Hermoso daño (Rostros en la oscuridad nº 2) Capítulo 4 – Teo La promesa
14%

Capítulo 4 – Teo La promesa

Siempre me han gustado las mañanas en la cabaña.

Tienen algo reconfortante: la forma en que la madera cruje en la estufa, la leve corriente que se cuela por los viejos marcos de las ventanas, la nieve fuera amortiguando cada sonido.

La mayoría de la gente odia el silencio.

Yo me alimento de él. Después de años en un parque de bomberos, con las sirenas atronándome en los oídos, el caos en cada maldito turno, el silencio es un regalo que no doy por sentado.

Cuando Caleb y yo abrimos el taller de muebles, pensé que echaría de menos la adrenalina.

Resulta que no. Me gusta el ritmo más lento.

La madera no te grita. No se derrumba en llamas.

Solo espera tus manos, te deja darle forma hasta convertirla en algo sólido.

Algo duradero. Eso me reconforta. Aun así, llevo esos años del parque de bomberos en los huesos: el instinto de correr hacia el peligro, cómo se me tensa el pecho cada vez que alguien parece a punto de romperse.

Probablemente por eso me detengo cuando lo oigo: el golpe de una maleta contra el suelo, amortiguado pero nítido. Estoy a medio camino del taller, pero el sonido me arrastra hacia atrás como un gancho clavado en las costillas. Me doy la vuelta, entrecierro los ojos, y ahí está. Isla.

Está arrodillada junto al equipaje, con el ceño fruncido mientras intenta encajarlo entre la cama y la cómoda.

La maleta es vieja, con las costuras deshilachadas en los bordes, más ligera de lo que esperaría para alguien que se queda una semana entera.

Aun así, la agarra con ambas manos y la mueve como si pesara cien kilos.

Y lo sé: está intentando no pedir ayuda.

—Vas a destrozarte la espalda antes de que el viaje siquiera empiece —digo, apoyado en el marco de la puerta.

Se sobresalta, los hombros se le tensan ligeramente antes de mirarme.

—Estoy bien. Solo… intentando instalarme.

Su voz es suave, demasiado cautelosa, igual que su postura. Hombros encogidos, como si esperara que alguien la criticara. Me da un vuelco el estómago: esa no es la chica que recuerdo.

Entro en la habitación sin esperar permiso, me agacho y empujo la maleta a su sitio con un movimiento fácil. Se desliza perfectamente. Me incorporo y me sacudo las manos.

—Listo. Ahora ya estás instalada.

—Gracias —murmura, educada. Formal. Como si no hubiéramos pasado veranos juntos en este mismo lago.

Y eso… duele.

Porque la recuerdo de otra manera. Recuerdo a la chica que se sentaba con las piernas cruzadas a mi lado en el muelle, con el bloc de dibujo apoyado en las rodillas, manchas de lápiz en las yemas de los dedos.

La que se burlaba de mí por no sombrear bien, que ponía los ojos en blanco cuando yo intentaba dibujar y se reía tan fuerte que casi se caía al agua.

Solía compartir sus bocetos sin dudarlo, incluso los más descuidados, porque no tenía miedo de mostrarse tal como era.

No estaba a la defensiva entonces. No llevaba esta armadura invisible que prácticamente puedo ver ahora. Algo —no, alguien— le arrebató esa soltura. Y sé muy bien quién. Ethan.

Solo pensar en su nombre me tensa la mandíbula.

Nunca me cayó bien. Desde el principio, miraba a Isla como si fuera un proyecto, no una persona.

Cuando se mudó a Boston con él, pensé que no era asunto mío interferir.

Caleb confiaba en mí para muchas cosas, pero no para eso.

Y la propia Isla parecía… distante. Así que me quedé callado. Fui leal. Así soy yo.

Pero ahora, aquí de pie, viéndola esquivar mi mirada, me odio un poco por no haber intervenido antes.

—¿Has comido algo hoy? —pregunto, rompiendo el silencio. Intento que suene despreocupado, pero la pregunta sale más cortante de lo que pretendía.

Su mirada titubea —duda, quizá culpa— antes de encogerse de hombros ligeramente.

—Tomé un café en el autobús.

—Eso no es comida, Isla —digo, con tono firme pero más suave que las propias palabras. No voy a regañarla, pero joder, me preocupa. Parece frágil de un modo que no debería—. Voy a cocinar. Tú vas a comer.

Abre la boca como para protestar, pero no le doy la oportunidad. Retrocedo hacia el pasillo.

—Sopa de pollo con fideos para recordarte los viejos tiempos, ¿vale? O puedo hacer algo más contundente si prefieres.

—La sopa está bien —dice tras una pausa. Y su voz… cambia. Solo ligeramente. Más suave, menos rígida. Como si el muro se hubiera agrietado un centímetro.

Asiento brevemente, cruzando mi mirada con la suya un instante antes de dirigirme a la cocina. Noto el pecho tenso, pero no de mala manera. Más bien como un voto grabándose en mí: sólido, permanente.

Voy directo a la cocina y saco la olla grande del armario de abajo.

Tiene una mella en el borde del esmalte, del verano en que Caleb intentó hacer malabares con los cacharros después de demasiadas cervezas.

La pongo en el fuego y preparo lo que necesito sin pensar: cebolla, zanahorias, apio, ajo, un par de pechugas de pollo, fideos, caldo.

El ritmo me calma. Cuchillo. Tabla. Calor. Aceite.

Esta receta era nuestro remedio para todo cuando éramos más jóvenes.

Mañanas frías después de nadar demasiado temprano, noches largas cuando la lluvia no paraba, la vez que Ronan se torció la muñeca y fingió que no le dolía.

Isla y yo solíamos discutir sobre cuánto tomillo echar.

Yo decía una pizca. Ella decía dos. Tenía razón. Lo aprendí bastante rápido.

Pico la cebolla. Nada elegante, solo uniforme, pequeño.

El chisporroteo cuando toca la olla me afloja algo en el pecho.

Siguen las zanahorias y el apio. El ajo al final para que no se queme.

El olor se extiende rápido, cálido y honesto.

Huele a las partes buenas de crecer, esas que no aprecias hasta que llevas demasiado tiempo fuera.

Caleb y yo le preparamos esto el verano en que se machacó la uña del pulgar en el taller porque insistió en aprender a cepillar tablas.

Lloró dos minutos, maldijo diez, y luego me hizo enseñarle a sujetar la herramienta bien.

Comimos sopa en el porche con su mano envuelta en hielo, y me hizo cien preguntas sobre la veta como si el dolor no pudiera ganar si aparecía la curiosidad.

Sazono la base y añado el caldo. El hervor es inmediato, pequeñas burbujas que se juntan en los bordes.

Echo el pollo y pongo un temporizador por costumbre.

No soy chef, pero soy preciso cuando importa.

Ser bombero te graba eso a fuego: lento es suave, suave es rápido.

Lo mismo con cocinar para alguien que necesita que sea fácil.

Sin sorpresas. Sin sabores fuertes. Solo constancia.

Ronan se asoma por la puerta y señala la olla con la barbilla.

—¿Vas a por la nostalgia total?

—Sí —digo mientras remuevo la sopa.

Me deja a lo mío, y el silencio regresa. El temporizador hace tic-tac. El calor lame el costado de la olla. Retiro la espuma, la descarto, y añado tomillo sin medir. Dos pizcas. Un poco más de sal. Pimienta. Hoja de laurel. Son pequeñas decisiones que dicen: te recuerdo.

Mientras el pollo se cuece a fuego lento, enjuago los cuencos y pongo la mesa sin aspavientos: tres sitios allí, uno aquí en la encimera por si no quiere que la miren mientras come.

Coloco una cuchara junto al sitio de Isla y dejo una servilleta doblada, no porque la necesitemos, sino porque el cariño está en los detalles.

Está tardando mucho arriba. Me digo que estará duchándose, deshaciendo la maleta, durmiendo.

Pero cuanto más tiempo paso aquí de pie, más se me aprieta el nudo bajo el esternón.

Conozco el sonido de quien evita algo. Lo he oído en pasillos de comisarías, en salas de espera, en mi propia cabeza. Suena como pasos que no avanzan.

Saco el pollo y lo pongo en un plato, lo desmenuzo con dos tenedores y lo devuelvo a la olla.

Los fideos van al final para que no se pasen.

Pruebo el caldo y rectifico. Está perfecto.

Es la misma sopa que hacíamos de niños, cuando todo se arreglaba con calor, sal y tiempo. Ojalá siguiera siendo así de simple.

Pienso en las noches en que Isla y yo nos quedábamos hasta tarde dibujando en la mesa, con la luz de la lámpara tiñéndolo todo de dorado.

Ella dibujaba mis manos mientras yo lijaba una cajita, luego inclinaba la página y decía: «Sostienes las cosas como si intentaras no hacerles daño».

No supe qué hacer con aquello. Nadie me lo había dicho nunca como si fuera algo bueno.

En aquel entonces, pensaba que ser bombero arreglaría esa parte de mí que siempre quería correr hacia el ruido.

Y lo hizo, durante un tiempo. Luego ardió demasiado fuerte, demasiado tiempo.

El día que decidí dejarlo, me senté en el garaje de los camiones después de un aviso, con las palmas de las manos aún temblándome, y pensé: «Si no cambio algo, no me quedará nada que dar a nadie a quien quiera».

Llamé a Caleb esa noche. Me dijo: «Vuelve a casa. Construye algo conmigo». Y eso hice.

Dejo la sopa a fuego lento; el olor a ajo, pollo y hierbas va llenando la cabaña.

Es cálido, reconfortante: ese aroma que siempre hizo que este lugar se sintiera como un hogar.

Miro hacia las escaleras cada pocos minutos, esperando a medias que baje, con el pelo aún revuelto del viaje, los ojos suavizados por el calor.

Pero no baja.

Ronan es el primero en entrar en la cocina.

Olfatea el aire. —Joder, Teo. ¿Intentas seducirnos con sopa?

—bromea mientras agarra una cuchara para probar a escondidas.

Le aparto la mano de un manotazo, pero sonríe de todos modos.

Levi aparece justo después, taza de café en mano, con la ceja levantada ante lo que he empezado a disponer en la mesa.

—¿Va a bajar? —pregunta Levi en voz baja.

Niego con la cabeza. —Dijo que comería. Pero… —miro hacia el pasillo de invitados; el peso del silencio me oprime el pecho—. Lleva demasiado tiempo ahí arriba.

Los tres nos sentamos en la cocina, con el fuego crepitando en la estufa, los cuencos y las cucharas a la espera. La sopa está lista, la cabaña huele como en los viejos tiempos, y aun así no se oyen sus pasos en las escaleras.

Ronan tamborilea con los dedos en la encimera, con un ceño fruncido que rara vez se le ve. Levi se apoya en la pared, brazos cruzados con fuerza, la mirada afilada con el mismo pensamiento que me ronda la cabeza.

¿Por qué demonios está tardando tanto?