Capítulo Quince
Emme
Aferré el teléfono con la mirada clavada en Jax, mientras intentaba asimilar todo lo que había dicho y esa sensación de plenitud que me llenaba el pecho.
—¿Has buscado a Tee por todo el mundo solo para que hablara conmigo?
Bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas y luego me miró; sus ojos esmeralda brillaban.
—Eres importante para mí.
El cielo sobre mí se abrió hacia el vasto horizonte. Las estrellas centelleaban con el mismo brillo que sus ojos. La luna me guiñó un ojo.
Yo era importante para Jax.
Me llevé el móvil a la oreja sin apartar la mirada del rostro de Jax.
—¿Hola?
—Emme, soy yo —dijo Tee con su habitual tono rápido y entrecortado, el que usaba cuando tenía prisa, es decir, casi siempre—. Aquí la cobertura va y viene, así que no puedo hablar mucho. Escúchame. Eres mi amiga y te quiero. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé.
Tee era mi amiga más antigua y querida.
—Pero, Tee, ¿dónde estás? Hace tiempo que no sé nada de ti. ¿Estás bien?
—No hay tiempo para eso —dijo—. Escúchame. Jax y yo somos amigos desde hace mucho. Es el hermano de K.B. ¿Te acuerdas de mi Kass?
Su Kass.
La nostalgia en su voz se percibía a pesar de la estática que crepitaba en la línea.
—De hecho lo he conocido.
—¿Está...?
Se le quebró la voz.
—¿Está bien?
Imaginé el dulce y hermoso rostro de Tee, sus ojos dorados anegados en lágrimas. Después de tantos años, de aquella ruptura tan desagradable y de todos los kilómetros que Tee había puesto entre ella y su ex, ¡todavía sentía algo por Kass!
Conociendo a Tee, lo negaría, pero era tan evidente como la Vía Láctea que brillaba sobre mi cabeza.
¿Lo sabía Kass?
¿Lo sabía Tee?
—Kass está bien —aventuré con cautela—, aunque algo borde.
—Ese es mi Kass.
La tristeza que impregnaba la voz de Tee me rompió el corazón.
—Si lo vuelves a ver, dile que yo...
—¿Qué? —contuve la respiración—. ¿Qué debería decirle a Kass?
—Nada.
La línea crepitó con un suspiro y luego Tee recuperó su tono enérgico de siempre.
—Emme, escúchame. Jax es de fiar. Os habría presentado si hubiera estado por aquí, pero hacía años que los tres no coincidíamos en el mismo sitio. Cuando surgió la oportunidad, no pude resistirme a preparar el encuentro, a iniciar algo y quizás dejar que el destino siguiera su curso.
¿El destino?
Me mordí el labio inferior. Desde que murió mamá, siempre había pensado que mi destino era vivir sola.
—Emme, ¿estás ahí? —la línea silbó con otra ráfaga de estática—.
No te enfades conmigo. Controla ese genio tuyo, ¿vale?
La próxima vez que nos veamos, puedes gritarme todo lo que quieras, pero ahora mismo necesito que confíes en mí.
Dale una oportunidad a Jax. Me hizo preguntas sobre ti y respondí lo mejor que pude sin traicionar tu confianza.
Caí en la cuenta de golpe. La noche del ataque, Jax se había sorprendido al encontrar las ventanas de mi casa bloqueadas. Había reaccionado con perplejidad e incredulidad, lo que significaba que decía la verdad. Tee no le había hablado de mi alergia al sol.
La esperanza volvió a brotar en mi interior, pero la aplasté porque era la única emoción capaz de destruirme.
—No le dije a Jax lo que tenía que hacer —continuó Tee, pisoteando mi escepticismo—. Si has aprendido algo de Jax, sabes que va a su aire, que no es alguien a quien puedas manipular ni dar órdenes.
—Sí.
Lo miré y reparé en los surcos de preocupación que le marcaban la frente y en las finas arrugas que le salían de las comisuras de los ojos.
—Ya me he dado cuenta.
—De hecho —dijo Tee—, puede que sea el único ser humano en el planeta tan cabezota como tú. Fue decisión suya ir a buscarte.
—Puede que las circunstancias no le dejaran otra opción —murmuré un poco resentida.
—¡Venga ya, Emme!
Bajé la voz y me cubrí la boca con la mano.
—Sabes lo que pasará...
En cuanto Jax viera lo limitada que era mi vida y, peor aún, lo graves que podían ser mis episodios, saldría corriendo.
—No todo el mundo es como tu padre.
Me estremecí. Ay. Mejor me hubiera dado un batazo en la cabeza.
Mi padre nos abandonó cuando me diagnosticaron el gen defectuoso a los dos años. Una tarde me llevó al parque, donde el sol causó estragos. Al día siguiente desapareció del hospital donde su hija luchaba por su vida.
Nadie lo había visto desde entonces.
Intenté borrar esa amarga certeza, pero no pude. Mi defecto había ahuyentado a mi padre. Sentí que un puño me estrujaba el corazón. Algo había que reconocerle a Tee: siempre era brutalmente honesta, un rasgo que yo apreciaba... casi siempre.
—En resumen —continuó Tee, ajena a mis sentimientos—, ¿qué tiene de malo aceptar el consejo de tu mejor amiga por una vez? ¿Y qué tiene de malo aceptar la oferta de Jax de protegerte cuando estás en peligro? Por lo que tengo entendido, estarías loca si no la aceptaras.
—Tee —empecé—, no necesito...
—No seas terca. Deja a un lado ese orgullo descomunal. Eres demasiado autosuficiente, y eso no te conviene. Nunca aceptas ayuda.
Solté un jadeo indignado y entonces...
Todo el aire se me escapó de golpe.
¿Tenía razón Tee? ¿De verdad era tan terca y orgullosa como ella decía?
—Te conozco, Emmalee Moran —la voz de Tee se elevó por encima de la estática—. No aceptas ayuda de nadie. Cuando te la ofrezco, siempre me mandas a paseo. No puedo confiar en tu sentido común, porque cuando se trata de cosas como esta, no tienes ninguno.
—¡Oye!
—Jax es un maniático del control, como todos los Battleson. Puede ser un cabrón mandón. Buena suerte con eso. Pero creo que vosotros dos seríais compatibles si os dierais una oportunidad. Y lo más importante, te envié a Jax porque él es...
La estática se apoderó de la línea, distorsionó la voz de Tee y luego... silencio.
—¿Tee? —grité al móvil—. ¿Estás ahí?
Solo el canto de los grillos.
Se había ido.
¿Qué había intentado decirme cuando se cortó la línea? ¿Que Jax era fiable? ¿Extraordinario? ¿Auténtico?
Maldita sea. Pulsé rellamada. La llamada fue directamente al buzón de voz.
¿Cómo podía Tee dejarme colgada así?
Al más puro estilo Tee, había entrado y salido de mi vida como un torbellino, abandonándome en medio de un gran lío. Solo Dios sabía cuándo volvería a aparecer.
Dejé escapar un suspiro y le devolví el móvil a Jax.
—Se ha ido.
—Esa es nuestra Tee trotamundos —Jax se guardó el móvil en el bolsillo trasero.
Me froté los ojos.
—Es incontenible.
—Desde luego que lo es —la sonrisa torcida de Jax acentuó su hoyuelo, que desapareció en cuanto la sonrisa se esfumó—. La cuestión es: ¿consiguió ella lo que yo no pude?
Hundí la cara entre las manos y gemí.
—Necesito tiempo para asimilar todo esto.
—Tiempo, claro, tómate todo el que quieras —dijo—. Pero acordemos que quedarte conmigo es la apuesta más segura para ti ahora mismo.
Me encogí de hombros, confundida. Físicamente estaría más segura con él. ¿Emocionalmente? Eso era harina de otro costal.
—Esto es lo más peligroso que he hecho en mi vida.
Frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Tú —apreté los puños sobre el regazo—. Eres peligroso para mi cordura. He pasado toda mi vida adulta organizándolo todo de cierta manera. Pero tú... tú me haces querer vivir de otra forma, me haces desear más.
Arrugó la frente.
—¿Y eso es malo porque...?
—¡No puedo pensar cuando estoy cerca de ti! Te conozco desde hace unas treinta horas y ya me has hecho cuestionar todo lo que soy, todo lo que pensaba que quería de la vida. ¿No te diste cuenta? Me metí de cabeza en tu cama. Me miras y me enciendo como una bombilla.
—¿De verdad? —sus labios se curvaron en una enorme sonrisa esperanzada.
—Sí, yo. La mujer más pragmática, sensata y con los pies en la tierra que conozco. Encendida como una adolescente hormonal. Demonios, hasta tienes un hoyuelo en la cara cuando sonríes. ¡Un hoyuelo! ¿Cómo se supone que voy a resistirme a ti?
—No tengo ningún hoyuelo en la cara —me lanzó una mirada ofendida—. Los hoyuelos son para chicos guapos. ¿Crees que esto es un hoyuelo? —señaló su mejilla—. ¡Ja! Esto es una cicatriz, un buen roce de metralla.
—Bueno, a mí me parece un hoyuelo —murmuré, estremeciéndome ante la idea de que algo pudiera hacerle daño—.
Cada vez que sonríes, mi cuerpo reacciona de formas extrañas.
Me he vuelto loca por un hombre al que no conocía hasta que Tee hizo de las suyas, y que ahora me mira como si fuera a devorarme otra vez...
Habría seguido enumerando todas las cosas irracionales, enloquecedoras e inaceptables que Jax me provocaba, pero su boca me silenció de golpe al abalanzarse sobre la mía.
La magia estalló en el instante en que su lengua traspasó mis labios. Sus manos se deslizaron por mi espalda y sus brazos se ciñeron a mi cintura. Estaba perdida, hundiéndome en ese territorio desconocido, maravilloso y aterrador, que era Jax.
—Tienes miedo —murmuró contra mi boca—. Yo también. Factor de pánico, muy elevado. Pero no podemos dejar que el miedo tome esta decisión por nosotros. Tenemos que seguir adelante.
¿No había escuchado nada de lo que le había dicho?
—Establezcamos algunas reglas básicas —dijo con una ecuanimidad que me dejó sin aliento—.
Te quedas conmigo, al menos hasta que atrapen a McVeigh.
Lo tomamos día a día. Demonios, puede que hasta nos divirtamos por el camino.
Tú y yo podemos quemar las sábanas juntos.
Como mínimo, somos sexualmente compatibles, ¿no crees?
Sin duda alguna. Un silbato agudo resonó en mi mente y borró todos mis pensamientos. «¡Todos a bordo!», gritó una voz en mi cabeza. Mi cuerpo no aceptaba un no por respuesta. Diablos, sí, éramos sexualmente compatibles y quería volver a su cama.
Pero la idea de que tarde o temprano convertiría ese campo de sueños en un lecho de enferma me atenazó la garganta y destrozó la alegría de mi corazón.
—Piénsalo como una prueba —dijo Jax—. Si te gusta el viaje, puedes quedarte con esta camioneta y todo lo que viene con ella. Si no, cuando pase el peligro, puedes marcharte.
—¿Y tú?
—Se aplican las mismas reglas —dijo—. ¿Tenemos un trato?
Refugio, protección y sexo. Sin promesas, sin garantías.
Tee tenía razón. Sería una locura no aceptar la oferta de Jax. Salvo por un pequeño detalle. Tenía sentimientos por Jax, y lo más probable era que siguieran creciendo. Mientras que él iba a recorrer el camino contrario.
La novedad se desgastaría rápido. Mi realidad enfriaría cualquier atracción que pudiera sentir por mí. En cuanto llegara el brote, huiría, como mi padre.
El final de lo nuestro estaba cantado.
Pero ¿tenía otra opción? ¿Tenía el valor de alejarme de Jax? ¿Estaba dispuesta a renunciar a la alegría de hoy para evitar el dolor de mañana?
Ni hablar. Yo era de las que vivían el presente. Y cada minuto que pasara con Jax me duraría toda la vida.
Me tomó la mano y me besó los dedos.
—¿Te quedarás?
Asentí.
Su nuez subió y bajó, y sus ojos brillaron de una manera que no supe interpretar. ¿Alivio? ¿Satisfacción? ¿Deseo? ¿Las tres cosas?
—Ahora, hay una última cosa que no entiendo —Jax hizo una pausa y me estudió el rostro—. ¿Por qué no me contaste la verdad sobre tu condición genética y la gravedad de tu alergia al sol? Puedes confiar en mí, ¿sabes? Necesito que confíes en mí.
Sabía la respuesta, y ya era hora de ser completamente honesta con él, como él lo había sido conmigo.
—Jax, no te lo conté todo desde el principio porque esta condición con la que tengo que vivir no es fácil —dudé, y luego me obligué a continuar—. Quiero protegerte... de mí.