Hermoso daño (Rostros en la oscuridad nº 2) Capítulo 2 – Levi La chica en la puerta
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Capítulo 2 – Levi La chica en la puerta

No hay nada como volver a la cabaña. Ni siquiera me di cuenta de cuánto necesitaba este descanso hasta que anoche dejé la bolsa, me quité las botas y aspiré esa mezcla de humo de leña y pino que impregna el lugar en cualquier época del año.

El silencio aquí es medicina en sí mismo: nieve espesa afuera, el crepitar de la chimenea adentro, y ningún teléfono zumbando sin parar para reclamar mi atención. Solo espacio para respirar. Por fin.

Mi vida en Burlington no me da mucho de eso.

Me encanta mi trabajo —levanté mi clínica desde cero, sin grandes inversores, sin ejecutivos de traje diciéndome cómo tratar a mis pacientes.

Solo yo, un equipo entregado y las ganas de ayudar a la gente a recuperarse.

Estoy orgulloso de ello, muy orgulloso, pero tiene un precio.

Jornadas interminables, noches en vela, papeleo acumulándose en mi escritorio mientras sigo atendiendo atletas fuera de horario.

Cada victoria merece la pena —el chaval que vuelve al campo, el corredor que cruza otra vez la meta, el padre que por fin puede coger a su hijo en brazos sin dolor— pero me deja agotado más a menudo de lo que me gustaría.

Por eso acepté tan rápido cuando Caleb propuso una semana aquí arriba con los chicos, como en los viejos tiempos.

Sin clínica. Sin ciudad. Solo el invierno de Vermont, whisky y ese silencio que te recoloca hasta los huesos.

Llevábamos años hablando de esto, pero siempre se torcía por la agenda de alguien.

Ahora estamos aquí, y por primera vez en meses, siento que el nudo entre los hombros empieza a aflojarse.

Estoy en el sofá de cuero gastado, la taza de café calentándome las manos, escuchando a Teo discutir con Ronan sobre quién va a cortar leña.

Típico. Teo tiene esa terquedad serena e imperturbable que saca de quicio a Ronan, y Ronan nunca ha sido de los que se echan atrás ante un desafío.

Sus pullas llenan la habitación como siempre, un ruido de fondo que me resulta más hogareño que cualquier silencio.

Mi mente se va. Siempre lo hace aquí. Cada rincón de esta cabaña guarda algún recuerdo —noches jugando al póker hasta desgastar la baraja, mañanas de verano en el lago, la luz del fuego parpadeando sobre rostros de los que pensé que nunca me alejaría.

Y siempre, en medio de todo, Isla —la hermana pequeña de Caleb, que se negaba a quedarse en las sombras.

Puedo verla de niña, con las trenzas mal hechas deshaciéndose, aferrada a ese cuaderno de dibujo como si fuera una armadura.

Se plantaba en el muelle, barbilla en alto, retando a cualquiera a decirle que no era de los nuestros.

Y lo era. Más que eso: iluminaba el lugar.

Mientras Ronan bromeaba, mientras Teo se quedaba callado, mientras Caleb nos arrastraba de una aventura chapucera a otra, Isla lo observaba todo, lo dibujaba todo, nos afinaba sin siquiera proponérselo.

Pero creció demasiado rápido. Me di cuenta cuando dejó de reír con tanta soltura, cuando empezó a picotear la comida en lugar de devorar nubes junto al fuego.

Ethan apareció y todo cambió. Se le fueron limando las aristas, pero no para bien, sino como si alguien la estuviera puliendo para que encajara en su molde.

Odiaba aquello. Lo odiaba a él. Y cuando dejó claro que yo no era bienvenido cerca de ella, hice lo único que había jurado no hacer: me aparté.

—Aléjate de ella, Carter, o me aseguraré de que lo pague —. Sus palabras todavía resuenan en mi cabeza. Le creí. No podía arriesgarme a que le hiciera daño por mi culpa, así que me mantuve al margen. Me ha perseguido desde entonces.

Ronan sale disparado de la habitación, murmurando algo que no pillo del todo, con las botas retumbando como si fuera en una misión.

Teo sigue hablando, con su voz pausada, desgranando los planes de la semana como si trazara una ruta.

Lo escucho a medias, con la cabeza en Isla —en cómo sonreía ante las bromas tontas de Ronan, en cómo dibujaba el lago como si fuera suyo.

El fuego chasquea y lanza una chispa chimenea arriba, y capto un sonido tenue fuera: botas crujiendo en la nieve, lentas, vacilantes.

Se me acelera el pulso. Caleb no llega hasta dentro de horas.

La puerta cruje al abrirse y levanto la vista, esperándolo a pesar de todo. Entonces la veo.

Isla.

Se me corta la respiración de golpe. Es mayor, claro —todos lo somos— pero esos ojos gris tormenta me golpean como siempre.

Lleva el pelo oscuro recogido, con mechones sueltos que le enmarcan el rostro como si quisiera esconderse.

Está demasiado delgada —no esbelta y fuerte como antes, sino como si alguien la hubiera tallado hasta el hueso.

El agotamiento la envuelve, pesado como la nieve en sus botas.

Me he puesto de pie, el café olvidado en la mesa, el corazón desbocado.

Caleb mencionó que la invitaría, pero no pensé que vendría —no después de que Ethan la apartara de nosotros.

Está plantada en la entrada, la maleta colgando de la mano, la nieve derritiéndose en la alfombra, con cara de no saber si tiene derecho a estar aquí.

Eso me retuerce algo en el pecho, algo agudo y antiguo.

Teo se detiene a mitad de frase y suelta un silbido bajo.

—Vaya, pero si es la pequeña Maren —dice con una sonrisa, soltándole el viejo apodo como si aún fuera suyo. A ella se le tuercen los labios, casi una sonrisa, pero se esfuma enseguida. Él le hace un gesto más serio con la cabeza, y en sus ojos veo el mismo estupor que siento yo.

Trago saliva y procuro que no me tiemble la voz.

—Bienvenida a casa, Isla.

Por un momento, espero que sonría, que nos muestre a la chica que iluminaba este lugar. Pero se limita a asentir, masculla algo de que está cansada y se escurre por el pasillo hacia el cuarto de invitados. La puerta se cierra con un clic, y el dolor en el pecho se me aprieta.

Está aquí. Ha vuelto. Pero nada de esto va a ser sencillo.

Esta semana se acaba de complicar, y mucho.