Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veinticinco
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Capítulo veinticinco

Jax

Nunca lo había dicho en voz alta. Nunca había admitido el asesinato, ni siquiera después de que el juez del tribunal de menores me sentenciara al centro. Me limité a aceptar el castigo, dispuesto a pagar el precio.

Había obrado mal al quitarle la vida a un hombre, pero lo que la mayoría de la gente no entendía era que, a veces, hacer lo correcto exigía hacer lo incorrecto. Era algo que mis hermanos de batalla y yo conocíamos demasiado bien.

En la penumbra del dormitorio, escudriñé el rostro de Emme, temiendo lo peor. Me la había imaginado huyendo de mí en cuanto lo supiera.

Cierto, su cuerpo se había tensado entre mis brazos y tenía los ojos muy abiertos, llenos de preguntas. Le había soltado tantas bombas hoy. Pero no había salido corriendo a gritos y patadas. Al menos todavía no.

Quizás no podía huir de mí en su estado actual. Sí, tenía que ser eso. Porque si yo fuera ella, habría salido corriendo desde el primer día.

—¿Quieres que me vaya? —pregunté, con un nudo en las tripas.

—No, Jax —dijo en voz baja—. No quiero que te vayas.

Solté el aliento que había estado conteniendo. Entonces me di cuenta de que esperaba que le explicara. Mierda. Apreté los dientes con fuerza. Había llegado hasta aquí, pero contar mi propia historia de mierda no era algo que creyera poder hacer.

No tenía ningún deseo de enfrentarme a mi pasado. No tenía agallas para revivir la pesadilla otra vez. Sabía que mi plan original había quedado descartado para siempre. Solo eso ya dolía como un disparo en las tripas.

Pero si existía la más mínima posibilidad de que Emme pudiera perdonarme y permitirme de algún modo quedarme en su vida, tenía que aprovecharla. Y eso significaba contarle toda la verdad.

Hazlo rápido.

—Apollo y yo somos hermanos —dije—. Quiero decir, hermanos biológicos.

Emme jadeó. —¡Por eso sus ojos me resultaban tan familiares! Son tus ojos en la cara de Apollo.

Asentí. —Misma madre. Padres diferentes.

Me dolía el pecho. No podía respirar. Me ahogaba en mi propio aliento.

Hazlo de una vez.

—Mi madre era prostituta —murmuré como un autómata—. Trabajaba desde casa. Se vendía por Internet. Los clientes entraban y salían de nuestra casa a todas horas. A altas horas de la noche. A primera hora de la mañana. A mediodía. Lo que quieras.

—¿Jax? —Emme apretó el rostro contra mi hombro—. No tienes que hablar de esto si no quieres.

—Pero tengo que hacerlo. Hablar de ello. —Tragué con dificultad, como si tuviera un ladrillo en la garganta—. Nunca se lo he contado a nadie. Pero tú, tú dijiste que querías la verdad. Así que tengo que contártelo.

Me abrazó con más fuerza, dándome fuerzas para continuar. —Te escucho.

—El padre de Apollo, Tyrone, aparecía cada pocos años. —Una imagen del viejo bastardo se formó en mi mente—. Tipo desagradable. Un hijo de puta enorme. Un cabrón malvado. Lo odiaba a muerte. Pero a mi madre le gustaba. Lo dejaba quedarse. Vete tú a saber.

¿Por qué haría una madre eso a sus hijos?

—Apollo era un niño dulce. —El recuerdo me hizo sonreír, la sonrisa dentuda de Apollo, demasiado grande para su cara—. Me seguía a todas partes. Era un coñazo, pero me hacía reír y a mí me encantaba hacerlo reír a él.

Hice una pausa para recordar a los niños que habíamos sido antes de que nos mataran la infancia.

—Apollo era curioso. Inteligente. Le iba la ciencia.

Lo golpeaban por todo eso en la escuela cuando yo no estaba cerca.

¿Yo? —Resoplé—. Nunca valí para nada. Me saltaba las clases.

Fumaba hierba. Pintaba grafitis por todo el barrio y pasaba el rato con un grupo de expresidiarios en el gimnasio de la esquina.

—Eras un niño, Jax. Los niños hacen ese tipo de cosas.

—Yo estaba más cabreado que cualquier niño normal —dije—. Me peleaba con mi madre. Les pateaba el culo a sus clientes siempre que podía. Me volví tan problemático que sus clientes ya no querían comprar sus servicios. Yo era lo que llamaban un «riesgo para el negocio» para ella.

—Oh, Jax.

La compasión en la mirada de Emme casi me mata, pero seguí adelante como una mula cargada hundida en el barro.

Eso era lo que hacía. Seguir adelante. No rendirme nunca.

—Un día, llegué a casa.

Mi mente retrocedió en el tiempo. Seguí escupiendo las palabras, pero algo cambió en mí. Me refugié en los recuerdos que había luchado tanto por olvidar. Eso que tanto odiaba empezó a suceder de nuevo. El tiempo retrocedió y el presente se convirtió en pasado.

Estoy de vuelta en el piso de alquiler ruinoso, cutre, infestado de bichos que mi madre tiene la desfachatez de llamar hogar.

Es pequeño, igual que la casita de Emme antes de que se quemara.

Pero es muy diferente de la casa de Emme.

Nada de esa sensación cálida y hogareña.

Sin muebles bonitos. Sin libros ni cuadros.

En cambio, muebles mugrientos abarrotan el salón. Parece una tienda de segunda mano asquerosa. Cocina sucia. Alfombras manchadas y malolientes. Techos con manchas de goteras marrones. Cucarachas arrastrándose sobre los platos sucios del fregadero.

Menudo basurero. Parece imposible. ¿Vivo aquí, joder?

Tengo trece años. El monopatín que le robé al niño de al lado sigue bajo mi brazo. Y también el libro que robé de la biblioteca, Los mejores chistes para niños. Mi madre está sentada en su silla de terciopelo azul manchada, colocada con la hierba que seguro me robó del alijo.

Apollo está gritando, o sea, gritando tan fuerte que sus gritos resuenan por toda la casa. Joder, hasta los camellos de al lado deben de estar oyendo sus aullidos.

Se me eriza el vello de la nuca. Mi madre simplemente da otra calada.

—¿Qué pasa? —pregunto.

Se encoge de hombros. Una mujer tan guapa. Una zorra tan asquerosa.

—Lárgate, chico. No quiero problemas en mi casa.

Apollo vuelve a gritar. Dolor. Eso es lo que significan sus alaridos para mí.

Suelto el monopatín y el libro, echo a correr por el pasillo y abro de una patada la puerta del dormitorio de mi madre. Y lo que veo…

—Dios, Emme. En otro plano, me masajeo el pecho dolorido. —Nadie debería tener que ver una mierda así.

Lo que veo es a Tyrone, en cueros, con el culo lleno de hoyuelos temblándole como gelatina mientras viola a mi hermano pequeño. Apollo está desnudo, inmovilizado boca abajo en la cama de mi madre, revolviéndose desesperado, suplicándole a su padre que pare, aplastado bajo la mole de Tyrone.

La rabia. Nace en lo más profundo de mí como un lanzallamas a máxima potencia. Es una llamarada abrasadora que desgarra y destroza mis entrañas mientras se abre paso a zarpazos fuera de mi caparazón.

Me siento enfermo.

Quizás la ira que me atraviesa sea una enfermedad que pillé por las plantas de los pies descalzos cuando era un crío, cuando tenía que rebuscar en los cubos de basura del barrio para encontrar algo que llevarme a la boca.

Pero no, esto es más que una enfermedad adquirida.

Es innata, está grabada a fuego. Quizás estuvo ahí desde el principio, una aberración genética, un gen defectuoso camuflado en mi hélice, un defecto fatal.

Tal vez sea la germinación viciosa de la semilla de mi padre ausente, su legado violento fertilizado con el abandono de mi madre.

Quizás lleva creciendo en mí desde el mismo momento en que llegué al mundo a empujones, un bastardo no deseado y cabreado al que no abortaron solo por la absurda promesa de un miserable cheque mensual.

Venga de donde venga, la rabia ha llegado para quedarse. No puedo controlarla. No puedo contenerla ni suprimirla. Ruge en mis oídos y aniquila mi razón.

Arranco a Tyrone de mi hermano y lanzo sus ciento sesenta kilos al otro lado de la habitación. El hijo de puta se estrella de cabeza contra el espejo. Lo hace añicos. Sangre por toda la cara.

Grita, agarra sus pantalones, saca una navaja, me dice que va a matarme. Le dice a Apollo que se calle, que deje de gritar como una niñita.

Corro hacia Apollo. Ojos vidriosos. Sangre corriéndole por las piernas. Tiene moratones por todas partes y una marca de mordisco en la nuca.

—Animal —le grito a Tyrone.

Es una bestia salvaje.

Alguien tiene que rematarlo.

Joder, ese alguien soy yo.

Tyrone se abalanza. El hijo de puta me apuñala en el brazo. Me raja la mano.

—Estoy furioso, Emme —murmuro, abriendo y cerrando la mano, sintiendo el mordisco de la navaja en la palma y la sangre caliente goteándome por el brazo—. Estoy jodidamente furioso.

Apollo. Lo han herido. Gravemente. Estando yo aquí.

Lanzo un puñetazo. Contacto. Le da de lleno en la cara a Tyrone.

Crack.

Le brota sangre de la nariz y la navaja se le cae de la mano.

Justicia.

Me parece justo que esté sangrando.

Más. Quiero hacerlo sangrar más.

Otro puñetazo. No cae. Le doy una patada en las pelotas. Le doy un rodillazo en el estómago. Le destrozo la mandíbula. Le rompo el maldito brazo. Aun así, Tyrone no cae.

Mi madre grita. Me lanza una botella de cerveza, dice que va a llamar a la policía.

Llama a la puta policía, zorra. A lo mejor te meten en la cárcel a ti también.

Tyrone se tambalea. Apollo se abraza a sí mismo en la esquina, con los ojos vidriosos, mi hermano pequeño, temblando en estado de shock. Lo sé en las tripas. Tyrone lo volverá a hacer…si se lo permito.

Examino al pervertido corpulento, tambaleante y sangrante. Mi rabia es fría ahora, segura y calculada. Sienta tan bien recorriéndome, recién liberada, refrescante, vigorizante.

Ha madurado.

Yo he madurado.

La rabia se extiende por mis venas, un subidón embriagador. Se fusiona con mis células y se entreteje con mis fibras. Añade fuerza a mis músculos, peso a mis extremidades y potencia a mis golpes. Machaco a Tyrone. El hijo de puta me devuelve los golpes, pero me da igual.

¿Y qué si me rompe las costillas?

Voy a romperlo a él.

La ira se espesa hasta convertirse en una armadura dura e impenetrable. No siento nada. Ni dolor. Ni remordimiento. Ni arrepentimiento. Por primera vez en mi vida, soy fuerte, poderoso, quizás incluso invencible.

Me concentro en las piernas de Tyrone. Tengo que romperle todas las extremidades. Convoco mi furia y pateo.

Crunch.

Ahí va su rodilla.

El cabrón finalmente cae.

Con cada golpe brutal, la rabia se asienta más hondo en mis huesos.

Abrazo la violencia, la exploro, la absorbo.

Se hunde hasta la médula y se filtra en mi torrente sanguíneo, donde se reproduce a una velocidad asombrosa.

Soy una nueva aleación, grado titanio. A partir de ahora, nadie se va a meter conmigo.

Mi hermano estará a salvo. Yo soy escoria, pero Apollo no. Si uno de los dos va a salir adelante, tiene que ser él.

Tampoco voy a dejar que Tyrone le haga esto al hermano pequeño de nadie más. Pateo, golpeo, machaco. Me entrego a la rabia.

Me duelen las manos. Jadeo con fuerza. Estoy cubierto de la sangre de Tyrone. Llega la policía. Crunch, crunch, crunch. Sigo golpeando el cadáver.

No me detengo cuando me lo ordenan. No puedo. Una maldad así no es humana. A una maldad como Tyrone hay que pararla.

Hacen falta cinco polis y tres táseres para tumbarme.

La rabia es mi estado permanente ahora.

Destrucción. Soy la destrucción hecha carne. Tened cuidado conmigo.