Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Dieciocho
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Capítulo Dieciocho

Jax

—Vaya.

Emme contemplaba la sede de producción de Battle Brothers con los ojos muy abiertos y los labios —aún hinchados de besos— ligeramente entreabiertos.

El orgullo me hinchó el pecho y una sensación embriagadora me zumbaba en la cabeza. Eso me provocaba Emme. Me hacía sentir realizado. Validaba años de trabajo duro y disciplina. Me daba esperanza de poder ser algo más que caos hecho carne.

Sus ojos plateados recorrieron el almacén histórico reconvertido que servía de oficinas para Battle Brothers, Inc. Se le dibujó una sonrisa en el rostro mientras contemplaba las modernas instalaciones de producción que se alzaban tras la fachada de ladrillo.

Era la suma de mi trabajo: treinta mil pies cuadrados de espacio ecológico y de vanguardia, plasmado en líneas angulares y paredes de cristal que dejaban entrar el exterior.

Me di cuenta de que estaba imitando la sonrisa de Emme.

El diseño de productos era mi especialidad civil.

Mi «trabajo civil» consistía en desarrollar nuevos productos y supervisar las líneas de producción de BB.

Le hice a Emme una visita rápida por la fábrica, donde el turno de noche funcionaba a pleno rendimiento.

Acabamos en mi oficina, en el último piso del almacén reconvertido: la amplia y desordenada sala que todos llamaban «el taller». Un espacio grande con suelos de hormigón, paredes de ladrillo y grandes ventanales.

Aparté la pila de planos, especificaciones de productos y muestras amontonadas sobre la mesa de conferencias. Emme mordisqueaba los kebabs con aire feliz. Nuestra pequeña disputa había quedado oficialmente atrás. Quizá se estaba acostumbrando a la idea de nosotros como pareja.

Bien. Necesitaba que creyera en nosotros, y cuanto antes, mejor.

Compartimos una cena relajada en mi oficina. Mejor, imposible. Reuní valor. Era hora de contarle mi plan, todo, de pe a pa.

Estaba a punto de jugármela cuando Max entró con paso tranquilo, el pelo largo recogido en un moño despeinado, la barba de varios días sin afeitar. Sin siquiera un hola, dejó caer unas mallas de correr de mujer sobre la mesa.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Las hemos promocionado a muerte.

Se rascó la barba desaliñada.

—No se venden.

—¿Por qué no?

Miró al techo y resopló.

—¿Cómo coño voy a saberlo?

Reprimí una chispa de irritación y me recordé que teníamos que ser pacientes con él.

—No te enfades conmigo. Tienes un trabajo que hacer. Así que hazlo.

—Lo estoy haciendo.

Curvó los dedos y se miró las uñas.

—Muerte por aburrimiento.

Ah, mierda. El imbécil no podía aceptar que lo queríamos sano y salvo.

—Disculpad.

Emme nos miró alternativamente a Max y a mí.

—Quizá pueda ayudar.

Max se encogió de hombros con apatía.

—¿Y qué te cualifica?

—¡Max!

Iba a tener que estrangular al capullo malhumorado.

—Trabajo en marketing, ¿recuerdas?

Emme sonrió, aparentemente inmune a la actitud de mierda de Max.

—Mejor aún, tengo unas de estas. Son estupendas, pero ¿ves esto?

Cogió las mallas y pasó un dedo por la costura interior.

—Es demasiado gruesa.

Max entrecerró los ojos mirando la costura.

—¿A quién coño le importa?

Me puse de pie, con los puños cerrados.

—Estás siendo un gilipollas.

—Siéntate, Jax —ordenó Emme, tan tranquila.

Por alguna extraña razón, mis rodillas se doblaron en total obediencia.

—Max, a tus clientes les importa —dijo ella—. ¿Te gustaría correr con una erección?

Max se encogió de hombros con indiferencia.

—No suena cómodo.

—Ni factible —añadí.

—Pues lo mismo pasa con las mujeres —dijo Emme.

Max me miró perplejo.

—¿De qué coño está hablando?

—Ni idea.

Arqueé las cejas mirando a Emme.

—No lo pillamos.

—La costura —dijo como si lo que estaba intentando decir debiera ser perfectamente obvio para ambos—. Presiona, justo en el clítoris.

Max agarró las mallas y estiró la entrepierna, mirando fijamente la costura reforzada.

—Joder, tiene razón. Por eso las puñeteras mallas no se venden.

Inclinó la cabeza de esa manera depredadora suya.

Entrecerró su único ojo mirando a Emme. Ella le aguantó la mirada sin pestañear.

Puede que los labios de ella se curvaran primero.

De pronto, Emme estalló en un ataque de risitas.

Lo que sucedió entonces me pilló por sorpresa.

Max soltó una carcajada y las risas contagiosas que tanto había echado de menos resonaron en el taller.

—Tienes razón —dijo cuando se le pasó la risa—. ¿Quieres un trabajo?

—¿Yo?

Emme se enderezó en la silla.

—No. Ya tengo trabajo.

—Lástima —dijo Max—. Tenemos cero servicio al cliente.

Emme me lanzó una mirada acusadora.

—¿Le dijiste que necesitaba un trabajo?

—No, lo juro.

Levanté las manos en señal de rendición.

—Todo esto es nuevo para mí.

Miró a Max, luego a mí.

—No necesito ningún favor.

—Pelirroja, deja de venderme la moto —dijo Max con su voz grave—. Te busqué. Te vendría bien el negocio.

—¿Qué? —espetó Emme—. ¿Hackeaste mis cosas? ¡Eso es como... ilegal!

—¿Y qué? —gruñó Max—. Hacemos lo que haga falta para cumplir.

Emme se volvió hacia mí como una tigresa enjaulada.

—¿Sabías que me había hackeado?

—¡No, por supuesto que no! —Le lancé a Max una mirada asesina.

—¿Algún problema? —dijo Max—. Solo te estoy cubriendo las espaldas.

Y mandando mis posibilidades al carajo.

Solté una retahíla de maldiciones entre dientes. Max tenía tendencia a actuar por su cuenta. En cuestiones de ciberespionaje, no distinguía entre el bien y el mal. Una vez que se lanzaba a una de sus operaciones, no había quien lo parara.

Emme me apuntó con el dedo.

—¡Tú lo pusiste a hacer esto!

—Te lo juro, no fui yo. —Me volví hacia Max—. Oye, cabeza hueca, ¿me lo estás jodiendo todo?

—Hashtag orgullo del tamaño de Texas. —Max indicó a Emme con la barbilla, ignorándome—. Para que conste, Jax no me pidió que te investigara. Fue decisión mía. ¿Quieres entrar? Tienes que pasar la inspección. Mi inspección.

La cara de Emme se puso tan roja como su pelo.

—¿Quién dice que quiero entrar?

Maldición. No era lo que quería oír, pero Max no iba a quedarse al margen.

—Noticia de última hora —graznó Max, sin inmutarse por mi ceño fruncido—. El mundo funciona a base de favores. Hoy por ti, mañana por mí. Así es como funcionan las cosas. No vas a lograrlo sin favores. Ni sin amigos.

—Última advertencia —gruñí—. Cierra el pico, Max.

—Sí, claro, me callaré. —Max se dirigió a la puerta; sus Chacos resonaban contra el suelo de hormigón—.

Pero es una puta lástima. Ella sería buena y odio esta mierda del marketing.

—Se detuvo en el umbral, se volvió y sostuvo la mirada indignada de Emme—.

Y por cierto, tapé los enormes agujeros de seguridad de tu empresa. Ningún otro cabrón podrá entrar.

Emme abrió la boca y la cerró. Su mirada siguió a Max mientras salía del taller.

—Perdona por ese follón —murmuré—. Es un caso perdido.

—Más bien un limón amargo con patas. —Hizo una pausa y volvió a fulminarme con la mirada—. No puedo creer que hackeara Midnight Solutions. ¿No tiene límites éticos o algo así?

—En realidad no —dije—. Para proteger y defender, hará lo que considere necesario.

—Pero ¿por qué se tomaría la molestia de arreglar mi ciberseguridad?

—Así es Max —dije—. ¿Sirve de algo que me disculpe en su nombre?

—Supongo. —Respiró hondo—. ¿Es cierto que no tenéis servicio al cliente?

Me encogí de hombros.

—Solo está él.

—Entonces estáis jodidos.

—Sí, y tanto... quiero decir, desde luego.

Max tenía razón. Emme era buena en lo suyo. Había identificado el problema en un instante. Pero nunca aceptaría trabajar con nosotros, ¿verdad?

Era demasiado orgullosa e independiente para su propio bien. No sabía qué me atraía más: su agudeza mental o su intuición para calar a la gente.

De cualquier manera, mi entrepierna se tensó con una erección descomunal. Acababa de ponerme cachondo con su cerebro.

—Cambiando de tema —dije—. ¿Acabas de decir la palabra clítoris en mi oficina?

—Ajá. —Una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro—. Tuve que hacerlo para resolver tu problema.

Le tomé la mano y la presioné sobre mi regazo.

—Y ahora vas a tener que resolver otro problema.

El rubor que confirmaba su excitación me puso aún más duro. Joder, sí, era adicto a ella.

Estaba a punto de cerrar la puerta con llave, bajarme la cremallera y presentar mi activo para su inspección cuando sonó su móvil. Echó un vistazo rápido al identificador de llamadas y cogió el teléfono.

—Lo siento. —Se encogió de hombros—. Tengo que atender esto.

Se vio envuelta en una emergencia laboral. Con el teléfono encajado entre la oreja y el hombro, sacó el portátil y se puso a hablar con su equipo.

Mi decepcionado miembro se desinfló, pero sonreí. Mi chica era una empresaria de primera.

No tuve otra oportunidad de hablar con Emme. Mi asistente entró con el informe de producción nocturno, justo antes de que llegara el equipo ártico para montar los nuevos artículos de la línea de invierno.

En poco tiempo, varias tiendas ligeras de montañismo se alzaban en mi terraza privada, iluminadas por las nuevas linternas solares que había diseñado. Esperaba que las unidades compactas y portátiles pudieran iluminar una tienda durante toda la noche.

Alrededor de la una de la madrugada, mi móvil vibró con un mensaje de Max. Dejé a Emme en mi oficina dando una sesión de formación online y fui a la sala de al lado, donde me uní a Max en nuestro centro de comunicaciones seguras. La cara de Kass apareció en la pantalla.

—¿Qué pasa? —dije, sentándome—. Qué tarde estás despierto.

—Vosotros, listillos, no tenéis el monopolio del turno de noche —dijo Kass.

Lancé una suposición al aire.

—¿Otra cita que salió mal?

—Que te jodan —espetó Kass, confirmando mi suposición.

—Puedes salir con todas las mujeres que quieras —dije, no por primera vez—. No van a ser Tee.

Kass soltó con sorna: —Como si tú supieras lo que haces.

Golpe directo. Había perdido otra buena oportunidad de sincerarme con Emme. Maldición. Las relaciones requerían agallas.