Capítulo quince
El domingo pasa volando. Después de darle a Peter su regalo durante el desayuno y de una visita rápida a las tiendas para comprar lo necesario, los preparativos de la fiesta me ocupan casi toda la tarde.
Acaban de dar las seis cuando suena el timbre y veo a Kayla y Alice pasar por delante de la ventana de la cocina, camino de la puerta. Poco después, Megan las sigue desde la parte de atrás del coche.
¡Mierda, ya están aquí!
—¿Abro yo? —pregunta Peter.
Me doy la vuelta, con las manos todavía cubiertas de adobo, y asiento agradecida. —Te lo agradecería.
Respiro hondo y sigo pasando las brochetas de pollo una a una de la bandeja de plástico a la parrilla. Bueno, puede que no sea la mejor anfitriona, como demuestra el hecho de que todavía esté trasteando con la comida cuando mis invitadas están en la puerta, pero al menos tengo ayuda.
—Pasad, Claudia está en la cocina —las saluda Peter, y oigo sus voces ligeramente más apagadas que la de él.
Deben de estar sorprendidas de verlo a él, o a cualquiera que no sea yo, abrir la puerta.
Justo cuando me estoy lavando las manos, mis tres amigas entran en el pasillo que da a la cocina y me lanzan todo tipo de miradas al verme.
—¡Hola! ¿Qué tal, chicas? Cuánto tiempo —digo, mientras intento abrazarlas a todas sin mojarles la espalda con mis manos recién lavadas.
—No está mal. Parece que tenemos que ponernos al día, ¿eh? —comenta Alice, mientras lanza miradas furtivas hacia Peter.
—¿Qué tal algo de beber? —pregunta él, haciendo que todas se giren de nuevo para mirarlo.
A las tres les cuesta disimular lo desconcertadas que están.
Supongo que podría haberme tomado la molestia de contarles este cambio reciente en mi vida amorosa, pero en el breve intercambio de mensajes para organizar la quedada de esta noche, simplemente no salió el tema.
Además, ¿qué se suponía que tenía que hacer, enviar una circular?
Ya no estoy soltera, nuestra fiesta incluirá a un invitado masculino sorpresa. Eso es ridículo.
—Una copa estaría genial, ¿verdad, Megs? —responde Kayla, dándole un codazo en el costado.
—Eh, sí. Gracias, pero solo una... Luego tengo que conducir —Megan se endereza e intenta apartar la mirada.
—Peter. Él es Peter. ¡Y ellas son Megan, Alice y Kayla! —me apresuro a presentar a todo el mundo.
—Encantada —dice Alice, tendiéndole la mano con una timidez impropia de su carácter extrovertido.
—¿De dónde te ha sacado Claudia, y tienes algún hermano soltero? —Kayla ladea la cabeza con picardía mientras le dedica una sonrisa radiante a Peter, lo que provoca risitas en las otras dos. Dios mío, allá vamos.
Una mirada hacia Peter me hace olvidar la vergüenza. Por supuesto, él se lo está tomando con muy buen humor.
—Bueno, todo empezó en una noche bastante bochornosa allá por junio —comienza Peter mientras sirve vino para todas. Cuenta la historia a grandes rasgos casi tal como sucedió, pero sin que suene tan estúpido e irresponsable como realmente fue.
—¡Salud! —exclaman todas en cuanto las copas han pasado de mano en mano—. Por Claudia, que por fin tiene vida social —comenta Megan con sequedad.
—Por todas vosotras, por sacar tiempo de vuestras ajetreadas vidas y dignaros por fin a aparecer por aquí —interrumpo.
Peter guarda silencio, con un amago de sonrisa en los labios mientras da el primer sorbo. No recuerdo la última vez que presenté a un novio a este grupo. Teniendo en cuenta todo, la cosa está yendo bastante bien.
—Bueno, ¿quién tiene hambre? —pregunto, y la respuesta es un aplauso inmediato. Todas, por lo visto.
Las brochetas de pollo tardarán otros cinco minutos, pero las invito a todas a la cocina para que se sirvan los panecillos, las ensaladas y varios aperitivos fríos.
Una vez que todas han cogido lo que quieren, sirvo el pollo y nos vamos juntas al salón.
A partir de ahí la conversación fluye con facilidad, aunque Jean se pasa un buen rato interrogando a Peter sobre todo tipo de cosas, principalmente su trabajo, que en este momento es inexistente.
Mientras tanto, hablo con Alice sobre su nuevo trabajo.
Al parecer, ahora dirige una cafetería en su ciudad natal, Teddington, en el Gran Londres.
No sabía que tuviera la experiencia ni las aspiraciones para ese tipo de trabajo, pero me alegro por ella.
Cuando termina de ponerme al día, Megan me cuenta que ahora escribe artículos de estilo de vida para una revista.
Todas están progresando en la vida, mientras que yo sigo en el centro de atención telefónica.
Cuanto más bebemos, más vuelve nuestra charla a las historias de nuestros viajes, cuando decidimos tomarnos un año sabático juntas antes de decidir qué íbamos a hacer con nuestras vidas.
De vez en cuando, me recuesto y me limito a escucharlas hablar, contar pequeñas anécdotas de las que solo recuerdo la mitad, y me doy cuenta de la suerte que tuve de tener amigas tan increíbles.
Desde luego, no habría ido de mochilera sola; estaba tan nerviosa por todo en aquella época.
Mientras me recuesto en la silla, disfrutando de los últimos sorbos de mi tercera copa, mi mirada se desvía hacia Peter, que escucha en silencio nuestras conversaciones.
Hay cierta melancolía en sus ojos mientras se empapa de la historia del dueño del hotel en Hanói, que intentó meternos en su cuartucho cutre infestado de cucarachas a precio de oro, convencido de que no nos daríamos cuenta.
O la vez que pensamos que el conductor del autobús se había largado con nuestro equipaje...
Aunque en su momento nos entró el pánico, ahora sin duda podemos reírnos de todo eso, años después.
—Deberíamos repetir algo así —dice Megan, mientras juguetea con los cacahuetes que quedan en el cuenco sobre la mesa.
—Sí. Sin duda —digo, sin dejar de observar a Peter. Ahora me está mirando fijamente; sé lo que está pensando. Quiere lo mismo. Los dos, explorar el mundo juntos. Quizás algún día.
En cuanto todas terminan de comer, dejamos el comedor por el salón, más cómodo.
Apretujadas en los sofás, compartimos historias más recientes: de trabajo, de jefes horribles, de novios peores y de padres difíciles.
No puedo resistirme y les cuento lo de cuando Peter y yo acabábamos de conocernos y mi madre apareció de la nada.
Esta historia también es mucho más divertida en retrospectiva.
Peter interviene con el comentario de mi madre sobre el tipo de chicos que yo solía traer a casa, para regocijo de todas.
Nos quedamos sentadas alrededor de la chimenea encendida durante horas, hasta que la noche amenaza con convertirse en mañana.
Poco después de las dos, decidimos dejarlo.
Al fin y al cabo, todas tienen que trabajar por la mañana, especialmente Alice, que tiene que abrir la cafetería a las siete. De repente, ya no la envidio.
—Gracias por venir, lo he pasado genial —digo mientras les doy un abrazo a las tres.
—Yo también —dice Megan antes de dirigirse a su coche.
—Sabes... —Kayla se inclina para susurrarme al oído de camino a la puerta—. Al principio pensé: «Dios mío, Claudia se ha buscado un sugar daddy». Pero es muy majo. Avísame si aparece algún hermano. —Me guiña un ojo al apartarse.
Echo un vistazo rápido a Peter y veo que no se ha enterado de nuestro pequeño intercambio, porque está ayudando a Alice a ponerse el abrigo. No puedo evitar sentir cierto orgullo. ¿O es satisfacción? Solo sé que estoy feliz. Verlo me hace sonreír.
—Sí, es un buen tipo.
—Me alegro mucho por los dos. —Kayla me da otro abrazo rápido antes de salir, y Alice la sigue de cerca.
—Tenemos que repetir esto. —Las despido con la mano y me apoyo en Peter, que me pasa el brazo por los hombros.
—¡Adiós! ¡Conducid con cuidado! —Las tres me devuelven el saludo y, poco después, el coche sale marcha atrás del camino de entrada.
Me giro hacia Peter y le doy un beso en la mejilla.
—Siento si ha sido incómodo.
—Qué va. Son bastante animadas, ¿eh? —Me sonríe y suelto una risita.
—No tienes ni idea. Las tres juntas serían capaces de meter en líos hasta a un santo.
Decido que no tengo ganas de recoger, así que lo dejo todo para mañana.
—¿A qué hora recoges la furgoneta mañana? —pregunto mientras vamos hacia el dormitorio.
Peter se encoge de hombros.
—Cuando quiera. A lo mejor me quedo remoloneando en la cama para recuperarme de esta noche y luego ya decido —bromea.
Buena idea. Ojalá yo no tuviera que salir tan temprano para ir al trabajo...
***
Irónicamente, el deseo de anoche se cumple de algún modo el lunes por la mañana.
Con las lágrimas aún escociendo en los ojos, miro fijamente la carta medio arrugada entre mis manos pálidas.
Hace demasiado frío para estar fuera bajo la llovizna sin un abrigo de verdad, pero es que no podía soportar estar dentro de la oficina ni un segundo más.
De todos los lunes de mi vida, este tiene que ser el peor.
—Oye, Claudia, ¿estás bien? —Diane viene corriendo hacia mí y me pone la mano en el hombro.
Sé que ella también recibió una carta, pero con mejores noticias que la mía. Por ahora. Se supone que todos estamos en el mismo barco, pero ahora mismo no lo parece.
En lugar de responder, me sorbo los mocos y me encojo de hombros.
—Es una mierda, ¿eh? Espero que al menos te paguen bien. —Diane parece preocupada, pero noto que su compasión es más bien superficial. Estará aliviada de haberse librado por el momento. No puedo culparla; así me sentí yo cuando me salvé en la última ronda de recortes.
—Es que no sé qué voy a hacer ahora, ¿sabes? Se me dan fatal las entrevistas —me quejo.
Me da unas palmaditas en la espalda y esboza una media sonrisa.
—Ya saldrá algo. Al menos tienes a ese hombre tuyo para que te mantenga mientras buscas.
Aunque sé que solo intenta animarme, su comentario me sienta mal.
—No es así, Diane —refunfuño mientras me limpio los restos de lágrimas de la comisura del ojo.
—Vale. Solo quería decir que al menos no estás sola del todo, ¿sabes?
Me encojo de hombros y decido dejar el tema antes de decir algo de lo que me arrepienta. Que los jefes me hayan dicho que mis servicios ya no son necesarios me ha afectado de verdad. Había subestimado lo mal que iba a sentarme que ya no me necesitaran.
Justo cuando me aparto de Diane y echo a andar hacia mi sitio de siempre, caigo en que, claro, el maldito coche sigue sin arreglar, así que ni siquiera puedo irme a casa por mi cuenta. Con suerte Peter andará por ahí y no estará ya sacando sus cosas del garaje.
Con los dedos temblorosos, saco el móvil del bolsillo de los vaqueros y marco su número. Responde casi al instante.
—Hola. Sí, perdona que te moleste, pero ¿podrías venir a recogerme al trabajo? —Me tiembla la voz sin poder evitarlo, y en cuanto dice que viene y cuelga, vuelvo a llorar.
Menudo puto desastre.
Decido volver corriendo a por el abrigo que me había dejado antes con las prisas, intentando no mirar a nadie a los ojos. Con efecto inmediato, dijeron. Sus servicios ya no son necesarios con efecto inmediato.
¿Tan inútil soy que ni siquiera necesitan que termine mi trabajo ni que haga nada más? Me han despachado en una reunión de quince minutos. Cabrones.
Para cuando vuelvo a salir a esperar a Peter, la rabia y el dolor han dado paso en gran medida a una especie de desapego.
Ni siquiera sé cuánto tiempo paso esperando muerta de frío hasta que llega Peter, pero debe de ser bastante porque las uñas han empezado a ponérseme moradas.
—¿Estás bien? —Su voz suena tranquilizadora cuando me abre la puerta del copiloto, pero tengo demasiado frío para corresponderle de inmediato.
—Sobreviviré —le suelto mientras me siento y cierro la puerta.
—No hace falta ser un genio para adivinar lo que ha pasado.
Me encojo de hombros. Todavía duele.
—Claudia —dice Peter, y me pone la mano en el hombro—. Mírame.
Aunque en realidad no quiero, aunque preferiría seguir mirándome los pies, al final giro la cabeza hacia él. Casi al instante vuelven las lágrimas y me echo a llorar como una descosida.
—Con efecto inmediato. ¿Te lo puedes creer? —sollozo.
Me atrae hacia él con torpeza, con la palanca de cambios estorbando entre nuestros asientos. Apoyo la cara en su hombro y sigo desahogándome. De la reunión, de la mujer de recursos humanos que parecía disfrutar con todo aquello, y sobre todo de las prisas que tenían por echarme.
—Esto no dice nada de ti ni de tus capacidades. Lo sabes, ¿verdad? Estas cosas no hay que tomárselas como algo personal. Todo son números. Beneficios y pérdidas.
Quiero creerle, pero mi corazón no puede aceptarlo ahora mismo, así que las lágrimas siguen brotando.
—Pero tengo que pagar la letra del coche, y está esa teja rota que todavía necesito que me miren, y…
Estoy tan abrumada que no me salen las palabras. ¿Cómo voy a arreglármelas?
Había querido ahorrar más, organizarme mejor, pero siempre surgía algo que requería atención inmediata. Y tampoco es que mi sueldo fuera gran cosa, la verdad. Pero era mejor que nada.
—Entenderé si no quieres decírmelo, pero ¿qué te han ofrecido? —pregunta.
Me encojo de hombros otra vez. Durante la reunión lo habían explicado todo, pero me había entrado por un oído y salido por el otro. Recuerdo que debe estar en la carta, así que le paso la hoja de papel húmeda que llevo estrujando desde que salí de la reunión.
Se toma un momento para leerla y me la devuelve.
—Es más de lo que estaban obligados a darte por ley, eso está bien por su parte. Aunque la forma en que lo han hecho…
Peter me rodea con el otro brazo y me besa el pelo.
—No tenían derecho a soltarte esto sin previo aviso. Sin darte tiempo a hacerte a la idea. Podrías demandarlos por no seguir el procedimiento adecuado, si quieres.
Niego con la cabeza. No voy a demandar a nadie. Es mejor olvidarlo todo.
Todavía entre sus brazos, cierro los ojos e intento concentrarme en su contacto, en su voz tranquilizadora, pero noto la garganta cerrándose y el pecho a punto de explotar.
No sé qué voy a hacer ahora. Aunque he cometido mis buenos errores en el pasado, siempre he trabajado, nunca he tenido deudas.
Ni siquiera sé cómo se piden las prestaciones ni a qué tendría derecho.
¿Y si no encuentro otro trabajo a tiempo y no puedo mantener mi casa, la casa de papá?
Paralizada, con todos esos miedos arremolinándose en mi cabeza, no sé cuánto tiempo pasa. Tampoco estoy en condiciones de fijarme en dónde estamos ni adónde vamos. Cuando el coche de Peter por fin se detiene frente a mi casa, sigo en estado de shock.
—Vamos, entremos —dice, pero no me muevo hasta que rodea el coche y me abre la puerta, indicándome con un gesto que salga. Lo sigo adentro, casi en piloto automático.