Capítulo tres
Emme
Mi casa estaba en llamas.
¡Mi casa!
El corazón me golpeaba las costillas y me atraganté cuando una bocanada de humo acre me invadió los pulmones. Unos hombres nos disparaban. Todo aquello por lo que tanto había luchado estaba en peligro. Todo lo que necesitaba y quería se encontraba entre estas paredes.
Clavé la mirada en el pequeño marco de peltre de mi mesita de noche. Era un selfi de mi madre y de mí. Ella miraba a la cámara con una amplia sonrisa, los ojos llenos de orgullo, las cejas arqueadas en su expresión de «esa es mi niña».
Habíamos elegido esta casa juntas. Su vida pervivía en este lugar. Todas sus cosas estaban aquí. Sus libros y fotografías. Sus discos de vinilo. Sus colecciones de CD y DVD. Si la casa ardía, su existencia quedaría borrada del mundo.
Oh, Dios. No podía dejar que esto pasara. Me lancé hacia la puerta. Tenía que detener el fuego.
Un agarre firme me apartó de la puerta y me obligó a encarar al hombre que compartía mi pesadilla.
—No puedes salir ahí —dijo, con los brazos ceñidos a mi cintura, los ojos verdes clavados en mí.
Tranquilo. Tan tranquilo. Sereno y dueño de sí mismo, en contraste con el fuego que rugía afuera y la desesperación que me consumía por dentro.
—Sr. Battleson —dije con voz ronca, entre jadeos—. No entiende lo que este lugar significa para mí.
—Me voy haciendo una idea —dijo—. Pero tenemos que tomar decisiones estratégicas acertadas ahora mismo.
¿Decisiones estratégicas?
Él estaba librando una batalla.
¡Yo estaba perdiendo mi hogar!
—Soy Ajax —dijo, sujetándome—. Ajax Battleson, pero mis amigos me llaman Jax.
Por alguna razón, aquella presentación tan fuera de lugar caló en mi mente aturdida.
Tenía un apodo. Además de ser el Sr. Muy-Cabreado Battleson, también era...
—Jax. —Tragué el sollozo que se me había quedado atravesado en la garganta—. Esta casa es lo único que tengo.
—La casa se puede reemplazar. —Sus ojos se dulcificaron un instante antes de volver a endurecerse con determinación—. Tu vida no.
Tenía razón, pero necesitaba aferrarme a mi refugio, a mis recuerdos. ¿Y mi negocio? ¿Desde dónde iba a dirigir mi empresa si no era desde casa?
El pánico borró todo rastro de lógica de mi mente. Me aparté de Jax a empujones, le di patadas en las espinillas, luché contra él como quería luchar contra el fuego.
—¡Suéltame!
—No hagas esto, no ahora. —Me atrapó las muñecas con sus manos poderosas—. Necesito que seas fuerte.
—¡Y yo necesito volver ahí fuera!
Tenía que proteger mi hogar, mis sueños. Me quedaría sin hogar. Desamparada. Expuesta. Débil.
Nunca quise ser débil.
Forcejeé con Jax e hice otro intento de llegar a la puerta, pero él era más fuerte que yo. Con un esfuerzo mínimo, me inmovilizó contra la pared, me sujetó las muñecas por encima de la cabeza y me metió la rodilla entre las piernas para evitar que le diera patadas y bofetadas.
—¡Maldita sea, mujer, escúchame!
Luché contra él con todo lo que tenía. —Tienes que soltarme.
—No puedo soltarte —gruñó con un rugido grave que le nacía del fondo de la garganta—. Y ahora que por fin te he conocido, no pienso hacerlo.
Sus labios se abalanzaron sobre los míos con fuerza feroz. Su boca se apoderó de la mía con celo posesivo. Intenté resistirme, intenté escapar de su agarre y de su beso, atónita ante su audacia, por no hablar de su descarado desprecio por nuestra terrible situación.
¿Un beso, ahora? ¿Es que estaba loco? ¿No sabía que había un incendio? ¿Se había olvidado de los lunáticos de ahí fuera?
¿Y había oído bien? Ahora que por fin te he conocido...
¿Qué demonios quería decir con eso?
La presión desapareció de mis labios. Sus ojos esmeralda reclamaron toda mi atención. Su mirada se clavó en mí, una atracción magnética y tentadora que borró todo pensamiento de mi mente.
Motas de obsidiana brillaban en sus iris verdes y centelleaban con una autoridad seductora que atrajo mis labios hacia los suyos. Las ganas de luchar me abandonaron, pero mi cuerpo se puso en alerta como un recluta ansioso.
—Bésame —ordenó con un susurro áspero contra mi boca, una exigencia indiscutible reforzada por la firme presión de su cuerpo—. Bésame, Emme, ahora mismo.
Me sorprendí a mí misma al cerrar la pequeña distancia entre nosotros y rozar mis labios con los suyos. De inmediato, su boca tomó el mando, arrasó con mi capacidad de pensar y me derritió la columna con su calor.
Nunca me habían besado así, con tanta pasión, con tanta fiereza. Cuando aflojó el agarre de mis muñecas, los brazos me cayeron a los lados. Me incliné hacia delante y me apoyé contra él por mi propia y obediente voluntad.
«¿Qué falla aquí?». Una vocecita protestó en el fondo de mi mente. «¿Yo? ¿Acatando órdenes? ¿Besando a un completo desconocido? ¿En medio de todo esto?»
Increíble.
Y sin embargo...
La sacudida del contacto expulsó el pánico de mi cerebro, me recorrió el cuerpo entero y me hizo estallar la mente en mil pedazos.
Su beso me ancló al momento. Frenó mis pensamientos desbocados y arrinconó la sensación inminente de peligro.
Sus brazos me rodearon y me envolvieron en un capullo protector que me hizo sentir... ¿segura?
Estás loca, chica. La vocecita insistía. Él también está loco.
Una parte remota de mí comprendió que aquello debía de ser una distracción para calmar mis instintos de lucha. A la otra parte le daba igual el porqué, el cuándo o el dónde.
Bajo el apasionado asalto de su boca, mi realidad se transformó.
Mi casa ya no estaba ardiendo. Era yo quien ardía en su lugar. Bajo su ardiente beso, mi cuerpo se consumía en llamas. Y cuando su lengua recorrió la línea de mis labios, no pude sino abrirme para él, hambrienta de alimentar mi fuego con su llama.
Dios mío, Dios mío, Dios mío.
Mi mente entró en un bucle cerrado.
El hombre con el que llevaba fantaseando las últimas tres semanas me estaba besando.
Ahora. Aquí.
No tenía absolutamente ningún sentido para mí, y sin embargo tenía todo el sentido del mundo para mi cuerpo.
Mis labios cedieron ante su lengua mientras bebía sus sabores esenciales: fuego y hierro fundido, con un rastro lejano de café fuerte. La pared se calentaba contra mi espalda. Su cuerpo estaba aún más caliente al apretarse contra mí.
Mis pechos se apretaron contra el acero de sus pectorales, mi vientre bajo se comprimió contra su ingle, mis muslos se derritieron contra los suyos.
El bulto de su erección se alzaba duro entre mis piernas, derritiendo mi intimidad.
Las rodillas me flaquearon y solo me mantuve en pie porque su cuerpo me inmovilizaba.
Esto era una locura.
Sí. Una locura increíble, también.
Increíble.
Para una mujer que vivía tanto en su mente, aquel momento era un sueño hecho realidad.
El pánico había desaparecido, reemplazado por lujuria, deseo y necesidad: un anhelo tan profundo, primitivo e intenso que amenazaba con consumir lo que me quedaba de cordura y convertirme en una mera extensión de su voluntad.
El beso pudo haber durado cinco, diez segundos como máximo, pero pareció toda una vida. Cuando separó sus labios de los míos, me sentí perdida, desconectada del salvavidas que me había ofrecido.
¿De verdad me estaba pasando esto?
Apoyó la frente contra la mía y, respirando con dificultad, me inmovilizó con la fuerza de su mirada.
—Escúchame.
Su voz siseaba y crepitaba como las llamas.
—Te prometo que estarás bien. Tendrás otro hogar, uno mejor.
Me humedecí los labios solo para saborear los últimos restos de su sabor, murmurando como la tonta sin cerebro en la que me había convertido.
—No sabes nada de eso.
—Oh, lo sé —dijo con absoluta certeza—. Mientras te quedes conmigo, sé todo eso y más.
¿Mientras me quedara con él?
La intensidad de sus ojos era una fuerza tan real como el peso de su cuerpo sobre el mío, tan poderosa como la necesidad que rugía en mi interior. Lo que vi en sus ojos me asustó más que las balas, los matones y el fuego juntos.
Pero nunca había sido cobarde, y no iba a empezar ahora. La verdad me golpeó en forma de necesidad abrumadora. Necesitaba más de esto, más de él.
Cerré los ojos y apreté mis labios contra los suyos, dispuesta a arriesgar el fuego, los matones, todo lo que tenía, todo lo que era, por volver a saborearlo.
Y él me lo dio.
Oh, sí. Me lo dio como si supiera que nunca había recibido una pasión como la suya, como si me anhelara, como si entendiera que podía soportar toda la fuerza de su deseo y crecer con ella.
Me besó como si estuviera seguro de que era la única manera de mantenerme alejada del fuego y a salvo de mí misma.
Sus brazos se entrelazaron alrededor de mi cuerpo. Su lengua se abrió paso entre mis labios, penetrando, explorando. Su pasión y su hambre se fusionaron con las mías y se dispararon.
Mientras sus manos se deslizaban arriba y abajo por mis costados, aprendiendo mis curvas, comprobando cómo encajaba mi carne en sus palmas, ya no tenía miedo: ni de él ni de nada.
—¿Emme? —murmuró, aspirando mi nombre con una respiración profunda que resonó en el centro de mi pecho.
Las preguntas que brillaban en su mirada me devolvieron de una dimensión donde el tiempo no existía y la única emergencia era él.
—¿Sí, Jax? —susurré; su nombre quedó flotando en el espacio íntimo entre nuestros labios.
Deslizó los dedos a lo largo del contorno de mi rostro en una caricia suave e inesperada. Unas manos tan fuertes como las suyas no deberían ser capaces de ofrecer un toque tan delicado.
Las comisuras de su boca se elevaron.
—¿Más de esto después?
¿Qué? ¿Qué estaba diciendo? ¿Qué quería decir con después?
No podía creer que estuviera incluyendo un después en un ahora que no había imaginado ni en mis sueños más salvajes.
—Entiendes lo que te digo, ¿verdad?
Como si luchara contra la gravedad, apartó las manos de mi cuerpo y las dejó caer a los costados.
—Tenemos que irnos ya.
—Sí... claro... por supuesto.
Intenté localizar mi cerebro errante. ¿Dónde demonios se había metido ese viejo trasto?
—¿Hay un ático?
—¿Un qué? —me froté los labios, que aún me hormigueaban, todavía aturdida por el impacto de sus besos.