Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

Emme

—Dile a Inspired.com que necesitamos esas muestras —le dije a Evelyn por el móvil mientras iba y venía por la sala de Jax—. Tenemos que conocer sus productos para poder responder a las preguntas de sus clientes.

—Pero, Emme —dijo Evelyn—, no quieren gastar el dinero en enviarnos el inventario.

Intenté contener mi impaciencia, pero no fue fácil.

Había sido un día duro. Ya había pasado una hora al teléfono discutiendo con mi compañía de seguros sobre quién debía pagar los costes de limpieza de los restos carbonizados de mi casa, tal como exigía el ayuntamiento.

No quedaba nada que rescatar. Incluso ahora, cuando pensaba en ello, se me cerraba la garganta con nuevas lágrimas contenidas.

Por si fuera poco, y la presión detrás de mis ojos ya amenazaba con convertirse en una jaqueca de las buenas, también había dejado varios mensajes a Rebecca Lang, directora ejecutiva de ClickandDress.com. No me había devuelto la llamada. Me pellizqué el puente de la nariz.

¿Qué más podía salir mal?

Pero Evelyn no merecía pagar el pato de mis frustraciones. Respiré hondo y hablé con voz calmada.

—Los de Inspired.com están ahorrando en lo pequeño para perder en lo grande. ¿Quieres que los llame yo?

—No, lo haré yo —dijo Evelyn con la misma determinación que le había servido para criar a sus gemelos y convertirlos en un par de preadolescentes modelo—. Ahora, háblame de ti. ¿Dónde te estás quedando?

—Es una historia un poco larga —me agaché junto a la mesa de centro y revisé los mensajes en mi portátil—. Me estoy quedando con un buen samaritano.

—¿Un buen samaritano? —Evelyn contuvo el aliento—. ¿Un buen samaritano hombre?

—Sí, creo que es hombre —de hecho, tenía amplia confirmación de ello.

—¿Y bien? —casi podía ver la sonrisa en su cara—. ¿Es guapo?

Guapo no era la palabra que yo usaría para describir a Jax. Masculino, sin duda. Impactante, también. Pero jodidamente sexy se llevaba la palma.

—Está bien —y era totalmente mi tipo.

—Espera, espera, espera —la sonrisa de Evelyn bailaba en su voz—. ¿Qué está pasando?

Estaba a punto de decirle que no pasaba nada cuando Jax entró en la sala con su bandolera bajo el brazo. Al verlo, el corazón me dio un vuelco y el cerebro se me quedó en blanco. Sí, algo estaba pasando, algo inexplicable.

Llevaba unos vaqueros negros que se ceñían a la perfección a su precioso trasero y una camisa de franela a cuadros que resaltaba el verde de sus ojos.

¿Jax en franela?

Perfección.

Me sonrió. El hoyuelo que no era hoyuelo asomó un instante y me derretí por completo. Olvidé con quién estaba hablando y por qué.

Los recuerdos de las últimas horas afloraron, fragmentos que desfilaron por mi mente y humedecieron mi sexo.

Jax, hundido en lo más profundo de mi cuerpo, chupándome los pezones, incendiándome con la deliciosa succión de su boca.

Jax, susurrándome al oído sus palabras traviesas, esas palabras lujuriosas y sucias que me excitaban y multiplicaban el placer de cada embestida.

Jax consumiendo mis jadeos mientras llegaba al clímax... otra vez.

La misma película debía de estar pasando por su mente cuando nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos brillaron con una oleada de calor. Dejó caer la bandolera en el sofá y acortó la distancia entre nosotros, directo hacia mí, como una flecha hacia la diana.

Me rodeó la cintura con los brazos. Hundió la cara en mi pelo y sus labios encontraron mi cuello, provocándome un escalofrío que me erizó la piel.

Inspiré hondo, embriagándome con su aroma masculino, mezclando mi aliento con el suyo, compartiendo sus emociones. Era tan fácil dejarme arrastrar a su órbita, entregarme a su vórtice. En sus brazos, estaba exactamente donde quería estar.

La pasión que vi en sus ojos avivó mi llama. Le rodeé el cuello con los brazos y pasé los dedos por sus rizos recién peinados, deshaciendo el trabajo del cepillo. Le acuné la cabeza y le atraje hacia mí. Su boca se apoderó de mis labios y el mundo exterior dejó de existir.

Una pequeña parte de mí seguía asombrada por lo que este hombre me hacía, a mi cuerpo, a mi mente. Al resto solo le importaba que estaba en sus brazos y él en los míos.

—¿Emme? ¿Estás ahí? —la voz de Evelyn resonó por el altavoz del móvil—. ¿Emme?

Fue Jax quien al final tuvo la fuerza de voluntad para romper el beso.

—Tu amiga suena histérica —murmuró contra mi boca.

—¿Amiga? —murmuré con los ojos cerrados y los labios fruncidos—. ¿Qué amiga?

Su risa queda terminó de derretirme las rodillas.

—¿En tu teléfono?

Abrí los ojos y lo encontré sonriendo, mirándome desde su altura, todavía conectado a mí por nuestros alientos entrelazados y el peso posesivo de sus manos en mis caderas. El bulto de su entrepierna presionaba contra mi vientre, subiendo la temperatura de mi horno interno hasta el máximo.

Recorrí con los dedos su mandíbula recién afeitada, aspirando su aroma: jabón limpio, agua caliente y hombre puro y duro. Me besó de nuevo. Íbamos camino directo a su cama cuando un golpe en la puerta rompió el hechizo.

—Termina la llamada —me soltó y se dirigió hacia la puerta con paso decidido—. Tenemos que irnos.

¿Irnos adónde?

Eché un vistazo aprensivo a mi reloj. Uf. El sol ya se estaba poniendo. Tenía libertad para ir adondequiera que Jax me llevara.

Sin Jax entre mis brazos, recordé a la pobre Evelyn, que seguía llamándome. Con un gran esfuerzo, me llevé el móvil al oído mientras me rozaba los labios con las yemas de los dedos, siguiendo el rastro de los besos de Jax, echándolo de menos con un anhelo físico que dolía.

—Lo siento, Evelyn —tuve que hacer una pausa y aclararme la garganta—. ¿Qué decías?

—Estabas a punto de contarme los jugosos detalles del señor Buen Samaritano.

—No, qué va —bajé la voz—. Y menos ahora.

—¿Mal momento? —dijo Evelyn—. No pasa nada. Pero dime, Emme, ¿cómo estás, después del incendio y todo eso?

Me costó responder.

¿Cómo estaba realmente?

Por un lado, estaba atrapada en medio de un conflicto violento que me convertía en el objetivo de un asesino a sueldo. Me había expuesto al sol y temía que un brote pudiera aparecer en cualquier momento. Por si fuera poco, no tenía dónde vivir y me quedaba un montón de cenizas por revisar.

Mi vida, literalmente, era un desastre.

Por otro lado, había volado sobre las Rocosas.

En helicóptero. Yo, la mujer que había vivido toda su vida en un radio de seis kilómetros.

Y como si la vida quisiera premiarme aún más, acababa de pasar las horas más increíbles y eróticas de mi existencia con un pedazo de hombre inteligente, experto y tremendamente sexy que me había convertido en una adicta al sexo, alguien que apenas reconocía.

Tenía un amante. ¡Yo! Estaba viviendo la aventura de mi vida.

Mi vida era la hostia.

—Estoy bien —dije, levantando un dedo y saludando a Jax con la cabeza cuando volvió a la habitación y me hizo señas para que me diera prisa—. No te preocupes por mí. Llámame si sabes algo de Rebecca Lang. Y, Evelyn, gracias. Lo estás haciendo genial.

En cuanto colgué, Jax me llamó con un gesto de su fornido dedo índice.

—Vamos.

Cogí la chaqueta que me había conseguido y me la puse.

—¿Adónde vamos?

—Tengo cosas que enseñarte.

Me guio hasta el pasillo, donde sorteamos un montón de lo que parecían materiales de construcción.

—¿Qué es esto?

Antes de que Jax pudiera responder, un zumbido y un ruido metálico captaron mi atención.

Las puertas del ascensor de jaula dorada se abrieron.

Un dios de espaldas anchas y cabello oscuro sentado en una silla de ruedas deportiva salió rodando, impulsando las ruedas con un agarre poderoso que dejaba a la vista sus bíceps bien definidos.

Llevaba un cinturón de herramientas sobre el regazo.

—Hola, Trev —Jax le tendió la mano—. Emme, te presento a Trev. Viene desde Alaska. Es nuestro encargado.

—Ah, así que tú eres el mago responsable de este lugar increíble —le tendí la mano—. No me imagino que sea fácil con terrores como este viviendo aquí.

Trev soltó una carcajada y me estrechó la mano.

—Son un coñazo, pero me las apaño. Encantado de conocerte, Emme. Bienvenida a El Taj.

Miré a Jax.

—¿El Taj?

—El hotel original lo construyó un inmigrante indio, un empresario de la hostelería —explicó—. Por lo visto, tenía grandes esperanzas. Llamó a este lugar El Taj Mahal del Oeste.

—Grandes esperanzas, desde luego —dije sonriendo.

Trev me dedicó una sonrisa que le iluminó los ojos marrones.

—Con el tiempo, la mayoría de las letras se borraron de la fachada de ladrillo y piedra, excepto «El Taj». El nombre se quedó.

—Qué historia más chula —dije.

—Todo por aquí tiene su historia —Jax se volvió hacia Trev—. ¿Estamos listos?

—El resto del equipo está atrás, descargando —Trev se echó el pesado cinturón de herramientas al hombro—. Calculo que estará todo listo para cuando volváis.

—Perfecto —dijo Jax, cogiéndome del codo—. Te dejamos trabajar.

—Encantada de conocerte —me despedí de Trev con la mano mientras nos dirigíamos a la escalera.

—Igualmente —respondió Trev.

Empecé a bajar las escaleras con Jax a mi lado.

—Es muy majo.

—Es fundamental aquí —dijo Jax—. No sé qué haríamos sin él.

—¿Estáis de reformas?

—Voy a cambiar las ventanas, ¿recuerdas?

Las ventanas, sí, lo había mencionado antes.

—Jax, no tienes que...

—Para. Deja de protestar. Lo hago para que te sientas como en casa.

No sé por qué, pero al oír la palabra «casa», se me humedecieron los ojos, prueba de que mis emociones seguían oscilando de un extremo a otro como un acróbata loco en un trapecio.

Mientras paseábamos por la calle, Jax me cogió del brazo y me fue señalando lo más destacado del pueblo. Para ser pequeño, Res estaba bastante completo. Tenía tiendas, una escuela, un hospital pequeño pero nuevo, y muchos restaurantes familiares que ofrecían comida de todo el mundo.

—La variedad de restaurantes es increíble.

—Tenemos muchas familias de todas partes —dijo Jax—. Res es un microcosmos del mundo.

Los rostros con los que nos cruzamos confirmaban lo que decía Jax. Este pueblo no era solo la sede de producción de Battle Brothers. Era una comunidad próspera, habitada por familias de verdad, diversas.

Jax intercambió saludos y alguna que otra broma con prácticamente todas las personas con las que nos cruzamos. Su arrolladora personalidad brillaba aquí con luz propia. Me presentó a tanta gente que me dio vueltas la cabeza. Todo el mundo conocía a Jax, y Jax conocía a todo el mundo.

Compramos unos kebabs en el pequeño restaurante de la esquina, donde Jax me presentó a la pareja afgana que lo regentaba. Nos regalaron pan naan recién horneado.

—Para Jax y su chica —me dijo la mujer con una sonrisa cómplice.

Se me encendió la cara. Le di las gracias y cogí la bolsa, pero le lancé una mirada cortante a Jax. ¿Es que todo el mundo en Res sabía que yo era «la chica de Jax»?

—No te enfades conmigo —dijo al salir a la acera, al notar mi cambio de humor.

—Perdona si me cuesta aceptar los posesivos —dije mientras caminaba calle abajo—. Estamos en el siglo veintiuno y nunca he sido la «chica» de nadie.

—Tenemos un acuerdo —me recordó mientras igualaba mi paso.

—¿Pero tenías que ir contándoselo a todo quisque?

—Así estás más segura. Y...

Me detuve, me volví hacia él y levanté la barbilla.

—¿Y qué?

De un solo movimiento, me echó hacia atrás entre sus brazos y me plantó un beso en los labios, allí mismo, en medio de la calle, bajo la mirada divertida de varios transeúntes que sonreían.

Como era de esperar, el cerebro se me derritió. Los huesos de los pies debieron de fundirse porque no podía mantenerme en pie. Jax me sostuvo. Cuando el beso terminó, colgaba de sus brazos como una sábana mojada en el tendedero.

La analogía me recordó que estaba húmeda en otra parte. Al mirarlo desde abajo, luchando por respirar, comprendí por qué las heroínas de las viejas películas del oeste siempre se desmayaban: falta de oxígeno al cerebro, y eso que yo ni siquiera llevaba corsé.

Jax me miró desde arriba, con un brillo en sus ojos verdes. Sus labios se curvaron en esa sonrisa sexy y arrogante que me volvía loca. Sabía lo que me provocaban sus besos. Y le encantaba.

Afiancé las rodillas, recuperé el equilibrio y, dándole un pequeño empujón, me solté de sus brazos. Con la bolsa de comida en la mano, lo miré con los ojos entrecerrados.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Que lo sabes —su sonrisa se ensanchó—. Que tu corazón sabe muy bien lo que tu mente quiere negar.

—¿Y eso es?

—Que tu lugar está conmigo —dijo con una contundencia alucinante—. Que más te vale ir acostumbrándote a ser mía.