Capítulo 7 – Ronan Calor de cocina
Las tardes en la cabaña siempre se hacen eternas.
La mañana tiene su ritmo: café, nieve crujiendo bajo las botas, un poco de trabajo si te apetece.
Las noches son para el whisky y el fuego.
¿Pero las tardes? Son el limbo. Las horas en que el sol vuelve la nieve cegadora, las habitaciones se sienten demasiado quietas, y si no le das algo que hacer a tus manos, tu cabeza se va a lugares donde probablemente no debería.
Llevo media hora yendo y viniendo entre el salón y el porche, inquieto.
Levi se largó a una de sus caminatas de buen samaritano.
Teo desapareció en el taller, probablemente lijando algún pobre trozo de madera hasta dejarlo en nada.
Y de Isla… bueno, no la he visto desde esta mañana, cuando se esfumó del salón como si su propia sombra la persiguiera.
Pero entonces lo oigo. El silbido de la tetera llega desde la cocina, suave pero inconfundible.
El pulso me da un brinco estúpido, como si volviera a tener diecisiete años y estuviera a punto de colarme en una de las partidas de póquer de Caleb solo para conseguir cinco minutos más sentado junto a ella en el sofá.
Sigo el sonido antes de poder convencerme de lo contrario.
Está ahí, apoyada contra la encimera con la cadera ladeada, la taza esperando a su lado, la tetera que silba detrás de ella.
Lleva las mangas de la sudadera subidas hasta la mitad, dejando ver sus muñecas pálidas, y un mechón suelto de pelo le ha caído sobre la mejilla.
La luz de la cocina es cálida, le ilumina el rostro de una manera que la hace parecer más suave, menos en guardia que anoche.
Durante un segundo, solo la observo. Está… bien. No pasable, no aceptable. Bien. El tipo de bien que me hace recordar demasiado.
Me aclaro la garganta, agarro la tabla de cortar de debajo de la encimera y dejo caer una barra de pan sobre ella.
—Espero que tengas hambre —digo, con ese encanto fácil que siempre ha sido mi recurso—. Porque estoy a punto de volarte la cabeza con mi mundialmente famosa combinación de sopa y pan.
Sus ojos se posan en mí, rápidos e inseguros, pero no retrocede. Solo eso ya se siente como una victoria.
—Puedo ayudar —ofrece, con voz queda, casi tímida.
—Perfecto —digo, sonriendo. Deslizo un cuchillo pequeño por la encimera junto con un montón de dientes de ajo—. Tú haces el trabajo importante. Yo me quedo aquí con mi aire rudo y misterioso.
Sus labios se curvan levemente, no es exactamente una sonrisa pero lo bastante cerca como para encender algo en mi pecho. Acerca los dientes de ajo hacia ella y empieza a picar. Sus movimientos son cuidadosos, deliberados, como si estuviera recordándose cómo existir en una cocina con otra persona.
Me remango, empiezo a picar cebollas y entro en modo cuentacuentos como quien respira.
—¿Has estado alguna vez en Islandia? —pregunto, cortando despacio, dejando que mi voz llene el espacio—.
Frío como el infierno, pero hermoso. Paisajes blancos interminables, montañas que parecen talladas por dioses.
Noches tan silenciosas que puedes oír tu propio latido.
Y luego las auroras boreales… joder, Isla, es como si el cielo se hubiera incendiado.
Me mira una vez, fugaz, y vuelve a su ajo. Sus labios vuelven a curvarse.
—Suena dramático.
—Por supuesto que es dramático. ¿Crees que cruzaría el Atlántico por algo menos? —sonrío con suficiencia mientras echo rodajas de cebolla en la olla con un chisporroteo—. Además, te encantaría. Todo el país parece suplicar que lo dibujen. Llenarías una docena de cuadernos antes del desayuno.
No responde de inmediato, pero sus manos siguen moviéndose, tac-tac-tac constante contra la tabla. Entonces, a medio diente de ajo, me arriesgo a imitar cómo mi compañero de viaje casi se cayó en una fuente termal, con los brazos agitándose como un pingüino borracho. Es ridículo, exagerado.
Y ella se ríe.
Es rápida, un pequeño estallido, tímida y sin defensas, pero real.
El sonido se me cuela bajo la piel, agudo y dulce al mismo tiempo.
Dios, cuánto he echado de menos eso. He echado de menos su risa, sus réplicas afiladas, la forma en que se le iluminan los ojos cuando olvida protegerse.
Se me engancha en lo más hondo del pecho y tira, fuerte.
Me descubro mirándola fijamente, cuchillo todavía en la mano, cebolla olvidada. Observo sus manos moverse, la curva delicada de sus dedos mientras sostiene un diente, la forma en que se aparta el pelo con el nudillo. Mi mente se va a lugares donde no debería.
Me pregunto cómo se sentirían esas manos aferrándose a mí.
A qué sabrían sus labios ahora, más maduros, más suaves, más cálidos que aquel único beso robado bajo las estrellas hace tantos años.
Qué sonido haría si la apretara contra la encimera, la besara despacio, la tocara hasta que dejara de resistirse y empezara a desear.
Los pensamientos llegan rápido, oscuros y peligrosos, como chispas sobre hierba seca. Respiro hondo y los freno antes de que se me noten en la cara. En su lugar, sonrío con suficiencia y me echo un paño de cocina al hombro.
—Picas ajo como una profesional. Parece que Boston te enseñó algo después de todo.
Ladea la cabeza, fingiendo ofensa.
—Siempre supe picar ajo.
—¿Ah, sí? —sonrío mientras meto rebanadas de pan en el horno—. Pues no lo parecía. La última vez que cocinaste con nosotros, casi le prendes fuego a las cejas de Caleb.
Esta vez, su sonrisa casi se abre paso. Casi.
El pan está en el horno, la sopa hierve a fuego lento, y la cocina huele a ajo y caldo, cálido y penetrante.
Isla se mueve más despacio ahora, menos rígida, como si el ritmo de picar y remover la estuviera anclando.
Sigo hablando, pequeñas historias, nada pesado.
Islandia, Perú, esa noche en Marruecos cuando me colé sin querer en una boda porque la comida gratis era comida gratis.
Cuento las historias con todo el color que puedo, atento a esos momentos fugaces en que sus hombros se relajan, cuando sus labios se curvan como si quisiera reír.
A mitad de las cebollas, me pilla exagerando un detalle: yo supuestamente huyendo de una manada de cabras ladera abajo. Arquea una ceja, escéptica, y por primera vez desde que llegó ayer, me canta las cuarenta.
—Eso no te lo crees ni tú —dice, suave pero con filo suficiente para escocer.
Me apoyo contra la encimera y golpeteo la tabla con el cuchillo.
—Lo hice. Te lo juro por las pésimas manos de póquer de Caleb.
Niega con la cabeza, con un atisbo de diversión en los ojos.
—Siempre has sido .
Y así, sin más, vuelvo a tener diecisiete años, de pie en el muelle, retándola a reír, retándola a pillarme en la mentira, esperando esa chispa de travesura en sus ojos.
Dios, cuánto he echado de menos esto. Ni siquiera me había dado cuenta de cuánto hasta ahora.
Para cuando el pan está dorado y la sopa lista, la cocina parece distinta.
Más cálida. No solo por la comida, sino porque Isla no se ha escabullido.
Sigue aquí, con las mangas subidas, el pelo revuelto, las mejillas sonrosadas por el calor de los fogones.
Está aquí, cocinando conmigo, y parece un pequeño milagro.
Coloco los cuencos en la mesa y parto el pan en rebanadas gruesas mientras ella lleva el cucharón con cuidado. Sus movimientos son precisos, como si temiera dejar caer algo, pero también hay orgullo en ellos, ese orgullo callado.
Los demás van llegando cuando huelen la comida.
Teo primero, apoyado en el marco de la puerta con esa mirada pesada y firme que dice que está pendiente de cada uno de sus movimientos.
Luego Levi, tranquilo como siempre, taza en mano, mirada indescifrable.
No dicen mucho, pero veo cómo miran a Isla: comprobando, midiendo, asegurándose.
Ella también lo nota. Veo cómo se le tensan los hombros bajo el peso de sus miradas. Así que paso a la acción: toca distraerlos.
—Caballeros —anuncio, echándome una toalla al hombro como un camarero de pacotilla—. El menú de esta noche es cortesía de mi encantadora asistente, Isla, y de un servidor.
Se vuelve hacia mí de golpe, sobresaltada, como si no esperara que le dieran el mérito. Le guiño un ojo con naturalidad y lo convierto en broma para que no tenga que cargar con ello.
—No dejéis que la sopa os engañe: ella hizo la parte difícil. Yo básicamente me limité a estar guapo.
Teo pone los ojos en blanco, Levi suelta una risa queda, e incluso a Isla se le curvan los labios de nuevo, un amago de sonrisa. Con eso me basta.
Nos sentamos. Cuencos humeantes, pan humeante, fuego crepitando en la habitación de al lado.
La conversación empieza ligera: la llegada tardía de Caleb, el pronóstico de tormenta de nieve, si Ronan Blake aprenderá por fin a tener su equipo organizado en este viaje.
Encajo las pullas, devuelvo réplicas fáciles, mantengo el ritmo para que Isla no quede acorralada.
Come despacio, con cuidado; la cuchara raspa el borde del cuenco en bocados medidos.
Finjo no fijarme en lo calculado de cada gesto, en cómo le echa miradas a Teo cada vez que él se mueve, como si se preparara para que vuelva a llamarle la atención.
Pero no lo hace. Ninguno de nosotros lo hace.
Simplemente comemos, reímos, bebemos un poco y dejamos que la sopa nos transporte a días más fáciles.
En un momento dado, cuento la historia de cuando Caleb casi perdió el zapato en el barro a las afueras de Montreal, y ella se ríe de nuevo: una risa breve y suave que me cala hasta los huesos.
Finjo seguir hablando, pero por dentro me he quedado clavado.
Porque quiero esa risa. La quiero una y otra vez, hasta que sea algo natural, hasta que deje de ser algo raro.
La cena va terminando. Cuencos vacíos, pan reducido a migas, el aire cargado de calidez y viejos recuerdos. Isla se excusa primero, murmurando algo sobre estar cansada. Se escabulle por el pasillo, y la habitación se queda más fría sin ella.
Los demás también se dispersan: Teo al taller, Levi de vuelta a sus rituales silenciosos.
Yo me quedo rezagado, apoyado en la encimera, mirando el cuenco vacío que ha dejado.
Ajo, caldo, migas de pan. La prueba de que estuvo aquí, de que comió, de que durante una hora se sentó con nosotros y se permitió volver a formar parte del círculo.
Me paso una mano por el pelo y suelto el aire despacio.
Joder, la deseo. No solo el beso, no solo el cuerpo que no puedo dejar de imaginar pegado al mío.
Quiero su risa. Quiero esa forma que tiene de poner los ojos en blanco cuando no me cree.
Quiero a la chica que se quedó dormida en el bote de pesca, a la mujer que sobrevivió a Ethan aunque todavía no lo sepa.
Y me conozco lo bastante bien como para admitir la verdad: probablemente lo echaré todo a perder si voy demasiado rápido. No necesita a un ligón. No necesita encanto. Necesita a alguien que la vea de verdad, que no deje que vuelva a desvanecerse en las sombras.
Pero que Dios me ayude, todavía pienso en ese beso. El que duró tres segundos y me ha quemado por dentro durante años. Todavía me pregunto: ¿y si no nos hubiéramos parado? ¿Y si ella se hubiera acercado, o yo lo hubiera hecho, y hubiéramos dejado que pasara?
Cierro los ojos, con las palmas apoyadas en la encimera, y me hago una promesa: esperaré. Todo el tiempo que haga falta. La haré reír de nuevo, haré que vuelva a confiar en mí, y si tengo suerte, me ganaré el derecho a besarla de verdad.
No un reto. No un juego.
Algo que dure.