Hermoso desconocido (Encuentros fortuitos) Capítulo Tres
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Capítulo Tres

—Mierda, ¿tienes un condón? —pregunta, y la fachada fría que había construido con tanto cuidado se desmorona de golpe.

—No. Pero estoy limpia, ¿y tú? —Está claro que esto es el vino hablando por mí. Puede que tome la píldora, pero acabo de enterarme de cómo se llama. Si tiene dos dedos de frente, se negará. Como debería hacer yo, la verdad.

—Sí. ¿Estás segura? —Su voz está cargada de tensión contenida, deseando liberarse. Aun así, estoy convencida de que lo respetaría aunque le dijera que no.

Levanto ligeramente el trasero de la mesa y me quito el último trozo de malla roja con volantes que cubría lo poco que quedaba por descubrir.

—Sí —susurro—. ¡Por supuesto!

La sonrisa traviesa de antes reaparece en su rostro. Parece que está listo para cometer locuras conmigo.

Con ambas manos aferradas a mis caderas, me levanta y me desliza hasta el borde mismo de la mesa. La madera áspera me raspa la espalda con una sensación deliciosamente agridulce.

Su enorme polla presiona contra mi entrada y ya me hace gemir. Entra en mí con gracia, hundiendo las caderas entre mis muslos bien abiertos en un movimiento rápido que me deja sin aliento.

Me arde por dentro y gimo de placer cada vez que entra en mí; nuestros gemidos de deleite resuenan sin vergüenza ni preocupación.

Menos mal que los vecinos no están en casa.

Me siento liberada con cada uno de sus movimientos; me toca como si fuera un instrumento musical.

Sus caderas siguen moviéndose con rapidez, llenándome hasta el fondo con cada embestida profunda.

La ligera inclinación hacia arriba que adopta cada vez que entra me da justo en el punto G.

Es distinto a todo lo que he sentido antes.

Y su resistencia... eso ya es otra historia. A estas alturas, la mayoría de los chicos de mi edad habrían acabado dos veces. Pero él no. Sigue y sigue. Llevándome con él hacia delante.

Recorro su torso con las manos, sintiendo cómo sus músculos se tensan en ondas mientras se mueve.

No deja de mirarme, con los párpados entornados pero sin ocultar del todo el profundo mar azul que hay debajo.

Nunca me han follado así. Mientras me posee, sus manos recorren mis muslos, caderas y cintura por turnos, sin descuidar tampoco mis pechos.

Ninguna de estas caricias es inusual en sí misma, pero cada uno de sus toques resulta especial.

Me está adorando. A mi cuerpo. Saboreando cada gemido que escapa de mis labios.

Con su concentración inquebrantable, parece estar verdaderamente en el momento, con una expresión tan serena que podría haber estado meditando.

Y su sincronización es impecable, rápida y segura mientras sigue acelerando y follándome tan fuerte como mi cuerpo necesita.

Es tan consciente de cada ruido y movimiento que hago que no hace falta hablar; me entiende a la perfección.

Sigo anhelando más, jadeando con fuerza y alzando las caderas para encontrarme con él en su ritmo frenético.

—¡Oh, Dios, sí, estoy tan cerca! —grito, sintiendo cómo las paredes de mi coño se contraen de golpe mientras me tenso, con los dedos clavados en sus caderas mientras él embiste profundo y fuerte unas cuantas veces más, antes de soltarme el muslo y frotarme el clítoris con el pulgar entre los temblores y gritos de mi orgasmo.

—Eres tan hermosa —me susurra. La concentración tensa que ha mostrado todo el rato sigue patente mientras acaricia con ternura mi cuerpo agotado. Sé que aún necesita correrse y estoy desesperada por dárselo. Es lo menos que puedo hacer, después de lo fuerte que me ha hecho acabar.

Me obligo a incorporarme y, para su sorpresa, lo empujo hacia atrás hasta sacarlo de mí.

—Tu turno —digo mientras me dejo caer de rodillas frente a él. La superficie fría y arenosa del pavimento de ladrillo me presiona las rodillas con fuerza, pero el dolor me resulta irreal.

Le agarro las bolas y la base de la polla con una mano y le lamo toda la parte inferior.

Con su sabor mezclado con el mío, abro suavemente la boca para dejarlo entrar, probando mis límites mientras lo chupo hasta dejarlo limpio.

Me mira desde arriba con los ojos muy abiertos de sorpresa.

Me lo meto bien adentro, agarrándome ahora con firmeza a sus muslos para mantener el equilibrio.

Ahora que me concentro solo en su placer, es evidente cuánto tiempo ha estado conteniéndose. Un verdadero caballero hasta el final, ocupándose de mí antes que de sí mismo. Pero eso ya no hace falta.

Quiero que se sienta bien. Compartir la belleza de lo que acaba de darme. O quizá solo hacerle olvidar todo lo que nos llevó a este encuentro. Mis motivaciones no están del todo claras, pero el objetivo final sí.

Con una mano todavía aferrada a su muslo, dejo que la otra se concentre en sus bolas.

Se está poniendo más duro. Acercándose. Aumento un poco el ritmo, presionando la lengua contra su polla mientras me la meto hasta el fondo.

Un jadeo escapa de sus labios; está claro que le encanta verme mirarlo con la boca llena.

¿Cuánto tiempo habrá pasado desde la última vez que vio algo así?

Con un poco de práctica, consigo el ángulo justo para que su gruesa polla entre más adentro en mi boca. Acelero un poco, animada por su mano que ahora me acaricia el pelo. Todo un caballero, me deja marcar el ritmo sin empujar. Sus respiraciones cortas y superficiales me sirven de guía.

Le chupo el glande y le provoco la punta con la lengua. Eso lo hace estremecerse y empujar las caderas hacia mí. Es mi señal para retomar el ritmo más profundo y rápido de antes. Los gemidos guturales que suelta con cada movimiento me indican que voy por buen camino.

Acelero cada vez más, metiéndomela hasta el fondo de la garganta, y él se pone rígido. Su muslo se convierte en piedra bajo mi mano y la suya se aferra con más fuerza a mi pelo. Está haciendo todo lo posible por quedarse completamente quieto mientras le doy una última chupada.

Y entonces se deshace, derramando su carga por mi garganta.

Me retiro, frotando la lengua contra su polla y sobre el glande antes de soltarlo, tragándome todo lo que tenía que darme. Se tambalea hacia atrás mientras me suelta el pelo y jadea buscando aire, apoyándose en el respaldo del banco.

—Joder —jadea.

Me encanta verlo perder la compostura. Saber que lo he provocado yo. Que he abierto esta grieta en su fachada.

Me levanto e intento quitarme la suciedad de las rodillas como puedo. Largos mechones de pelo me caen sobre la cara, dándome algo de intimidad desde donde seguir mirándolo. Es una vista gloriosa.

Una calma lo ha invadido, con el rostro relajado en un éxtasis posterior al orgasmo. Aun así, me pilla mirándolo, me rodea la cintura con el brazo y me atrae hacia él. Me aparta el pelo de la cara antes de darme un beso tierno en los labios.

Sus muestras de cariño deberían sorprenderme, pero no es así. Porque resulta natural. Así que le correspondo el beso y nos perdemos el uno en el otro durante unos minutos más.

Cuando por fin nos separamos, lo primero que hace es recoger mi ropa del suelo. Como el caballero que es. La acepto con una sonrisa, pero no tengo intención de taparme todavía.

—Dame un momento —digo antes de girarme hacia la casa.

El sol de la tarde aún es fuerte y me calienta la piel desnuda, aliviando los rasguños que la madera áspera de la mesa me ha dejado en la espalda.

Pero sigo flotando en el subidón que me ha dado, sabiendo que era exactamente lo que ambos necesitábamos.

Llevaré estas marcas con orgullo mientras duren.

Giro ligeramente la cabeza para echarle un vistazo desde la puerta, satisfecha al comprobar que ha estado observando mi trasero desnudo todo este rato. Es una sensación maravillosa sentirse apreciada y deseada. Podría acostumbrarme a esto.

Una vez dentro, me dirijo a la nevera para ver qué más puedo encontrar.

Fresas frescas con nata parecen perfectas.

A través de la ventana veo que ahora está sentado, con los brazos apoyados en el respaldo, a gusto con su desnudez.

¿Y por qué no iba a estarlo? Se nota que ha trabajado duro para tener ese cuerpo.

Y no hay ni un alma a la vista hasta donde alcanza el horizonte.

Haciendo equilibrios con el cuenco de fresas y otro lleno de nata sobre el brazo, y sujetando el cuello de otra botella de vino, me las veo y me las deseo para pasar por la puerta. Él me mira con una sonrisa de sorpresa.

—¿Postre?

—¿Por qué no? —Rápidamente me rescata la botella de entre los dedos y la deja en la mesa mientras yo pongo las fresas y me siento también.

Un zumbido sale de su chaleco, que ahora cuelga cuidadosamente del lateral del banco. Se inclina y empieza a revisar los bolsillos.

—Joder —murmura al encontrar su iPhone.

—Te dejo un momento a solas...

Hago ademán de levantarme, pero él me detiene con una mano en el muslo.

—No —dice, dejando el teléfono boca abajo sobre la mesa—. No tengo nada más que decirle. A ninguna de las dos, en realidad.

Un silencio incómodo crece entre nosotros, cargado de preguntas sin formular.

Durante un rato, ambos olvidamos cómo hemos acabado aquí, pero la realidad siempre termina por alcanzarte.

Por mucho que disfrutara fingiendo que esto iba de nosotros, compartiendo un momento precioso...

Él solo está aquí porque su vida se ha ido al traste esta misma tarde.

—¿Qué vas a hacer? —suelto al fin.

No es asunto mío, claro. Por suerte, no parece ofendido. —La verdad es que no lo sé... Pero no pienso seguir como si nada.

Se inclina y coge unas fresas. Al notar un ligero escalofrío, subo los pies al banco y me abrazo las rodillas.

—¿Qué pasó exactamente? Si no te importa que pregunte... —Otra vez. No es asunto mío. Ni siquiera sé por qué pregunto.

—Los vi, a mi mujer y a Chris. Cuando terminaron las carreras, los tres y algunos colegas más fuimos a un pub cercano a matar el tiempo antes de la cena.

Todos iban ya bastante borrachos, mientras que yo era el conductor designado.

Al volver del baño los pillé, manoseándose... —Sacude la cabeza—. Fue humillante.

—Me lo imagino —respondo con suavidad, tomándole la mano y entrelazando los dedos con los suyos.

Se vuelve hacia mí, con esa incertidumbre en la mirada que me recuerda a antes, en el coche. Verlo así de hundido no le pega nada. —¿De verdad quieres oír mis penas? Quiero decir...

—Lo que quieras contarme, claro. —Le acaricio el dedo índice con el mío, subrayando mis palabras. Acabamos de conocernos, pero me importa. No sé por qué, pero siento el mismo magnetismo hacia él que me hizo pararme a ver cómo estaba desde el principio.

—Bueno, a saber cuánto tiempo llevaban así.

Todos estos años estuve en la inopia, preocupado por ganar lo suficiente para mantener el nivel de vida que ella quería.

Intenté cumplir todas sus exigencias: la casa bonita, los coches caros, las vacaciones en el extranjero, pero nunca era suficiente.

Mirándolo ahora, ni siquiera recuerdo que hubiera chispa entre nosotros.

Cuando los vi juntos me di cuenta de que ella no era una persona fría, como yo había acabado creyendo.

Solo era fría conmigo. —Suspira y se encoge de hombros, y algo cambia en su tono.

Ya no es personal. Bien podría estar contándome el peor día en la vida de otro.

—Me tomé unas copas en la barra para intentar calmarme y decidí dejarlos a su aire. Le di mi alianza al salir del pub. Sin saber adónde ir, de algún modo acabé aparcado en esa carretera. Y entonces apareciste tú.

Me aprieta los dedos con fuerza y mira nuestras manos entrelazadas. El ceño fruncido empieza a relajarse de nuevo.

—Nunca me desvié en quince años.

—Hasta hoy —remarco. Técnicamente. Aunque no sé si cuenta, teniendo en cuenta lo que ella había estado haciendo.

—Sí, hasta hoy. —Me levanta la mano y me besa los nudillos.

—¿Sin arrepentimientos? —pregunto.

Vuelve a aparecer esa sonrisa contagiosa con la que me ha ido conquistando. —Ninguno.

Me estrecha entre sus brazos. Nos besamos con ternura, reavivando los deseos de antes, pero ahora también hay una nueva cercanía entre nosotros. Puede que haya entrado en mi vida por pura casualidad, pero empiezo a encariñarme de verdad con este misterioso y atractivo desconocido.

—Supongo que esto es una segunda oportunidad. Puedes replantearte qué quieres de la vida. ¿Tienes hijos?

—Ella nunca quiso. Tienes razón, esto es una segunda oportunidad, ¿no? —Nada más terminar la frase, su sonrisa se vuelve traviesa. Antes de que me dé cuenta, me levanta en brazos. La sorpresa me hace estallar en carcajadas.

—Y ahora, ¿adónde, mi señora?

Incapaz de hablar entre risas, me limito a señalar la puerta, que él consigue atravesar sin demasiados problemas a pesar de llevarme en brazos. Una vez dentro, lo guío por el pasillo hasta el dormitorio, dando gracias de que no haya escaleras de por medio.