Capítulo veinticuatro
Emme
Se me cortó la respiración. ¿Había oído bien? ¿Jax acababa de decir que se había enamorado de mí?
Sabía que me necesitaba. Sabía que yo le atraía, al menos físicamente. Lo había demostrado en la cama. ¿Pero amor?
¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué?
Quise preguntarlo, pero no pude.
—Tenía un plan —dijo Jax, mirando al techo—. Era bueno. Tuve que ir adaptándome, pero tenía posibilidades de sacarlo adelante. Pero entonces te conocí y mi mundo dio un vuelco. Ya no se trataba del plan. Se trataba de lo que me provocabas.
—¿Lo que yo te provocaba a ti?
—La química me pilló desprevenido. Era una locura. Pensé que si nos lo quitábamos de encima, podría volver a centrarme en lo importante.
Soltó una risa amarga.
—Pues ¿sabes qué? No funcionó. Cuanto más te tenía, más te necesitaba. Y no como pilar de mi plan. Como la piedra angular de mi vida.
¿Él me quería a mí como la piedra angular de su vida?
—Quise contarte lo de los niños y lo que sentía mil veces. Empecé un par de veces. Pero estaba... corrección, estoy... aterrorizado. De que me odiaras. De que me dejaras. De que salieras huyendo. No soy lo bastante bueno para ti.
—¿Qué?
—Eres un partidazo, Emme. Eres guapa, inteligente, culta, refinada.
Lo tienes todo. ¿Y yo? Soy una apuesta pésima.
Vengo de la miseria. Soy un proyecto de superación personal dudoso, una obra inacabada sin garantías.
Una mujer como tú... merece algo mejor. Pero aun así, cuando te conocí, no pude evitar soñar.
Hizo una pausa de unos segundos antes de continuar, dejándome atrapada en la maraña de sus palabras, buscando a tientas algo que ni yo misma sabía qué era.
—Dame un M4 y cumplo la misión —dijo Jax—.
¿Pero todo este rollo de las relaciones?
Soy un desastre. Me sentía como una mierda ocultándote cosas, pero no podía arriesgarme.
Pensé que si podía demostrarte lo que sentía, demostrarte lo bien que podíamos estar juntos...
que valía para algo, que no era un completo inútil... quizá, algún día, tú podrías...
Su voz se fue apagando hasta extinguirse.
—¿Que yo podría qué?
—No lo sé... —buscó las palabras, con aspecto tan inseguro, tan distinto del Jax que yo conocía, un hombre desmoronándose ante mí—. Esperaba que quizá llegaras a quererme, o decidieras darme una oportunidad, tal vez incluso... amarme... algún día.
No lo sabía.
Este guerrero brillante, valiente y generoso, con su obsesión por proteger, su sentido del honor hipertrofiado y su autoestima por los suelos, no tenía ni idea de que ya lo amaba, de que lo amaba desde la primera vez que me hizo el amor, o quizá incluso antes, cuando me besó en medio de un incendio y me contó un chiste malo sobre un huevo y una sartén.
Caí en la cuenta de que Jax no sabía el tesoro que era: el triunfador brillante que deslumbraba con sus logros, el héroe encantador, arrollador, con una personalidad desbordante, al que todos en Res querían y admiraban.
Jax solo veía sus defectos. No sabía lo increíblemente encantador que era. No tenía ni idea de lo adorable que resultaba.
¿Cómo podía no saberlo?
Se aclaró la garganta y continuó.
—La única forma que se me ocurrió de conseguirlo era seducirte, hacerte el amor hasta que te acostumbraras a mí. Sabía que las probabilidades estaban en mi contra, pero joder, no veía otra manera. Y entonces empecé a fallarles a los niños.
—¿Cómo?
—Primero necesitaba una firma. Luego quería un modelo a seguir. Pero después de conocerte, las cosas cambiaron y me vi en una encrucijada. De repente quería más: una compañera de verdad, una persona especial, no solo para los niños, sino para mí —bajó la barbilla y exhaló—. Egoísta, ¿eh?
No, no egoísta. Visionario. Audaz. Y profundamente humano.
—Pero tú, Emme, tienes tu trabajo, tu vida, tu independencia.
Lo entiendo. ¿Por qué demonios alguien como tú iba a conformarse con menos y emparejarse con un capullo como yo para criar no uno, sino dos niños?
Así que empecé a pensar en otras formas de poner a los niños a salvo.
Ninguno de mis hermanos tiene un historial precisamente impecable, pero le pregunté a Apollo si estaría dispuesto a adoptar a los niños en mi lugar.
—¿Hiciste qué?
¿Había renunciado a sus sueños, a su deber, a hacer lo correcto, solo por estar conmigo?
—Cuando te miraba, veía mi futuro, mi cordura, mi salvación. Descubrí algo que nunca había tenido: una mujer inteligente, amable y cariñosa, con un corazón de oro.
Hizo una pausa y me miró a los ojos, con la mirada triste pero serena, resignado pero decidido.
—Emme, soy un hijo de puta egoísta. Debería darme vergüenza. Pero si tengo que elegir entre ejecutar mi plan original o tenerte a mi lado, te elijo a ti, cariño. A ti, sin dudarlo.
El suelo desapareció bajo mis pies. O quizá fui yo quien se precipitó al vacío. Daba igual: estaba en caída libre y no podía frenarla. ¿Cuántas revelaciones más podía soportar mi corazón en un solo día?
—Así que eres tú —dijo Jax—. No me vale nadie más. Estoy jodido porque no puedo imaginar mi vida sin ti. No quiero seguir adelante sin ti, punto. Todo lo demás me parece... absurdo.
Dejó caer la cabeza. Se le hundieron los hombros. Parecía otra versión de sí mismo, un alma herida.
—Pero todo lo que he dicho ya no importa —murmuró, con una voz tan triste que me dieron ganas de llorar—. Hace unos días, cuando volví aquí, recibí muy malas noticias sobre los niños.
Se me hizo un nudo en el estómago. —¿Qué pasó?
—Todo se ha venido abajo. Mi solicitud de adopción ya era débil de por sí. Lo único que tenía a mi favor era el testamento de Alezar. Ahora ya no queda esperanza.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
—Mi expediente de menores.
—Creía que los expedientes de menores estaban sellados.
—Lo están, y Scott Battleson se aseguró de que el mío nunca viera la luz para que yo pudiera tener un futuro y unirme a los SEAL. Pero de algún modo, alguien se hizo con el archivo sellado y se lo filtró a las autoridades turcas.
—¿Quién haría algo así? —pregunté, furiosa con quien hubiera truncado el sueño de Jax—. ¿McVeigh?
—Puede ser —dijo—. Pero yo diría que no tiene la influencia necesaria para algo así. Aunque podría estar trabajando con alguien que sí la tiene. En cualquier caso, el tema está cerrado.
—Pero... ¿por qué?
—Porque, Emme, cuando tenía trece años, maté a un hombre.