Capítulo diecinueve
Después del almuerzo, mamá insiste en que también hagamos la compra, así que me deja en casa con comida suficiente para alimentar a un ejército. Mientras le digo adiós con la mano, no dejo de mirar la carta sobre la mesita del recibidor.
Nunca me había planteado en serio exponer mi trabajo; siempre me ha faltado confianza. ¿Y si me he estado infravalorando, como dijo Peter?
Peter… Está claro que tuvo que organizar esto antes de nuestra gran pelea, así que ¿sería descortés aceptar la oferta de todos modos? Mamá no parecía pensarlo, aunque ella seguramente cree que todavía tengo oportunidad de arreglar las cosas con él.
Ya no estoy tan segura; he dicho cosas bastante crueles y me he convencido a mí misma de maravilla de que había tomado la decisión correcta. Ahora, una semana entera después, ¿y si ya ha terminado conmigo para siempre? «Solo hay una manera de averiguarlo», como dijo mamá.
Mirando fijamente su foto en el móvil, dejo el dedo suspendido sobre su número. Debería llamarlo. Disculparme. Hablar las cosas.
¿O debería llamar primero a la galería esa para concertar una cita? Querían cinco cuadros grandes, tengo quizás tres o cuatro de los que estoy orgullosa, el resto son demasiado viejos, demasiado pequeños, demasiado malos… No, no debería reunirme con ellos hasta que esté preparada.
Pulso llamar antes de que me lo piense mejor y espero conteniendo la respiración. Suena una vez, dos veces, luego un clic y se me olvida respirar cuando oigo su voz.
—¿Diga?
El corazón me late con fuerza en la garganta y no sé qué decir. Tiene que odiarme, seguro que sí.
—¿Claudia?
¡Mierda, mierda, mierda!
—Hola —me tiembla la voz—. Lo siento muchísimo.
Antes de poder contenerme, las lágrimas empiezan a brotar y me echo a sollozar por teléfono. Soy consciente de que estoy haciendo el ridículo, pero me da igual.
—Tranquila, ¿qué ha pasado? —dice Peter.
Tan tranquilo, tan cálido. Como si de verdad le importara.
—¡Nada! No ha pasado nada. Soy idiota, cometí un error y lo siento mucho —lloro.
—Hablemos en persona, ¿qué te parece? Puedo estar en tu casa en quince minutos.
Asiento, olvidando que no puede verme, y trago saliva para poder al menos dar una respuesta como es debido.
—Vale. Gracias.
Cuelga, y me quedo con el teléfono en la mano, preguntándome si estoy perdiendo la cabeza y me lo he imaginado todo. Después de haber sido tan horrible con él, de prácticamente echarlo de mi casa, ¿de verdad acaba de aceptar venir así, sin más, solo porque lo he llamado? No tiene ningún sentido.
Pasan los minutos mientras sigo dándole vueltas. ¿Qué voy a decirle cuando llegue? Y esto parece una zona de guerra, debería ordenar un poco. Justo cuando me levanto para guardar la compra, su coche se detiene fuera y lo dejo todo para abrir la puerta.
—¡Hola!
Me limpio la cara con el dorso de la mano y me balanceo de un pie a otro mientras él se acerca.
—Hola.
Me mira a los ojos y las rodillas me tiemblan sin control.
Su expresión es serena, como si no le afectara en absoluto la agitación que siento.
—Quería decirte…
Tartamudeo, y entonces me doy cuenta de que seguimos en la puerta, así que me hago a un lado para dejarlo pasar.
—¿Sí?
—Quería disculparme por haber sido tan horrible contigo. Entenderé que no me perdones, pero tenía que pedirte perdón.
Parpadeo varias veces, intentando contener las lágrimas, pero se me vuelven a llenar los ojos de todos modos.
—Debo decir que fue bastante inesperado.
Aparto la mirada y me quedo mirando los pies. ¿Calcetines desparejados? ¿En serio? Dios mío, esto va de mal en peor.
—Me encanta lo que has hecho con el lugar —comenta Peter con sorna, mientras pasa al salón.
Hay papeles, bocetos, dibujos a medio terminar y recortes de revistas por todas partes. Tendría que haberlo pensado mejor y haber ordenado.
—Supongo que, a pesar de todas mis protestas, he hecho lo que dijiste. Pintar.
Se gira hacia mí, con el amago de una sonrisa en el rostro.
—¿Y?
—He recibido esa carta esta mañana.
—Ah, sí, la carta. Por supuesto.
Coge el boceto más cercano de la mesa de centro y se sienta en el sofá, estudiándolo con atención. Es otro concepto de fusión entre paisaje y figura humana, similar al cuadro que le regalé para su piso nuevo.
—Sé que nada de lo que diga justificará lo que hice, pero…
Me detengo cuando coge otro trozo de papel, un dibujo que había sombreado con lápices acuarelables.
—Continúa —dice.
—Perder el trabajo ha sido prácticamente lo peor que me ha pasado en la vida, aparte de cuando me enteré de lo de papá, claro.
—Lo entiendo.
—Y luego lo del coche, y todo lo demás, y no estaba preparada para escuchar lo que tú —ni nadie, en realidad— me decías. Solo le había enseñado mi trabajo a la familia, porque no creía que fuera lo bastante bueno. Pero tienes razón. Al menos debería intentarlo. Sería de cobardes no hacerlo.
—No debería haberte presionado, sino darte tiempo para acostumbrarte primero a tu nueva situación. Intenté meterte prisa, y lo siento —dice.
—Y esta última semana ha sido un infierno. Te he echado muchísimo de menos.
—Eso parece.
Señala con un gesto el caos que nos rodea.
—Pero si es demasiado tarde, lo entiendo perfectamente.
—¿Demasiado tarde? Claudia, estuve quince años esperando a conocer a alguien como tú, alguien que me plantara cara en lugar de limitarse a coger mi tarjeta de crédito e ignorarme el resto del tiempo. Nunca es demasiado tarde.
Se vuelve hacia mí, con la mirada clavada en la mía con tanta intensidad que vuelve a dejarme sin aliento.
—Siento todo lo que dije.
—No estabas del todo equivocada. Siento haber intentado imponerte mi forma de ver las cosas.
Compartimos una sonrisa.
—Yo también te eché de menos, Claudia. Más de lo que puedo expresar. Si conseguimos superar nuestras diferencias, te prometo que lo haré mejor.
—Yo también.
Me acerco más a él y suspiro hondo cuando por fin me envuelve con sus brazos. Esto es exactamente lo que necesitaba.
—Creo que te quiero.
—Yo también te quiero.
Nos miramos a los ojos durante unos segundos de pura dicha. Los dos en calma, los dos reconfortados por lo que vemos.
—¡Eso sí, sigo sin dejarte que me compres un coche!
—Ah, nunca digas nunca —bromea.
Se inclina hacia mí y por fin nuestros labios se encuentran en un beso tan intenso que siento fuegos artificiales a punto de estallar en mi pecho. No puedo reprimir un sollozo y él se detiene.
—Pensé que te había perdido —le explico.
—Te he estado esperando —responde.
—¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué no intentaste hacerme cambiar de opinión?
—Si algo aprendí en el pasado es que no puedes obligar a las mujeres a hacer nada, y mucho menos a cambiar de opinión, a menos que sea lo que ellas mismas quieran.
Tiene toda la razón. Tenía que llegar a esta conclusión yo sola o lo habría vuelto a alejar de mí.
Me invade una necesidad imperiosa de él, de su afecto, de su amor. Pero antes de que nos dejemos llevar, hay algo más que aclarar.
—Esa carta, ¿cómo lo conseguiste? —pregunto, aunque de repente no estoy segura de querer saberlo.
—Clara es amiga mía; nos conocimos en un evento benéfico cuando ella todavía trabajaba en la Tate Modern.
Después de husmear en tu cobertizo, no pude resistirme y le pedí opinión.
Que si sería comercialmente viable. Quedó tan impresionada con lo que le enseñé que quiso invitarte a participar en la exposición que lleva organizando.
En realidad, al final yo tuve muy poco que ver.
Su modestia me hace sonreír. Claro, muy poco, salvo por haber orquestado todo el asunto.
—También debería mencionar que tengo una participación en la galería donde trabaja, solo como socio capitalista. No tengo ningún poder de decisión, y ella nunca aceptaría órdenes mías aunque lo tuviera.
Me aparto y lo miro boquiabierta.
—¿Que eres qué?
—El año pasado mencionó de pasada que su jefe estaba buscando expandirse, así que la puse en contacto con la división de capital riesgo de la empresa.
Aunque esas negociaciones se fueron al traste poco antes de que yo presentara mi dimisión, vi el potencial de lo que intentaban conseguir.
Los últimos años había recibido unas bonificaciones muy generosas que podía invertir bien.
Al final, conseguí negociar unas condiciones muy atractivas para mí.
Peter sonríe.
¡No puede ser! ¿Resulta que no solo es amigo de una figura aparentemente influyente en el mundo del arte moderno, sino que además es copropietario de una cadena de galerías en expansión? ¿Cuánto dinero tiene exactamente? Sospecho que no quiero saberlo; solo conseguiría asustarme.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Acabamos de cerrar el papeleo esta semana. Antes no había nada que contar.
Su manera de mirarme, con tanta ternura en los ojos, me convence.
Le creo. Supongo que a eso venían todas las misteriosas notas de la semana pasada.
Todo el asunto resulta extrañamente divertido.
Yo entrando en pánico porque quiere comprarme un coche de segunda mano, cuando resulta que tenía dinero de sobra para invertir en todo un negocio.
Está claro que vivimos en realidades muy diferentes.
—¿De qué te ríes?
Niego con la cabeza, pero no consigo quitarme la sonrisa de la cara. Dios mío, toda esta situación es demasiado surrealista.
—Nada. Bésame otra vez.
Me devuelve la sonrisa y me guiña un ojo.
—Eso sí que puedo hacerlo.
Antes de darme cuenta, estoy tumbada boca arriba y él está a cuatro patas sobre mí, con los labios pegados a los míos.
Nuestras lenguas danzan una alrededor de la otra, no para provocar sino para seducir.
Estamos hambrientos, famélicos de afecto, como demuestran claramente nuestros movimientos apresurados.
Me quita la ropa a toda prisa mientras yo forcejeo con la suya hasta que él viene al rescate.
Mis manos vuelven a recorrer su cuerpo perfecto, esos músculos esculpidos que sé que albergan tanta fuerza.
Ya está duro, seguramente desde el primer beso de reconciliación.
Me encanta el efecto que mi cuerpo parece tener en él; refleja a la perfección lo que yo siento.
Con los codos apoyados a cada lado de mi cabeza, desciende sobre mí; nuestros cuerpos se aprietan con impaciencia, ansiosos por fundirse del todo.
Entonces, sin previo aviso, se incorpora y me coge de la mano para tirar de mí. Se dirige a toda prisa hacia el dormitorio, sin soltarme la muñeca, así que no me queda más remedio que correr tras él. No es que tuviera otros planes, no. El dormitorio me parece perfecto.
Prácticamente nos arrancamos el resto de la ropa y la dejamos tirada en la alfombra. Se tumba boca arriba y me hace un gesto para que me suba encima.
—Móntame —me ordena.
Me muerdo el labio llena de anticipación mientras me coloco a horcajadas sobre él, guiando su miembro hacia mi entrada en un intento febril de encontrar la dulce salvación.
Su manera de mirarme me hace olvidarme de mí misma.
Hay tanta necesidad en sus ojos, pero también tanta ternura.
No dudo de que de verdad le importo, de que de verdad quiere verme triunfar en lo que sea que elija hacer. ¿Por qué no lo vi antes?
Él empuja las caderas y me saca del trance. Cuando me dejo caer sobre él, un jadeo escapa de mis labios y cierro los ojos de golpe. Qué bien se siente, qué natural, estar tan cerca de él. Dejar que nuestros cuerpos vuelvan a fundirse en uno.
Cuando empiezo a mover las caderas, meciéndome contra él en busca de más placer, él hace lo mismo y pronto nuestros cuerpos encuentran un ritmo común.
Como olas en el mar, nos balanceamos hacia delante mientras la tensión aumenta hasta que el final está casi a la vista, y luego retrocedemos para alargar el momento.
Esta vez todo es diferente. Sigue existiendo esa pasión innegable entre nosotros, ese anhelo desesperado de dar placer tanto como de recibirlo. Pero también hay una conexión más profunda que creo que antes no existía.
Busca mis manos y entrelaza sus dedos con los míos, dejándome apoyarme en él mientras acelero el ritmo.
Sigo cabalgándolo sin apartar la mirada de su rostro.
Echaba de menos dormirme a su lado, con su brazo rodeándome en un gesto protector que me hacía sentir segura.
Y echaba tanto de menos esta expresión, la calma antes de su clímax.
El tiempo parece ralentizarse mientras yo acelero.
Un ardor lento empieza a extenderse por los músculos de mis muslos, pero no me desanimo tan fácilmente.
Debajo de mí, su cuerpo musculoso comienza a brillar bajo la tenue luz ambiental.
Es tan hermoso, tan perfecto, y de sus labios escapan gemidos de placer con cada embestida.
A diferencia de otras veces que hemos hecho el amor, ya no hay rastro de control en sus movimientos. Tiene los ojos cerrados, su brillo oculto por el momento mientras lo empujo hasta el límite.
Ahora sé que, aunque las cosas no siempre sean fáciles, vale la pena luchar por ellas. En un último esfuerzo desesperado, sigo adelante, enteramente concentrada en él, en cada ligero cambio de su expresión, en el sutil temblor de su labio inferior que me indica que voy por buen camino.
Cuando él estalla, yo también. Nuestros cuerpos se detienen en el momento de mayor cercanía. Sus brazos me rodean y me estrechan en un abrazo intenso.
Nos quedamos quietos, yo encima de él acunada en sus brazos, hasta que nuestras respiraciones recuperan su ritmo normal e incluso el último rastro de sudor se evapora de nuestra piel.
—¿Te quedarás esta noche? —pregunto.
—Con una condición —responde Peter.
—¿Cuál?
—Mañana nos quedamos en mi casa. Ahora incluso tengo cama.
Sonrío con la cara hundida en su pecho antes de besarlo justo en el centro.
—Me parece justo.