Capítulo Treinta
Emme
El dolor me atravesó, ardiente y puro, estridente y blanco. El mundo se redujo al tamaño de la hoja de McVeigh.
Me cortaba lentamente, tomándose su tiempo, torturándome milímetro a milímetro, haciendo aullar los nervios de mi piel.
Me mordí el labio inferior. Los músculos se me agarrotaron en nudos retorcidos. Tenía la garganta seca y en carne viva por el esfuerzo de reprimir los gemidos ahogados.
Pero no iba a gritar. No iba a hacer que Jax ni nadie más cayera en las manos asesinas de McVeigh.
Intenté retorcer las manos para liberarlas de las bridas. Cuando eso falló, intenté romperlas. No cedieron. El plástico me desgarró la carne hasta que la sangre tibia me goteó por los brazos.
McVeigh empezó a trazar una nueva línea. Esta era curva, como un gancho. La expresión que le tensaba la boca podría haberse confundido con la concentración de un artista trabajando en su obra. Pero no: era un asesino en serie tallando mi carne para su placer.
Me estremecí, pero no grité. Lo que McVeigh no lograba entender era que yo tenía práctica con el dolor. Mi cuerpo ya había conocido la tortura. Mi gen defectuoso se encargaba de que sufriera con regularidad.
Este dolor era diferente, eso se lo concedía a McVeigh, pero aun así estaba decidida. Me refugié en mi capullo mental y luché por encerrar allí mi mente y mi voz, junto con mi cordura.
Era difícil. Su cuchillo atravesaba mi determinación. Un reguero tibio me bajó por las costillas antes de gotear sobre la tierra.
Desmayarme, eso sería útil. ¿Cuánta sangre tendría que perder antes de perder el conocimiento?
Pero McVeigh tenía cuidado. Quería mantenerme consciente. Trabajaba con precisión escalofriante, sabiendo exactamente cómo inclinar la hoja para infligir el mayor sufrimiento, sus ojos turbios extrañamente encendidos por su pasión enfermiza por el dolor.
—Estoy impresionado —la voz de McVeigh me sacó de mi trance—. Resulta que te va el dolor, ¿eh? Una auténtica masoquista.
No, no me gustaba el dolor. Solo había tenido que convivir con él gran parte del tiempo. Como ahora mismo. Tenía que soportar la agonía para mantener a Jax a salvo.
Apreté la mandíbula, cerré los ojos y llené mi mente de pensamientos agradables.
Los ojos de Jax, brillando con su risa alegre.
Jax haciendo snowboard a mi lado, compartiendo mi emoción.
Abrazándome fuerte en medio de la pista de baile, recitándome la letra de la canción desafinado al oído.
Mostrándome el océano, abriéndome nuevos mundos.
Él era el punto de inflexión en mi vida, el momento en que descubrí el significado de la libertad. Libertad para perseguir sueños desbordantes y desafiar lo imposible. Libertad para amar con todo lo que tenía.
Era mi relámpago y mi trueno, mi regalo personal, hecho a medida por el universo. Y viviera o muriera, nunca me arrepentiría de un solo momento de los que había pasado con él.
Sentí su presencia incluso antes de abrir los ojos de golpe. Mi pulso ya iba rápido, pero ahora el corazón quería salírseme del pecho. Al principio no vi nada. Aun así, sacudí la cabeza.
Vete, le supliqué en silencio.
Si escuchó mi súplica silenciosa, la ignoró.
Las sombras adquirieron forma, cobrando los contornos del feroz guerrero que emergió de la oscuridad con un rifle formidable en las manos.
***
Jax
Ver a Emme colgando del techo convirtió mi ira en un tornado furioso. Una mirada a las líneas sangrientas que le surcaban el vientre hizo que la sangre me rugiera en los oídos.
Casi pierdo el control.
El filo de la hoja de McVeigh se hundía en su carne, dejando un rastro espantoso. El dolor me apuñaló el pecho. Era como si nos estuviera tallando a los dos a la vez.
Mentalidad de misión, Jax. No la cagues con esta. Si pierdes el control, ella muere.
Toda mi existencia se destiló en una única misión vital: preservar la vida de Emme.
Dejé las gafas de visión nocturna en el suelo y calculé la cantidad de luz solar vespertina que se filtraba por la entrada de la vieja galería, rezando para que aquella luz débil e indirecta no enfermara a Emme.
La presión se acumulaba en el pecho. Un problema a la vez. Frené la respiración, controlé el pulso y contuve la ira que pugnaba por salir.
Todavía no.
Recurrí a mi entrenamiento para conectar con el núcleo disciplinado del guerrero que llevaba dentro. La concentración fría y calculada anuló mis emociones primarias y me centró en la misión.
Mis sentidos se agudizaron al máximo. Rastreé la mina con la mirada, atento a cada matiz de cada sonido, consciente incluso de los más leves cambios de presión en el aire. No aparté los ojos de McVeigh, leyendo sus movimientos, anticipando sus acciones.
El AK-47 que empuñaba con la mano izquierda no me mejoró el humor. Recordé que el cabrón podía disparar con ambas manos. Que el arma apuntara a la cabeza de Emme solo aumentaba los riesgos.
Lo primero es lo primero. Detener la hoja de McVeigh.
Salí de las sombras.
—McVeigh.
Se sobresaltó. Por un instante, su mirada tuvo un brillo soñador que encajaba con el bulto en la entrepierna. Apreté tanto los dientes que me dolieron. McVeigh estaba en plena fantasía húmeda protagonizada por mi mujer y su sangre.
Se recuperó enseguida. Entrecerró los ojos escudriñando las sombras hasta que me localizó.
—Ah, Jax —su boca se estiró en la sonrisa arrogante que quería arrancarle de la cara—. Ahí estás.
La voz de McVeigh resonó en la mina, cargada de placer malicioso. Siguió apuntando el rifle a la cabeza de Emme, pero había logrado mi primer objetivo. Bajó el cuchillo, alejando la hoja de ella.
Sin dejar de apuntarle, di otro paso adelante, calibrando, calculando. ¿Podría él disparar si le volaba los sesos?
—¿Quieres seguir vivo? —gruñí—. Aléjate de ella y gánate algo de tiempo.
Su sonrisa perezosa se ensanchó.
—Pensé que iba a tener que arrancarle el útero a tu chica para hacerla gritar. Pero parece que, a pesar de lo tozuda que es, nos has encontrado. Bienvenido. Llevo mucho tiempo esperando este momento.
El índice se me crispó en el gatillo. Pero las cuentas no salían. Si disparaba, McVeigh podría llevarse a Emme con él. Tragué en seco y mantuve al cabrón en el punto de mira.
Con una mueca burlona pegada al rostro, deslizó la mano por el abdomen de Emme para apartar parte de la sangre. —Aún no está terminado, pero creo que te gustará. ¿Lo ves?
Distinguí las macabras letras formadas en el estómago de Emme, que ya se hinchaban con sangre nueva.
J. A. X.
Vi rojo. Una marea de ira me subió hasta la coronilla, donde el cráneo me iba a estallar de un momento a otro. Un gruñido furioso retumbó en el fondo de mi garganta. Aquella cursiva macabra era el descarado intento de McVeigh de provocar a Mayhem.
Lo consiguió.
Pero Emme me necesitaba.
Me costó todo lo que tenía sofocar mi rabia ardiente con un cubo de lógica helada. —¿Qué quieres? —mascullé—. Di lo que viniste a decir y acabemos con esto.
—Crees que soy una especie de monstruo, ¿verdad?
—McVeigh se rascó la cabeza con la punta del cuchillo ensangrentado, sin dejar de apuntar a Emme con el arma—.
Por eso te esforzaste tanto en echarme de los SEALs.
Pero no soy tan diferente de ti. Las mismas habilidades.
La misma profesión. Si estamos en bandos opuestos, es porque tú destruiste mi vida.
McVeigh había sido un monstruo mucho antes de que yo lo conociera. De eso estaba completamente seguro. El psicópata había seguido un camino sangriento desde el principio. Había destruido su carrera él solito.
Pero no iba a discutir eso con él, no mientras tuviera a Emme. No iba a entrar en juegos mentales ni dejar que me provocara hasta cometer un error letal.
—Está en contacto con alguien —soltó Emme, arriesgando la vida por mí.
—Cállate, perra.
Levantó el cuchillo y, con un leve giro de muñeca, le hizo un nuevo corte a Emme.
¡No!
Emme se sacudió entre las cuerdas. El rostro se le contrajo de dolor y un siseo escapó de sus labios apretados. Nuevas gotas de sangre brotaron en la base del esternón.
Se me retorcieron las entrañas. Cómo lograba contener el grito era algo que me superaba. Apunté al lóbulo frontal de McVeigh. El arma de él se hundió en la mejilla de Emme.
—Tranquilo. —Me esforcé por no apartar la vista de McVeigh—. Hay otras formas de saldar viejas cuentas.
—Lo haremos a mi manera. —La certeza de McVeigh eliminó cualquier posibilidad de acuerdo y redujo mis opciones—. Tienes que pagar. Por arruinar mi vida. Por matar a mi hijo.
Eso me dio en el estómago. —¿Tu hijo?
—Cuando me echaste de la Marina, desencadenaste los acontecimientos que mataron a mi hijo.
—¿Y eso? —pregunté, intentando ganar tiempo.
—Mi esposa decidió dejarme.
—La moliste a palos varias veces —le recordé—. ¿Cómo no va a ser culpa tuya?
—La perra quería divorciarse de mí. Quería joderme quitándome todo mi dinero y a mi hijo. Pero la detuve. Estaba muerta antes de enterarse.
—Ya veo.
Hacía unos años, me había enterado de que la familia de McVeigh había muerto en una horrible explosión en una gasolinera. Miré fijamente al animal que tenía delante. Ahora todo encajaba.
—Fuiste el responsable del accidente que mató a tu esposa y a tu hijo. Solo que no fue un accidente. Encargaste que la mataran, ¿verdad?
—Se suponía que mi hijo estaría en el colegio ese día. —McVeigh frunció el ceño—. Pero tenía un resfriado, así que esa perra de su madre lo dejó en casa. Murió en la explosión. Tú lo mataste.
Era la conclusión retorcida de un hombre brutal que recurría al asesinato para resolver sus problemas.
—¿Por eso aceptaste este trabajo? —pregunté.
—Venganza y dinero, ¿qué más se puede pedir? —se burló—. Ahora tu mujercita va a sufrir, y tú vendrás conmigo y morirás como el perro que eres.
Volvió a cortar a Emme. Ella siseó, un sonido que me puso el corazón en la garganta y me enfureció.
De alguna manera, me mantuve entero.