Capítulo Once #2
—Mis hermanos: Kass, Max y Troy —era hora de empezar—. Ya conoces al doctor Apollo Battleson.
—¿Hermanos, en serio? —se burló el doctor—. Y aquí pensaba que estaba mirando una muestra aleatoria de las Naciones Unidas.
Ignoré la pulla y fui al grano.
—Apollo opina que tenemos los medios y los recursos, médicos y de otro tipo, para cuidar de Emme.
—Quizás eso sea cierto —el doctor Marvin cerró su maletín médico con un clic—. Pero está el pequeño asunto del contrato que Emmalee y yo firmamos. Yo le proporciono atención médica. Ella se somete a mi estudio.
Mi mandíbula iba a romperse si seguía apretándola. Todo mi cuerpo vibraba de indignación. ¿Iba puesto de ácido?
Emme no tenía que someterse a nadie, nunca. ¿Ese arrogante hijo de puta se creía su dueño?
Al percibir mi rabia, la mirada de Emme me recorrió. El suave roce de sus dedos acarició mi antebrazo y se propagó por mi cuerpo, calmando mi ira como lluvia fresca cayendo sobre un fuego ardiente.
Los móviles de Kass, Troy y Apollo sonaron al mismo tiempo que el mío. Todos miramos nuestras pantallas, pero fue Troy quien tomó la iniciativa.
—Sobre este «contrato» —Troy desplegó su sonrisa de «voy a joderte en los tribunales»—. Seguramente cumple con todas las normas de protección del paciente establecidas por las leyes estatales y federales.
—Por supuesto que sí —dijo el doctor Marvin—. ¿Cree que soy un aficionado?
El móvil de Troy volvió a sonar.
—Echemos un vistazo —dijo.
Su sonrisa depredadora se ensanchó y sus ojos se movieron rápidamente de izquierda a derecha.
—¿Tiene una copia del contrato? —el doctor frunció el ceño, y Emme también—. Pero... ¿cómo?
Ninguno de nosotros miró a Max, pero mentalmente le choqué el puño. La mirada de Emme iba y venía entre nosotros como si intentara seguir la acción.
—Tiene derecho a controlar su química sanguínea —anunció Troy, cruzando su mirada con la mía—. Es prácticamente la única cláusula ejecutable.
Se me aflojó un poco el nudo del estómago.
—Ya tiene su ración de sangre —señalé la pequeña nevera con la barbilla—. Hora de dar el día por terminado.
El doctor se irguió.
—El contrato garantiza el acceso al paciente.
—Error —bramó Troy—. El contrato garantiza el acceso a la sangre del paciente. Todo lo demás es impugnable.
Al doctor le saltó una vena en la sien. Empezó a protestar.
—Pero...
—Podríamos llegar a un acuerdo para que continúen las extracciones de sangre —Apollo esbozó la sonrisa amable que demostraba que era el único entre nosotros con dotes diplomáticas—. Siempre y cuando, por supuesto, anteponga el bienestar de su paciente.
El doctor lanzó a Apollo una mirada agraviada que luego hizo extensiva al resto de nosotros.
—Si esta mujer está viva, es solo gracias a mí —hizo una pausa con un dramatismo impostado que me hizo contener un bufido—. Y para que lo sepáis, yo ya ejercía la medicina cuando vosotros erais mocosos en pañales.
La rabia volvió con toda su fuerza. Mi mano, apoyada en el muslo cubierto por los vaqueros, se cerró en un puño. Miré a mis hermanos, implorándoles que me dejaran darle una paliza al idiota pretencioso, solo esta vez.
—Es Candela Pharm, ¿verdad? —los ojos azules de Kass taladraron al doctor—. Son el gigante farmacéutico que financia su estudio. Conozco a gente de su junta directiva. ¿Aprueban sus métodos?
El doctor palideció visiblemente.
—Un simple tuit —dijo Max con su voz áspera como grava, su único ojo distante y fijo en la tableta, los dedos moviéndose rápidamente sobre el teclado—. Hashtag explotación médica. Candela fuera. ¿Su estudio? Por el desagüe.
Fue todo un discurso para un tipo que rara vez hablaba con extraños últimamente, pero debió de darle al doctor Marvin donde más duele porque se puso de pie de un salto.
—¡Soy un médico, no un charlatán! —sus rizos ralos temblaron con el movimiento indignado de su cabeza—. ¡Mi investigación es legítima!
Troy cruzó los brazos y ensanchó su sonrisa.
—Pienso comprobarlo.
El doctor inspiró tan fuerte que amenazó con agotar el aire de la habitación. Sonreí con malicioso regocijo. Así era como trabajábamos, como una manada de lobos de caza. Y ahora empujábamos al narcisista furioso hacia una huida rápida y desesperada.
—No voy a permitir que me amenacen —agarró su maletín médico y cogió la nevera—. Puede que Battle Brothers sea la start-up más exitosa de Colorado, pero no tengo por qué aguantar esto. Emmalee, vámonos —ordenó, como si ella estuviera bajo su autoridad.
La boca de Emme se tensó; sus ojos grises observaron al doctor antes de volverse hacia mí. Un millón de preguntas destellaron en ellos.
La abracé contra mi costado y la mantuve justo ahí, sentada a mi lado.
El doctor soltó un pequeño bufido.
—La esperaré abajo.
Con una última mirada asesina, salió corriendo de la habitación y, con suerte, de nuestras vidas, pavoneándose como un pura sangre. Apuesto a que ni sus propios perros aguantaban al imbécil.
—Gracias, tío —le dije a Max cuando se cerró la puerta del ascensor—. Genial.
—¿Qué acaba de pasar? —Emme parecía perpleja y suspicaz a la vez, con la mirada alternando entre Max y yo—. ¿Acabas de hackear los sistemas del doctor?
Max sostuvo la mirada de Emme con un destello desdeñoso, enseñando los colmillos.
—¿De verdad quieres saberlo?
Joder. Habíamos hecho el trabajo, pero con nuestra mentalidad de misión, parecíamos un grupo de bárbaros.
—Escucha, Emme —dije—. No tienes que irte con el doctor Marvin. Puedes quedarte aquí, con nosotros. Conmigo. Te cuidaremos.
Emme juntó las manos en el regazo, los nudillos blancos, la espalda tan recta que no tocaba los cojines del respaldo. Tragó saliva con dificultad.
—Por favor, no penséis que soy desagradecida, pero puedo cuidarme sola.
Ups. Alerta de mujer independiente.
Una rápida mirada alrededor de la habitación confirmó que los chicos estaban de acuerdo en silencio. Apollo levantó las cejas a modo de advertencia.
De repente deseé que los chicos se largaran para poder hablar con Emme a solas. No era la primera vez que me planteaba contárselo todo.
Pero solo pensar que pudiera dejarme me provocaba un ardor ácido en el esófago. Cuando le contara lo de mi promesa, lo del legado de Alezar, tenía que hacerlo bien.
Teníamos mucho que resolver. Era terca y necesitaba tiempo para convencerla de que se quedara conmigo. Besar esos labios carnosos podría ayudar, por no mencionar lo placentero que sería. Bien sabía Dios que necesitaba descargar tensión.
Pero mis hermanos no mostraban ni la más mínima intención de marcharse. De hecho, parecían fascinados con nuestro intercambio y bastante divertidos de que Emme rechazara mi ayuda.
Imbéciles.
Sabían lo que estaba en juego y aun así disfrutaban de lo lindo viéndome estrellarme.
—Jax no pretende sonar condescendiente —dijo Apollo—. Solo quiere ayudar.
¿Condescendiente? ¿Yo?
Le lancé a Apollo una mirada fulminante. ¿Y se suponía que eso era ayudar?
—Es muy amable de vuestra parte, de todos vosotros —lanzó una mirada cautelosa a los chicos y se mordió el labio antes de continuar—. Pero prefiero hacerlo sola.
Cómo no, la testaruda fierecilla.