Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veintitrés #3
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Capítulo veintitrés #3

—No estaba capacitado para ser padre. Al menos no yo solo.

No había nadie remotamente adecuado para la tarea en mi lista.

No dice mucho a mi favor, pero así era. Quería darles a esos niños algo más que lo básico.

Quería darles lo que yo no había tenido de niño, algo… no… alguien especial. Alguien como… tú.

Me quedé mirando a Jax con la mandíbula desencajada.

¿Qué podía decir a eso?

Su plan se volvía más grandioso a cada momento, un testimonio de su visión. No me atrevía a preguntar, pero por qué alguien como Jax pensaría que una persona defectuosa y deficiente como yo podría ser «especial» escapaba a mi entendimiento.

—El problema era que no tenía acceso a nadie especial —continuó Jax—. Ahí es donde entró Tee. Sabía que ella me indicaría el camino correcto.

—Espera. —Me costaba entender—. ¿Tee sabía de tu plan de adoptar a los niños?

—Joder, no, me habría arrancado las pelotas si hubiera sabido que tenía planes de cargar a su mejor amiga con algo tan gordo como esto.

Al menos Tee no era cómplice de esa forma y Jax no se hacía ilusiones de que adoptar a dos niños y criarlos fuera a ser fácil.

—Pero sí le dije a Tee que había reconsiderado mi estilo de vida. Fui sincero con ella. También fui sincero contigo, ¿recuerdas? Te dije que estaba buscando algo diferente, algo más. Le dije a Tee que quería cambiar mi vida, que estaba listo para un gran cambio.

Listo. Eso era lo que Tee había estado intentando decirme cuando se cortó la llamada. Que Jax estaba listo. Para mí.

¿Tenía razón Tee?

¿Y yo qué?

¿Estaba lista?

El miedo y la furia me golpearon y me tiraron de culo. —Jax, mírame. —Lo agarré del cuello de la camisa y lo atraje hacia mí—. Estoy en la cama. Llevo días fuera de combate. ¿Estás tan delirante como para pensar que podría ayudar a cuidar de un niño… no… olvida eso, de dos niños?

—No sé mucho, Emme —dijo en voz baja—. Pero de tres cosas estoy seguro. Una, tuviste una buena madre, un gran modelo a seguir. Dos, saliste bien, mejor que bien. Joder, mejor que nadie que conozca. Y tres, cualquier niño que creciera cerca de ti sería muy afortunado.

Me quedé mirándolo, incapaz de pensar más allá de mi asombro.

—Me estás tomando el pelo, ¿verdad?

—Sé de lo que eres capaz, Emme. Eres una de las personas más fuertes que he conocido.

Eres feroz y tienes agallas y coraje. En cuanto a mí, puede que sea escoria, pero me he pasado la vida adaptándome y recalibrándome.

Puede que sea un zoquete, pero tengo recursos.

Los dos somos decididos. Somos capaces de afrontar misiones complejas.

¿Misiones complejas?

¿Era eso jerga de Jax para... qué?

¿Estaba diciendo lo que yo creía?

Llegué al punto de no retorno. Me había permitido vivir esta gran aventura. Había sucumbido a los encantos de Jax. Incluso me había enamorado de él, algo que nunca pensé que me ocurriría.

Pero ahora mi mente iba a toda velocidad.

No podía tener hijos. Hacía eones, había encerrado esa idea bajo llave y la había tirado. No podía criar niños. ¿Qué clase de madre podría ser?

No podía llevar a los niños al colegio por la mañana, ni al entrenamiento de fútbol, ni a clases de ballet. No podía ir a reuniones de padres ni a excursiones escolares. Podía caer enferma cuando más me necesitaran.

—No, Jax, no.

Me aparté de él.

—No puedo tener niños. No lo haré. Estás como una cabra si crees que podría ser madre de nadie, y mucho menos de esos niños preciosos que han sufrido tanto.

Se merecían algo mucho mejor que yo.

—No te alejes de mí.

Me atrajo de nuevo hacia él con un abrazo firme.

—Ahora no. No puedo con eso.

Aquel hombre que parecía de piedra ahora se veía frágil como el cristal. Mi reacción lo había sacudido. Pero yo también me sentía frágil y a punto de romperme en mil pedazos.

Toda mi vida había sabido que no podía tener esto, precisamente esto de lo que Jax hablaba. Había sido difícil aceptar que nunca tendría un hijo, un hombre, una familia, pero había pasado toda una vida asumiendo esa realidad.

No era posible. Ni viable. Estaba fuera de toda discusión.

—Tu empeño en adoptar a esos niños es muy noble —dije—. Pero no puedo hacer esto.

—Creo que te estás infravalorando —dijo Jax—. Tal como yo lo veo, la vida se parece mucho al slacklining, un acto de equilibrio. A veces caemos y nos damos un buen golpe. Si sobrevivimos, aprendemos algo nuevo. Y luego volvemos a subirnos a la cuerda y lo intentamos otra vez.

Me froté la cara, intentando encontrarle sentido a todo aquello.

—¿Adónde quieres llegar?

—Lo que quiero decir es que los dos somos buenos manteniendo el equilibrio. Así es como hemos sobrevivido. Y tenemos una red de seguridad, una buena, una familia y una comunidad que nos apoya. Así que pensé que podríamos hacer algo así si nos lo proponemos y lo hacemos juntos.

—No, Jax. Mi respuesta es no.

Arranqué toda esperanza del pecho y sentí que el corazón se me hacía añicos una vez más.

—No puedo hacer esto. No lo haré.

—Lo sé, lo sé.

Se pasó una mano por los mechones oscuros y se tiró del pelo. Sus ojos se apagaron con una tristeza que me oprimió el pecho y pulverizó los fragmentos que quedaban de mi corazón roto.

—Era mucho pedir —dijo—. Y debería habértelo dicho desde el principio. Nunca quise engañarte. Iba a ser sincero contigo sobre todo esto. Pero entonces...

—¿Pero entonces qué?

—Pasó. Sin más.

Chasqueó los dedos.

—¿Qué pasó?

—Me enamoré de ti, Emme. Y todo cambió.