Capítulo cuatro
Jax
Joder, era increíble. Era todo lo que necesitaba, todo lo que siempre había querido y más. Me siguió hasta ese saliente y aguantó el tipo mientras trepábamos al tejado, donde nos tumbamos boca abajo sobre las ásperas tejas de asfalto.
Mientras contaba los hostiles a nuestro alrededor, Emme entornó los ojos con inquietud hacia el cielo. Al percibir su aprensión, miré en la misma dirección. El sol ascendía como un cohete.
Íbamos muy justos de tiempo.
El enemigo estaba por todas partes, rodeando la casa, cubriendo el vecindario, y de algún modo conseguían mantener a la gente dentro y a la policía alejada. Para empeorar las cosas, la pierna me dolía como mil demonios. El dolor solo intensificaba la rabia que ardía en mí.
Necesitaba desahogarme, y pronto.
Vale, pillaba que a ciertas personas en ciertos círculos no les cayera bien. Incluso pillaba que unos cuantos capullos quisieran ajustar cuentas conmigo. ¿Pero herir a una mujer inocente, quemar la casa de Emme, destruir su vida para llegar a mí?
Qué va, eso estaba mal, y estos cabrones iban a pagarlo.
Al mirar con más atención, vi a los tangos apostados en cada puerta y ventana, esperando que irrumpiéramos en cualquier momento. Bueno, no podía hacer nada contra el maldito sol ni contra el dolor que me desgarraba, pero ¿prepararles una sorpresita?
Eso sí que podía hacerlo.
Me arrastré hacia el lado este de la casa, donde un trío de tangos chulitos vigilaba la esquina trasera.
—Quédate aquí —articulé en silencio a Emme—. Baja cuando te haga la señal.
Me deslicé por los aleros, caí sobre mi presa desde arriba y descargué mi furia sobre los tres chiflados. Con la rabia a tope, tardé unos treinta segundos en acabar con ellos. Cuando estaba cabreado, era más que rápido. Era letal.
Después de despachar a los hijos de puta, me apropié de una de sus UZI. Era hora de sacar a Emme del campo de batalla. Miré hacia arriba. Enmarcada por las llamas y el humo, colgó de los aleros un instante antes de soltarse.
Podría haberse roto las dos piernas, pero me colgué el rifle al hombro, me lancé y la atrapé con un gruñido a poco más de un metro del suelo.
Abrió los ojos de par en par. Parecía sorprendida de haber aterrizado en mis brazos. ¿Qué demonios esperaba? ¿Que iba a dejar que se partiera el cuello?
—Te dije que esperaras mi señal —la puse de pie mientras rastreaba el patio trasero en busca de peligro—. ¿No sabes seguir instrucciones?
Me desafió alzando la barbilla.
—Sé pensar por mí misma, ¿sabes?
Ya.
Intenté recordar lo que sabía sobre Emme. No era de las que siguen al rebaño. Era una pionera. No iba a obedecer sin más solo porque yo lo dijera. En nuestra situación actual, eso podía ser un problema mortal.
Me llevé el dedo a los labios y le hice un gesto con la cabeza para que me siguiera. Se quedó paralizada a medio paso. Tras sus gafas de sol oscuras, su mirada iba y venía entre mí y el espectáculo truculento de los hombres ensangrentados desparramados en el suelo.
—¿Están... muertos?
Le salió la voz ronca y amortiguada bajo el protector facial. El horror le frunció las cejas, la única parte del rostro visible entre las gafas y la capucha.
La conmoción y el miedo que tensaban su cuerpo estaban en total contradicción con el asombro que había vislumbrado en sus ojos momentos antes, cuando la besé.
Vale, la había besado por impulso, para sobresaltarla y hacerla entrar en razón. Y sin embargo, el sorprendido había sido yo, noqueado por la respuesta salvaje de mi cuerpo.
Pero ahora su mirada tras las gafas de sol me helaba la columna. Me veía como si fuera la muerte en persona, un asesino a sangre fría, que por supuesto, lo era.
Daba igual. Estaba empeñado en protegerla y ni todo el arrepentimiento ni el remordimiento del mundo podían cambiar mi pasado. ¿Aceptaría ella mi plan si supiera todo lo que había que saber sobre mí?
—El enemigo ha sido neutralizado —intenté explicar, centrándome en el presente. El futuro tendría que esperar.
—Vamos, Emme. Larguémonos.
Bordeé el perímetro cojeando. Ella me seguía, pero no podía quitarme de encima la sensación de que preferiría escapar de los tangos y de mí. La inquietud que irradiaba me desgarraba las entrañas. ¿Cómo iba a atraerla a mi bando si me tenía miedo?
Cuando llegamos a la valla de la parte trasera, entrelacé las manos y le hice un estribo a Emme. Estaba subiendo cuando nos descubrieron.
Plin, plin, plin.
A estos cabrones les iban las balas que flipas.
Empujé a Emme por encima de la valla metálica y devolví el fuego antes de trepar y saltar al otro lado. Le agarré la mano y salimos corriendo por el patio del vecino, con los tangos pisándonos los talones.
La adrenalina prácticamente borró el dolor, al menos de momento. La luz, en cambio, no cedía. Examiné el cielo. Ni una sola nube empañaba aquella extensión cada vez más luminosa.
Cómo no. Iba a ser un día radiante.
Miré a Emme, envuelta en su chaqueta y con sus enormes gafas de sol de estrella de cine.
—¿Vas a aguantar?
Se caló más la capucha para cubrirse las cejas y se encogió de hombros.
—No me queda otra.
No era precisamente tranquilizador.
Salimos disparados a la calle. Llevábamos corriendo cosa de un minuto cuando sentí, más que vi, una presencia poderosa ronroneando a nuestra espalda.
Agarré a Emme del brazo y tiré de ella para frenarla justo cuando los faros del Lamborghini de Kass nos deslumbraron desde atrás.
Bajo y negro como la noche, el Aventador aceleró con un zumbido y viró con precisión para interponerse entre nuestros atacantes y nosotros. Tiré de Emme hacia abajo y me agaché contra el costado del coche.
—¿Qué está pasando? —preguntó jadeando.
Antes de que pudiera responder, la puerta se elevó y Apollo salió del coche, impecablemente vestido con unos pantalones caqui perfectamente planchados, una camisa de botones y un forro polar de pijo.
Cualquiera diría que se había arreglado para una cita.
Pero no, así era Apollo. Siempre perfecto, incluso en medio de un tiroteo.
Sus característicos zapatos de cuero marrón con punta perforada se plantaron justo a mi lado. —Hola, Jax. —Me dedicó una rápida sonrisa antes de tocar el comunicador en su oreja—. Tenemos el paquete. Repito. Estamos en posesión del paquete.
—Necesito entrar —murmuró Emme.
Iba muy en serio con lo de la alergia al sol.
Metí la mano, presioné la palanca y deslicé el asiento del Lamborghini hacia delante. Apollo abatió el respaldo de golpe, aferrándose a su GPS de mano, que sin duda lo había guiado hasta mí.
Emme se subió al coche. El terror que le agarrotaba los hombros no cedió ni cuando se dejó caer en el asiento trasero.
—Dame tu forro polar —le dije a Apollo.
—Yo también me alegro de verte. —Apollo se quitó el forro polar y me picó con otra sonrisa—. Por favor, no me digas que me sacaste de la cama solo porque tenías problemas con una chica.
Le arrebaté el forro polar de las manos y me metí en el coche, arrastrando mi pierna izquierda, que no quería colaborar, extrañamente agotado. Apollo ocupó su lugar junto a Kass, sentado al volante. Pulsó los controles y la puerta del Aventador descendió y se cerró con un suave siseo.
Kass era el orgulloso propietario de un Lamborghini prototipo de la hostia, un Aventador de cuatro plazas personalizado y de última generación que costaba un dineral pero cumplía su función.
Eso no significaba que mi corpachón encajara fácilmente en el diminuto espacio que Lamborghini consideraba adecuado para adultos hechos y derechos.
Me metí a duras penas junto a Emme y le eché el forro polar de Apollo por encima por si acaso.
—¿Mejor? —pregunté.
—Eso espero. —Desde debajo del forro polar, las gafas de sol de Emme apuntaron hacia mí—. ¿Quiénes son estos tipos y cómo nos han encontrado?
—Son mis hermanos —dije—. Me han rastreado hasta aquí.
—¿Te han rastreado? —Me miró como si fuera un alienígena del espacio exterior—. ¿Cómo?
—Todos llevamos dispositivos de rastreo intradérmicos...
—¿Qué? —Frunció el ceño—. ¿Por qué?
—Eh... —¿Cómo coño podía explicarlo?—. Nos gusta tenernos localizados.
—Eso es como... no es normal.
Era demasiado perspicaz para engañarla.
—No quiero interrumpir, pero ¿qué coño has hecho ahora?
—Kass me miró por el espejo retrovisor, con la mano izquierda en el volante y su Sig Sauer con monograma en la derecha—.
¿Has liado una buena con una puta milicia?
—Sus ojos azules se posaron en el forro polar que cubría a Emme—. ¿Y quién demonios es ella?
—Para que conste, no tengo ni puta idea de quiénes son esos cabrones. —Comprobé la recámara de mi UZI recién adquirida y escudriñé la calle por la diminuta ventanilla lateral—. Pensé que a lo mejor nos habías metido tú en este lío.
—Claro, yo —murmuró Kass, destilando sarcasmo—. Porque Caos no es tu maldito segundo nombre.
Le hice una peineta a Kass y, ignorando su irritante sonrisita burlona, me volví hacia Emme.
—Como iba diciendo, estos son mis hermanos. El que va bien vestido en el asiento del copiloto es Apollo.
Apollo se llevó dos dedos a la frente y le dedicó a Emme una sonrisa amistosa, un destello de dientes blancos que contrastaba de maravilla con su piel morena e iluminaba sus ojos verdes.
—En cuanto a nuestro conductor —continué—, este viejo cascarrabias hijo de puta es Kass.
—Viejo mis cojones —escupió Kass, pasándose la mano por el pelo rubio platino, dejando una estela de pinchos—. ¿Y a quién coño llamas cascarrabias?
—Si me permites la observación —dije, mientras las balas repiqueteaban contra el Lamborghini blindado—, estás en zona prohibida.
—Jax. —Emme me agarró del brazo y señaló con la cabeza hacia el otro lado de la calle, donde nuestros enemigos estaban formando otra línea de ataque.
—¿Chicos? —Parpadeé varias veces para aclararme la vista—. Emme cree que están a punto de flanquearnos.
—No, no lo harán. —Kass montó el arma y pulsó dos veces el comunicador.