Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Catorce #2
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Capítulo Catorce #2

—Y porque te metí en esta situación tan desagradable que puede tener algo que ver con la rotación C, y lo siento.

Tragó saliva, pero sus ojos permanecieron fijos en mi rostro.

—No sé qué decir.

—No tienes que decir nada. Esto era solo un desvío necesario. Ahora que ya sabes cómo está el terreno, volvamos a mi historia, la parte que realmente me importa.

—¿Hay más?

—Sí —dije—. Lo que intentaba explicar antes es que, desde que estuve en servicio activo y realicé la mayoría de mis misiones de noche, tengo el horario cambiado. Pienso de noche. Estoy vivo de noche.

Sus labios esbozaron una sonrisa.

—Créeme, si alguien puede entender eso, soy yo.

Sí, ella lo entendería, y eso la hacía aún más perfecta para mí.

—Pero últimamente me he sentido vacío —proseguí—. Como si estuviera a la deriva sin propósito, como si hubiera cosas, cosas serias que necesito hacer, asumir mis responsabilidades, por así decirlo.

Las pequeñas arrugas entre sus cejas se acentuaron.

—¿Qué quieres decir?

Mi pulso se aceleró. ¿Qué pasaría si le contara todo ahora mismo? ¿Qué haría si se lo soltara todo, mi plan, por qué y cómo se me había ocurrido, el papel que ella jugaba en él, todo el paquete completo?

Huiría de mí otra vez y la matarían en el proceso.

Forcé a mi corazón a calmarse. Tenía que ser inteligente, selectivo. No era el momento de contárselo todo.

—Necesito explicarte cómo sucedió todo esto, y con eso me refiero a esto —señalé el espacio entre nosotros—. Tú y yo.

Esbozó una media sonrisa poco convencida.

—De acuerdo.

—Una noche, Tee me llamó para ver cómo estaba.

Tee es así con nosotros, como una hermana.

Es una Battleson honoraria. Le conté que había estado dándole vueltas a algunas cosas y que pasaba las noches pedaleando por Denver.

Me sugirió el sendero de Cherry Creek, pero me insistió en que fuera antes del amanecer.

Menos gente, dijo. Sin tráfico. Así que le hice caso. Y ahí estabas tú.

Se señaló el pecho.

—¿Yo?

—Sí, señorita, tú —sonreí al recordarlo—. No te voy a mentir. Enseguida sospeché que Tee me había mandado a ese sendero con segundas intenciones. Ya conoces a Tee. Es capaz de cualquier cosa.

Puso los ojos en blanco.

—Ni que lo digas.

—A la mañana siguiente de verte por primera vez en el sendero, contacté con Tee —cosa nada fácil— y le pregunté si había alguna corredora en particular en ese sendero que quisiera que viera.

Emme contuvo el aliento.

—¿Qué te dijo?

—Se rio y me dijo que sí, que esperaba que me fijara en ti porque sabía que la primera atracción era física y que mi polla tenía derecho a veto...

Me di una palmada en la frente.

—Mierda, me está saliendo todo mal. Da igual. Soy un idiota, olvida esa última parte.

—No eres ningún idiota —Emme me acarició el dorso de la mano con las yemas de los dedos, una caricia que me recorrió el cuerpo como una brisa fresca sobre el desierto ardiente—. Estás siendo honesto. Me gusta la honestidad.

Bueno, al menos me había anotado algunos puntos.

¿Con qué rapidez perdería esos puntos si supiera que solo estaba siendo parcialmente honesto?

—Tee me dijo que te conocía de hace mucho —seguí hablando, aprovechando que iba bien—. Dijo que eras una persona excepcional y que pensaba que tú y yo haríamos buena pareja.

Me miró de golpe y el pulso se le aceleró en la base del cuello.

—¿Me estás diciendo que Tee ha estado haciendo de celestina?

Asentí con gesto solemne.

—Eso es exactamente lo que te estoy diciendo.

Los ojos de Emme brillaron con una buena dosis de escepticismo.

—No me pareces el tipo de hombre al que le van las citas a ciegas y las relaciones concertadas.

—No lo soy —admití encogiéndome de hombros—.

Pero en Tee confío. Ella me conoce. Se acabaron los juegos, Emme.

Tee y yo hablamos de eso. Se acabaron las citas en serie, los bares, las frases para ligar.

A los Battleson se nos da de maravilla esa mierda.

No tiene nada de malo. Lo he hecho mucho.

Y lo disfruté, si quieres que te diga la verdad. Pero se acabó todo eso.

Emme parpadeó varias veces, como si el movimiento pudiera disipar la confusión que le nublaba los ojos.

—No entiendo lo que me estás diciendo.

Tenía la boca seca como el esparto.

—He tomado algunas decisiones. Quiero probar algo diferente, algo más.

Lo puse todo sobre la mesa... bueno, casi todo.

—Tee dijo que eras un tesoro, del tipo estable. Eso es lo que quiero, lo que necesito. Eso era lo que buscaba cuando te vi en aquel sendero.

***

Emme

El aire se me escapó de los pulmones. El silencio entre nosotros se alargó, sobre todo porque no conseguía tomar suficiente aire para articular palabra.

—¿Del tipo estable? —logré decir con voz ronca, incapaz de creer lo que Jax acababa de decir—. ¿Yo? —tomé otro aliento desesperado—. ¿Tee está loca de remate? ¿Tú estás loco?

Esta conversación, por esclarecedora que fuera, se estaba volviendo más difícil a cada momento y me golpeaba donde más dolía. Por supuesto que soñaba con sentar cabeza con alguien increíble. Compañía, complicidad, afecto. ¿Quién no quería eso?

Pero mis sueños no coincidían con mi realidad. Yo no era del tipo estable. No había posibilidad de formar una familia en mi futuro, ni espacio para hijos, ni manera de encadenar a otra persona a la rutina que me permitía sobrevivir.

Era una hija de la noche. Jamás podría sentar cabeza con alguien «normal» por el simple hecho de que jamás podría llevar una vida «normal».

—No sé cómo has podido decir eso sabiendo lo de mis... —tuve que pararme y aclararme la garganta—. Mis limitaciones.

Frunció el ceño.

—¿Qué limitaciones?

—Venga ya —quería gritarle y al mismo tiempo besarlo por no mencionar lo obvio—. Tee te mandó a buscarme en plena noche. Te contó lo de mi alergia al sol.

—No, mira, ahí es donde te equivocas. —La mirada de Jax se endureció—.

Tee no me dijo ni una palabra sobre tu alergia al sol.

Tú me lo contaste. ¿Recuerdas? En tu casa.

Me enseñaste tu pulsera. Lo poco que sé, lo aprendí sobre la marcha, justo antes de conocer a ese médico de mierda tuyo.

Tee debería habérmelo contado todo, pero no lo hizo.

Mi mente se quedó enganchada en una sola cosa.

—¿Estás diciendo que no sabías nada de mi enfermedad cuando me besaste por primera vez?

—Sí, eso es lo que digo.

Mi corazón se detuvo, dio un traspiés y luego echó a correr desbocado. La esperanza cobró vida en mi vientre, un aleteo de pequeñas alas que me hizo flotar hasta las nubes.

¿Cabía la posibilidad de que yo le hubiera gustado por quien realmente era, gen defectuoso y todo?

—Tee me dijo que eras amable, inteligente, brava y testaruda.

—Los labios de Jax se curvaron en una sonrisa—.

Joder, debería haberme avisado de que tenías la cabeza más dura que el titanio.

Dijo que tenías un sentido del humor peculiar y una mente brillante, lo cual resultó ser cierto. Nunca mencionó nada de lo demás.

—¿Estás seguro? —Intenté contener toda esa esperanza que me revoloteaba en el pecho—. ¿No te pidió que me vigilaras?

—Qué va. Tee es demasiado independiente como para querer eso para sí misma, y mucho menos para su mejor amiga.

Tenía que reconocérselo. Conocía bien a Tee.

Tragué en seco. —Si no te pidió que me cuidaras, entonces ¿por qué volvías al sendero?

—Porque verte era lo único que me hacía ilusión cada noche.

Madre mía.

Mis fantasías habían ido por el mismo camino.

—No te voy a mentir —dijo—. Me parecía una imprudencia que corrieras sola en la oscuridad. Así que me aseguré de que llegaras a casa sana y salva cada vez. Pero eso es cosa mía, mi manía, no de Tee.

Me había acompañado a casa todas las noches.

Mi corazón quería salir flotando del pecho. Su mirada me derritió por dentro. No creía que nadie pudiera fingir la ternura que detecté en sus ojos, el cuidado que había puesto en velar por mí, incluso antes de conocerme.

El móvil le sonó en el bolsillo y me sobresalté. Jax lo sacó, miró quién llamaba y contestó.

—Hola —dijo—. Gracias por devolverme la llamada. Espera. Está aquí mismo.

Me tendió el móvil.

Dudé. —¿Es...?

Me tomó la mano y me puso el móvil en la palma. —Tee.