Capítulo Once
Jax
Mi repentina aparición sobresaltó tanto al doctor como a Emme. Con los ojos muy abiertos, ella me miró como si nunca hubiera visto a un hombre sin camisa. El doctor se quedó paralizado mientras le sacaba sangre. Sus ojos marrones se abrieron de par en par y él también se me quedó mirando.
A primera vista, era un tipo elegante: vestía un traje de seda italiana caro y zapatos relucientes.
Tenía la frente ancha, unas entradas muy pronunciadas y cabello rubio ralo.
Su nariz chata, labios finos y dientes largos me recordaban a un caballo.
Sus manos parecían tan suaves que habría apostado a que no había hecho ni un minuto de trabajo manual en toda su vida.
Hablando de manos, algunos de sus dedos manicurados estaban donde no debían: sobre el regazo de Emme. Apreté los dientes, conteniendo mi furia. Era hora de corregir su error.
Los ojos de Emme se iluminaron cuando le sonreí.
La pequeña sonrisa que me devolvió hizo que el corazón me diera un vuelco.
Su sonrisa era miel para mis heridas, la confirmación de que había tomado la decisión correcta.
Estaba feliz de verme, y eso bastaba para llevarme hasta la luna y traerme de vuelta.
—Hola, preciosa —rodeé el sofá y planté el culo a su lado.
Abrió y cerró la boca. No estaba acostumbrada a los cumplidos ni a que la llamara preciosa. Daba igual. Era la puñetera verdad, y tarde o temprano se acostumbraría.
Sin apartar los ojos del doctor Marvin, le pasé el brazo por los hombros a Emme y la atraje hacia mí. Ella me clavó la mirada, llena de preguntas.
Las preguntas, después. Por ahora, las cosas tendrían que hablar por sí solas.
La boca del doctor Marvin se torció, pero demostró un autocontrol que me puso en alerta, como un radar detectando un objetivo.
—¿Quién es este? —le preguntó a Emme, con una arrogancia que desafiaba mi mirada territorial.
—Eh... —tartamudeó Emme, incapaz de encontrar una respuesta.
—Soy su hombre —entrecerré los ojos mirando al doctor—. ¿Algún problema con eso?
El doctor se echó hacia atrás. Me miró como si fuera el mismísimo diablo. A Emme se le escapó un jadeo ahogado, que disimuló recomponiéndose al instante.
—Doctor Marvin, este es Ajax Battleson —vaciló, y su mirada ansiosa me recorrió de arriba abajo—. ¿Te encuentras bien?
—Nunca mejor —volví a centrarme en el doctor—. He oído hablar de tu... —me costó escupir la maldita palabra— estudio de la condición de Emme.
Las cejas de Emme se alzaron hasta el nacimiento del pelo, preguntándome en silencio cómo y qué sabía. Le apreté el hombro, pidiéndole paciencia. Ella y yo teníamos mucho de qué hablar, pero primero tenía que ocuparme del doctor.
El doctor Marvin arqueó una ceja finamente depilada con el gesto más condescendiente que jamás había tolerado en una cara de engreído.
—No he oído ni una palabra sobre usted.
Cerré los puños y las uñas se me clavaron en las palmas. Era de los que iban a la yugular. No había problema. A mí también me gustaba la yugular.
Eché un vistazo a la pequeña nevera portátil para sangre que había junto a sus zapatos.
Varios viales grandes llenos de la sangre de Emme se alineaban como pequeños soldados en el estante.
Se me crisparon los dedos mientras contemplaba la idea de romperle el cuello flaco.
Pero tenía esa aguja clavada en Emme y debía esperar a que la sacara antes de ir a por él.
Me obligué a mirar la aguja, a observar cómo atravesaba su piel y perforaba su vena para succionar la marea carmesí que fluía hacia el tubo. Con los puños cerrados, las palmas se me empaparon de sudor.
Joder. Ponme delante un puesto avanzado del ISIS lleno de trampas explosivas y repleto de terroristas y me quedaría tan fresco. Pero enséñame una aguja clavada en Emme y me entraban ganas de cagarme encima y vomitar a la vez.
El doctor retiró el tubo lleno de la jeringa e insertó otro vial, que hizo clic cuando la aguja perforó el tapón de goma.
Emme se estremeció. Me tensé tanto que me dolió la mandíbula. Joder, quería matarlo ahí mismo. Me contuve y apreté la camiseta que tenía en la mano.
Cálmate, Jax. La rabia me pedía salir a gritos. Mantén la calma.
—Más te vale que eso no duela —intenté no gruñir—. Y ya has sacado bastante sangre.
El hombre me lanzó una mirada despectiva.
—¿Y dónde obtuvo usted sus credenciales médicas, señor Battleson?
Credenciales médicas mis cojones.
—Ya has terminado —dije—. ¿Verdad, Emme?
Emme se encogió de hombros con desgana.
—Hoy estás sacando mucha.
La boca del doctor se frunció como un culo, pero extrajo el último vial de la jeringa y luego se tomó su puñetero tiempo para retirar la aguja del antebrazo de Emme.
Desinfectó el pinchazo, presionó un algodón sobre la zona y lo sujetó con una tirita. Cogí aire y me di cuenta de que había dejado de respirar mientras él tenía la aguja clavada en Emme.
Le tomé la mano y le froté los dedos fríos.
—¿Estás bien?
Cerró los ojos y se tambaleó ligeramente.
—Un poco mareada. Se me pasará.
Se recompuso con una respiración temblorosa y luego su mirada me rozó como una caricia fugaz.
—Eh... esto... ¿Jax?
—¿Sí, cariño?
—¿Podrías... eh... ponerte la camisa, por favor?
—¿Por qué? —dije—. Seguro que el buen doctor ha visto mucha piel en su vida.
—Ya, pero no es de buena educación y... distraes mucho.
Me mordí la sonrisa que quería apoderarse de mi cara. Los modales no eran mi fuerte, pero me gustaba distraer a Emme. El contraste entre sus pecas y su rubor era espectacular. El sonrojo se extendió desde las mejillas hasta el pecho como un reguero de pólvora, encendiendo también las pecas de allí.
Recordé la sensación de su cuerpo bajo el mío, la pura gloria de estar dentro de ella. La chispa en sus ojos me dijo que ella también lo recordaba.
Demonios, si mi viejo y maltratado torso era la causa de todo ese calor que recorría su cuerpo, me daba por satisfecho.
Por otro lado, era al doctor a quien quería provocar, no a Emme. Me puse la camiseta y metí los brazos por las mangas.
El doctor Marvin cerró su nevera portátil y le dio a Emme una palmadita condescendiente.
—Todo listo. Es hora de irnos. Probablemente llegue al segundo acto de la ópera si nos damos prisa. Quiero dejarte en el hospital antes de que empiece.
Empiece.
Fuera lo que fuera, tenía una connotación ominosa. Emme bajó la mirada, como si ya se sintiera avergonzada y humillada por lo que estuviera a punto de pasar.
¿Emme avergonzada, humillada, menospreciada delante de mí?
Ni hablar. No mientras yo estuviera allí.
—Emme no necesita que la instales en el hospital ni tú ni nadie —dije—. Puede elegir dónde y cómo pasar su tiempo libre. Ella manda aquí. Tú no.
Levantó la cabeza de golpe. Sus ojos grises se clavaron en mí. No estaba acostumbrada a tener a alguien de su lado. Le apreté el hombro. Verla tan alterada me encendió la rabia.
El doctor Marvin carraspeó como el pomposo imbécil que era.
—Seguramente no creerá que tiene los recursos médicos para hacerse cargo de su estado. Usted no es médico. No sabe nada de cuidar enfermos.
—No estoy enferma —espetó Emme, pero luego la luz se apagó en sus ojos—. Todavía no.
Su mirada vacía me desgarró las entrañas. ¿Desde cuándo sus estados de ánimo habían empezado a arrastrar los míos?
No importaba. Era su vida, su elección. Y ahora tenía que hacerle entender que yo también era una de esas opciones.
El imbécil engreído abrió su asquerosa boca de nuevo.
—Emmalee, querida...
—Emme no es tu querida —hice un gran esfuerzo por no moler a golpes al idiota—. Es tu paciente.
Si volvía a llamarla querida, le iba a recolocar la cara.
—De acuerdo, bien, Emmalee —el doctor lo intentó de nuevo—. El hospital es el lugar apropiado para tus episodios...
—¿Episodios? —la palabra me supo amarga, pero más valía aprender los términos si quería serle de ayuda a Emme. La miré—. ¿Así es como los llamas?
Abrió la boca para responder a pesar de las lágrimas que le brillaban en los ojos, pero fue el odioso doctor quien habló.
—Episodios, brotes, como quieras llamarlos, no importa —dijo con un gesto desdeñoso—. A pesar de las mejores intenciones del Sr. Battleson, él no te ha visto cuando te pones mal, ¿verdad?
La agonía en la mirada de Emme amenazaba con echar por tierra mis propósitos de comportarme de forma civilizada. Podría tener a este imbécil suplicando piedad setenta pisos por encima del nivel de la calle en un santiamén.
Por suerte para el detestable doctor, Apollo apareció. Kass, Max y Troy avanzaron en formación de lanza detrás de él.
—Hola, doctor —con una sonrisa plácida, Apollo cruzó los brazos y se apoyó en un pilar de hormigón.
Kass se plantó junto a los ventanales a mi derecha. Troy se colocó junto al sofá a mi izquierda y se metió las manos en los bolsillos.
En cuanto a Max, se dejó caer de lado en el enorme sillón frente a mí y echó las piernas sobre el reposabrazos mientras tecleaba en su tableta, con una actitud que hacía juego con su camiseta de «Me importa una mierda».
El doctor fulminó a Emme con la mirada.
—¿Más amigos?
Apreté la mandíbula y lo insulté en silencio con cada palabrota de mi extenso repertorio callejero. Lo habría insultado en voz alta, pero Emme había recibido una buena educación y yo no tenía por qué mostrarle la escoria que era.
Con gusto me habría ofrecido voluntario para enseñarle al doctor Marvin el trato con los pacientes que le faltaba. En cambio, me recosté en el sofá, me contuve y apreté los dientes.
—Estos son los otros hermanos Battleson —murmuró Emme, mirándome como si yo fuera el único hermano que importaba.
Viniendo de ella, me lo comí como una pila de brownies de Max.
Quería a mis hermanos. Sabía que me cubrían las espaldas. Yo también se las cubría a ellos. Éramos una unidad sólida y estaba orgulloso de eso. Pero no pude evitar la calidez que me invadió cuando la mirada de Emme me señaló a mí. Llámenme tonto, pero me gustaba ser el primero para ella.
Ahora, si pudiera conseguir ser el único...
Le guiñé un ojo a Emme para tranquilizarla y volví a centrarme en el doctor.