Capítulo diecinueve
Emme
Me desperté con los suaves ronquidos de Jax en mi oído. Acurrucada en la pequeña tienda, arropada entre sus brazos, con el cuerpo saciado tras horas de hacer el amor, estaba en el paraíso.
Un suave susurro golpeteaba la tienda por fuera. Lluvia, o quizás nieve; no sabría decirlo. Pero dentro, la tienda estaba acogedora y el aire era cálido, impregnado de sal y sexo.
Antes de Jax, nunca había compartido cama con nadie, y mucho menos una tienda. Si pudiera detener el tiempo ahora mismo... Jax sería mío y jamás me apartaría de su lado. Seguiría reviviendo este momento, ajena a los giros del mundo y a los ciclos del sol.
El sol.
El corazón me dio un vuelco.
¿Qué hora era?
Jadeé y me incorporé de golpe. —¡Dios mío!
Con reflejos felinos, Jax se puso en cuclillas de un salto, pasando de cero a cien en un segundo.
—¿Qué pasa? —Jax recorrió la tienda con la mirada, con los músculos en tensión y los puños cerrados, listo para pelear.
—¿Dónde está? —Tanteé entre el revoltijo de sacos de dormir, buscando frenéticamente mi móvil—. ¿Dónde lo puse?
Revolví todo en la tienda, medio atrapada en mi saco de dormir, mientras imaginaba el sol asomando sobre las montañas y sus rayos asesinos atravesando las endebles paredes de la tienda.
—No encuentro mi móvil —grité con voz aguda—. ¡No sé qué hora es!
Jax me miró como si me hubiera vuelto loca. —Tranquila. Todo está bien.
Cuando seguí a lo mío, apartando la ropa a manotazos y despotricando como una loca de atar, me agarró las manos y las sujetó.
—Oye. ¿Emme? Para. ¿Por favor?
—¡Pero Jax! —Respiré entrecortadamente—. El amanecer, está llegando, y el sol...
—No va a hacerte daño.
Me quedé paralizada, incapaz de procesar lo que estaba diciendo.
Con una ligera inclinación de cabeza que pedía paciencia, me soltó las manos, alargó el brazo y sacó su móvil del bolsillo de plástico de la pared de la tienda. Tras tocar la pantalla, me mostró la hora.
—Las seis y cuarenta y nueve. No hace falta que cunda el pánico. Tenemos tiempo y puse una alarma. Sonará en T menos tres... dos... uno.
El móvil empezó a sonar a todo volumen con Blaze of Glory de Bon Jovi.
Miré a Jax con total incredulidad. Por un momento, no supe qué me sorprendía más: que hubiera puesto una alarma para mí o que Bon Jovi sonara en su móvil. Lo primero era inconcebible, así que opté por lo segundo.
—¿A ti te gusta Bon Jovi?
Me dedicó una sonrisa de disculpa. —Por favor, no se lo digas a nadie.
A mí me encantaba Bon Jovi, pero mi mente se había quedado enganchada en la otra revelación.
—¿Pusiste una alarma?
Eso era cosa mía, no suya. Pero él había puesto la alarma y había velado por mí cuando me dejé llevar por mis impulsos y me olvidé de todo lo demás.
—Te cubro las espaldas, Emme. —Me tomó la mano y me besó los nudillos—. Hoy no amanece hasta las siete y cuarto. Tenemos tiempo.
Tragué saliva tan fuerte que debió de oírlo. —¿Buscaste la hora del amanecer?
Suspiró. —No soy tan tonto como parezco.
—La tonta aquí soy yo.
¿De verdad me había olvidado de poner la alarma? Quería darme de cabezazos contra la pared. Y ahora tenía que ponerme a salvo, y deprisa.
—Caminar hasta El Taj llevará un rato —farfullé—. Ya es el crepúsculo, y después de eso...
—¿Emme? Tranquila. —Su calma contrastaba con la ansiedad que me bullía en el pecho—. Respira hondo. ¿Por favor?
Tomé una bocanada de aire y me obligué a soltarlo. La mano me temblaba entre los dedos firmes de Jax. El corazón me galopaba en el pecho. Para cualquier otra persona, empezar tarde era un inconveniente. Para mí, era una emergencia de vida o muerte.
—No voy a dejar que el sol te haga daño. —Me sostuvo la mirada y poco a poco me soltó la mano—. Estás a salvo conmigo. ¿Entendido?
Lo entendía perfectamente. Es solo que no estaba acostumbrada a que nadie más cuidara de mí.
—Vistámonos. —Buscó mi ropa interior y me la entregó—. Quiero enseñarte algo.
—Vale, pero tenemos que darnos prisa. —Me abroché el sujetador, agarré la camisa y metí los brazos en las mangas en tiempo récord.
—Estamos bien —dijo, pero por consideración a mí, recogió su ropa y se vistió antes que yo.
—Funcionó —dije, subiéndome la cremallera de los vaqueros a toda prisa.
Frunció el ceño mientras se abrochaba la camisa. —¿Qué funcionó?
—Tu tienda. —Me puse los zapatos—. Está acogedora aquí dentro. Y tu lámpara. Todavía está encendida.
—No es solo la tienda y la lámpara lo que funcionó. —Se acercó a mí, me abrazó contra su pecho y me besó—. Nosotros funcionamos. Hacemos fuego juntos. No lo olvides nunca.
Su manera de hablar me dejaba sin aliento y hacía que el corazón me diera un vuelco. Era como si supiera exactamente qué decir para hacerme sentir bien.
La felicidad de oír cosas tan dulces de su boca ahogó la voz distante que susurraba una advertencia indefinida en el fondo de mi mente. Quizá habría indagado más, de no ser porque él agarró mi portátil, salió de la tienda y me ofreció la mano.
La tomé, confiándole mi vida.
Yo, confiándole mi vida a él, un hombre.
El corazón me dio un vuelco en el pecho. Quién me lo iba a decir.
Me apoyé en su brazo. Cada parte de mí lo recordaba. Qué noche habíamos pasado. Me había besado, lamido, acariciado y llevado al placer más allá de los límites de mi imaginación. El sexo con Jax era un viaje fenomenal.
El cielo seguía oscuro, pero un resplandor lila envolvía el contorno negro de la montaña. Una bocanada de aire helado me sobresaltó los pulmones. La nieve caía a nuestro alrededor, copos delicados e iridiscentes que depositaban besos fríos en mi rostro y cubrían la terraza con un manto blanco.
Jax contempló el paisaje invernal y se volvió hacia mí.
—Mágico, ¿verdad?
—Mágico —asentí, aunque no me refería a la nieve.
Sin prisa, Jax me guio por su oficina, preparó su bandolera y me condujo escaleras abajo. Incluso a esas horas intempestivas, el lugar bullía de gente trabajando.
—¿Adónde vamos? —pregunté al llegar al sótano.
—Ya lo verás.
Abrió una puerta de acero y accionó un interruptor.
Una hilera de luces iluminó un largo corredor subterráneo. Me detuve en el umbral e inhalé una bocanada de aire frío con olor a metal.
—¿Qué es este lugar?
—Ven conmigo.
Me tomó de la mano y echamos a andar por el túnel. Nuestros zapatos crujían sobre el suelo de tierra compactada y su voz resonaba suavemente por el pasadizo.
—Antiguamente había varias minas bajo el pueblo —explicó—. Formaban un laberinto subterráneo. Los vecinos usaban estos pasadizos cuando no querían que los vieran por las calles.
Observé las enormes vigas que revestían las paredes de piedra.
—¿Me estás diciendo que este túnel conecta el almacén con El Taj?
—Ajá.
—Pero... ¿por qué?
—Para que los huéspedes del hotel con ciertos... apetitos pudieran bajar al sótano del almacén, donde solían reunirse las damas de la noche.
Me quedé boquiabierta.
—¿Había un burdel en el sótano del almacén?
Arqueó las cejas.
—Conveniente, ¿no te parece?
Sonreí.
—Diabólicamente conveniente.
—Ahora usamos la misma ruta práctica para ir de casa al trabajo y viceversa cuando el tiempo se pone muy feo, cosa que pasa a menudo aquí arriba, sobre todo en invierno.
—Eso es... ¡genial!
—Me encanta que me llames eso.
Se rio mientras me besaba la mano.
Le di un golpecito en el brazo.
—Que no se te suba a la cabeza, ¿eh?
—No lo haré, sobre todo porque aquí no hay ninguna genialidad. Es puro pragmatismo.
—Los Battleson sois expertos en eso.
—Y piénsalo. Con unos simples ajustes a cada lado, podrías ir y venir cuando quisieras.
Se me cortó la respiración. Acababa de ofrecerme un regalo increíble en forma de túnel subterráneo, una vía de entrada y salida incluso cuando brillara el sol. Su oferta era un pedazo de la libertad que tanto ansiaba, servido en bandeja de plata y aderezado con el cariño que brillaba en sus ojos.
Santa Madre, ayúdame. Era demasiado bueno para ser verdad. A mí no me pasaban estas cosas. Tenía que haber gato encerrado, y uno bien gordo.
Al final del túnel llegamos a otra puerta de acero. Daba al sótano de el Taj, un espacio amplio con seis taquillas.
—¿Qué es esto? —pregunté con curiosidad.
—Aquí guardamos el equipo.
Me condujo escaleras arriba.
—Pero tranquila, las armas están bajo llave.
Estupendo. Nunca me habían gustado las armas, nunca había estado cerca de ellas ni las había necesitado para nada. Saber que el sótano estaba lleno de armamento me resultaba inquietante, pero al menos estaba todo bajo llave.
Cuando llegamos al apartamento de Jax, habían quitado los tablones de madera, habían cubierto los cristales con láminas anti-UV y unas gruesas cortinas opacas colgaban en cada ventana.
Abrí la boca para protestar por cómo Jax había tirado el dinero, pero él levantó un dedo en señal de advertencia.
—Ni una palabra más.
Me plantó un beso en la coronilla, me dio la vuelta y me dio una palmadita en el trasero.
—A la cama.
—¿Y tú?
—Voy a entrenar con los chicos y luego vuelvo.
Entró en el vestidor y salió con una bolsa de deporte.
—Pero te prometo que estaré en la cama contigo cuando despiertes.
Me dio otro beso y desapareció por la puerta. Me quedé allí, mirando cómo se iba, con el corazón y el cuerpo añorándolo ya.
Para una mujer que nunca había compartido cama con nadie, sus promesas se traducían en una esperanza casi insoportable, por no hablar de una mejora enorme en mi calidad de vida.
«Por favor, Dios». No quería despertar de este sueño.
Me miré en el espejo.
—No te vas a poner enferma —ordené, imitando la voz autoritaria de Jax—. ¿Entendido?
Me metí en la cama, confiando en que el universo fuera benévolo y alargara mi racha de suerte.
***
Jax
No me estaba yendo tan mal.
Durante nuestra primera semana juntos en Res, Emme y yo adoptamos una rutina cómoda. Nos despertábamos tarde y recibíamos la noche con nuestras propias «delicias matutinas», que, técnicamente hablando, eran más bien delicias vespertinas.