Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo cuatro #2
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Capítulo cuatro #2

Reconocí el rugido salvaje de un par de motos de alto rendimiento que venían a toda hostia por la calle. Me giré y vi a Max con su chaqueta de cuero roja y su casco de calavera y tibias cruzadas, acelerando calle abajo en su Kawasaki Ninja.

Junto a él, igualando y superando las revoluciones de la Ninja, iba mi propia Ducati negra, una de las motos más rápidas del mundo, enfilando la esquina a toda velocidad.

—No, no lo habrás hecho. —Solté todos los tacos habidos y por haber—. Por favor, dime que no has dejado que Troy coja mi moto.

—Me has despertado diez minutos antes de que sonara la alarma esta mañana. —Kass esbozó su sonrisa despiadada—. Además, era por una buena causa: salvarte el culo.

—¡Ni siquiera está homologada para circular!

—No te preocupes —dijo Kass—. No lo pillarán conduciéndola.

Gemí. Eso era exactamente lo que me temía.

El tableteo de un par de ametralladoras rompió el asedio. Troy y Max dispararon contra los malos apostados en la calle. Pillados por sorpresa, varios tangos cayeron, mientras el resto se dispersó como bolos cuando las motos atravesaron sus filas.

—Se acabó la fiesta. —Kass tocó el acelerador y giró el volante, colocando el Lamborghini en medio de la calle mientras revolucionaba el motor—. Hora de volver a casa.

Max y Troy maniobraron las motos a cada lado del Lamborghini. Como un mecanismo de relojería, Kass pisó a fondo el acelerador y los tres vehículos avanzaron en tándem, ganando velocidad mientras salíamos disparados calle abajo.

—Estad atentos a un camión de mando y control —advertí.

—Lo tenemos —dijo Kass—. ¿Apollo?

—Lo estoy siguiendo —dijo, con los ojos yendo de la carretera al GPS—. Ya viene.

Se habían tomado la molestia de colocar un rastreador en el centro de mando móvil.

—Bien hecho —murmuré.

—Todo despejado. No hay civiles en el radar —Apollo activó el comunicador—. El objetivo dobla la esquina.

Kass pisó el freno. Al mismo tiempo, los chicos de las motos se quedaron atrás y se cubrieron detrás del coche.

Apollo abrió la puerta, salió y se arrodilló. Metió la mano en el coche, sacó un rifle de asalto equipado con lanzagranadas y se lo apoyó en el hombro.

—¿En serio? —me burlé—. ¿Tú vas a disparar esa maldita cosa?

—Un poco más de respeto, por favor —puso el ojo en la mira y colocó el dedo en el gatillo—. Soy médico, pero también soldado.

—¿Jax? —los dedos ocultos de Emme se aferraron a los míos con fuerza.

—Atenta —le apreté la mano—. Se vienen fuegos artificiales.

El camión apareció a la vista, un bólido marrón que venía directo hacia nosotros. Apollo cerró un ojo, apuntó y apretó el gatillo.

Varias personas saltaron del camión. Bum. El vehículo estalló en llamas.

—Diana —Apollo me lanzó una sonrisa arrogante, volvió a meterse en el coche y cerró la puerta—. Ahí lo tienes, hombre de poca fe.

Con las motos detrás, pasamos junto a los restos en llamas, aceleramos hacia la rampa de acceso más cercana y nos lanzamos a la interestatal. El aullido lejano de las sirenas de policía resonó a nuestras espaldas.

Por fin.

—¿Dónde demonios estaba la policía cuando la necesitábamos? —pregunté.

—Estamos en ello —dijo Kass.

Habían movilizado a toda la fuerza de Battle Brothers Inc.

La adrenalina todavía me corría por las venas, pero una oleada de mareo me invadió y me dejó la cabeza dando vueltas.

Apoyé la nuca en el reposacabezas y respiré hondo por primera vez en un buen rato.

El aire no me llegó al fondo de los pulmones.

Me puse la mano en el muslo. Cuando miré hacia abajo, me goteaba sangre de los dedos.

—Jax está sangrando —exclamó Emme—. Tenemos que llevarlo al hospital.

—¡Tío! —Kass golpeó el volante—. ¿Estás sangrando por todo mi coche nuevo?

—No me ha dado tiempo a limpiarme —me limpié la mano ensangrentada en los pantalones cortos.

—Está herido, muy herido —el rostro de Emme emergió de debajo de la capa para fulminar a Kass con la mirada a través del espejo—. ¿No me has oído?

—Te he oído perfectamente, cariño —Kass me lanzó una sonrisa por el retrovisor—. ¿Dónde demonios encontraste a esta fierecilla?

Una carcajada me provocó otro episodio de vértigo. Kass nunca me creería si se lo contara.

—Hermano, ¿por qué no dijiste nada? —Apollo se desabrochó el cinturón, se giró en el asiento y se apoyó en la rodilla. Alargó la mano y examinó la herida de mi pierna.

—Eres un desastre —dijo—, pero al menos tuviste el sentido común de ponerte un torniquete en el muslo.

Apreté a Emme contra mi pecho.

—Lo hizo ella.

Apollo asintió a Emme con aprobación.

—Puede que tengas futuro como técnica de emergencias, una habilidad que te va a hacer falta si piensas seguir con Jax Caos.

—¿Informe de situación? —exigió Kass.

—Supongo que ha hecho una donación generosa de sangre a la Madre Tierra —Apollo rebuscó en la guantera—. Y va a necesitar unos cuantos puntos.

—Joder, Jax, dijiste que ibas a dar un paseo en bici —Kass aceleró el Lamborghini a fondo por la autopista—. Se supone que no debes montar la Tercera Guerra Mundial y acabar hecho picadillo.

—Solo llévanos a casa —intenté que el coche dejara de dar vueltas y luego siseé cuando Apollo me presionó un trapo en la pierna—. Joder, tío, eso duele.

—Yo lo hago.

Emme le quitó el trapo a Apollo y lo mantuvo en su sitio sobre la herida del muslo, pero sin hacerme tanto daño. Apollo me llevó la mano al cuello y me puso los dedos donde el pulso me latía desbocado.

Mientras tanto, Emme se acercó a mi oído y susurró, un murmullo dulce e íntimo.

—Vas a estar bien.

—No te preocupes por mí, preciosa.

Le besé la cabeza a través de la capa y me encontré con la mirada preocupada de Apollo. No me gustó lo que vi, así que empecé a tomar precauciones.

—Voy a necesitar que cuidéis de Emme por mí.

—Ni de coña, joder —la voz de Kass me llegaba desde mil kilómetros de distancia, cabreado como siempre—. No te nos vas a morir. Es una puta orden. ¿Me oyes?

—Emme no tolera el sol —murmuré, de repente tan cansado que me costaba mantener los ojos abiertos—. Y nada de hospitales. Se lo prometí.

El mundo a mi alrededor empezó a desvanecerse. La diatriba de Kass se volvió distante. La voz angustiada de Emme se atenuó. El peso de los dedos de Apollo sobre mi arteria carótida se desvaneció.

Una oleada de agotamiento me invadió y me entumeció los sentidos. Cerré los ojos y fui cayendo en un estado de semiconsciencia. El único sonido que me llegaba era el zumbido de los engranajes de mi mente, que rechinaban dentro de mi cabeza.

El rostro del imbécil número uno se materializó contra mis párpados, con esos ojos turbios ardiendo de aborrecimiento. La chispa de reconocimiento que me había estado pinchando estalló en certeza.

Su rostro no coincidía con sus ojos, pero de repente supe exactamente quién era.

—McVeigh —logré articular con voz rasposa, justo antes de que todo se volviera negro—. Mike McVeigh.