Capítulo Dieciocho #2
—Tenemos un rastro de McVeigh —dijo Max—. Una de sus tarjetas de crédito registró actividad en Phoenix, Arizona. Otra transacción apareció cerca de la frontera con México.
—Inusual. —Consideré todo lo que sabía sobre McVeigh—. Es un hijo de puta muy listo.
Max arqueó una ceja. —¿Error de novato?
—No es ningún novato. —Miré a mis hermanos—. ¿Una trampa?
Kass sonrió con suficiencia. —Ahora sí que estás usando el cerebro.
—Podríamos darle la vuelta.
Max asintió. —Puede llevar algo de tiempo, pero te conseguiré una dirección si quieres aceptar la invitación de McVeigh.
Nunca rechazaba una misión, y la idea de agarrar a McVeigh por el cuello me hizo sonreír. —Consígueme las coordenadas y allí estaré sin falta.
—Reuniré un equipo y los tendré en espera —dijo Max—. Iré contigo.
—Tú no vas a ninguna parte —dijo Kass—. Estás de baja médica. No tienes autorización para actuar.
Max hizo una mueca como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. —No podéis apartarme de la acción para siempre.
—Las reglas son las reglas —dijo Kass—. Sin excepciones.
Max cerró los puños sobre el teclado mientras me miraba fijamente. —¿Vas a ayudarme o qué?
Respiré hondo, dándole a Max el mérito de mantener la calma.
Quería a Max con todo mi corazón. Daba igual lo fuerte y feroz que se hubiera vuelto; en mi mente seguía siendo ese chico escuálido y empollón con un coeficiente de genio que había conocido en el reformatorio, mi hermano pequeño que necesitaba protección.
Sin duda, Max era letal en el campo, de fiar, meticuloso, el tipo que querías cubriendo tu espalda cuando todo se iba al infierno. Intenté ponerme en su lugar. Estar fuera de la acción me habría vuelto loco.
Pero Kass también tenía razón.
Apollo no había dado el visto bueno a Max, lo que significaba que seguía en recuperación. Que las pesadillas y las migrañas continuaran no ayudaba. Odiaba que Max estuviera fuera de juego, pero tampoco quería que volviera a resultar herido, o peor, que muriera como Leo.
—Lo siento, hermano. —Se me revolvieron las tripas—. Tengo que darle la razón a Kass.
Si Max apretaba más la mandíbula, se le iba a partir.
—Os conseguiré las putas coordenadas —gruñó, poniéndose de pie—. Voy a aparcar mi culo inútil en alguna otra silla elegante, lejos de vosotros y vuestras jodidas reglas.
Salió hecho una furia, dejando la silla vacía girando a su paso. Suspiré. Y yo que le había dado el mérito de mantener la calma.
—No está listo. —La preocupación ensombreció la mirada de Kass—. Estamos haciendo lo correcto.
—Eso espero. —Más allá de su seguridad, la vida de Max estaba en juego, junto con su cordura.
En cuanto terminé, fui directo a mi despacho, con el corazón latiéndome un poco más fuerte ante la idea de encontrar a Emme. Ansiaba oír su voz y ver su sonrisa. Pero cuando recorrí la habitación con la mirada, se me cayó el alma a los pies. Emme no estaba por ninguna parte.
El corazón se me paró.
Estaba a dos segundos de dar la alarma cuando noté que las puertas de la terraza estaban ligeramente entreabiertas. Miré hacia fuera, examinando las tiendas de campaña plantadas allí. Una luz azul brillaba dentro de la pequeña tienda de dos personas, más intensa que en las demás.
El corazón me volvió a latir.
Crucé la terraza, me pisé los talones y me quité las botas. Me arrodillé, abrí la cremallera de la entrada y miré dentro.
Emme estaba sentada al fondo de la tienda con el portátil en el regazo. Parecía calentita y cómoda, metida en uno de los sacos de dormir. Me alegró ver que mi pequeña lámpara seguía funcionando en la esquina, proyectando un resplandor suave.
Con los auriculares puestos, mordiéndose el labio, la mirada fija en la pantalla, Emme tecleaba a toda velocidad. Una pequeña arruga se marcaba entre sus cejas fruncidas.
No pude evitar sonreír. Estaba adorable incluso trabajando.
Levantó la vista de la pantalla, pegó un bote y soltó un gritito al verme.
Se llevó la mano al corazón y se quitó los auriculares. —¡Me has asustado!
—Tú me asustaste primero. —Entré a gatas en la tienda, con las manos y las rodillas crujiendo sobre el nailon—. Casi llamo a los Marines cuando no te encontré en mi despacho.
—¿A los Marines? —Sus carcajadas resonaron en la tienda—. ¿No te parece un poco exagerado?
—No, señora, no cuando se trata de ti. —Me acomodé a su lado, encajando los hombros en el espacio reducido—. ¿Qué haces aquí?
—Oh... eh... nada. —Evitó mi mirada, pero se le sonrojaron las mejillas, lo que me dio una pista de que algo la avergonzaba.
Le di un codazo cariñoso. —¿Quieres contarme qué pasa por esa cabecita tuya?
—Es una tontería. —Se encogió de hombros—. Te vas a reír de mí.
—Corrección —dije, cogiéndole la mano—. Me reiré contigo. Venga, suéltalo.
Cerró el portátil y me dedicó esa sonrisa torcida que siempre captaba mi atención.
—Soy bastante feliz.
Titubeó un momento, hasta que la animé a seguir.
—Pero tengo sueños. Todos los tenemos, ¿no?
—Verdad.
Yo también tenía sueños, enormes, y ahora todos giraban en torno a ella. Algo que necesitaba decirle.
—Como sabes, hay cosas que me cuestan. Tengo una lista corta, aquí.
Se tocó la frente.
—Es una lista de cosas que me gustaría vivir algún día.
Interesante.
—¿Qué es lo primero de esa lista?
—Ver el océano siempre ha competido con ver las montañas de cerca.
Dibujó un tic en el aire.
—Las Rocosas, cumplido y tachado, gracias a ti.
Sonreí como el idiota enamorado en que me convertía cuando me miraba así.
—Ah, y desde niña, siempre quise quedarme a dormir en casa de alguien. Eso ya está, y muy a conciencia, debo decir.
Su sonrisa sugerente me hizo hervir la sangre... en cierta zona.
—Así que pensé: ¿por qué no aprovechar la racha? Nunca he ido de acampada. Siempre quise. Estabas ocupado, las tiendas estaban montadas, y pensé... bueno... ¿por qué no?
La emoción irracional que me retorció las entrañas me pilló desprevenido. Un momento antes estaba tranquilo, pero ahora Mayhem se revolvía dentro de mí, vengativo y violento.
Quería aullar contra la injusticia biológica que impedía a Emme hacer lo que le diera la gana. Quería arrancar ese maldito gen de su hélice y sustituirlo por uno sano de los míos. Joder, por un momento quise hacer explotar el sol.
Tranquilo, Jax, tranquilo.
Ella no necesita tu rabia encima de todo lo demás.
—¿Quieres ir de acampada?
Le besé los nudillos.
—Te llevaré de acampada.
Puso los ojos en blanco.
—No puedo ir, eso ya lo sabes. Me temo que vas a descubrir que estar conmigo es un aburrimiento total.
—Estoy de acuerdo en que estar contigo implica ejercicio... y muy vigoroso.
Devoré su sonrisa torcida como un alcohólico su copa.
—Si te parezco aburrido, tendré que esforzarme más.
Se rio.
—¡No me refería a ti!
—Puede que no pueda darte la experiencia completa de acampada, pero podemos empezar.
Arqueó las cejas.
—¿Ahora?
—Ahora mismo.
Me desabroché la camisa de franela, me la quité y la tiré a un lado.
Se quedó mirando mi pecho desnudo, boquiabierta.
—¿Qué demonios haces?
—Desnudarme. ¿No se nota?
Me bajé la cremallera y me quité los vaqueros y los calzoncillos a base de contorsiones en aquel espacio tan reducido.
—Pero...
Se le tiñeron las mejillas de un rosa encantador.
—¡Estás en el trabajo!
—Exacto.
Me quité los calcetines.
—Control de calidad. Tengo que asegurarme de que esta tienda cumple los estándares.
—¿Qué?
—¿No te has enterado? —dije—. Cuando una mujer y un hombre que no pueden quitarse las manos de encima van de acampada, pasan cosas. Nuestro trabajo es asegurarnos de que esta tienda aguanta la prueba.
Le temblaron los labios conteniendo una sonrisa, pero me clavó sus ojos grises.
—¿Ah, sí?
—Afirmativo.
Me incliné y aparté el portátil.
—Primera regla de acampada: llevar el equipo adecuado. ¿Me das tu camisa, por favor?
—¿Mi camisa?
Jugueteó con el escote y me dedicó un puchero inocente.
—¿Por qué?
—Prueba de temperatura —dije—. Hay que verificar que dos personas desnudas sobrevivirán en condiciones invernales.
Me miró con los ojos entornados.
—¿Y si tengo frío?
La sangre me hirvió en la entrepierna.
—Eso no va a pasar mientras yo esté cerca.
Despacio, juguetona, empezó a desabrocharse los botones de la camisa. Se hacía la interesante y me encantaba. A mi polla le gustaba aún más.
Centímetro a centímetro, fue revelando la tentadora extensión de su piel, desde el manto de pecas en la base del cuello hasta la blancura cremosa entre sus pechos.
Contuve el aliento, cautivado. Emme jugaba conmigo, me provocaba con su inocencia seductora, me desafiaba con ese brillo travieso en la mirada que me ponía aún más duro.
Dios, ayúdame. Si seguía provocándome así, iba a tener que arrancarle la ropa y hundirme en ella solo para no perder la cabeza.
Por fin llegó al último botón. Se deslizó la camisa por los hombros y me la tendió.
—Aquí tienes.
Cogí la camisa y la lancé por encima del hombro. Mi mirada bajó a sus pechos, ceñidos en un sujetador deportivo negro básico de BB.
Joder, estaba celoso de su sujetador.
El calor me subió a la entrepierna.
—Los pantalones —dije—. Fuera.
—De acuerdo —dijo obediente—. Pero solo en nombre de la ciencia y el comercio.
Me reí con un gemido lujurioso. Esta mujer podía tenerme sonriendo, carcajeándome y empalmado las veinticuatro horas.
Se desenredó del saco de dormir, se arrodilló y se bajó la cremallera. Luego se echó hacia atrás, apoyada en manos y pies, y levantó las caderas.
—¿Me echas una mano?
Hambriento de ella, le bajé los pantalones y las bragas por las piernas y las tiré a un lado. Juro que la temperatura en la tienda había subido a unos deliciosos treinta y dos grados. El aroma de su excitación llenó el reducido espacio, el más exquisito de los perfumes.
Juntó las piernas y se sentó con las rodillas hacia un lado, se quitó la goma del pelo y soltó su espesa melena castaño rojiza, que cayó en cascada sobre sus hombros.
Dios, era impresionante.