Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Dieciséis #3
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Capítulo Dieciséis #3

—Leo era nuestro hermano mayor —comenzó, despacio—. El mayor de todos. Murió hace un par de años durante una misión de BB. Fue él quien nos reunió, quien nos mantuvo a raya, quien nos obligó a tomar buenas decisiones.

—¿Qué quieres decir con que os reunió?

Jax vaciló un momento, luego me miró y se dio una palmada en el muslo.

—Siéntate conmigo. ¿Por favor?

No tuvo que pedírmelo dos veces. Su cuerpo llamaba al mío y mis pies ya se movían solos. Anhelaba su cercanía con la misma intensidad con la que anhelaba sentir su contacto. Crucé la habitación y me senté en el brazo del sillón con la cerveza a medio terminar en la mano.

—Sé que tienes muchas preguntas.

Me atrajo hacia él, me acomodó en su regazo y, tras reclinarse en el sillón, me acunó contra el pecho.

—Puedo intentar responder algunas. Pero no estoy acostumbrado a contar historias, y mis hermanos tampoco. Hay cosas de las que simplemente no hablamos.

—De acuerdo —dije, muy consciente del esfuerzo que estaba haciendo—. Pero no te sientas obligado a exponerte por mí. No querría provocarle a tu mente el equivalente a una hernia cerebral ni nada por el estilo.

—Una hernia cerebral, sí, tú serías la indicada para provocarme una de esas.

Me lanzó una sonrisa fugaz antes de ponerse serio.

—¿Por dónde empezar? Seguro que te habrás dado cuenta de que no todos somos hermanos biológicos.

Difícil no notar las diferencias entre ellos.

—Me lo había preguntado.

—Los seis nos conocimos en el reformatorio, hace eones —dijo Jax—. Leo tenía quince años. Kass y yo, catorce. Troy, trece; Apollo, doce, y Max acababa de cumplir once.

Ya tenía toda mi atención, pero su uso casual de la palabra «reformatorio» me dejó la mente dando vueltas.

—¿Estuvisteis todos en un reformatorio?

—Intenta no juzgarnos con demasiada dureza —jugueteaba con un mechón de mi cabello, enrollándolo y desenrollándolo en su dedo—. Ninguno de nosotros fue un dechado de virtudes en aquellos años.

—¿Por qué estabais allí?

—Cada uno tenía una razón diferente —Jax me lanzó una mirada incómoda, levantó la mano y contempló el puño que había cerrado—. Esto me metió en problemas.

—¿Qué tipo de problemas?

—De los peores —murmuró.

Intuí que había más, algo que no me estaba contando. Quería preguntarle sobre su familia, sus circunstancias antes del reformatorio y qué lo había convertido en un luchador.

Pero cuando lo miré a los ojos, vi dolor y el vacío de un muro infranqueable. Comprendí su reticencia. No quería hablar de sus padres ni de su familia, igual que yo no quería hablar de mi padre ni de mi gen defectuoso.

Era demasiado doloroso.

—Ya te haces una idea —dijo—. Algunos estábamos más curtidos que otros, pero a todos nos etiquetaron como delincuentes juveniles.

Nos conocimos en el lugar al que llamábamos «el centro» —dibujó comillas en el aire—.

Era un infierno donde mandaban las bandas.

Me daban una paliza cada día, igual que a los demás.

Hacía falta mucho trapicheo para sobrevivir allí.

No había tenido la más mínima idea de que sus primeros años habían sido tan duros. No podía apartar la mirada de su rostro. Los recuerdos le oscurecían los ojos y le marcaban más las líneas alrededor de la boca. Se me encogió el corazón de compasión.

—Había un videojuego al que me gustaba jugar —dio un sorbo a la cerveza—. Call to Battle. Era uno de esos juegos de disparos en primera persona por equipos, y se me daba bien. O quizá debería decir que era lo único que se me daba bien, joder.

Vislumbré al adolescente perdido, solitario y desconsolado que debió de ser para pensar tan poco de sí mismo; al alma atormentada encerrada tan pronto en la vida, sin esperanza ni posibilidad de redención.

Me retó con una sonrisa irónica.

—¿Te atreves a adivinar cuál era mi nombre en el juego?

Le sostuve la mirada.

—Prefiero que me lo digas tú.

—Mayhem —soltó una risa, la más cargada de autodesprecio que había oído en mi vida—. Me llamaban así porque sembraba el caos en el juego. Así luchaba. Así ganaba. Sembrando el caos en el campo de batalla.

Su sonrisa muerta me heló las entrañas. ¿De verdad se veía así, como el caos hecho carne, como un hombre que sobrevivía a base de pandemonio? ¿Era eso lo que era en realidad, una criatura arraigada en la violencia para poder sobrevivir?

Me negaba a creerlo. Había conocido su amabilidad y su ternura. Había sido beneficiaria de su protección y su generosidad. Y quizá lo más importante: la llama exquisita de su pasión me había abrasado.

Sí, ardía con intensidad y podía ser brusco, pero a mis ojos también brillaba como la estrella más luminosa del universo. La tristeza que acechaba en sus ojos resonaba en mi alma. ¿Sabía Mayhem quién era en realidad?

—Las bandas controlaban la sala de recreo —la boca de Jax se torció en una mueca de asco—. Casi nunca conseguía jugar al Call to Battle porque los pandilleros exigían «favores» a cambio. Ya me conoces. No soy muy flexible en ese sentido.

Se detuvo un momento, como perdido en sus recuerdos. Con la mandíbula apretada y la voz ligeramente ronca, habló entre dientes.

—Luchaba contra esos hijos de puta con todo lo que tenía. Los videojuegos eran lo único que se me daba bien, y sin embargo no podía jugar. Me ponía jodidamente furioso.

Le apreté la mano, acariciándole la cicatriz de la palma con las yemas de los dedos en círculos lentos. A mí también me habría puesto furiosa.

—Y entonces un día, me di cuenta de golpe —sus ojos brillaron con un destello furioso—. No iba a aguantar más esa mierda. Tenía que hacer algo más que plantarles cara a los pandilleros. Tenía que ganar la pelea.

—Eso no parece nada fácil —murmuré, conteniendo la respiración.

—No lo fue —dijo—. Lo intenté y enseguida descubrí que no podía hacerlo solo. Pasé muchísimo tiempo en aislamiento. Era demasiado impulsivo. Lo único que quería era machacar a esos capullos. Eran unos matones, todos. La escoria de la tierra.

Su ira se elevó como una tormenta eléctrica, llenándome de una creciente sensación de pavor. La rabia negra le expandió el pecho y emanó de él como una ola incineradora capaz de arrasar el planeta. Su frustración me inundó, un vendaval destructivo que azotaba un mundo sin justicia.

Recordaba esa rabia. La había visto en acción cuando McVeigh y sus matones nos atacaron. El recuerdo de los mercenarios me hizo estremecerme: la imagen de aquellos matones desparramados en mi patio trasero como ramitas rotas, derribados en cuestión de segundos.

No era de extrañar que sus hermanos llamaran a Jax Mayhem.

Debería haber tenido miedo, y sin embargo no lo tenía.

Veía más allá de la rabia, más allá de la frustración que le nublaba los ojos.

Y lo que vislumbré del hombre encerrado en esa rabia no era un monstruo, ni siquiera el soldado excepcional, eficiente y letal en el que se había convertido a pesar de sus circunstancias, sino algo muy diferente.

Vi a un niño, un pequeño de ojos verdes y cabello castaño, con el cuerpo magullado y marcado por el maltrato, la mente marchitándose por el abandono; un chiquillo desechado y dejado a su suerte en un mundo brutal e implacable.

Me dolía el corazón por él. Pero la diferencia entre el niño pequeño abandonado, el adolescente hosco y el soldado honorable en el que Jax se había convertido también aumentó mi admiración por aquel hombre hecho a sí mismo que había vencido a las probabilidades y se había construido una vida de la nada.

—Entra Leo en escena —la sonrisa de Jax le llegó a los ojos—. Le encantaba el Call to Battle. Su nombre en el juego era Brain. Se dio cuenta de que por separado ninguno de nosotros tenía ninguna oportunidad, pero juntos quizá podríamos defendernos.

—¿Cómo os conocisteis? —pregunté.

—Tuvo las agallas de sentarse a mi lado en la cafetería cuando nadie más se atrevía. También tenía labia, por no hablar de su madera de líder.

Nunca llegaría a conocer a Leo y, sin embargo, lo admiraba por haber visto más allá de la fachada de tipo duro de Jax y haber descubierto el tesoro que era.

—Fue Leo quien nos escogió a cada uno de entre la masa y nos juntó —continuó Jax—. Dijo que teníamos que permanecer unidos, no solo para jugar al Call to Battle, sino para sobrevivir en aquel infierno.

—¿Tan malo era?

—Tan malo. —Jax asintió con gravedad—. Pero Leo nos enseñó a cubrirnos las espaldas. Nos convirtió en un verdadero escuadrón. Juntos éramos más fuertes. Se acabaron las palizas. Se acabaron los abusos. Por fin podíamos plantarle cara a las bandas. Y lo hicimos.

Jax esbozó una sonrisa feroz.

—Empezamos a echar horas y horas jugando —dijo—. Así empezó nuestra hermandad. Con videojuegos. ¿Te lo puedes creer?

—Ya lo creo.

Podía creerlo, y mucho más, de aquel extraordinario grupo de hombres que habían resurgido como el ave fénix de entre las cenizas y se habían convertido en un equipo, en una familia.

—Apuesto a que erais una fuerza de la naturaleza —dije sonriendo—. ¿Qué pasó después?

—A partir de ahí, lo hicimos todo como una unidad. Superamos juntos lo que llamamos «los años de mierda». Cada uno tenía sus propios demonios, pero todos aportábamos algo al equipo.

—Déjame adivinar. —Me llevé un dedo a los labios, fingiendo que pensaba con mucho esfuerzo—. ¿Tú contribuiste con tu atractivo rudo?

Soltó una carcajada sarcástica.

—Nunca aposté por el físico. Siempre aposté por parecer peligroso. Por lo general, Kass, Troy y yo éramos el músculo. Leo, Apollo y Max eran los cerebros.

—No me lo creo ni por un segundo —dije—. Eres tan listo como fuerte.

—No durante los años de mierda. —Jax se encogió de hombros—. Si alguna vez tuvimos suerte, fue porque Leo nos mantuvo unidos y por el buen camino. También nos encontró un hogar.

—¿Un hogar? —repetí, cautivada por su relato.