Capítulo tres #2
—Un ático —repitió, esta vez con más urgencia—. Aquí. En la casa.
Fue un milagro que consiguiera poner en marcha mi proceso de pensamiento, pero quizás el sofocante hedor del humo oscuro que se filtraba por debajo de la puerta tuvo algo que ver con mi recuperación instantánea.
—Sí, un ático —tartamudeé—. Hay uno.
—¿Dónde está el acceso?
Señalé las puertas del armario.
Llegó a las viejas puertas desvencijadas en dos zancadas. Las abrió de un tirón, agarró el cordón que colgaba del techo y tiró de él. Con un chirrido, la endeble escalera se desplegó desde la trampilla.
Lamenté la distancia entre nosotros, pero enseguida me reprendí mentalmente. ¿Me había vuelto estúpida? Tenía razón, y teníamos que salir de la casa en llamas ya.
—Vamos. —Me hizo un gesto para que lo siguiera.
—¿Ahí arriba? —Vacilé, consciente de lo pocas opciones que tenía.
Subió el primer peldaño.
—Sí, y después saldremos.
—¿Afuera?
Mis ojos se posaron en el despertador de la mesita de noche. El amanecer era inminente.
Mi voz salió como un hilo.
—Quizás deberías ir tú primero.
Entornó los ojos, escudriñando mis pensamientos como si los rastrillara.
—¿Qué pasa?
—Oh, nada. —Entrelacé las manos y, balanceándome sobre los talones, tragué saliva con un nudo de pánico en la garganta—. Lo de la alergia al sol. Es... eh... un fastidio.
Frunció el ceño.
—Me había olvidado de eso.
Saltó de la escalera, fue hasta la cama, agarró el edredón y se lo echó al hombro. Fue un gesto tan dulce y decidido que me derretí por dentro.
Volvió a la escalera.
—Me aseguraré de que estés a salvo.
Ojalá pudiera.
Tuve que hacer acopio de todo mi valor. La luz del día era mi peor pesadilla. Una manta podía servir o no. Además, estaba acostumbrada a cuidar de mí misma.
—No hace falta que traigas eso. —Lo seguí hasta el armario y descolgué mi chaqueta negra de Battle Brothers—. Esto debería funcionar mejor.
Metí los brazos en las mangas, introduje los dedos en los guantes incorporados y me subí la capucha.
La chaqueta estaba hecha de un tejido que bloqueaba el noventa y ocho por ciento de la radiación UV. Nunca la había usado, pero la había guardado en el armario por si surgía una emergencia.
Como ahora.
Sí, esa era yo, siempre preparada.
Cogí unas gafas de sol de la cómoda y me las metí en el bolsillo. Luego me subí la cremallera, me cubrí la nariz con la protección facial y asentí hacia Jax.
La sonrisa de Jax iluminó la habitación llena de humo y me dio un atisbo de esperanza: quizás, si me quedaba con él, podría sobrevivir a esto.
—Estás muy sexy con lo de Battle Brothers.
—¡Ja! —Nadie podía verse sexy cubierta de pies a cabeza en medio de un incendio con un montón de locos armados apuntándonos—. Estás loco, ¿lo sabías?
—Me lo han dicho. —Esbozó esa sonrisa arrebatadora que me hacía temblar las rodillas.
Madre mía.
Volví a mirarle la cara.
¿Eso era un hoyuelo en la mejilla?
Una explosión resonó desde el salón, un estruendo que anunció que habían derribado la puerta principal, seguido del silbido mortífero del fuego al propagarse.
La sarta de palabrotas y maldiciones obscenamente creativas que soltó Jax habría hecho sonrojar a un marinero. Dejó caer la manta y me instó a subir la escalera.
—Vamos.
Corazón. Listo.
Valor. Listo.
Cerebro. Listo.
Subí por la escalera desvencijada con Jax pisándome los talones. Arriba, el ático era pequeño, oscuro y sin ventanas: un callejón sin salida lleno de humo.
Solté un grito ahogado al ver las llamas atravesando las tablas de madera en la parte delantera de la casa.
Impertérrito, Jax recogió la escalera y cerró de golpe la puerta del ático. La bloqueó con el cuchillo y pasó gateando junto a mí, tapándose la nariz con el cuello de la camiseta.
—Sígueme, por aquí.
Tragué aire acre.
Había algo muy definitivo en el cierre de aquella puerta, un adiós a mi hogar, un compromiso con lo desconocido.
Un haz de luz pequeño pero intenso guiaba el camino entre la neblina de humo: la linterna del llavero de Jax. Lo seguí a gatas hacia la parte trasera del ático.
—No hay ventanas aquí arriba. —Tosí, con los pulmones saturados de humo.
—No necesitamos una ventana. —Siguió gateando bajo una nube de humo negro—. Necesitamos una salida.
Una ventana, una salida: para mí, era lo mismo.
En el otro extremo del ático, Jax se arrodilló ante la rejilla de ventilación del hastial trasero. Con la linterna entre los dientes, se sacó el punzón del pantalón.
Ajeno al humo, al calor y a las llamas que se acercaban, clavó el punzón en la aleta de aluminio de la rejilla, lo retorció y arrancó un clavo. La urgencia me oprimía el pecho. ¿Cuántos clavos más quedaban?
Le cogí la linterna de la boca y se la sostuve, intentando que no me temblara la mano. Era difícil. Por cada clavo que arrancaba, el haz iluminaba otro más.
Tosí como una fumadora empedernida.
—Vamos a morir.
—Sí, tienes razón.
—¿Qué? —¡Eso no era lo que necesitaba oír en ese momento!
—Tú, yo, todos, todos vamos a morir. —Siguió arrancando clavos, frío y sereno, como una máquina de precisión—. Empezamos a morir el día en que nacimos. Vivimos en la autopista hacia la muerte.
—Eres una maldita fuente de esperanza —murmuré con hosquedad.
Me echó un vistazo rápido y se rio, así, sin más, en medio de un incendio, rodeado de una banda de psicópatas asesinos.
¡Se rio!
Era surrealista y, sin embargo, su risa grave me tranquilizó más que cualquier cosa que pudiera haber dicho.
—Si de todos modos vamos a morir, te diré lo que pienso —arrancó otro clavo—. ¿Este momento? Es lo único que importa. Vivimos a tope y le plantamos cara a la muerte. Miramos a esa zorra a los ojos. Vamos a morir. Eso no hay quien lo evite. Pero no aquí. Todavía no. Tú y yo no la palmamos hoy.
Me quedé mirando a Jax boquiabierta. Nada de frases hechas. Solo realidad cruda y una voluntad indomable de vivir. Su teoría sobre la vida y la muerte no solo resultaba convincente. Para mí tenía todo el sentido del mundo.
Llevaba toda la vida esquivando a la muerte, negándome a aceptar lo que los médicos creían que era mi destino, convenciéndome de que no era diferente de los demás. Había seguido viva incluso en esos momentos en que morir habría tenido sentido.
Jax tenía razón. Nadie era inmune a la muerte. Ningún ser humano estaba a salvo de su poder arbitrario. Mi madre gozaba de perfecta salud la última vez que salió de nuestra casa. Diez minutos después, estaba muerta: un conductor borracho había estrellado su camioneta contra su coche.
Ella no lo vio venir.
Yo tampoco.
Miré a Jax con otros ojos. Él y yo teníamos mucho en común. Estaba dispuesto a luchar por un día más. Yo también.
Era todo un espectáculo: ferozmente intenso y entregado a su tarea, un pedazo de hombre hecho un desastre de sangre, sudor y hollín, envuelto en una neblina arremolinada de humo.
Entonces lo entendí.
Este era un hombre que no se dejaba vencer por el miedo.
Metí las yemas de los dedos bajo los bordes de aluminio y tiré del respiradero.
Me dolían los dedos, pero el marco cedió un poco.
Jax sumó su fuerza a la mía y tiramos juntos.
El marco gimió, se dobló y finalmente se soltó, dejando entrar una bocanada de aire fresco y los primeros indicios de la turbia luz del amanecer.
Me quedé paralizada, mirando a mi enemigo más antiguo. A mi espalda, el fuego rugió, enfurecido por la nueva carga de oxígeno. Su aliento ardiente atravesó el ático y me azotó la espalda.
¿Luz o fuego? ¿Cuál me mataría primero?
Jax se encaramó al borde y me tendió la mano.
—¿Emme?
Mi cuerpo se negó a moverse. Mis ojos buscaron los suyos. Había tanto en juego, tanto que él desconocía.
Me dedicó su sonrisa de pícaro.
—¿Qué le dijo la sartén al huevo?
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Venga, sígueme el juego —su sonrisa se ensanchó y el maldito hoyuelo hizo acto de presencia—. ¿Qué le dijo la sartén al huevo?
Luché contra el pánico que me atenazaba la garganta.
—Ni idea.
—Te voy a freír muy bien, pero no te voy a quemar —la sonrisa le brillaba en los ojos.
Abrí la boca para sollozar de terror, o quizá para decirle otra vez que estaba loco, pero en lugar de eso, noté que mis labios se curvaban hacia arriba. Una risita me brotó de la garganta, pillándome por sorpresa, y luego otra, y otra.
¿Acababa de hacerme reír?
¿En medio de todo esto?
—Ven conmigo —extendió la mano y atrapó la mía—. Este momento. Eso puedo prometértelo.
¿Por qué mi lado escéptico estaba tan dispuesto a creer todo lo que dijera?
Me incliné hacia delante y miré por el borde.
—¿Estás seguro de que podemos hacerlo?
—Joder, claro que sí —dijo—. Podemos hacerlo. Pan comido.
¿Pan comido?
Estaba oficialmente para que lo encerraran. Loco de remate.
—Quédate conmigo —me apretó la mano; sus feroces ojos verdes brillaban con una intensidad que reflejaba las llamas y me encendía la sangre—. Por favor, Emme. No te rajes ahora. Necesito que te quedes conmigo.
¿Él me necesitaba?
Me tragué el miedo, saqué las gafas de sol y me las puse.
—Vamos allá.
Y con la mayor apuesta de mi vida, di un paso hacia la luz.