Capítulo Once #3
—La cuestión es... —cuadró los hombros y soltó las palabras—. Puede ponerse feo, y prefiero estar sola cuando empiece.
Ahí estaba ese eso otra vez, siniestro y oscuro.
—Así que gracias, Jax —Emme inspiró hondo con esfuerzo—. Pero estaré bien.
La rabia me quemó los circuitos y amenazó con freírme el cerebro. —¿Vas a irte con él?
—No, no con él —dijo—. Me las apañaré sola. Soy perfectamente capaz.
¿Qué coño podía decirle a eso?
Era capaz.
Pero yo también.
Me dedicó una sonrisita valiente. Y entonces, haciendo gala de esa vena terca que empezaba a volverme loco de remate, hizo amago de levantarse.
—Mantén el culo en ese cojín —ordenó Kass, porque no sabía hablar sin dar órdenes.
—¿Perdona? —su mirada furiosa chocó con la de Kass, pero su culito respingón se quedó en el sofá, lo cual me consoló—. ¿Quién eres tú para decirme lo que tengo que hacer?
—Es un hijo de puta mandón, eso seguro —murmuré.
—Pero deberías hacerle caso —Apollo le lanzó a Kass una mirada de advertencia y volvió la atención a Emme—. Jax es de fiar y lo respaldamos.
—No lo entiendo —sus ojos fueron de un rostro a otro—. ¿Por qué hacéis esto?
—Te lo debemos —dijo Troy—. Y un Battleson siempre paga sus deudas.
—Claro —arrugó la nariz. Estaba claro que olía gato encerrado—. ¿Como los Lannister en Juego de Tronos?
Eso le arrancó una risa ronca a Max. Era muy fan de la serie.
—La cuestión es —dijo Troy— que probablemente le salvaste la vida a nuestro hermano.
—Qué va —Emme negó con la cabeza—. Fue más bien al revés.
—Jax es un impulsivo —dijo Troy—. Si no hubieras aparecido, se habría enfrentado a esos matones él solo y lo habrían matado. Pero cuando apareciste, tuvo que pensar, ya sabes, usar ese cerebro vago que tiene. Para mantenerte a salvo, tuvo que mantenerse vivo él.
Emme me miró con los ojos como platos.
—Tío... —levanté las manos.
Con aliados como mis hermanos, ¿quién coño necesitaba enemigos?
—Vale, el hijo de puta es un coñazo, pero lo aguantamos por aquí. Lo echaríamos de menos si la palmara.
Emme se echó hacia atrás. —¿Acaba de llamarte hijo de puta?
—No pasa nada —le froté la espalda tensa haciendo círculos—. Somos bruscos entre nosotros, pero así nos llevamos. ¿Te quedas, por favor?
—No puedo —era demasiado orgullosa para aceptar nuestra ayuda.
—Voy a ser directo —dijo Kass.
¿Directo? Ni de coña. Directo viniendo de Kass significaba un martillazo en la cabeza.
—¿Kass? —dije—. Yo me encargo. Apártate.
—Lo siento, Jax, pero vas de puntillas con ella como una bailarina. Necesita saber a qué se enfrenta.
Emme frunció más el ceño. —¿Qué es lo que necesito saber?
—Estás en peligro —dijo Kass—. Viste al hombre que atacó a Jax. Sabe quién eres. Joder, tiene tu móvil y tu DNI. Aunque Max haya desactivado tu cuenta, puede que sea capaz de encontrarte. Es un hijo de puta muy peligroso.
Sin escatimar ningún detalle sombrío, Kass le hizo a Emme un resumen sobre McVeigh, enumerando a todos los siniestros señores de la guerra para los que había trabajado el mercenario y detallando los crímenes atroces de los que lo habían acusado.
Cuando Kass terminó, Emme se retorcía las manos y me miraba fijamente. —¿Por qué te persigue McVeigh?
—Conseguí que lo echaran de la Marina. —Fui al grano—. Fue hace tiempo, pero creemos que quiere vengarse. Lo estamos buscando ahora mismo.
—¿Cómo lo estáis buscando? —preguntó.
Cuando nadie respondió, me miró. —Está claro que no os dedicáis solo al equipo de montaña, así que ¿qué sois en realidad? ¿Agencia gubernamental secreta? ¿CIA? ¿Contratistas militares privados?
Su frustración aumentaba a medida que yo callaba.
—¿Qué tal hombres de negro? ¿Cadetes espaciales? ¿O preferís que os llamen soldados de las galaxias? —Levantó las manos—. ¿Me lo vais a contar o qué?
Observé a mis hermanos. Sus rostros estaban inexpresivos. No quería mentirle a Emme, pero aún no habíamos hablado de esto. Éramos un equipo y teníamos una regla de oro: los secretos del grupo no eran míos para compartir.
—Hay preguntas que no puedo responderte ahora mismo. —Decidí ceñirme a la verdad en lo posible—. Pero esto sí puedo decírtelo: hasta que McVeigh esté entre rejas, no estás a salvo.
Sus dedos se clavaron en mi antebrazo. —¡Dios mío, Jax, eso significa que tú sigues en peligro!
¿Pero había oído la parte de que ella también estaba en la línea de fuego?
—Tanto tú como Jax estáis en riesgo —dijo Troy—. Necesitas protección.
La mirada asustada de Emme se encontró con la mía. —¿De verdad crees que vendrá a por mí?
Seguro que lo haría si pensaba que ella podía testificar contra él o si creía que podía usarla para atraparme.
—Es una posibilidad que no podemos ignorar —dije—. Tienes que quedarte con nosotros.
Abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.
—¿Quieres que me quede aquí? ¿Contigo? ¿Mientras encontráis a ese hombre?
—No, aquí no. —Escudriñé los rostros de mis hermanos.
Sabía que estaba a punto de tirar de la anilla de una granada, pero seguí adelante de todos modos. Solo había un lugar en el mundo donde Emme podía estar tan a salvo como yo necesitaba.
Respiré hondo y disparé desde la cadera. —Quiero llevarte a Resurrection.