Capítulo veintiséis
Emme
El pecho de Jax dejó de moverse. No parecía respirar. Mis lágrimas empapaban su camiseta, pero él no era consciente de mí, de nada. Intenté no sollozar en voz alta. Los pedazos de mi corazón roto me atravesaban el pecho.
El Jax exuberante, seguro de sí mismo y arrogante que había llegado a conocer había desaparecido. En su lugar quedaba este cascarón vacío, esta criatura sombría que hablaba como un robot y desprendía dolor y angustia.
—¿Jax?
Le tomé la mano y besé la horrible cicatriz de su palma.
—Jax, ¿me oyes?
Ni siquiera parpadeó.
Levanté la mano y le acaricié con los dedos la barba incipiente que le oscurecía la barbilla. Tenía el rostro rígido como hormigón fresco, la mandíbula cincelada en mármol. Los tendones y músculos del cuello se le marcaban como cuerdas tensas.
Mi caricia no lo alcanzaba. Tenía la mirada perdida en la oscuridad, pero de sus ojos brotaban lágrimas como sangre.
Jax se había ido. Estaba lejos de mí, atrapado en su propio infierno personal. Había descendido hasta allí para poder revelarme su verdad.
Tenía que traerlo de vuelta.
Le besé los ojos, los labios fuertemente sellados, la frente. Rocé con mis labios su nariz, desde el punto torcido del puente hasta la punta. Lo besé con toda mi aceptación incondicional por el niño que había sido y por el hombre en que se había convertido. Y aun así no se dio cuenta.
Se había ido de mi lado.
Ahora lo entendía. Por qué había llegado a tal extremo para intentar ayudar a esos niños. Por qué no podía traicionarlos como lo habían traicionado a él.
Jax había crecido en la pobreza más absoluta. Había sufrido hambre, abandono y violencia que habrían destruido a cualquier otra persona.
Había dado la cara por su hermano, y cuando se encontró ante una situación horrorosa que ningún niño debería tener que vivir, lo defendió con todo lo que tenía y acabó en un reformatorio.
En ese momento, comprendí todo lo que me había desconcertado de Jax: su lenguaje soez, su falta de modales, su hambre perpetua. Entendí por qué luchaba como si no hubiera un mañana, y cuándo y cómo se convirtió por primera vez en Mayhem.
Comprendí la profundidad de sus lealtades, el vínculo inquebrantable de su palabra y su concepto absoluto de familia y hermandad. Pero sobre todo, entendí por qué no se veía a sí mismo como yo lo veía, por qué pensaba que era escoria y por qué no podía amarse como yo lo amaba.
Sí, amaba a Jax. Lo amaba con todo mi ser. No podía hacer lo que él quería, ser quien él necesitaba. Un gen defectuoso se había encargado de que no le sirviera para nada.
Pero lo amaba.
Y hoy había descubierto que siempre lo amaría.
—¿Jax?
Lo sacudí con suavidad.
—Jax, escúchame.
Se movió, rompiendo aquella quietud sobrenatural.
—¿Emme?
Frunció el ceño y me recorrió con la mirada como si acabara de verme por primera vez.
—¿Estás bien?
No, en realidad no.
Saber que había sufrido tanto en su vida me dolía a mí también. Las preguntas me ardían en la mente. Quería saber qué había pasado después de que Jax matara a Tyrone. Cómo había reaccionado Apollo y cómo había acabado en el reformatorio con Jax y los demás.
Pero sabía que era mejor no preguntar. La historia de Apollo le correspondía contarla a él. Y ahora mismo, lo único que quería era consolar a Jax, devolverlo al presente, hacerle olvidar los recuerdos sombríos y devolverle la esperanza de una vida mejor.
Abrí la boca para decir un montón de cosas, pero su tableta sonó.
Alargó el brazo y, después de frotarse los ojos, miró la pantalla.
—Tengo que coger esto.
Salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí, dejándome sumida en la confusión, con el corazón lleno de penas.
***
Jax
El rostro de Kass apareció en la pantalla, con los hombros enmarcados por el asiento de cuero del avión.
Su llamada me pilló por sorpresa. Se había marchado esa mañana por negocios.
Un segundo después, la pantalla se dividió.
Desde su posición en el ático, el rostro de Apollo compartía ahora la pantalla con Kass.
Como si el día no hubiera sido ya una mierda total. Se avecinaba algo gordo.
—Tengo unos archivos para ti —dijo Kass sin preámbulos—. Te los envío ahora.
Otro pitido anunció la llegada de los archivos a mi bandeja de entrada. Las imágenes de Kass y Apollo se encogieron en la pantalla mientras revisaba el material.
—Parece chino.
Me froté los ojos para quitarme la arenilla y me obligué a repasar los informes, aunque la jerga médica no tenía ningún sentido para mí. El temor me pesaba, junto con una sensación de fatalidad inminente. Emme no se quedaría ahora que lo sabía.
¿Quién lo haría, después de toda la mierda que le había contado?
Los recuerdos me habían destrozado. Mis sentidos se habían quedado atascados en el fango inmundo que era mi pasado. Mis recuerdos eran una trampa, una herida supurante que me estaba matando poco a poco. Por eso intentaba olvidar. Por eso evitaba hablar de ello.
Esta vez había logrado salir, pero solo porque la voz de Emme me guió fuera de la cloaca de mi mente. Uno de estos días, iba a volver allí y no regresar.
Entrecerré los ojos ante la pantalla, pero lo único que veía era la conmoción en el rostro de Emme cuando terminé de contarle mi historia. El horror en sus ojos me arrancó las entrañas. Sus lágrimas me mataron y acabaron con cualquier puta esperanza que hubiera tenido.
Probablemente estaba asqueada, y con razón. Era demasiado buena para andar con la escoria de la tierra, el bastardo hijo de una puta y un asesino a sangre fría.
¿En qué coño había estado pensando cuando fui a por una mujer como ella? ¿Que me aceptaría tal como era? ¿Que haría suyos mis sueños y me acompañaría en mi loca aventura? ¿Que podría amarme, a pesar de la podredumbre que me carcomía el alma?
No pude reprimir el resoplido amargo que me salió de la garganta, el compendio de todas mis pérdidas. Debía de haber estado sufriendo algún tipo de delirio. Había apostado y había perdido.
Menudo gilipollas estaba hecho.
Como siempre.
En cuanto pillaran a McVeigh y Emme se sintiera mejor, desaparecería de mi vida. La vida, las esperanzas, mis sueños, todo se me escapó, dejando atrás una versión reseca, un viejo pozo seco sin nada dentro, excepto capas de barro agrietado compactado sobre toda una vida de mierda séptica.
Apollo carraspeó y me trajo de vuelta. —¿Estás con nosotros, hermano?
—Aquí estoy. —Plantado, amargado y tóxico hasta la médula, pero ¿a quién coño le importaba?
—¿Qué significa toda esta jerga? —dije, intentando concentrarme en los documentos de mi pantalla—. ¿Y por qué estoy revisando dos estudios diferentes?
—El primer estudio nos lo ha pasado uno de los miembros de la junta de Candela —dijo Kass.
—Es legítimo —añadió Apollo—. No tiene nada irregular.
—El segundo estudio no existe como documento hackeable —dijo Kass—. Lo fotografié cuando visité el laboratorio del doctor Marvin anoche.
—¿Entraste en su laboratorio? —lo miré boquiabierto—. ¿Fuiste tú en persona?
—Tee no me ha devuelto la llamada. —Kass se encogió de hombros—. Necesitaba desahogarme.
—¿Y entrar a robar te sacó del bache? —Los titulares destellaron en mi cabeza: El CEO de Battle Brothers monta un Watergate y acaba en la cárcel—. Joder, Kass. ¿Qué coño te pasa? Eres la cara pública de BB. ¿Qué habría pasado si te hubieran pillado?
—Pillarme no iba a pasar nunca —dijo—. ¿No vas a preguntarle a Apollo qué dicen esos papeles?
Miré a Apollo. —Pregunto.
—Esos papeles detallan el desarrollo de un suero.
—¿Qué coño es un suero?
—Un suero es una sustancia rica en proteínas que se obtiene después de que la sangre coagula y se separa del coágulo mediante centrifugación.
—En cristiano, por favor.
—En medicina, los sueros suelen venir de animales, sobre todo cerdos y caballos. Se usan como agentes de diagnóstico, para neutralizar toxinas o para crear inoculaciones que dan inmunidad contra un patógeno.
—Como vacunas, antídotos para mordeduras de serpiente, esa mierda.
—Exacto.
—Entendido. —Seré escoria, pero no soy idiota—. Ahora dime qué coño está pasando.
—El doctor Marvin está destilando la sangre de Emme y la usa como base para un suero facial antienvejecimiento que comercializa como creación propia.
Se me revolvió el estómago. —¿Qué coño?
—Según estos documentos —dijo Apollo—, el suero derivado de la sangre de Emme tiene una capacidad única y extraordinaria para penetrar en las capas profundas de la piel, reducir las arrugas, estimular el colágeno y unificar el tono.
—No me vengas con rodeos. —Aspiré aire entre los dientes—. Dímelo sin florituras.
—Vale. En resumen: el doctor Marvin usa el suero de Emme para producir un compuesto que vende por miles de dólares a una clientela exclusiva de alto standing, a la que atiende en una clínica privada de lujo que tiene como negocio paralelo.
—Hijo de puta. —Solté tacos como un SEAL borracho, que es mucho peor que un marinero borracho—. Me estás tomando el pelo.
—No te está tomando el pelo —dijo Kass—. Candela no tiene ni idea de lo que está pasando.
O se me iban a romper los dedos o la mesa de café se iba a partir por la mitad en cualquier momento. De historias de mierda, las había oído todas.
¿Pero esto?
Esta reventaba mi umbral, bastante flexible, de historias-que-no-te-inventas-ni-queriendo.
—Los pacientes están encantados con los resultados —continuó Apollo—. Lo ansían como yonquis. ¿El resultado? El doctor Marvin se ha forrado vendiendo el suero de Emme.
La rabia me silbaba en los oídos como vapor. Ese cabrón, ese médico de pacotilla, le había robado la sangre a Emme como si fuera una cerda o una yegua criada para su beneficio.
Sin que ella lo supiera ni lo autorizara, había usado su suero —no para salvar vidas, ayudarla a mejorar o curar a los enfermos— sino para satisfacer la vanidad de sus clientes forrados.
Y el muy hijo de puta se había forrado en el proceso.
—Una cosa más —dijo Apollo—. Las proteínas que hacen que el suero de Emme sea tan efectivo para el doctor Marvin solo están presentes en altas concentraciones durante sus brotes. Para él, esas proteínas valen tanto como diamantes. Sin la sangre de Emme, el doctor se queda sin negocio.
Eso explicaba su insistencia en controlar por completo la atención médica de Emme y sus prisas por encerrarla en el hospital. Por eso también el hijo de puta insistía tanto en sacarle sangre a litros.
Gruñí como un animal salvaje. —¿Y este mierda tiene los cojones de llamarse médico?
—El juramento hipocrático no significa nada para él —dijo Apollo—.
He revisado los historiales médicos de Emme de los últimos años.
Los tratamientos del doctor Marvin, o mejor dicho, su falta de tratamientos, estaban diseñados para prolongar los brotes de Emme y así poder sacarle más sangre, producir más suero y aumentar su inventario.
Me levanté de un salto y aparté la mesa de café de una patada, que fue a estrellarse en pedazos contra la chimenea. La tableta salió volando y el pie me palpitaba de dolor, pero me importaba una mierda. Iba de un lado a otro de la habitación como un gorila enjaulado.
Ese hijo de puta había hecho todo esto a espaldas de Emme, lucrándose con sus brotes, prolongando su dolor, drenándole las fuerzas cuando más las necesitaba para poder sacar pasta a su costa.
Maldije entre dientes apretados hasta que dejé de oírme pensar.
Iba a despedazar a ese pedazo de mierda y echarle los trozos a una piara de cerdos hambrientos.
—¿Jax? —la voz de Apollo me sacó de la rabia—. ¿Dónde estás? No te veo. ¡Jax! Ponte delante de la cámara. Ahora mismo.
Apretando los dientes, agarré la tableta del suelo. La pantalla estaba agrietada, pero seguía funcionando. Kass y Apollo me observaban desde ella.
—Ahí estás —Apollo soltó un suspiro de alivio—. Voy a encargarme de esto. Lo haré bien. Presentaré cargos contra Marvin ante el colegio de médicos. Le quitaré la licencia. No volverá a ejercer jamás.
—Y yo lo expondré a través de Candela —añadió Kass—. Nadie volverá a financiarlo.
—Tiene que perder algo más que su licencia, más que su financiación —reprimí el impulso de rugir—. Tiene que pasar el resto de su vida en la cárcel.
—Es poco probable —dijo Kass—. Hablé con Troy.
Dice que Emme podría presentar una demanda civil contra Marvin, pero las posibilidades de un proceso penal son bajas.
Los términos del contrato son muy generales.
La sangre debe usarse para «fines científicos».
Podrían pasar años en los tribunales civiles hasta acordar qué significa eso.
Mierda. El cabrón no iba a pagar por lo que había hecho.
Ya, claro. Perder la licencia no le impediría hacer daño a otros. Era un resultado demasiado bueno para él. El hijo de puta tenía que pagar por haberle hecho daño a Emme.
—Tienes que mantener la calma —dijo Kass—. Te contamos esto para que Emme pueda librarse de ese cabrón, pero queremos tu palabra de que no vas a hacer ninguna locura con ese hijo de puta.
—Claro, sí, lo que sea.
Kass arqueó las cejas rubias.
—¿Jax?
—Vale, vale —resoplé—. Tienes mi palabra.
No haría ninguna locura con el doctor Marvin.
Cuando le hiciera una visita, iría preparado hasta los dientes.