Capítulo Veinte
Emme
El jueves llegó a la velocidad de la luz. Llevaba más de dos semanas en Res y, aun así, parecía toda una vida. No teníamos noticias de McVeigh ni de su misterioso jefe, pero Jax y sus hermanos seguían trabajando para localizarlos.
En cuanto a Rebecca Lang, me había enviado un correo educado. Seguía considerando mi propuesta. Esperaba programar una reunión pronto. No pintaba bien.
Salí de la ducha y me envolví en una toalla grande y esponjosa. Mientras me peinaba el pelo mojado, vi un mensaje parpadeando en el móvil. Era de mi agente de seguros, que confirmaba que habían tramitado mi reclamación. Incluía fotos del terreno, ya limpio y vacío.
Me dejé caer sobre la taza del váter y hundí la cara entre las manos. Mi casa había desaparecido, y con ella, todas las cosas de mi madre. Desaparecidas como ella.
Se me cerró la garganta y las lágrimas me ardieron en los ojos. Claro, de momento estaba bien, viviendo con Jax. Había hecho todo lo posible para que me sintiera bienvenida. Pero aun así, este no era mi lugar. ¿O sí?
El presente, piensa en el presente. El futuro, como le gustaba decir a Jax, era pura lotería.
Me sequé las lágrimas, me obligué a salir del bajón y, cepillo redondo en mano, me sequé el pelo. Jax y yo teníamos nuestra cita «especial» hoy y estaba deseando que llegara.
Cuando terminé con el pelo, salí al dormitorio. Jax se había ido, pero sobre la cama había un par de zapatos y un vestido nuevo: un modelo con cuello halter, sexy y provocador. El verde luminoso del vestido me recordaba los iris esmeralda de Jax.
Pónteme, decía una nota pegada al vestido.
Solté una risita. Últimamente me sentía un poco como Alicia en el País de las Maravillas. Sin dejar de reír, entré en el vestidor, abrí el cajón y encontré otra nota adhesiva encima de mi ropa interior.
No me pongas, decía.
Estallé en otro ataque de risa. Jax me hacía reír constantemente. Al pensar en no llevar ropa interior, todo el calor de mi cuerpo convergió en un solo lugar, como una alarma. Mi sexo se contrajo, un recordatorio de sus otros talentos. Cerré el cajón. Me esperaba algo bueno.
Después de arreglarme, bajé por la gran escalera, sorteando con cuidado los escalones con mis sandalias de tacón.
Jax me esperaba en el vestíbulo, yendo y viniendo, con nuestros abrigos doblados sobre el brazo.
Llevaba pantalones negros, camisa de vestir y su versión de ir elegante: ese feo chaleco de cuero que tanto le gustaba.
Pero la verdad, ¿en él? Hasta ese viejo chaleco se veía bien.
Se quedó paralizado cuando me vio.
—Madre mía —murmuró.
—¿Qué pasa? —Me miré y me aparté el pelo del hombro—. ¿Olvidé abrocharme algo?
—No —subió los escalones de dos en dos y me alcanzó en el rellano—. Estás increíble. No, increíble no. Fantástica. ¿Fenomenal? La verdad, no hay palabras, Emme. No hay palabras.
No había fingimiento en su voz, nada falso en la admiración que me prodigaba a raudales. Me encantaba su honestidad descarnada, esas expresiones sin filtro que compensaban su rudeza y lo engrandecían a mis ojos.
No podía evitarlo. Cada día que pasaba me enamoraba más de él. ¿Y Jax? No parecía importarle.
Me tendió el abrigo y me ayudó a ponérmelo antes de ponerse él su chaqueta. Luego me ofreció el brazo y me acompañó escaleras abajo.
Bajamos la montaña en su elegante Jaguar. No permitió ninguna pregunta sobre la cita. No quería arruinar la sorpresa.
Imposible que la arruinara, comprendí cuando entramos en un aeropuerto privado y nos detuvimos junto al elegante jet estacionado en la pista. Jax salió del Jaguar, lo rodeó y me abrió la puerta.
—¿Jax? —Me quedé paralizada en el asiento—. ¿Qué es esto?
Se hizo a un lado y, apoyando el codo en la puerta, contempló el avión con cierto orgullo.
—Ese es un Gulfstream G650ER, la última incorporación a la flota de Battle Brothers. Es capaz de transportar más de diez pasajeros a lo largo de once mil kilómetros a Mach .9 y—
—¿Jax? —Clavé las uñas en el asiento—. No te pedía las especificaciones de este precioso jet. Te preguntaba qué hace aquí y, más importante, ¿qué hago yo aquí?
—¿No es obvio? —Me miró y frunció el ceño—. El jet está aquí para llevarnos a algún sitio, rápido. Y tú estás aquí para tener una cita especial conmigo.
—Me conformo con una cena y una película —murmuré, luchando contra la ansiedad que se acumulaba en mi pecho.
—Podemos hacer eso la próxima vez.
Miré hacia la maravilla mecánica estacionada más allá de Jax. Volar en ella sería genial. Siempre había querido subirme a un avión. Y este tenía muy buena pinta.
Yo. Viajando. Mejor aún, viajando en un avión privado. Con Jax. Un cosquilleo de emoción me recorrió el cuerpo.
Y entonces el terror me cayó encima y me aplastó con el peso de un elefante de siete toneladas.
Jadeé, con las palmas sudorosas y la garganta reseca.
—El sol… Si me pilla…
—¿Emme? —Se agachó frente a mí, me tomó la mano, me la apretó suavemente y me sostuvo la mirada—. Jamás te pondré en peligro. He planeado nuestra salida hasta el último detalle. Distancias, horarios, itinerarios. No dejaré que el sol te haga daño. Te lo prometo.
—¿Y si… —tuve que aclararme la garganta—. ¿Y si… ya sabes…?
—¿Y si te pones mala? —Agarró un pequeño bolso del asiento trasero y lo abrió—. Kit de emergencia —señaló hacia el avión—. Transporte de emergencia. Tengo todo lo que podríamos necesitar para cualquier imprevisto y tengo a Apollo en marcado rápido.
Vaya con los preparativos exhaustivos. —Pero...
—Ahora mismo te sientes bien, ¿verdad?
—¿Sí?
—Entonces podemos irnos —dijo con esa seguridad arrogante que siempre me dejaba pasmada.
Respiré hondo. Hasta entonces se había portado bien conmigo. De maravilla, incluso. Pero estaba aterrorizada.
—Tenemos poco margen de tiempo.
Miró el reloj.
—¿Nos vamos?
Sus ojos. No podía resistirme a la súplica que veía en ellos, a las promesas. Vamos, en serio. ¿Cuántas oportunidades de hacer algo así había tenido antes?
Cero.
¿Y cuántos chicos se tomarían tantas molestias para aguantar mi condición?
Uno.
Saqué una pierna del coche y luego la otra. Planté los tacones en el asfalto y me incorporé. Debí de subir los escalones sola, pero no lo recordaba. Me presentaron a la tripulación. Parecían agradables, pero estaba tan nerviosa que no pude retener sus nombres.
Jax me ayudó a quitarme el abrigo, se quitó la chaqueta y se las entregó a alguien que las guardó.
Cuando quise darme cuenta, estaba sentada en un asiento mullido junto a Jax, con el cinturón abrochado, envuelta en un capullo de lujo de cuero color crema y maderas pulidas, mientras el avión cobraba vida bajo mis pies.
—¿Ya nos vamos? —murmuré casi gimiendo.
—Nos vamos.
Jax se inclinó y me tomó la mano.
Cerré los ojos y sentí el rugido de la máquina mientras corría por la pista. Despegamos rápido y con suavidad. Cuando volví a abrir los ojos, estábamos en el aire y Jax sonreía.
Las dos horas siguientes pasaron volando. Un miembro sonriente de la tripulación salió de detrás de la cortina y nos sirvió bebidas. Un merlot con notas de roble me ayudó a relajarme.
Al mirar por la ventanilla, vi una alfombra de luces centelleantes deslizándose bajo las alas del avión, como diamantes esparcidos sobre terciopelo negro.
Para cuando sirvieron la cena, ya me lo estaba pasando bien.
—Esto es maravilloso —dije mientras cortaba el filete, cocinado a la perfección—. La mejor cita de mi vida.
—Eso es lo que quería oír.
Jax sonrió y engulló un bocado, devorando la cena como si llevara meses sin comer.
Durante el resto del vuelo, desplegó su encanto innato a niveles catastróficos, capaces de derretirle el cerebro a cualquiera. Hablamos mucho. Quería saberlo todo sobre mi infancia, mi juventud, mi madre y lo bien que nos lo habíamos pasado juntas.
—Tu madre debía de ser una persona excepcional —dijo con nostalgia—. Tienes suerte. Te crió bien. Creo que te pareces mucho a ella.
—Era genial.
Dejé escapar un largo suspiro.
—La echo de menos.
—Lo sé.
Jax me acarició la mano, con los ojos llenos de compasión.
—¿Alguna vez piensas en seguir sus pasos?
—¿A qué te refieres? —pregunté mientras daba un sorbo al vino.
Su mirada se detuvo en mi rostro.
—¿Alguna vez has pensado en tener hijos, formar una familia, esas cosas?
—¿Yo?
Casi me atraganto con el vino. Dejé la copa y negué rotundamente con la cabeza.
—De ninguna manera. No puedo tener un hijo. No pienso hacerlo.
—¿Por qué no?
—Primero, no puedo fiarme de que mi cuerpo aguante algo así. Sería un suicidio. Segundo, no pienso transmitir mis genes defectuosos a un niño. Y tercero, con mis brotes, sería la peor madre del planeta, por no hablar de la carga que supondría para mi pareja.
—Dudo que fueras una carga para nadie —dijo.
—En eso tienes razón.
Levanté la barbilla con orgullo.
—Precisamente para eso trabajo tan duro.
La conversación continuó. Nos divertimos mucho compitiendo en ingenio y riendo juntos. Me lo estaba pasando tan bien que me dio un poco de pena cuando el avión aterrizó.
Cuando el avión se detuvo, miré la hora en el móvil.
—Medianoche. Planificación perfecta. Tiempo de sobra para volver a Res.
—Nuestra cita aún no ha terminado.
—¿No?
Me incorporé en el asiento, animada.
Jax me miró fijamente.
—Voy a necesitar que confíes en mí.
Me daba un poco de miedo preguntar.
—¿Por qué?
Sacó una tira de seda negra del bolsillo.
—Me gustaría que te pusieras esta venda durante los próximos cinco minutos.
—Oh.
Me sobresalté, pero me recuperé enseguida y le lancé una sonrisa traviesa.
—¿Vamos a ponernos guarros?
—Lo guarro me va, seguro, pero primero quiero enseñarte algo.
Levantó la venda.
—¿Me dejas?
Hasta entonces había confiado en él. Estaba lista para más.
—Vale.
Se desabrochó el cinturón y se levantó del asiento. En dos segundos me había vendado los ojos. Me guio escaleras abajo. Mis tacones repiquetearon en el asfalto, pero solo unos pocos pasos.
Guiada por Jax, subí a la cabina insonorizada de lo que supuse era algún tipo de vehículo. Cinco minutos después, el coche se detuvo y la puerta se abrió.
—Espera —dijo mientras me quitaba las sandalias—. Mejor.