Capítulo 3 – Ronan ¿Y si.?
Ya debería estar acostumbrado a este lugar.
El crujido de las tablas del suelo, el olor a pino de los troncos apilados junto a la chimenea, el frío que se colaba por las ventanas por mucho que las reparáramos.
Esta cabaña había formado parte de mi vida desde la adolescencia, un refugio invernal donde jugábamos a las cartas, bebíamos de más y nos creíamos los reyes del bosque.
Pero esta mañana no conseguía calmarme. Sentía el pecho oprimido, inquieto, como si hubiera tomado demasiada cafeína, aunque ni siquiera había tocado la taza.
Así que me mantuve ocupado. Eso hacía cuando la cabeza me iba a mil: darle algo que hacer a las manos.
Sábanas limpias para el cuarto de invitados, mantas dobladas con esmero, lámpara revisada para asegurarme de que la bombilla funcionara.
Hospitalidad, eso me decía a mí mismo. Caleb había dicho que Isla podría venir, y aunque no me permitía creer que lo haría, no podía evitar prepararme. Por si acaso.
Encajé la sábana bajera en el colchón y alisé las esquinas con demasiada brusquedad, como si la tela me hubiera hecho algo.
La verdad era que tenía el estómago encogido desde que Caleb mencionó su nombre por teléfono hacía una semana.
Podría venir. Le vendría bien el espacio.
Su voz sonaba despreocupada, pero yo había captado lo que escondía.
Caleb estaba preocupado por ella. Lo que significaba que algo iba mal.
La última vez que vi a Isla tenía diecisiete años, sentada en el muelle a medianoche, el pelo revuelto por el viento, el bloc de dibujo apoyado en las rodillas.
Se estaba riendo. Dios, antes se reía con tanta facilidad.
Esa noche estábamos jugando a verdad o reto, ese juego estúpido con el que matábamos el tiempo cuando nos aburríamos como ostras. Alguien me retó a besarla. Lo hice.
Se suponía que no era nada. Unos segundos, una broma.
Pero cuando mi boca tocó la suya, algo en mí despertó de golpe.
Ella se quedó quieta, luego se ablandó, con el aliento entrecortado, como si no esperara que lo hiciera.
Casi le rocé la mejilla con los dedos antes de apartarme.
Tres segundos, tal vez cuatro. Y sin embargo, lo llevo grabado como una cicatriz.
Nunca dije una palabra al respecto. Ella tampoco.
La vida simplemente siguió su curso. Mi carrera fotográfica despegó y me llevó de Islandia a Marruecos y los Alpes, siempre persiguiendo luz y paisajes.
Ella se quedó en Boston, estudiando, y luego empezó a salir con Ethan, el imbécil que todos odiábamos pero contra el que no podíamos hacer nada.
Di por hecho que era feliz, o al menos que estaba bien.
Y yo no era de los que irrumpen en la vida de alguien para comprobarlo.
¿Pero ahora? La voz de Caleb diciéndome que «le vendría bien el espacio» me llevaba rondando la cabeza desde entonces. ¿Qué demonios le había hecho Ethan esta vez?
Estiro el edredón y retrocedo para mirar la cama. No es gran cosa: solo una habitación pequeña con techo inclinado, sábanas limpias, una manta extra doblada a los pies. Pero transmite... seguridad. Eso es lo que busco. Quiero que entre y sienta que aquí nadie puede hacerle daño.
Estoy colocando las almohadas cuando lo oigo: el leve crujido de la puerta principal.
Botas pisando nieve. Un murmullo de voces que sube desde abajo.
Las manos se me quedan en el aire, la almohada colgando.
Ese sonido, su voz, se cuela entre las tablas del suelo, más suave de lo que recuerdo, vacilante, como si no estuviera segura de que debería estar aquí.
Se me encoge el pecho.
Responde la voz más grave de Levi, firme y cálida.
Teo dice algo después, más ligero. No distingo las palabras, pero me imagino la escena: Isla en la puerta, maleta en mano, dos pares de ojos clavados en ella.
Aprieto la almohada contra el cabecero y me quedo inmóvil, con todos los nervios en tensión.
Está aquí.
Joder. De verdad está aquí.
He pasado años medio convenciéndome de que aquella noche en el muelle fue una ilusión de adolescente, de que la sensación de sus labios contra los míos no fue tan intensa como creí.
Pero basta con oír su voz ahora, amortiguada por la madera, para que el pecho me arda como si alguien hubiera encendido una cerilla dentro.
Me muevo deprisa, termino de hacer la cama e intento aparentar que no he estado dando vueltas como un idiota toda la mañana. Cuando remeto la última esquina de la manta, me llega el sonido de sus botas en las escaleras. Pasos lentos, cautelosos, como cuando entras en territorio ajeno.
Su silueta llena el umbral. Isla está ahí, maleta en mano, con los ojos recorriendo la habitación hasta posarse en mí.
Por un segundo, me olvido de respirar.
Está diferente. Mayor, obviamente, pero no como esperas que esté alguien a quien no has visto en años.
Tiene el rostro más afilado, los hombros más estrechos, como si la hubieran ido tallando poco a poco.
Sus ojos, esos ojos gris tormenta que solían brillar con picardía cada vez que la metía en líos, ahora parecen apagados, cautelosos.
Como si alguien le hubiera bajado el brillo por dentro.
Pero sigue siendo ella. El reconocimiento es instantáneo, visceral. Me golpea como un puñetazo.
—Ronan —dice con voz serena, educada, como si yo fuera un desconocido—. Gracias por preparar esto. Es... perfecto.
Perfecto. La palabra no encaja con cómo sus ojos se apartan de los míos demasiado rápido, como si no pudiera sostenerme la mirada.
Trago saliva y fuerzo una sonrisa que me sale demasiado tensa.
—¿Te acuerdas de esta habitación?
Asiente mientras se cambia la maleta de cadera.
—La del techo inclinado. Me escondía aquí arriba a leer.
—Sí —digo, con la voz más ronca de lo que pretendía—. Eras imposible de encontrar cuando jugábamos al escondite.
Eso me arranca una pequeña risa. Suave. Fugaz. Pero joder, me golpea como un rayo de sol entre las nubes. Quiero más. Quiero oírla una y otra vez hasta que se le relajen los hombros y me mire como antes.
Pero igual de rápido, el muro vuelve. Me da las gracias de nuevo, educada, distante, y pasa junto a mí para dejar la maleta junto a la cama. Las manos se le demoran en el asa, los dedos tensos, como si soltarla significara perder el control.
Le cojo la maleta y la dejo con cuidado a los pies de la cama. No protesta, pero tampoco se relaja. Nos quedamos ahí en silencio, con el leve crepitar del fuego abajo como único sonido entre nosotros.
Se me van los ojos a sus labios, sin querer.
Los recuerdos de aquel muelle me golpean, afilados y peligrosos.
Recuerdo cómo se le entrecortó el aliento, cómo se le crisparon los dedos como si quisiera aferrarse.
Tres segundos. Eso fue todo. Pero ahora, de pie a centímetros de ella, lo siento arder de nuevo.
Me pilla mirando. Por una fracción de segundo, sus ojos se suavizan, se ensanchan: reconocimiento, tal vez recuerdo, y luego aparta la mirada y da un paso hacia la puerta.
—Te dejo volver a lo que estuvieras haciendo —murmura.
—Isla… —empiezo, pero las palabras se me quedan atascadas. ¿Qué demonios puedo decirle? ¿Que llevo ocho años pensando en besarla? ¿Que parece que alguien la ha partido en dos y quiero matarlo por ello? Nada de eso se puede decir en voz alta.
Así que me limito a asentir.
—Descansa. Estaremos abajo si necesitas algo.
Asiente levemente, casi una reverencia, y sale al pasillo. Sus pasos se pierden escaleras abajo y el silencio vuelve a cerrarse.
Me siento en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas, y me paso una mano por la cara. El corazón me late desbocado, como si acabara de correr un kilómetro bajo la nieve. Está aquí. En esta casa. Después de todo lo que pasó.
Y lo único que me da vueltas en la cabeza, más fuerte que el crepitar del fuego, más fuerte que las voces de Levi y Teo abajo, es la pregunta que llevo arrastrando casi una década.
¿Y si nunca hubiéramos parado?