emme.

Al besarla, al sentir que ella me devolvía el beso, noté cómo el peso de semanas de duda y ansiedad se deslizaba de mis hombros. Su contacto derritió el miedo que envolvía mi corazón, el terror de tener que vivir sin ella.

Una nueva oleada de esperanza alzó el vuelo desde el centro de mi pecho. Cualquier otra cosa buena que me sucediera sería solo la guinda de este momento. Estaba aquí. Me amaba. Y por primera vez en mi vida, me sentía completo.

—Imagíname de rodillas —solté sin pensarlo—. Emmalee Moran, ¿quieres casarte conmigo?

Contuvo el aliento, con los ojos brillantes y llenos de asombro.

—Me alegra tanto que me lo hayas pedido.

Su sonrisa me cegó a todo lo demás. Se llevó la mano al corazón e hipó, con lágrimas que pugnaban por salir, lágrimas que esperaba con toda mi alma que fueran de felicidad.

—No sabes qué alivio es saber que quieres casarte conmigo.

—¿Un alivio? —Fruncí el ceño—. ¿Acaso lo dudaste alguna vez?

—Bueno, no nos conocemos desde hace mucho y, admítelo, tengo mis complicaciones, por no hablar de mis manías. No sabía si querrías pasar tu vida con alguien que tiene que hacerse escáneres de cuerpo entero cada seis meses y evitar el sol como la peste todos los días...

—¿Emme? —Escruté su rostro, desesperado por encontrar pistas. Percibí su vacilación, su reticencia. La ansiedad regresó y el pavor se instaló en mi pecho—. No has dicho que sí. Di que sí, por favor. Di que sí, ahora mismo.

—Pero Jax... —Apartó la mirada.

—¿Pero Jax qué?

Le agarré la barbilla y le levanté el rostro hacia mí, incapaz de respirar, aterrorizado de pronto por su respuesta. Me amaba. Lo había admitido. Pero ¿casarse conmigo? Eso era algo completamente diferente.

Ah, mierda. Mis emociones se desplomaron. ¿Me había atrevido a soñar demasiado alto? ¿Había vuelto a estropearlo todo?

—Me alegra mucho que me hayas pedido que me case contigo, pero tengo que confesarte algo —respiró hondo, y todas mis alarmas saltaron—. No puedo casarme contigo.

Un cuchillo se retorció en mis entrañas, pero luché como el soldado que era.

—No quise presionarte. Lo siento si lo hice. Quédate aquí, conmigo. Y quizá, en el futuro, algún día, cuando sea, te decidas a decirme que sí.

—¡No lo entiendes! —La exasperación brilló en sus ojos—. No puedo casarme contigo, Jax. Simplemente no es posible.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué demonios no?

—Porque —dijo ella— ya lo hice.

***

Emme

La confusión reflejada en el rostro de Jax habría sido cómica si no hubiera sido tan conmovedora. Apretó los labios hasta que se le pusieron blancos, frunció el ceño y me examinó con cautela, como si yo fuera un peligro para su salud.

Había planeado hacer esto de una manera completamente diferente, de forma objetiva y directa. Pero su propuesta me había dejado sin capacidad de razonar. Estaba aliviada, sí, pero también abrumada por la alegría de escuchar esas palabras de su boca.

Había añorado a Jax cada día que había estado lejos de él. No quería volver a separarme de él nunca más. Claro, cuando regresó del hospital, había estado de mal humor a veces. Pero un poco de malhumor era de esperar.

Si alguien entendía el lastre que el dolor suponía para el alma, era yo.

Pero él había luchado con todas sus fuerzas para volver a mí. Había estado completamente presente en la batalla por recuperar su salud. Su valentía me inspiró. Así que me fui y me enfrenté a las adversidades por mi cuenta.

Bueno, no del todo sola. Ahora tenía a mi gente.

Pero aun así, había sido difícil, una aventura poco adecuada para mí, un viaje que me sacó de mi zona de confort y que requirió paciencia, perseverancia y determinación, por no hablar del tiempo lejos de Jax.

—¿Quieres decirme qué está pasando en esa cabecita tuya? —Me miró fijamente, a la espera de una respuesta, con el cuerpo tenso y los dedos clavados en mis brazos—. Me estoy muriendo aquí.

—Lo siento —dije—. Soy yo la que ha perdido la cabeza. Volver a verte. Y luego, ya sabes, cuando me lo pediste... ¡Te eché tanto de menos!

Lo abracé con todas mis fuerzas, hundí el rostro en su cuello e inhalé su aroma, reteniéndolo en lo más profundo de mis pulmones.

Sus brazos se estrecharon a mi alrededor y sus manos recorrieron mi espalda con largas caricias. Cada parte de mi cuerpo se regocijaba con nuestro reencuentro. Cada una de mis células celebraba que estuviera vivo.

—Yo también te eché mucho de menos —me besó la oreja—. Pero me estás preocupando. Estoy a punto de perder los nervios.

—Bueno, aguanta ahí, amigo, porque lo que tengo que contarte puede acabar de rematarte.

Sus músculos se tensaron bajo mis palmas.

—Dímelo ya.

—Es largo de contar —le advertí—. Prefiero mostrártelo.

—¿Mostrarme qué?

Me aparté un poco y me senté a su lado. Me habría gustado ponerme de pie, pero las rodillas no me sostenían. ¿Había hecho lo correcto?

—¿Chicos? —llamé.

Me retorcía las manos, luchando contra un repentino ataque de nervios. Me mordí el labio y esperé a que se abriera la puerta.

Trev entró primero, con las bolsas en el regazo.

Apollo y Kass llegaron después, con las sonrisas más grandes que les había visto jamás.

Luego entraron Troy y Max. Joram iba aferrado a la mano de Troy, el cuerpecito erguido, el rostro demasiado serio para un niño de seis años, con unos vaqueros azules de lo más monos.

En brazos de Max, los grandes ojos marrones de Maya recorrieron la habitación, absorbiéndolo todo con su habitual calma, hasta que su mirada se posó en el rostro atónito de Jax.

La irresistible coqueta sonrió y levantó los bracitos, agitando los deditos hacia Jax como la ladrona de corazones que era.

Jax abrió la boca y la cerró. Ni un solo sonido salió de él.

Joram soltó la mano de Troy y trotó hacia el sofá.

—Hola, Jax —dijo con su impecable acento británico, con mucho cuidado de no golpear la pierna convaleciente de Jax mientras se subía a su regazo—. ¿Es aquí donde viviremos ahora?

La nuez de Jax subió y bajó, pero ni una sola palabra salió de su boca. Me tomé la libertad de responder a la pregunta de Joram.

—Así es —dije, sonriéndole al pequeño—. Este es nuestro nuevo hogar.

Joram levantó los bracitos.

—¡Bien!

Le hice un gesto a Max para que trajera a Maya. Asintió, cruzó la habitación y depositó con cuidado a la pequeña en el hueco del brazo de Jax. Este se quedó rígido en el asiento. La sostenía como si fuera de cristal.

Lo miró y sonrió.

—¿Yayax?

Jax, el guerrero más fuerte y estoico que conocía, se inclinó sobre mi hombro, hundió el rostro en mi cuello y, estrechándonos a todos contra su pecho, se derrumbó.