Capítulo Trece #3
Y porque nunca, jamás quería que me viera enferma.
—Emme... —soltó un resoplido frustrado—. No estás a salvo ahí fuera.
Su tono tranquilo me mantuvo en el sofá, igual que el recuerdo de Mike McVeigh. Un nuevo escalofrío me sacudió las extremidades.
—Tienes frío.
Se quitó la chaqueta y me la puso sobre los hombros, deslizando las manos en caricias gemelas por los hombros y los brazos.
Su aroma embriagador me envolvió en un abrazo de cuero, colándose por mis poros y llenándome los pulmones. La chaqueta conservaba el calor de su cuerpo, infundiéndome un calor delicioso que alcanzaba hasta mis partes más íntimas.
Sentía su calor derretir mi determinación, su contacto fracturar mi resolución. Si me tocaba de nuevo, vendrían las lágrimas. Si venían las lágrimas, el muro que había construido para contener la avalancha se desmoronaría.
Jax volvió a hablar con el rostro sombrío.
—No sé mucho, pero sé lo que pasó antes entre nosotros. Y sé que me deseas tanto como yo te deseo a ti.
Su mirada me abrasó la mente.
—¿Me equivoco, Emme?
No, no se equivocaba. Lo deseaba con una necesidad primitiva que me dolía entre las piernas.
Pero no podía tenerlo. Nunca había tenido realmente una oportunidad justa con él.
Y ahora lo único que podía hacer era endurecer mi corazón, luchar contra la atracción devastadora y dejarlo vivir su vida sin el lastre de la mía.
Se quedó ahí sentado, mirándome con el ceño fruncido, mientras su cuerpo irradiaba oleadas calientes de frustración.
—Aunque tú no me desees, yo te deseo. Y eso lo sé con certeza.
Dios, por favor, haz que pare, antes de que me derrita como una tonta enamorada delante de él.
Pero sus palabras tuvieron un efecto instantáneo. El dolor del pie desapareció. La fatiga se evaporó. El mareo se disipó, y me pregunté si lo había imaginado todo y me había dejado llevar por el pánico.
Era asombroso. O el universo había concedido mi deseo o la presencia tranquilizadora de Jax era capaz de alejarme del precipicio.
—¿Qué tiene de malo admitir lo que quieres? —preguntó en un tono capaz de hacer subir la fiebre—. ¿Qué tiene de malo tomar lo que necesitas?
Nada.
Alcé la vista hacia la luna y las estrellas.
Jax nunca lo entendería. Él siempre había sido libre de hacer lo que quisiera, mientras que mis necesidades y deseos quedaban relegados a un segundo plano frente a la supervivencia.
Me había pasado la vida luchando por sobrevivir, tanto física como emocionalmente.
—Huiste porque te enteraste de lo de Tee, ¿verdad? —aventuró—. Porque crees que ella me envió a vigilarte.
Tenía que reconocérselo. Para ser un mazacote de músculos y testosterona, tenía una buena dosis de perspicacia.
—Deberías haberme dicho que conocías a Tee —murmuré—. Deberías haber sido sincero.
—¿Cuándo? —exigió—. No es que hayamos tenido mucho tiempo para hablar.
—Odio las mentiras, Jax. Odio las omisiones.
—Entrelacé las manos y apreté hasta que me dolieron los dedos—.
Pero da igual. Tee te pidió que me echaras un ojo y lo hiciste.
Las circunstancias nos juntaron y ahora han quedado atrás.
No necesito tu ayuda ni tu lástima. Es hora de que cada uno siga su camino.
—¿Crees que quiero estar contigo porque te tengo lástima? —El desconcierto brilló en sus ojos.
Me encogí de hombros. No había nada que pudiera decir que borrara mi determinación de no ser el proyecto de caridad de nadie, y menos aún el suyo.
—No, la lástima no tiene nada que ver con esto. —Jax negó con la cabeza—. Propósito, quizás, y lujuria, puede ser. De eso último soy culpable, sin duda. Condéname por eso.
Si lo «condenaba» por lujuria, tendría que condenarme a mí misma también. Apreté los labios y no dije nada.
—Joder —masculló entre dientes apretados. Su mirada recorrió el cielo como si buscara ayuda divina—. No quiero pelear contigo. Y preferiría decirte lo que siento con mi polla. Pero como no quieres saber nada de mí, voy a tener que soltar el rollo.
Hizo una pausa, luchando con su frustración. Para ser honesta, la idea de que me hablara con su polla me atraía más que cualquier otra cosa. Pero no, no iba a permitir que mi lujuria se impusiera. Yo también intenté controlar mis emociones.
—Mi vida es complicada —dijo con voz grave y queda—. Ni siquiera sé por dónde empezar. Si voy a ser sincero, podría llevarme un tiempo contártelo todo.
¿Qué demonios quería decir con todo?
—Ahora mismo no tenemos mucho tiempo —dijo—. Así que lo intentaré, pero tienes que tener paciencia conmigo.
—Para, Jax —dije—. No tienes que contarme nada porque me voy.
—¿En serio, Emme? —Sus ojos me atravesaron—. ¿Tantas ganas tienes de alejarte de mí cuando acabamos de encontrarnos? ¿Tanta prisa tienes por dejarme tirado que ni siquiera vas a escucharme?
Su reproche me caló hondo. No tenía ni idea del desastre que se estaba gestando en mi cuerpo en ese momento. Pero cuando me miraba así, mi cerebro se derretía.
—Está bien, si quieres hablar, hablemos.
Al fin y al cabo, no había nada que pudiera hacer o decir que me convenciera de quedarme.