Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veintidós
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Capítulo veintidós

Jax

Subí los escalones de tres en tres a toda velocidad. Después de un vuelo de cuatro horas a Denver y un traslado en helicóptero a Res, estaba desesperado por llegar hasta Emme.

McVeigh nos había dado largas, llevándonos en una persecución interminable por medio México. Joder, había estado incomunicado cuatro días antes de enterarme.

Cuatro putos días.

Para colmo, había tenido una sorpresa desagradable de camino. Troy había llamado. Alguien había filtrado mi expediente de menores a quien no debía. Cómo había pasado, ni idea, pero mi plan se había ido al traste.

¿Y ahora qué coño iba a hacer?

Un problema a la vez.

Aparté la puerta entreabierta y entré de golpe en el salón. Kass estaba sentado en mi sofá, trabajando en su portátil.

—¿Cómo está? —exigí sin aliento.

—Pregúntale a él —Kass señaló con la barbilla hacia Apollo, que justo salía del dormitorio.

Apollo abrió los ojos al verme, pero la irritación en su expresión iba dirigida a Kass.

—Serpiente —escupió Apollo—. ¿Llamaste a Jax y le dijiste que Emme estaba enferma después de prometerle que no lo harías?

—Eh, eh, para el carro —Kass levantó una mano—. Le prometí a Emme que no abortaría la misión. Y no lo hice. La misión sigue en marcha. Solo que resulta que Jax ya no la dirige.

—¿Podéis dejar de discutir y ponerme al día? —Hice un esfuerzo enorme por no arrancarles la cabeza—. ¿Cómo está? ¿Cuánto tiempo lleva así? ¿Por qué no me llamasteis de inmediato?

—Este de aquí no quería contrariarla —dijo Kass, mirando a Apollo—. Algo de confidencialidad del paciente o alguna mierda así. Estabas ilocalizable, así que tardé en hacerte llegar el mensaje. Pero sabía que querrías saberlo. Nos debemos la verdad.

Lección aprendida, por las malas.

Con un suspiro, saqué el móvil del bolsillo y se lo lancé a Kass.

—Hay un número ahí. Tee no contestará, pero puedes dejar un mensaje. No sé dónde está ni qué hace, no suelta prenda. Pero a veces me devuelve la llamada.

Kass se levantó del sofá y, con mi móvil en la mano, salió de la habitación.

Pobre Kass. Estaba tan jodido como yo.

Miré a Apollo.

—Te toca.

Tenía el rostro sombrío.

—Por aquí.

Respiré hondo y seguí a Apollo al dormitorio. Se me hizo un nudo en el estómago. Había venido corriendo desde el aeródromo. Y ahora lo único que quería era salir huyendo.

Échale huevos, Jax.

Me obligué a avanzar y entré en el dormitorio. Emme yacía en mi cama, arropada bajo el edredón, con la respiración entrecortada.

Esos jadeos eran la única señal de que seguía viva, pero también de que sufría un dolor atroz. Eso y el monitor de pulso de la unidad portátil, que mostraba su corazón desbocado al mismo ritmo frenético que el de un tío alcanzado por un artefacto explosivo.

Mierda.

Se me aflojaron las piernas.

Hacía menos de veinticuatro horas, había estado en un tiroteo con el Cártel de Cáceres. No había pillado a McVeigh, pero había sido intenso. Juro que preferiría enfrentarme al cártel cualquier día antes que ver a Emme sufrir así.

—Aguanta —susurró Apollo—. Voy a darle algo para el dolor.

Me apoyé contra la pared, con la mandíbula apretada, los brazos cruzados y los puños metidos bajo las axilas. Tenía el corazón paralizado mientras observaba a Apollo cargar una jeringa e inyectar el líquido transparente en el suero de Emme.

Se la veía tan dolorida y frágil, con el cuerpo encogido sobre las rodillas y las manos cerradas en puños, una venda cubriéndole los ojos. Parecía tan indefensa como yo me sentía. Cada vez que inspiraba, se me desgarraban las tripas. Cada vez que expiraba, se me partía el corazón.

—Ya está —murmuró Apollo, posándole la mano en el hombro con sumo cuidado—. En unos momentos te sentirás mejor.

Ella no se movió, apenas reconoció a Apollo con un leve apretón de labios. Apollo se levantó, desechó la aguja y, haciéndome una seña, me llevó al pasillo, donde no pudiera oírnos.

—Apenas habla ni se mueve —dijo Apollo—. Se ha cerrado en sí misma, probablemente para sobrellevar el dolor.

Afiancé las rodillas, que me temblaban.

—¿Cuál es la situación?

—Está aguantando. La temperatura sigue alta. En las reacciones autoinmunes, el cuerpo se ataca a sí mismo con una respuesta exagerada. En Emme, el ataque se manifiesta como un brote de artritis reumatoide que afecta a las articulaciones.

—¿Por eso sufre tanto? —pregunté.

—Sí —dijo Apollo con gravedad—. Moverse es insoportable. La agonía es tan intensa que los pacientes suelen sentir como si los huesos les explotaran desde dentro. Este tipo de dolor está en lo más alto de la escala. Tu mujer es una de las pacientes más estoicas que he visto en mi vida.

Me mordí el labio hasta notar el sabor de la sangre. Me mataba verla sufrir.

El corazón me latía de forma errática. Todo ese entrenamiento SEAL sobre controlar las reacciones físicas y mantener la cabeza fría bajo presión se fue a la mierda. La desesperación me inundó como una avalancha helada.

Tragué saliva con dificultad.

—¿Por qué la venda?

—Para protegerle los ojos y prevenir daños permanentes. Durante un episodio, la retina se vuelve ultrasensible a la luz y el nervio óptico corre peligro. En su estado actual, incluso un pequeño destello de luz podría dejarla ciega.

Le metí un puñetazo a la pared y la atravesé.

—Jax, no...

—¡Cállate! —siseé con los nudillos palpitándome de dolor. No era nada comparado con lo que Emme estaba sufriendo, pero ese dolor contenía el caos que quería estallar dentro de mí y destrozar este jodido mundo.

—Contrólate, tío —advirtió Apollo.

Sacudí la mano dolorida y obligué a mi cerebro a ponerse en marcha.

—¿Hay algo más que podáis hacer?

—Ya lo estamos haciendo.

—¿Cuándo terminará?

—Difícil saberlo —Apollo se encogió de hombros con impotencia—. Podrían ser horas, días, semanas.

—¿Semanas? —graznó mi voz.

No podía aguantar semejante dolor durante semanas, ¿verdad? Yo tampoco soportaba verla así. Cada día sería una lucha, sobre todo para ella, pero también para mí.

Kass volvió a la habitación con la mirada vacía.

—¿Algo? —pregunté.

—Dejé un mensaje. Solo queda esperar.

El dolor en su mirada me resultaba familiar. Éramos hombres de acción. Esperar no iba con ninguno de nosotros. Y sin embargo, parecía ser lo único que podíamos hacer hoy.

Max atravesó la puerta. Tenía un aspecto terrible: ojos hundidos, el pelo largo disparado en todas direcciones, el rostro cubierto de barba descuidada. Con un vaso en una mano y una pajita extra larga en la otra, pasó junto a mí y fue al dormitorio sin decir palabra.

Señalé con la barbilla el vaso que sostenía.

—¿Qué es eso que lleva?

—Un batido que Max preparó para Emme —dijo Apollo—. Nutrición a tope, con helado de chocolate. Es lo único que consigue retener.

Me acerqué por el pasillo. Max se arrodilló junto a Emme y le habló al oído. Desde donde estaba, no alcanzaba a oír lo que le decía, pero ella asintió levemente. Me acerqué más y me apoyé en el umbral.

Max removió el batido y le acercó la pajita a los labios.

—Me pasé con el chocolate —dijo—. Vamos, Roja. Solo un sorbo. No me dejes colgado.

Emme cerró los labios alrededor de la pajita.

—Eso es —dijo Max—. Sorbos pequeños. Vamos a conseguir que te lo tomes.

Tragué el nudo que tenía en la garganta. Hacía mucho que no veía a Max preocuparse por nada ni por nadie. Yo había hecho algo parecido por él: le había llevado a escondidas sus comidas favoritas cuando estuvo ingresado en el hospital. Ahora él hacía lo mismo por Emme.

Era la forma que tenía Max de apoyarme.

La emoción me pilló desprevenido, como un puñetazo en el estómago. Retrocedí hacia la sala de estar, jurándome que no iba a perder los estribos.

—¿Jax? —La preocupación que vi en los ojos de Apollo captó mi atención—. No te enfades, pero el doctor Marvin... quiere más sangre.

—¿Más sangre? —Me imaginé machacando al hijo de puta hasta convertirlo en polvo—. ¿Así que le has estado enviando?

—Emme me obligó. Le he estado enviando mucha, según el contrato.

—Me masajeé la nuca, donde los músculos se me habían agarrotado como piedras—. ¿Qué demonios hace con toda esa sangre?

—Análisis, dice él —Apollo frunció el ceño—. Estudios científicos.

Miré a Kass.

—¿Hay alguna forma de conseguir esos estudios que el doctor Marvin está haciendo para Candela Pharm?

—Considéralo hecho —dijo Kass.

Me volví hacia Apollo.

—No más sangre para el doctor Drácula. Emme necesita todas sus fuerzas.

—Armará un escándalo —advirtió Apollo.

—Me la suda.

Max salió de la habitación y se unió a nosotros en la sala de estar.

—¿Cómo le ha ido? —preguntó Apollo.

—Mejor que ayer.

La mirada de Max fue de Apollo a Kass.

—¿Se lo habéis dicho?

Joder, había más.

—¿Decirme qué?

Apollo, Kass y Max intercambiaron miradas sombrías.

—Una asistente social se presentó aquí sin avisar para una inspección ordenada por el tribunal —Apollo suspiró—. Emme lo sabe.

Maldije en todos los idiomas que hablaba.

Emme lo sabía.

¡Lo sabía!

—¿Estaba...?

—Cabreada como una fiera —Kass se metió las manos en los bolsillos.

El ácido me quemó el esófago.

—¿Creéis que por eso se puso enferma?

—Se expuso al sol, así que el episodio era prácticamente inevitable —dijo Apollo—. Si me preguntas si el estrés de enterarse de la verdad influyó en el episodio, no te voy a mentir. El momento no pudo ser peor.

Cerré los ojos y me golpeé la nuca contra la pared.

Joder, joder, joder.

Se había enterado.

Por otra persona.

Nunca me perdonaría.

No solo había perdido mi única oportunidad de llevar a cabo mi plan hoy, sino que ahora también iba a perder a Emme, la única persona en el mundo que había conseguido devolverme la alegría de vivir.

Solo pensar en perder a Emme hizo que el agotamiento de los últimos días me cayera encima de golpe. Me dejé resbalar por la pared hasta quedar sentado en el suelo. Una vida sin Emme me mataría. No lo sobreviviría.

Pero, con diferencia, lo peor de todo este desastre era que Emme estaba sufriendo. Verla en esa cama me quitaba las ganas de luchar. Ella había entrado en el brote creyendo que le había mentido. Quería arrancarme el corazón podrido del pecho y tirarlo por la ventana.

—Mayhem se lo está tomando fatal —dijo Max.

—Sé un hombre, Jax —ordenó Kass—. Los Battleson no lloran.

—Cállate, Kass —dijo Apollo—. Esa chorrada de que los SEAL no lloran es un topicazo. Los SEAL lloran. Los de Delta también. Joder, hasta los Marines lloran. Así que Jax puede llorar si le da la gana.

—No. Estoy. Llorando. Joder.

¿Qué les pasaba a estos idiotas?

Mi plan se había ido al traste. Mi vida también, junto con mis perspectivas de futuro. Y lo peor: Emme estaba enferma y era mi puta culpa.

—Si no estás llorando es porque eres un neandertal del montón —dijo Apollo—, igual que Ice aquí presente, tu alma gemela en cabreos.

—Que os jodan —espeté—. ¿No veis que estoy jodido?

—Claro como una bengala en la noche —dijo Apollo.

—No estoy ciego —Max se ajustó el parche—. Casi, pero todavía no.

Hundí la cara en las manos y gruñí con los dientes apretados.

—No sé a cuál de vosotros, capullos, debería partir la cara primero.

—¿Y eso solucionaría... qué? —Apollo me fulminó con la mirada.

—Levántate —Kass me dio un toque en la pierna con la punta del zapato—. Lo hecho, hecho está.

—Mira quién habla, el gilipollas que echó de su vida a la única mujer que ha querido en su vida —murmuré.

Era un golpe bajo, pero qué coño.

—Te lo voy a pasar porque tu cerebro de mosquito ha dejado de funcionar por hoy —Kass extendió una mano—. Venga, arriba. Joder, será posible.

Se agachó, me agarró de la mano y casi me arranca el brazo del tirón.

—Levántate de una puta vez.

Me levanté, pero solo porque necesitaba el brazo derecho.

—Te lo voy a decir bien claro —Kass se me plantó delante, cara a cara—. Más te vale encontrar la forma de que esa mujer se quede aquí, en nuestras vidas.

Me costó repetir las palabras.

—¿Nuestras vidas?

—Sí, Jax, no seas un cabrón egocéntrico.

Miré a Apollo y articulé sin voz:

—¿Egocéntrico?

Apollo asintió.

—¿Por qué tenemos que cargar nosotros con las consecuencias de tu estupidez?

—Totalmente —dijo Max—. Hashtag la cagaste tú, no yo.

Un momento. ¿Qué?

—Emme es increíble —dijo Kass—. Su sitio está en el equipo.

—Es como un soplo de aire fresco por aquí —dijo Apollo—. Está genial tener algo de estrógeno en El Taj para compensar el exceso de testosterona. Emme te viene bien a ti, pero también nos viene bien a nosotros.

Joder. No me lo esperaba.

Mi obsesión con Emme me consumía tanto que no me había dado cuenta de cómo había afectado también a mis hermanos. Era la prueba de que Emme había puesto nuestro mundo patas arriba y de que su presencia había cambiado a más gente que solo a mí. La prueba de que merecía la pena luchar por ella.

—Arréglalo —ordenó Max—. Tú puedes.

—Ya has hecho cosas difíciles antes —añadió Apollo.

—Basta de cháchara —Kass señaló el dormitorio con la cabeza—. A por ello.

Enfilé el pasillo.

Como si alguien pudiera impedirme darlo todo.