Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Dieciséis
10%

Capítulo Dieciséis

Jax

El rugido del helicóptero ahogó los latidos de mi corazón.

¿Emme quería protegerme a mí?

Para un tipo que había pasado la mayor parte de su vida protegiendo a otras personas, la revelación me llegó al alma. Significaba algo gordo, algo de verdad importante.

Luchaba para proteger a la gente, para darle una oportunidad a la paz, para hacer del planeta un lugar más seguro. Luchaba porque creía hasta la última molécula de mi ser que podíamos marcar la diferencia y construir un mundo mejor.

Pero aparte de mis hermanos, mis padres adoptivos y los guerreros de mis equipos, nadie había luchado nunca para protegerme a mí y solo a mí. Ni mis padres biológicos. Ni los trabajadores sociales, ni los profesores, ni los jueces, ni el sistema de acogida.

Hasta ahora.

Hasta Emme.

Sus palabras tocaron la esencia de mi corazón de guerrero. Para proteger a alguien, para salir ahí fuera y luchar por un desconocido día tras día, tenías que sentir algo por ellos.

Y eso era lo que veía en los ojos de Emme en ese momento, lo que oía en su voz. Le importaba, y eso era mucho más de lo que tenía derecho a esperar de ella.

La envolví en mis brazos y atrapé sus labios. La besé mientras los rotores del helicóptero levantaban un tornado a nuestro alrededor.

Convencerla de que se quedara había sido difícil. Había estado a punto de fracasar varias veces. Vale, no le había contado todo, y eso no me hacía sentir bien, pero era un apostador nato. Cobraría mis ganancias ahora y lidiaría con el resto más tarde.

Había tenido el corazón en un puño todo el rato. Ella seguía asustadiza, pero había logrado ganar algo de tiempo.

Y ahora, estaba listo para mi recompensa.

Con ella en mis brazos y su boca entreabierta para mi deleite, me perdí en la exquisita sensación de tenerla.

Hasta que Kass me dio un golpecito en el hombro y gritó por encima del estruendo.

—Vamos, Romeo. Tu carroza está aquí.

Aparté mis labios de los de Emme y levanté la vista para ver a Apollo ya subiendo al helicóptero y a Troy sentado a los mandos de su niña bonita, su Little Bird negro modificado.

Era un apodo inocuo para un helicóptero feroz, el mismo tipo de aeronave que Troy había pilotado para los Night Stalkers del Ejército, adaptado para uso civil.

—En marcha —Kass me pasó un petate cargado—. Tenemos autorización aérea y Troy vuela en modo silencioso, pero a los vecinos no les va a hacer gracia el jaleo a estas horas. Seguro que mañana nos llueven las quejas de siempre.

—¿McVeigh? —grité por encima del rugido del helicóptero.

—Es un hijo de puta escurridizo —me gritó Kass—. Pero le seguimos la pista.

—Avísame en cuanto tengas una pista —dije—. Quiero ser yo quien lo elimine.

—Hecho.

—Esto es para ti —Max se acercó a Emme y le entregó un portátil y un móvil.

Emme me miró y arqueó las cejas cobrizas.

—Cógelo —grité, acercándome a su oído—. Max hackeó la nube y recuperó tus datos en esos dispositivos. Ahora tienes acceso a todas tus cosas.

—Dios mío —dijo ella.

Agarró a Max y le dio un abrazo que lo sobresaltó.

—¡Gracias!

Max se quedó rígido entre sus brazos, pero Emme estaba tan agradecida y emocionada que al final él le devolvió el abrazo, dedicándome una media sonrisa reticente por encima del hombro de ella.

Su sonrisa era torcida, pero el brillo en sus ojos perduró mientras subía al helicóptero. La sonrisa de Max era algo tan raro últimamente. Me alegró verlo sonreír de nuevo.

—Venga, al aparato —Kass nos hizo señas hacia la aeronave y se apartó para despedirnos.

A él le tocaba quedarse en la ciudad. Pobre desgraciado.

—¿Qué pasa? —gritó Emme, apretando el portátil y el móvil contra el pecho mientras se protegía los ojos del viento, las luces y el pelo que le azotaba la cara.

Señalé hacia la luna con la barbilla.

—Quiero llevarte a Res antes de que amanezca.

—¿Res?

—Mi hogar.

Y el único lugar en el mundo donde podía garantizar la seguridad de Emme.

Frunció el ceño, confundida.

—¿Más seguro que aquí?

—Una entrada, una salida —grité—. Allí, cada hombre es mi hermano y cada mujer es mi hermana.

Sus ojos plateados se abrieron de par en par.

—Pero...

Ahí venían otra vez sus reservas, dispuestas a torpedear mi buen trabajo.

Le hablé al oído.

—¿Has volado alguna vez en helicóptero?

Negó con la cabeza, pero su mirada se posó en el Little Bird de Troy y los ojos le brillaron de emoción.

Oh, sí. Estaba hambrienta de nuevas experiencias. Si algo sabía hacer, era tentarla.

Sonreí.

—Te va a encantar el viaje.

***

Emme

El helicóptero aterrizó en la azotea de un edificio de ladrillo de siete plantas en el centro del pueblo. Con una pericia impecable, Troy posó el pájaro justo en el centro de la plataforma de aterrizaje.

—Aterrizaje impresionante —aplaudí mientras Troy apagaba el motor y los rotores dejaban de rugir.

Troy me dedicó una de sus sonrisas espectaculares y se puso a apagar su máquina. Mientras me quitaba los auriculares, estaba en el séptimo cielo. Me había dejado ir de copiloto. El vuelo había sido una pasada. El mundo se veía tan diferente desde arriba.

Claro, había estado oscuro, pero habíamos sobrevolado varios pueblos por el camino, racimos de luces que marcaban la fértil expansión de la humanidad por todas las Rocosas.

Era la primera vez que volaba, y me sentí como si fuera una con las estrellas. Troy incluso había hecho algunos giros acrobáticos en el aire para complacerme. Grité y chillé como una niña pequeña en una montaña rusa.

Me encantó aquel viaje fenomenal. O sea, en serio, ¿en qué universo paralelo podría haberme imaginado sobrevolando las Montañas Rocosas?

Se abrió mi puerta y Jax me ayudó a bajar del asiento delantero.

Me sujetó por la cintura y aterricé directamente en sus brazos.

Cuando levanté la vista, su sonrisa era casi tan amplia como la mía.

Nuestros labios se encontraron y me di cuenta de que había estado deseando su contacto durante todo el viaje.

Apollo, en cambio, no sonreía en absoluto.

—Tengo el estómago en la garganta y estoy casi seguro de que me has reventado el tímpano.

Se metió un dedo en la oreja y lo movió.

—Chillaste tan fuerte en ese micrófono que me has dejado sordo.

—Lo siento.

Le dediqué una sonrisa de disculpa.

—Es que fue muy emocionante.

—¿Así que te gustó? —preguntó Troy, materializándose a nuestro lado, un gigante que se alzaba sobre mí.

—¡Me encantó!

Me puse de puntillas y le planté un beso en la barbilla.

—Fue increíble.

Me miró desde arriba y arqueó una ceja negra con coquetería.

—¿El mejor viaje de tu vida?

—Prácticamente.

Troy me chocó el puño y luego le hizo un gesto pícaro a Jax con las cejas. Este lo despachó con un bufido y un ademán. Troy se alejó sonriente para unirse a Max, que ya estaba cubriendo el helicóptero con una lona, seguido de Apollo.

Jax cogió su bolsa del asiento trasero, se colgó la correa al hombro y me dedicó una sonrisa pícara.

—¿El mejor viaje de tu vida, eh?

Le guiñé un ojo.

—El segundo mejor, después del que me diste antes esta noche, pero no le rompamos el corazón a Troy, ¿vale?

Jax echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada, coronando la noche con la alegría de sus risas quedas.

Ese sonido. Era tan emocionante como el viaje en helicóptero.

Me cogió de la mano y tiró suavemente de mí.

—Por aquí.

Seguí a los chicos por la azotea hasta el interior del edificio, bajando unas escaleras que nos llevaron al último piso. Max se adelantó y desapareció por el estrecho tramo de peldaños.

Las escaleras desembocaban en un atrio precioso, coronado por un impresionante techo de vidrio emplomado y dominado por una elaborada barandilla que bordeaba una majestuosa escalinata. Esta descendía siete pisos hasta el vestíbulo de mármol ajedrezado de la planta baja.

—Madre mía.

Me asomé por la barandilla de latón, contemplando los detalles del edificio meticulosamente restaurado.

—¿Qué es este lugar?

—Esto era un hotel, construido en 1871 cuando Res era un próspero pueblo de la fiebre del oro —dijo Apollo, dejando su bolsa a sus pies—. Estaba en mal estado cuando compramos el pueblo, pero lo reformamos, rediseñamos y restauramos, y ahora es nuestro hogar.

—Bastante genial, ¿verdad? —Troy sonrió, de pie a mi otro lado.

—Espera, espera, espera.

Intenté asimilar todo aquello.

—¿Comprasteis el pueblo entero de Resurrection?

—Sí, ¿por qué no? —dijo Troy—. En el oeste los pueblos se ponen a la venta constantemente. Además, fue un chollo.

Miré a Jax, sin poder creerlo.

—Sois dueños de un pueblo entero.

—Fue una inversión que mereció la pena —dijo Jax, como si la gente comprara pueblos a diario.

Señaló las escaleras con la cabeza.

—¿Vienes?

—Esto es increíble.

A mi izquierda, la escalera histórica ocupaba el extremo del edificio. A mi derecha, cada piso lucía un único par de puertas de nogal bellamente talladas.

—¿Por qué quisisteis comprar un pueblo? —pregunté.

—¿Ves? —Troy arrugó la cara en una mueca cómica—. Cada pensamiento de Emme sale en forma de pregunta. Te compadezco.

Le dio una palmada en la espalda a Jax y empezó a bajar las escaleras al trote.

—Se te va a derretir el cerebro intentando seguirle el ritmo a esta.

—Cállate, pirado de los rotores.

Jax se volvió hacia mí.

—La respuesta a tu pregunta es que necesitábamos un lugar donde establecer nuestras instalaciones de fabricación y hacer nuestras rotaciones lejos de los focos.

Res tiene una ubicación ideal y nos salió a buen precio.

Tenía una historia interesante, buen acceso y unas instalaciones sólidas.

Por eso compramos un pueblo. ¿Pregunta respondida?

—Pregunta respondida —dije—, pero...

—Ya has oído a Troy.

Jax me cogió del codo y me guio escaleras abajo.

—Vas a tener que racionar tu curiosidad o arriesgarte a que me explote la cabeza.

—No me creo ni por un segundo eso del cerebro blandito de Jax, señor mío.

—Pues vale.

La risa bailaba en sus ojos.

—Tú te encargas de limpiar el estropicio.

—Yo me quedo aquí —dijo Troy, desviándose en el rellano del sexto piso y dirigiéndose hacia las puertas talladas—. Si este tío empieza a roncar muy fuerte o te aburres, sube a verme. ¿Vale?

—Entendido.