Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Veintiuno #2
13%

Capítulo Veintiuno #2

—No puedo decírtelo —Kass jugueteó con las cortinas opacas—. Información restringida.

Apreté los dientes y me froté los ojos irritados. No sabía qué me enfurecía más, las mentiras de Jax o su repentina deserción. Bajo el torbellino de emociones latía mi mayor miedo: que Jax hubiera desaparecido por la misma razón por la que se fue mi padre: yo.

Mantén la compostura.

—Vais a tener que esforzaros más —endurecí el tono—. ¿Por qué se fue Jax y cuándo va a volver?

—Aceptó una misión —dijo Kass—. Volverá pronto, en cuanto cumpla su objetivo.

¿Una misión? ¿En la rotación C? ¿Así era como funcionaba esto? Estaba aquí un momento y al siguiente desaparecía de mi mundo.

—Debería aclarar algo —la mirada de Apollo iba y venía entre mí y las puntas de sus zapatos—. Cuando Jax se fue, no sabía nada de la visita ordenada por el tribunal. Fue... inesperada.

—Si eso es cierto y Jax realmente se fue en una misión, ¿por qué no se despidió de mí?

—Nada de despedidas —espetó Kass—. Así es como se hace.

—Tranquilo —Apollo fulminó a Kass con la mirada antes de volverse hacia mí—. Kass no pretende ser un imbécil.

—Y yo que pensaba que ser imbécil era su estado natural.

Kass se echó atrás como si le hubiera abofeteado.

Apollo negó con la cabeza.

—Sé que estás enfadada, Emme, pero démosle un respiro a Kass. Lo que intenta decir tan torpemente es que Jax se fue a hacer algo vital.

El miedo me atenazó el estómago.

—¿McVeigh?

Los labios de Kass se tensaron, pero no dijo ni una palabra. Apollo tampoco.

—Es él, ¿verdad?

El terror se sumó a mi miseria. Estaba furiosa con Jax, pero al mismo tiempo temía por su vida. Mis emociones oscilaban violentamente de un extremo al otro: ira, miedo, indignación, pánico. Había visto de lo que McVeigh era capaz. Conocía de sobra su sed de dolor.

—Jax es bueno en lo que hace —dijo Apollo, sin duda buscando una forma de suavizar los golpes que me llegaban de todas partes—. No tienes de qué preocuparte. Pero despedirse no era una opción. Llámalo superstición, pero creemos que las despedidas gafan las misiones.

Lo pensé, pero en mi estado de ánimo, pudo más la mezquindad.

—¿Así que las cortesías básicas no están en el protocolo oficial de los Battleson?

Kass frunció aún más el ceño.

—No entiendo cuál es tu problema. Estás a salvo aquí. Tienes todo lo que necesitas. Además, nos dejó a cargo de ti.

Inspiré indignada, mientras veía destellos rojos cruzar la habitación. —¿A cargo de mí?

—Kass, ¿puedes callarte, por favor? —Apollo puso los ojos en blanco mirando a su hermano y luego se volvió hacia mí—. Jax se fue sabiendo que estabas en buenas manos.

—No necesito estar en las «buenas manos» de nadie —la furia ardía en mi estómago y rugía en mi garganta—. Y no necesito ayuda. ¡De nadie! Soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma. De hecho, me voy, ahora mismo.

Los ojos pálidos de Kass brillaron.

—¿Puedo recordarte que hay un hijo de puta ahí fuera esperándote?

Hundí el rostro entre las manos y gemí. Aunque quería irme, a pesar de la ira que hervía en mis entrañas, la realidad me golpeó con una punzada de pura agonía.

No estaba en condiciones de levantarme del sofá y salir de El Taj. No sabía qué era peor, si el dolor o la impotencia. Una lágrima se me escapó y rodó por mi mejilla.

—¿Emme? —Apollo extendió la mano y tomó la mía, pero en cuanto sus dedos tocaron mi piel, abrió los ojos de par en par—. Dios. Estás ardiendo. ¿Tienes fiebre?

Sí. Alta. Una vez más, mi cuerpo me había fallado y en el peor momento posible.

—Lo siento.

—No te atrevas a disculparte —dijo Apollo—. Esto no es culpa tuya.

Pero sí era culpa mía. Por saltar a la luz del sol. Por aprovechar la oportunidad de cambiar mi vida. Por volar sobre las montañas y nadar en el océano. Por abrirme a lo desconocido y abrazar la esperanza que se colaba en mi vida cada vez que Jax me miraba, me besaba o me hacía el amor.

Mi perdición era obra mía. Había disfrutado cada segundo de cada minuto que había pasado con Jax. Había ignorado las señales de alarma que habían estado ahí desde el principio y me había creído una fantasía que no tenía nada que ver con mi realidad.

El dolor había ido creciendo, clavando sus garras cada vez más hondo en mi cuerpo.

Se lo había ocultado al trabajador social, preocupada de que pudiera afectar de algún modo a su evaluación.

Pero ahora me dolían las articulaciones, me ardían los ojos y la fiebre se apoderaba de mí con saña, abrasándome la piel mientras me helaba por dentro.

El brote que había estado temiendo había llegado.

La boca de Kass se abrió y cerró.

—¿Está...?

—Sí —dijo Apollo.

Kass maldijo entre dientes.

—Apollo, ¿por favor? —indiqué con la barbilla hacia la mesa de café, donde estaba mi móvil. Me dolían demasiado los nudillos para coger el teléfono, y no digamos para marcar—. El número del doctor Marvin está en mis contactos.

Apollo negó con la cabeza.

—Jax dijo que nada de hospital para ti. Puedo prepararte todo aquí mismo.

—No es vuestro problema. Es mío. Y el doctor Marvin querrá mi sangre.

—Que le den al doctor Marvin —Kass sacó su móvil del bolsillo—. Abortaré la misión y haré que Jax regrese.

—No lo hagas.

Lo último que quería en el mundo era que Jax estuviera aquí. No así. No cuando las cosas estaban a punto de ponerse feas y yo estaba a punto de convertirme en una versión débil, enferma y patética de mí misma. Sencillamente, no tenía fuerzas para enfrentarme a él, no en ese momento.

—Jax me mataría si le oculto esto —murmuró Kass mientras pasaba el dedo por la pantalla.

—Por favor, Kass —susurré con las últimas fuerzas que me quedaban—. No lo hagas.

Los dedos de Kass se quedaron inmóviles sobre el marcador. Me observó un momento antes de hablar de nuevo.

—Este es el trato: te quedas aquí. Apollo se encargará de ti. Si aceptas, no abortaré la misión.

Era el mejor trato que iba a conseguir. No tenía otra opción. Tragándome el orgullo, lo acepté con amargura. La resignación me dejó un sabor agrio en la boca. Una punzada de dolor me recorrió la columna al asentir. El brote iba en aumento, un crescendo imparable.

Y de repente Kass parecía tan aterrorizado como yo.

—¿Qué puedo hacer?

—Llévala al dormitorio, que esté cómoda. —Apollo se puso de pie y sacó el móvil para hacer una llamada—. Yo me encargo de los preparativos.

Kass se acercó al sofá donde yo estaba.

—Aguanta, cariño —murmuró con una dulzura que nunca le había oído—. Iremos despacio.

Con sumo cuidado, Kass me levantó en brazos y me llevó al dormitorio.

No me zarandeó ni una sola vez, y aun así cada parte de mi cuerpo protestó ante el más mínimo movimiento.

La cama estaba deshecha, así que me depositó sobre el colchón y me arropó con las mantas, con los ojos llenos de preocupación.

—Vas a superar esto. —Se arrodilló junto a la cama y me tomó la mano—. Ya lo verás. Estarás de vuelta en línea y operativa en un abrir y cerrar de ojos.

Me habría reído de no ser por el dolor. Conseguí esbozar una sonrisa. En línea y operativa. Era tan típico de Kass, tan propio de los Battleson.

Por primera vez desde que lo conocía, vi a la persona de la que Tee se había enamorado, al hombre al que sus hermanos querían, al ser humano amable y considerado que se ocultaba tras la fachada gélida de Kass.

Lo miré con los ojos entrecerrados, luchando contra el dolor y la fiebre, consciente de que se me acababa el tiempo.

—Tengo que decirte algo. —Tomé aire—. Hablé con Tee.

Su rostro se tensó.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

El dolor que vi en los ojos de Kass no era físico, pero resultaba tan devastador como el mío.

—Pero esto sí lo sé, Kass: Tee todavía te quiere.

Lo último que vi fue el asombro que iluminó la mirada de Kass, las preguntas, el alivio que le abrió los ojos de par en par. Kass también quería a Tee. De eso no me cabía la menor duda.

Y ahora, a lo difícil: estar enferma.

Cerré los ojos y, con las últimas fuerzas que me quedaban, me giré de lado y me hice un ovillo, preparándome para resistir el embate con la única arma de la que disponía: la resistencia.