Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Dieciséis #2
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Capítulo Dieciséis #2

Le dije adiós con la mano.

—Gracias otra vez.

—Buenas noches, preciosa.

—¡Eh! —protestó Jax.

Troy se asomó por la barandilla.

—¿Tienes los derechos de autor de la palabra «preciosa»?

—¿Cuando se trata de Emme? —gritó Jax hacia arriba—. ¡Ya te digo que sí, imbécil!

La risa de Troy resonó en el hueco de la escalera. Yo también me reí porque Jax parecía irritado y divertido a la vez.

—Maldito Rogue —murmuró, pero se estaba riendo.

—¿Así que cada uno de vosotros tiene un piso?

—Sí.

—Y el quinto piso es todo mío —dijo Apollo en el rellano—. Emme, si surge cualquier cosa, llámame. ¿Entendido?

—Gracias —dije, agradecida, aunque con los dedos cruzados para no tener que recurrir a Apollo aquella noche.

—Tío —dijo Apollo bostezando—, estoy reventado esta noche.

Pasó la llave electrónica por la cerradura y entró, pero antes de cerrar la puerta, esbozó una sonrisa traviesa.

—Buenas noches, preciosa.

—Maldita sea —masculló Jax entre dientes—. ¿Ves lo que has provocado?

Me reí.

—Solo lo hacen para picarte.

—Ya lo sé.

El piso de Jax estaba en la tercera planta. El corazón me dio un vuelco cuando abrió la puerta y encendió las luces, dejando ver un amplio salón amueblado con madera rústica y sofás de cuero gastado que flanqueaban una gran chimenea de piedra.

Papeles, revistas y carpetas se amontonaban sobre la mesa de centro y se desparramaban por la gruesa alfombra persa que cubría el suelo de madera.

El aroma a cuero y madera me llenó los pulmones.

Los libros abarrotaban las estanterías que cubrían las paredes, junto con cachivaches y pequeñas piezas de arte que parecían proceder de distintos países, probablemente recuerdos de los viajes de Jax por el mundo.

Observé el espacio, asintiendo despacio. Sí, allí era donde vivía Jax.

Era un espacio cálido, rudo como él, rebosante de color y personalidad. Pasé junto a la cocina y recorrí el pasillo. El resto del piso lo componían varios dormitorios vacíos y uno principal con una enorme cama de troncos y una puerta que daba a un amplio vestidor.

Al volver al salón, señalé las planchas de contrachapado que tapiaban todas las ventanas.

—¿Esperas un huracán?

—Ya está aquí —sonrió y me plantó un beso en la frente.

—No tenías que haberte molestado —dije. No quería que hiciera nada especial por mí—. Podría haber dormido en el armario.

—Ni de coña. Por encima de mi cadáver —me reprendió con una mirada de incredulidad—. Estas tablas son un parche temporal. Pronto vendrá un equipo a instalar filtros UV en las ventanas y cortinas opacas. Estarás segura y cómoda aquí. Te lo prometo.

No sabía qué decir. Un torrente de emociones se me agolpó en la garganta.

Jax dejó caer la bolsa sobre la enorme cama y se volvió hacia mí.

—Aquí hay cosas para ti. Ropa, ropa interior, un cepillo de dientes, cosas que pensé que te vendrían bien. Casi todo es de la marca BB, lo cogí de la tienda. Espero que no te importe.

—Me encanta la ropa de BB.

Su sonrisa se ensanchó.

—Eso me gusta oír.

Rebusqué entre las cosas: todo lo que una mujer sencilla como yo podría necesitar, y por duplicado.

—Ah, y esto también —sacó algo del bolsillo y lo dejó sobre la mesita de noche—. Pensé que querrías tenerlo contigo.

Miré la foto de mi madre y de mí, y luego a Jax. Por segunda vez consecutiva, se había acordado. Hice un gran esfuerzo por contener las lágrimas que me ardían en los ojos.

Se había ocupado de todo lo que era importante para mí. Tapiar las ventanas. Preparar la bolsa. Traer la pequeña foto.

Salvo mi madre, nadie se había tomado nunca tantas molestias como Jax para hacerme sentir segura.

Tan inesperado. Tan increíble.

Pero el miedo me recorrió la espalda y atenuó mi emoción. Un brote podía darme en cualquier momento. Repasé los síntomas, pero mi temperatura era normal, las articulaciones no me dolían y ni siquiera me sentía cansada.

Céntrate en el presente. Vive el momento. Así era como sobrellevaba mi enfermedad.

Y en ese momento, las cosas pintaban bien.

Jax miró el reloj.

—Ven, te enseño el edificio rápidamente.

Todavía abrumada por su generosidad, lo seguí hasta la primera planta, donde unas puertas acristaladas se abrían a un espacio extraordinario. Una barra de bar del Viejo Oeste, bellamente tallada, se alzaba en la pared del fondo, el punto focal de la estancia, con sus seis taburetes antiguos.

—¿Eso es...?

—Un original, tallado en Irlanda y enviado a Res en tres piezas en 1872.

—Vaya.

Últimamente pensaba y decía eso muy a menudo.

—Cada uno tiene su propio espacio —dijo Jax—. Pero aquí es donde nos juntamos todos.

A un lado de la barra había un gran salón con sofás desparejados y sillas desgastadas dispuestas alrededor de una chimenea enorme. Sobre la chimenea colgaba la pantalla de televisión más grande que había visto en mi vida.

Más allá del salón había una sala de juegos. Una colección de carteles antiguos y vintage colgaba de la pared de ladrillo, dándole vida al espacio.

Esos tipos se tomaban la diversión tan en serio como el trabajo.

—Arriba tengo lo básico —dijo Jax—. Leche, café, algo para picar, pero para comida de verdad, es por aquí.

Me llevó al otro lado de la barra, donde una rústica mesa de campo se alzaba junto a otra chimenea, presidiendo una cocina impresionante.

—¿Te apetece comer algo?

Jax fue hasta el enorme frigorífico, abrió la puerta y, tras inspeccionar los estantes bien surtidos, sacó un táper lleno de embutidos y quesos.

Yo ya había cenado, pero por lo que sabía, Jax se la había saltado. Eso sí, el sándwich que se preparó, bien cargado, tenía una pinta deliciosa. Al final acabé picoteando un cuarto de sándwich y saboreando una excelente cerveza artesanal mientras deambulaba por la estancia.

Si me quedaba allí una temporada, iba a engordar. Aunque, pensándolo bien, no había peligro real si me daba uno de mis episodios de pérdida de peso.

No pienses en eso.

En la batalla entre mente y cuerpo, tenía que mantenerme en territorio positivo.

Jax venía detrás de mí con el plato en una mano y una cerveza en la otra. Encendió la chimenea de un codazo y dejó la botella sobre la vieja lámpara que hacía las veces de mesita junto a un sillón destartalado.

Con un gruñido, se apropió del feo sillón reclinable, un monstruo de terciopelo azul manchado y raído que se inclinó con un chirrido horrible cuando se echó hacia atrás y levantó el reposapiés. Con el plato en equilibrio sobre el regazo, atacó el sándwich como un lobo que desgarra a su presa.

Dios. Al verlo comer, cualquiera pensaría que llevaba media vida pasando hambre. Como diría mi madre, en cuanto a lenguaje y modales en la mesa, Jax no era ninguna «flor delicada».

Su mirada siguió mi recorrido por la habitación. Me detuve ante la enorme repisa de la chimenea y examiné la fotografía que había sobre ella. Un par de placas de identificación militar colgaban junto a la foto, meciéndose en el aire.

Señalé la foto.

—¿Puedo?

Asintió, dejó el plato vacío a un lado y se limpió la boca con la manga, sin quitarme los ojos de encima.

Alcé la mano y bajé la foto de la repisa. Seis hombres vestidos con uniformes de combate y equipo protector posaban para la fotografía. Seis guerreros de rasgos y complexiones diferentes, todos distintos y, aun así, igualmente poderosos.

Todos lucían amplias sonrisas en los rostros bronceados por el sol, mientras compartían una carcajada con el desierto amarillo de fondo.

Reconocí a Jax, de pie en el centro del grupo, con aspecto formidable en su equipo de combate, con un arma entre las manos enguantadas. Sus ojos esmeralda brillaban de alegría.

También reconocí a sus hermanos: Kass, Max y Apollo, vestidos con equipo similar al de Jax, y Troy, con un mono de piloto.

En la foto, Max no llevaba parche en el ojo. Su rostro bien afeitado irradiaba un encanto juvenil arrebatador. Sus claros ojos grises, llenos de energía, miraban a la cámara.

Pasé la yema del dedo sobre su rostro.

—Max parece diferente en esta foto. Más joven. Más radiante. ¿Más feliz, quizá?

Una sombra oscureció los iris de Jax.

—Así era antes de que lo hirieran.

—Supongo que no querrás contarme qué pasó.

—Lo siento, Emme, pero esa historia le corresponde contarla a Max. No le gusta hablar de ello y odia que lo mencionemos. Aquí tenemos una especie de regla tácita: no aireamos las miserias de los demás.

—Apollo mencionó algo parecido.

Mi dedo se deslizó hacia el rostro del sexto guerrero, el desconocido de amplia sonrisa y nariz patricia que tenía el brazo echado sobre los hombros de Jax. Le di la vuelta a la foto y señalé.

—¿Quién es este?

El rostro de Jax se quedó extrañamente inexpresivo.

—Es Leo.

Las placas de identificación que colgaban sobre la chimenea tintinearon débilmente entre mis dedos al acariciar las pequeñas chapas, casi idénticas a las que llevaba Jax.

—¿Leo? Supongo que estas eran suyas, ¿no?

Jax apretó la mandíbula.

—Sí.

—¿La historia de Leo también es tema prohibido?

—Supongo que no.

Jax agarró la cerveza y dio un largo trago. Sus ojos esmeralda se oscurecieron. El dolor que detecté en su mirada era tan crudo y poderoso que me dolía en el pecho como si fuera el mío propio.

Devolví la foto a la repisa.

—No pretendía entrometerme. Por favor, olvida que pregunté.

—Tengo que aprender a hacer esta mierda.

Respiró hondo y me miró.

—Viniste aquí, conmigo. Confiaste en mí. Mereces la verdad.

El tono sincero de Jax, junto con su mirada abierta pero turbada, me mostró que estábamos entrando en territorio completamente nuevo.

Tenía la sensación de que la confianza era algo que Jax valoraba pero no concedía fácilmente.

Confiaba en sus instintos, en sus hermanos y en Tee.

Nada más. Pero ahora estaba dispuesto a confiarme su historia.

Una burbuja embriagadora se elevó desde lo más profundo de mí y se alojó en mi corazón.

El sillón reclinable chirrió y el reposapiés se plegó cuando Jax se inclinó hacia delante y plantó las botas en el suelo con un golpe seco. Los dedos se le apretaron alrededor de la botella. Cuando por fin habló, tenía la voz cargada de emoción.