Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo treinta y uno
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Capítulo treinta y uno

Emme

Estaba sentada en el suelo de uno de los almacenes del hospital, encajada entre cestos de ropa de cama y estanterías de material de oficina, intentando controlar las arcadas.

Hacía horas que se me habían agotado las lágrimas.

Jax estaba en cirugía de urgencia por segunda vez en las últimas veinticuatro horas.

Su pronóstico no era bueno.

Si algo le pasaba, iba a asaltar el cielo y darle una patada en el culo a Dios.

¿Dolor para mí? Vale. ¿Pero para Jax? Había pagado con creces.

Se había ganado el derecho a una vida larga y feliz.

Más les valía a los ángeles tener paracaidistas para defender al todopoderoso de mí si algo le pasaba a Jax.

Jugueteé con los vendajes de las muñecas, donde las bridas me habían mordido la piel. Me estaba volviendo loca de tanto esperar. Apoyé la frente en las rodillas y suspiré.

—¿Qué hora es?

Sentado a mi lado en el suelo, Max consultó el reloj, con aspecto tan demacrado como yo me sentía.

—Las seis y cuarto.

Kass dejó de dar vueltas, entreabrió la puerta y echó un vistazo afuera.

—Casi ha oscurecido.

Cerró la puerta y se frotó la barba incipiente, dorada.

No se parecía en nada al magnate impecable que yo conocía. Llevaba el traje arrugado, la camisa desabotonada en el cuello, y apretaba la elegante corbata de seda en el puño.

—Solo unos minutos más.

La urgencia me latía en el pecho. Deseé con todas mis fuerzas que el sol se hundiera más rápido tras el horizonte. Todos estábamos en vilo, esperando noticias.

Kass y Max no tenían por qué esperar conmigo en el armario, pero habían insistido. Max me apretó la mano. Se tomaba en serio la promesa que le había hecho a Jax. No se había apartado de mi lado desde que Jax cayó.

Había sido Max quien le hizo la RCP cuando Jax sufrió un paro cardíaco en la mina, manteniéndolo con vida hasta que llegaron los paramédicos.

Juntos vimos partir a Jax en el helicóptero medicalizado que lo trasladó al mejor centro de traumatología de Denver, donde Apollo esperaba junto con algunos de los mejores cirujanos del mundo.

Los paramédicos me habían atendido en El Taj. El daño requirió algunos puntos y probablemente dejaría cicatrices, pero me daba igual. Por extraño que parezca, una cicatriz que deletreara el nombre de Jax me parecía apropiada. Se había grabado en mi alma. ¿Por qué no en mi cuerpo?

En cuanto se puso el sol, Max organizó el segundo helicóptero que nos llevó a Denver. Llevábamos mucho tiempo en el hospital.

Me dolía el cuerpo, me ardían los puntos y me palpitaban los cardenales. Si no hubiera estado acostumbrada al dolor, me habría desmoronado. Pero en ese momento, me traía sin cuidado. Jax tenía que mejorar. Tenía que salir de esta.

Me froté los ojos. Sin Jax, mi vida nunca volvería a tener sentido.

—¿Han encontrado al francotirador? —pregunté, intentando distraer la mente con pensamientos menos sombríos.

—Todavía lo están buscando —Kass pasaba mensajes en la pantalla, cientos de ellos.

—¿Era el ruso, el tal Orlov?

—Eso creemos —dijo Kass—. Actuó como un francotirador de élite.

—Pero ¿por qué mató a McVeigh? —pregunté—. ¿No estaban los dos en el mismo bando?

—Los mercenarios van a su aire —dijo Kass—. Orlov mató a McVeigh para proteger la identidad de quien lo contrató. Le seguimos el rastro por el sendero, pero hasta ahora se nos ha escapado.

—¿Cómo está Trev? —pregunté, temiendo la respuesta.

—Mejor —dijo Kass—. Creen que le darán el alta en uno o dos días.

Solté el aire que había estado conteniendo. Por fin buenas noticias. Me sentía tremendamente culpable por haber caído en la trampa de McVeigh.

—No fue culpa tuya —dijo Max, como si me leyera el pensamiento—. Nos engañó a todos.

Kass asintió.

—Lo que demuestra que quien estaba detrás de McVeigh no es un enemigo cualquiera.

Observé el rostro exhausto de Kass.

—¿Crees que volverá a atacar?

—Cuento con ello —la mirada azul de Kass se tornó gélida—. La próxima vez, estaremos preparados.

La puerta se abrió y Apollo se coló dentro, todavía con el pijama de quirófano. Se quitó el gorro. Me puse de pie apoyándome en la pared. Me temblaban las piernas de pavor.

—Jax ha salido de cirugía —dijo Apollo—. Ahora toca esperar. Lo están trasladando a la UCI.

Me dejé caer contra la pared, algo aliviada. Al menos había sobrevivido a la cirugía.

Apollo se acercó y me puso una mano en el hombro.

—Jax es duro de pelar —dijo—. Está acostumbrado a salir de apuros.

Pero nunca lo habían herido tan gravemente. Me retorcí las manos. Dos disparos. Todo por mi culpa. Todo porque se había negado a anteponer su vida a la mía.

—¿Puedo verlo?

—Podría arreglarlo, pero solo unos minutos.

No podía esperar más. Salí disparada del armario y enfilé el pasillo siguiendo las señales hacia la UCI, con Apollo, Kass y Max detrás.

La enfermera empezó a cortarme el paso, pero Apollo hizo un gesto y se apartó. Los camilleros que acababan de acomodar a Jax salían cuando entré en la habitación. Se me cerró la garganta y una oleada de lágrimas frescas me ardió en los ojos.

Jax yacía en la cama, con los ojos cerrados, los labios descoloridos, el cuerpo inerte. La palidez grisácea de su rostro añadió unas cuantas dosis más de pavor a mi ya desbordante miedo.

Ni rastro de la chispa del Jax exuberante que yo conocía. Echaba de menos su sonrisa pícara y ese gesto travieso de la boca.

Le tomé la mano y la besé. Sus párpados se agitaron un instante. Tenía tantas cosas que decirle, tantos sentimientos que compartir.

Intenté encontrar algo reconfortante que decir, pero me quedé en blanco hasta que recordé cómo me había infundido valor cuando más lo necesitaba.

—¿Jax? —le rocé la sien con los labios y me acerqué a su oído—. Vuelve a mí. Me prometiste este momento, ¿recuerdas? Es mío y lo quiero. Por favor, Jax, quédate conmigo. No me falles ahora. Necesito que te quedes conmigo.

Abrió los ojos y pude vislumbrar el destello verde de su mirada. Sus labios esbozaron una sonrisa lánguida. Era todo lo que necesitaba para recuperar las fuerzas.

Estaba vivo. Era un luchador.

Y yo también lo era.