Capítulo Cuatro
Me recuesta sobre la gran cama de madera; las sábanas, suaves y frescas, acarician mi piel. Me doy la vuelta boca abajo, con los pies balanceándose juguetones en el aire.
—¿Insaciable, eh? —Le guiño el ojo.
—Tú lo pones muy fácil… —Se arrodilla en la cama junto a mí, con el miembro ya recuperando su esplendor anterior. Me impresiona, porque yo siento lo mismo. Hay algo en él que me hace desear más.
Apoyándome en un codo, extiendo la mano y vuelvo a sentir su polla.
El roce de mis dedos contra la piel aterciopelada de su miembro provoca una reacción inmediata: se inclina hacia mí con un gemido ansioso.
Sus manos recorren mi espalda hasta el trasero y me masajean.
Las yemas de sus dedos trazan el pliegue entre la nalga y el muslo.
Dejo escapar un gemido y levanto las caderas para guiar sus dedos adonde los quiero.
Se toma su tiempo, acariciándome la cara interna de los muslos hasta los labios externos, pero no más allá. Tras recorrer con las manos mis nalgas y muslos unas cuantas veces más, me agarra de las caderas y me pone de rodillas.
—Ábrete, nena —me ordena.
Le obedezco y separo las piernas todo lo que puedo sin dejar de estar arrodillada, con el torso pegado a la cama y el trasero en alto. Se coloca justo detrás de mí y me agarra los muslos; solo la promesa de lo que viene me hace arder de deseo.
Hunde la lengua en mi hendidura, profundamente.
Es tan placentero que grito contra la almohada.
Sus labios se cierran en torno a mis pliegues mientras mueve la lengua dentro de mí y me hace temblar.
Estoy a punto de estallar y él apenas se ha esforzado.
Parece no querer apresurarse: se retira un poco, me lame los labios internos y planta suaves besos provocadores por todas partes.
El colchón se mueve detrás de mí, pero estoy paralizada y no quiero comprobar qué pasa; tengo las dos manos aferradas a la sábana.
Ahora sus manos rodean mis muslos desde el otro lado y tira de mí hacia abajo, sobre su cara, para besar la piel delicada alrededor de mi clítoris y darle suaves lametones provocadores.
Cada vez que me toca ahí, una descarga eléctrica me recorre y me hace convulsionar y retorcerme.
Pero sus manos fuertes me mantienen en mi sitio, a su alcance.
—¡Joder, qué bien lo haces! —jadeo.
Responde hundiéndose de nuevo en mi coño y lamiéndome más profundo que antes. Me estremezco y jadeo buscando aire mientras la tensión en mi bajo vientre crece y crece. Entonces se detiene y me levanta para salir de debajo de mí.
—Necesito estar dentro de ti. —Su tono no admite réplica. Me agarra las caderas con firmeza y ajusta mi posición a su gusto.
Con la punta de la polla traza círculos sobre mí, provocándome.
—¡Tómame ya! —grito. La espera es casi insoportable.
Se hunde dentro de mí y todo mi ser arde. Recupera el mismo ritmo controlado de antes, embistiéndome con determinación y concentración. Pero no es eso lo que anhelo; quiero que pierda el control igual que yo.
—Estoy tan cerca —jadeo—. Prométeme que esta vez no te contendrás. ¡Quiero todo lo que puedas darme!
Su miembro se contrae en respuesta y deja escapar un gemido grave. Si le gusta que le hable, pienso complacerlo.
—¡Joder, eres el mejor! —Tenso los brazos y los hombros y empujo hacia atrás con cada embestida; ahora me toca a mí concentrarme—. ¡Fóllame más fuerte!
Mientras obligo a mi coño a contraerse a su alrededor y lo aprieto con fuerza, sus dedos se hunden más en la carne blanda de mis caderas y acelera el ritmo.
—¡Me estás volviendo loco! —Su voz suena ahogada; aún se contiene.
—¡Te deseo! ¡Descontrolado! —grito, apretándolo más fuerte dentro de mí.
Es como si algo se activara en su mente, porque empieza a jadear con fuerza, magullándome las caderas con esos mismos dedos que antes aún intentaban ser delicados.
Se estrella contra mí tan rápido y tan fuerte que siento la piel del trasero arder con cada impacto.
Grito con fuerza, tan cerca del orgasmo que me muero.
Él se une a mis gritos sin dejar de golpearme a una velocidad que me deja sin aliento.
Entonces se tensa con un gemido primitivo; vuelvo la cabeza y veo que tiene los ojos cerrados, el ceño fruncido en un gesto hermoso, hundido profundamente dentro de mí.
Es la imagen más gloriosa que he contemplado jamás.
Aprieto con fuerza y me froto contra su polla caliente y palpitante.
Lucha contra el impulso de quedarse quieto; sus embestidas cortas y forzadas me llevan al límite junto con él.
Echo la cabeza hacia atrás y dejo escapar un grito mientras el orgasmo más intenso que he experimentado sacude mi cuerpo.
Siento las lágrimas quemándome los ojos y los músculos se me van convirtiendo en gelatina uno a uno.
Peter deja de estremecerse tras su propio clímax y me suelta las caderas.
Por muy fuerte que me haya sujetado, no siento dolor, solo placer.
Se inclina hacia delante apoyándose en un brazo y siento el otro rodearme la cintura para acunarme. Nos tumbamos de lado tal como estamos; él no se retira y yo tampoco quiero que lo haga.
Con la cabeza hundida en mi pelo y el brazo rodeándome, me siento no solo satisfecha, sino segura. Me pregunto perezosamente si hay algo más que sexo en esto. Pero sería ridículo. Solo lo hace para vengarse. Y yo no estoy de humor para ser el clavo que saca otro clavo.
—¿El mejor, eh? —Por su voz sé que está sonriendo, y es contagioso.
—El mejor que he tenido —suspiro, y tiro de su brazo para que me estreche más fuerte.
—Lo mismo digo.
—No te escabullas mientras duermo —murmuro, sintiendo de pronto cómo me invade ese agotamiento que solo un orgasmo de verdad bueno puede provocar.
—No te librarías de mí tan fácilmente. —Me besa la oreja.
—Encantador —digo, sin dejar de sonreír. Con la cara pegada a mi cuello y los brazos rodeándome, me envuelve en una dicha que nunca antes había sentido. Es perfecto. Él es perfecto. Y me dejo llevar.
***
Echo un vistazo al despertador: solo son las ocho de la mañana. Mi reloj biológico parece no enterarse de que es mi día libre; en cualquier caso, la llamada de la naturaleza que siento es demasiado apremiante para ignorarla.
Me levanto y voy somnolienta al baño, con la cabeza todavía embotada por los excesos de vino de anoche, aunque al menos no tengo resaca. ¿Y dónde está Peter? Las sábanas a mi lado estaban frías cuando desperté, pero no lo oí marcharse. Supongo que todo lo bueno se acaba.
Antes de salir del baño, me pongo rápidamente la bata de satén que cuelga de un gancho detrás de la puerta. Cuando termino de lavarme las manos y echarme agua en la cara, me dirijo a la cocina. Al ver que su coche sigue aparcado bien visible en la calle, el corazón me da un vuelco. ¡Se ha quedado!
Ahora oigo su voz fuera. Echo un vistazo rápido por la ventana del salón y lo veo sentado en el mismo banco que da al paisaje, con el teléfono en la oreja. Está desnudo de cintura para arriba, bañado por el sol fresco de la mañana, y está incluso más apetecible de lo que recordaba de anoche.
Lo observo un minuto más y veo que tiene una taza y una tetera en la mesa. Buena idea. Cojo una taza y salgo a reunirme con él.
—Buenos días —dice con una sonrisa, dejando el teléfono sobre la mesa.
—Hola —respondo—, te has levantado temprano.
—Oh, supongo que estoy acostumbrado a levantarme a las cinco todos los días. Cuesta quitarse esas costumbres.
Ve la taza en mi mano y extiende el brazo para cogerla.
—¿Té?
—Sí, por favor. Qué lujo, despertarse y no tener que prepararlo una misma.
Suspiro y me siento a su lado. Entonces me fijo en que lleva puesto mi pantalón de pijama rosa.
—Veo que has encontrado algo que ponerte.
—Estaba improvisando. No quería despertarte.
—Muy considerado por tu parte.
Sonrío y me llevo la taza a los labios.
Nos quedamos en silencio unos minutos hasta que su teléfono vuelve a sonar.
—Lo siento, será la oficina —dice—. Falto un día y cualquiera diría que se acaba el mundo.
—Bueno, supongo que está bien que te necesiten —respondo.
Miro hacia el jardín e intento pensar en otras cosas en vez de prestar atención a la conversación de un solo lado que se desarrolla junto a mí. La llamada termina en menos de un minuto.
—¿Y tú, vas a trabajar? —pregunta tras dejar el teléfono de nuevo sobre la mesa.
—Hoy tengo el día libre.
Me estiro perezosamente y me recuesto, consciente de su brazo en el respaldo, detrás de mí.
—No creo que quiera ir a ningún sitio hoy.
Se inclina hacia mí y disfruto de la cercanía. ¿Qué significa todo esto? Si lo que buscaba era un rollo de una noche y una salida fácil, lo está estirando mucho. Una parte de mí espera que quiera quedarse un poco más.
—Entonces, ¿qué te gusta hacer cuando tienes el día libre? —pregunta con una sonrisa pícara en los labios.
—Eso depende de si tengo compañía —respondo.
—¿Así que parece que no tienes prisa por librarte de mí?
Su sonrisa se ensancha, lo que me llena de alegría. Está aún más guapo cuando sonríe.
—¿Y eso por qué lo dices?
Intento pestañear con inocencia, aunque me sale fatal, y le devuelvo la sonrisa.
Me atrae hacia él y me da uno de esos besos apasionados que te dejan sin sentido, como los que recuerdo tan bien de anoche.
No puedo pensar, ni respirar, solo corresponder.
¿Cómo ha conseguido hacerme tan vulnerable en tan poco tiempo? No podría resistirme aunque quisiera.
Pero algo nos interrumpe bruscamente.