Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo diecinueve #2
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Capítulo diecinueve #2

Cuando se ponía el sol, solíamos salir a correr o hacer un entrenamiento rápido en el centro comunitario. Comíamos juntos antes de ir a trabajar, ya fuera abajo, donde Emme se las apañaba bromeando con quien anduviera por allí, o en uno de los restaurantes de Resurrection.

Trabajábamos muchas horas en la oficina, pero también me las ingenié para mostrarle a Emme lo buena que podía ser su vida en Res. Claro, era un intento rastrero y egoísta, parte de mi estrategia de seducción, pero en el amor y en la guerra todo vale.

Aunque me sentía tremendamente culpable, me convencí de que estaba haciendo las cosas en el orden correcto. Necesitaba que Emme viera las posibilidades antes de contarle la verdad sobre el papel que quería que desempeñara en mi vida.

Necesitaba que confiara en mí y quería que se enamorara de Res... no, borra eso. Quería que se enamorara de mí.

El viernes por la noche, fuimos a esquiar a la colina local. La nieve había llegado temprano ese año y los voluntarios aparecieron de todas partes para poner en marcha el viejo telesilla.

El rostro de Emme se iluminó cuando se puso los esquís. La emoción en sus ojos cuando por fin logró mantenerse en pie a lo largo de toda la pista de principiantes valía un millón de dólares y la casi congelación que tuve que quitarle de la nariz a besos.

El sábado por la noche, me puse mi chaleco de cuero de la suerte y pasamos por la noche de chicas en las Rocosas. Con unos vaqueros BB que resaltaban sus largas piernas y el vaivén de sus caderas, Emme cantó y bailó a gusto, conmigo y solo conmigo.

Eso me convirtió en un calamar feliz.

La estreché contra mí, cantándole al oído mientras nos mecíamos al ritmo de Let Me Love You. Me encantaba sentir su cuerpo entre mis brazos. Su mejilla descansaba en mi hombro mientras bailábamos lento, desafiando el tempo más rápido de la música.

El vaivén lento y rítmico de sus caderas me recordaba cómo se movía cuando hacíamos el amor. Me pegué a ella, intentando disimular el mango de madera que se me había atascado en los pantalones.

—He planeado algo especial para el próximo jueves —dije por encima de la música.

Se echó un poco hacia atrás, con los ojos llenos de curiosidad.

—¿Algo como qué?

—Una cita —dije—. Una cita especial.

Abrió mucho los ojos y arqueó las cejas.

—¿Una cita especial?

Recorrí su rostro con la mirada, leyendo su incertidumbre, que se propagó por mi cuerpo en forma de una polla que se marchitaba y un repentino ataque de indigestión.

—Es una sorpresa, así que tendrás que ir a ciegas. ¿Vendrás conmigo?

Vaciló, apretando los labios y arrugando la nariz en ese gesto inquisitivo y escéptico que había llegado a conocer tan bien.

Seguía siendo mi zorrita reacia. Quería ir, pero no terminaba de decidirse.

Las luces de la pista de baile se atenuaron. La música dio paso a la melodía suave y melosa de Meant to Be. Atraje a Emme aún más hacia mí y, meciéndome con ella, le canté la letra al oído.

Estábamos destinados a estar juntos. Si tan solo ella lo creyera.

Acaricié con los labios la piel suave detrás del lóbulo de su oreja.

—Di que sí, Emme. Ven a una cita especial conmigo.

—Iré contigo.

El corazón me dio un vuelco de alegría. Quizás estaba avanzando después de todo.

Le recorrí la espalda con las manos, apropiándome de sus curvas. Repetí la letra sensual en su oído como un mantra hipnótico. La invité a cabalgar conmigo y luego, torciendo las palabras a mi favor, también la invité a cabalgarme.

El chaleco demostró traer suerte, sin duda. Aceptó mi invitación. Fuimos a casa, donde me cabalgó con resultados espectaculares durante un buen rato.

El domingo, Kass subió en coche y todos nos presentamos en El Taj para el festín culinario semanal de Max. El cabrón malhumorado nos echó de la cocina. Nos trasladamos al bar para tomar una copa antes de la cena, todos excepto Emme.

—No soy una gran chef —le dijo a mi hermano mercurial—. Pero se me da bien el hara-kiri de verduras.

Max la fulminó con su único ojo.

—¿Sabes cortar en juliana?

—Con la misma certeza que Lady Arya Stark.

Max soltó una carcajada de sorpresa. Para mi asombro, escogió un cuchillo y, sosteniéndolo por la hoja, apoyó la empuñadura sobre la muñeca y se lo ofreció a Emme con una reverencia.

—Vuestra arma, mi señora.

Con una sonrisa, Emme aceptó el cuchillo y, juntos, ella y Max estrecharon lazos sobre una masacre de verduras.

Di un largo trago a mi cerveza de barril y, negando con la cabeza, me maravillé de la habilidad de Emme para conectar con la gente en general y con Max en particular.

Era única.

Kass se dejó caer en el taburete a mi derecha.

—¿Cómo le ha ido esta semana?

—¿Max? —Me encogí de hombros—. Más o menos igual.

—Sigue con un palo metido en el culo —dijo Apollo, sentándose en el taburete a mi izquierda.

—Tú también estarías insoportable si te hubieran dejado fuera de combate —señalé.

—Esta mañana iba con la moto montaña arriba como alma que lleva el diablo —dijo Troy desde detrás de la barra, sirviendo cervezas.

Apollo hizo una mueca.

—Va a matarse con esa cosa.

—Quizá sea eso lo que quiere —dijo Troy, que nunca se andaba con rodeos.

Silencio.

Max tenía un deseo de muerte. Todos lo sabíamos. Lo que no sabíamos era cómo aplastar la oscuridad que atenazaba su alma.

—Noticias —dijo Kass, rompiendo el silencio—. Matthias Hawkins ha contactado.

—El bueno de Matthias. —No existía un SEAL más fiable—. ¿Sigue en África?

—Afirmativo —dijo Kass—. Pide refuerzos.

Estaba dispuesto a trabajar con Matthias en cualquier momento y lugar. Por otro lado, Emme estaba aquí, en Res, durmiendo en mi cama a diario. Solo pensar en dejarla me revolvía por dentro. ¿Por qué me sentía tan dividido?

—¿A quién le toca? —pregunté.

Troy levantó la mano.

—Yo.

—Qué suerte tiene el cabrón —murmuró Apollo entre dientes.

Por primera vez en mi vida, no me hundía que no me tocara salir de misión. De hecho, estaba aliviado.

¿Qué demonios me estaba haciendo esa mujer?

—El briefing es a medianoche —dijo Kass.

Troy miró a Apollo.

—¿Qué me dices, mirapollas? ¿Te machaco ahora o cuando vuelva?

Apollo sonrió con suficiencia, agarró su cerveza y siguió a Troy hasta la zona de juegos, donde Trev ya trasteaba con su mando.

—Te machaco ahora, rajado, cuanto antes mejor.

Todavía me estaba riendo cuando Kass dio un largo trago a su cerveza y me clavó la mirada.

—Vi tu petición para el próximo fin de semana —comentó como quien no quiere la cosa—. Vaya cita que estás planeando.

—Vete a la mierda —dije—. No estoy gorroneando. Lo pago de mi propio bolsillo.

—No hablo del dinero. —Arqueó una ceja con escepticismo y señaló a Emme con la barbilla—. ¿Estás seguro?

—Totalmente.

Había ganado mucho dinero con Battle Brothers.

Como me había criado en la miseria, tendía a acumular e invertir casi todo.

Pero algo extraño me pasaba cuando miraba a Emme.

Quería gastarme el dinero en ella, invertir la pasta en arrancarle sonrisas.

Quería demostrarle que era capaz, que tenía recursos.

Al fin y al cabo, ¿para qué servía todo ese dinero si no era para gastarlo en quienes querías mimar?

—Ah, ya lo pillo. —Kass dejó caer la jarra sobre la barra—. ¿Entonces es cuando piensas decírselo?

Solté un resoplido de fastidio.

—Cállate, rata de trinchera.

Kass me dio una palmada en la espalda antes de levantarse para unirse a los demás.

—Buena suerte con eso, Jax.

—Sí, gracias. —Me iba a hacer falta toda la suerte del mundo.