Capítulo Doce
Emme
El silencio en la habitación decía más que mil palabras. Se habrían oído hasta los grillos, si es que los grillos vivieran en el rascacielos más alto de Denver. Era como si Jax acabara de dejar a sus hermanos de piedra con lo impensable.
¿Resurrection?
Nunca había oído hablar de ese lugar.
El rostro de Jax reflejaba una determinación que me revolvía el estómago. Su quietud me asustaba.
Los hermanos de Jax lo miraban como si se hubiera vuelto loco. Kass maldijo entre dientes. Apollo cambió el peso de un pie a otro, nervioso, y Troy se aflojó la corbata mientras murmuraba algo ininteligible.
No había conocido a Max hasta ahora, pero con su parche negro, su voz ronca y la barba de varios días, me recordaba a un pirata. Uno con predilección por los silencios hoscos y una mirada de un solo ojo que en ese momento me taladraba el cráneo.
Se me encogió el estómago. No solo me costaba asimilar la idea de un mercenario despiadado persiguiéndonos a Jax y a mí, sino que me resultaba difícil entender a los Battleson, su forma de comunicarse entre ellos, llegando a acuerdos y desacuerdos en disputas silenciosas.
Y lo más importante: me costaba procesar cada palabra que salía de la boca de Jax, el tipo de cosas que le había dicho al doctor Marvin y ahora a sus hermanos.
Algo no cuadraba.
Se me estaba escapando algo importante.
Para una mujer que había crecido sin el menor rastro de testosterona en su vida, el día de hoy era demasiado. Y como si eso no bastara, las feromonas masculinas de Jax causaban estragos en mis moléculas, dispersando mi cordura a los cuatro vientos.
Céntrate, Emme. Tienes cerebro. Úsalo.
Estudié el rostro de Jax: sus ojos verdes chispeaban desafiantes, las cejas fruncidas, la boca tensa.
—Necesito irme —dije—. Ahora.
Me apretó los hombros con más fuerza y desafió a sus hermanos con una mirada acerada.
—Te prometí que te mantendría a salvo y lo haré.
Dios todopoderoso. El corazón se me salía del pecho y flotaba entre las nubes como el dirigible Goodyear. ¿Quién iba a decir que aún quedaban hombres como Jax en el mundo?
Miró a cada uno de sus hermanos enarcando las cejas.
—Le di mi palabra. Vivimos y morimos por nuestra palabra. ¿O acaso eso cambió en mi ausencia?
—Pero Jax... —Troy alzó sus anchos hombros—. ¿Resurrection? ¿Nuestra Res? ¿Estás seguro?
Por lo visto, ese tal Res era un lugar muy exclusivo y yo no estaba invitada. Cosa que me venía bien, porque necesitaba quedarme aquí en Denver, lidiar con la pérdida de mi hogar, mantener mi empresa a flote y sacarme a Jax de la cabeza antes de que llegara el brote.
Abrí la boca para decir todo eso, pero Kass se me adelantó.
—Ella no es de los nuestros.
No sé por qué, pero las palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago.
Tenía razón. No era de los suyos. Nunca había tenido una familia. Mi padre se había largado al primer indicio de problemas. Durante mi infancia, siempre habíamos sido mi madre y yo. Ahora solo quedaba yo.
—Es mía —dijo Jax—. ¿Eso no la convierte en una de nosotros?
Mi mente se detuvo en seco. Me quedé boquiabierta. Es mía. ¿Lo había oído bien?
Le había dicho al doctor que era mi hombre. Acababa de decirles a sus hermanos que yo era suya. No me cabía en la cabeza.
¿Él me quería a mí? ¿Más allá de esta noche? ¿Aun sabiendo lo de mi enfermedad?
Clavé las uñas en el cojín de cuero para mantenerme anclada a la realidad. ¿Qué demonios pasaba por la cabeza de ese hombre?
No diría nada de eso si supiera toda la verdad sobre mí. Me tiraría del balcón en cuanto se enterara de lo de mi gen defectuoso.
Además, no sabía si debía sentirme profundamente ofendida o totalmente halagada, indignada o rebosante de felicidad. Yo me pertenecía a mí misma. Estaba orgullosa de mi autosuficiencia e independencia.
Por otro lado, Jax me atraía en todos los sentidos.
Cuando me miraba como lo estaba haciendo ahora, sentía alas de colibrí revoloteando en el vientre.
Se me erizaba la piel y los muslos se me apretaban en un gesto protector y represivo a la vez, que me hacía intensamente consciente del calor que me derretía por dentro.
Esto era una locura. No. La loca era yo.
Conocía a Jax desde hacía muy poco, pero cuando lo miraba a los ojos, veía mis brazos entrelazados alrededor de su cuerpo, mi carne más suave cediendo ante su dureza, mi vientre anhelando albergar su semilla, un futuro lleno de cosas que hacía mucho había descubierto que no podía tener.
Y lo peor: casi todo mi ser quería quedarse con él para siempre.
Dios mío. ¿Para siempre?
Me había vuelto loca.
—¿Es tuya? —la mueca burlona de Kass me arrancó de mis ensoñaciones—. ¿Cómo es eso posible? Me dijo que acababa de conocerte. No sabes una mierda de ella.
Tenía razón. Conocía a Jax desde hacía muy poco. Y sin embargo, era como si lo conociera de toda la vida.
—Kass, cierra el pico —gruñó Jax—. Hay días que me dan ganas de hacerte polvo.
—Adelante, inténtalo —replicó Kass con un gruñido—. Después de que respondas a mi pregunta.
Nunca iba a acostumbrarme a la animosidad entre estos dos.
—¿Jax? —dije, interrumpiendo el duelo de miradas entre Jax y Kass—. No soy un perro que necesite dueño, y tu hermano, por muy brusco y maleducado que sea, no anda desencaminado.
—Sí que está desencaminado, y lo siento si parezco un cavernícola. Pero es lo que siento y digo las cosas como las veo, Emme. Siempre.
Jax tomó una enorme bocanada de aire, se inclinó hacia delante y, tras apoyar los codos en las rodillas, recorrió a sus hermanos con la mirada.
—Tenéis derecho a saber qué pienso sobre esto. Estoy declarando mis intenciones con Emme aquí y ahora. Es a ella a quien quiero. La necesito conmigo.
¿Qué?
Mi corazón se declaró en huelga con un paro repentino. Debía de tener la boca abierta de par en par y los pulmones paralizados, vacíos.
Jax se inclinó hacia mí, me tomó la mano y la besó.
—Respira, cariño —murmuró—. Lo sé. Demasiado rápido. Demasiado. Pero ya no me queda otra. Colabora conmigo. Vamos, respira.
La piel me hormigueó donde me habían rozado sus labios. Mi cuerpo se estremeció de gozo. Iba muy por delante de mi cerebro en esto. Y aun así, no conseguía tomar el aire suficiente para hacer preguntas.
—¿Cómo demonios has llegado a esa conclusión tan rápido? —exigió Kass.
—Es la indicada —anunció Jax con una certeza pasmosa—. Lo sé en lo más profundo de mí, y eso nunca miente.
¿Yo era la indicada?
Las ondas de choque seguían arrollándome, aplastándome hasta dejarme hecha una tortita sin cerebro.
Troy estudió a Jax con sus ojos negros, aún más oscuros por los secretos que ocultaban.
—Pero en serio, Jax, ¿es suficiente, ya me entiendes, para lo demás?
No se me escapó la mirada que intercambiaron los hermanos. ¿Qué estaba pasando aquí?
Kass frunció el ceño.
—Es valiente. Eso lo pillo. También está buena, y sabemos que te gustan así. Es justo lo que te va.
—¿En serio, Kass? —Jax apretó la mandíbula y fulminó a su hermano con la mirada—. ¿Eso es lo que quieres decir delante de ella?
—Pero no eres ningún tonto, nunca lo has sido —continuó Kass, imparable—. Tu mente es como un misil teledirigido. Entonces, ¿por qué ella? ¿Cómo diste con ella para empezar y por qué estás tan seguro de esto?
—Sí —miré a Jax, descubriendo de pronto que coincidía con Kass. Yo también quería saber todo eso.
Alternando la mirada inquieta entre Kass y yo, Jax pronunció las palabras más improbables.
—Tee me llamó una noche.
Los ojos de Kass se abrieron como platos. —¿Tee?
—¿Tee? —grazné al mismo tiempo. ¿Mi amiga de la infancia Tee?
—Te refieres a Liberty Rose —dijo Kass con voz ronca—. ¿Mi Liberty Rose?
—Afirmativo —Jax sostuvo la mirada feroz de Kass—. Tee, tu exnovia, con la que saliste durante todo el instituto y West Point, la misma mujer increíble con la que rompiste cuando se unió al Cuerpo de Paz, ¿te acuerdas de ella?
—Espera un momento —le dije a Jax mientras mi mente daba vueltas en un intento inútil de aclarar la confusión que me enturbiaba la cabeza—. ¿Tú conoces a Tee?
Jax hizo una mueca. Parecía un hombre atrapado en una trampa.
—Pues claro que conoce a Tee —intervino Troy—. Todos la conocemos. La pregunta es: ¿tú la conoces?
—Sí.
Kass ladró:
—¿Cómo?
Me costaba procesar todo aquello, pero la impaciencia en el rostro de Kass exigía una respuesta.
—Tee y yo éramos amigas de pequeñas.
Tee había sido una de las pocas amigas de mi edad que había tenido. Su madre y la mía habían sido compañeras de habitación en la universidad. Su amistad había dado lugar a nuestros primeros encuentros para jugar. A medida que crecimos, Tee y yo nos hicimos mejores amigas.
Adoraba a Tee, su inteligencia, su sentido del humor, su honestidad y su encanto. La vi menos cuando estaba en el instituto, y aún menos cuando se fue a la universidad.
Yo, por supuesto, tuve que quedarme recluida en casa, así que estudié desde casa y luego me gradué en una universidad a distancia.
Pero Tee y yo encontramos la manera de mantener nuestra amistad. Solo desde que se había unido al Cuerpo de Paz y se había ido al extranjero habíamos dejado de hablar con frecuencia.
Ahora lo recordaba. K.B. Habíamos hablado de su novio, el chico de oro, muchas veces. Nunca había podido conocerlo, pero había oído hablar de él durante todo el instituto y la universidad.
La suya había sido una relación apasionada y arrolladora. El padre de Tee había hecho todo lo posible por impedirla, pero ella había desafiado a su familia y había seguido adelante con K.B.
Hasta que él rompió con ella.
La ruptura había sido catastrófica para Tee. Vivía en Washington cuando ocurrió, pero por Skype se había desahogado llorando conmigo durante semanas enteras. No había albergado más que pensamientos oscuros hacia el imbécil controlador que había destrozado el corazón de mi amiga.
Con su estilo característico, Tee se había volcado en su trabajo y había sobrevivido. Pero solo ahora establecí la conexión entre el querido K.B. de Tee y el iracundo Kass Battleson que iba de un lado a otro de la habitación, furioso.