CAPÍTULO 38 #2
—¡Gracias a Dios! Yo también te amo —le aferró las manos y la miró con una emoción patente en su rostro—, desde que supe que estabas en manos de ese loco, no tienes idea todo lo que sentí, no quiero volver a vivir algo parecido.
Vamos a estar juntos desde hoy. Quiero ayudarte, quiero devolverte la participación en la mina.
Giana se puso seria de repente.
—No quiero esa participación. Tendré que arreglar las cosas con mi padre y no sé si eso sea un problema para ti, los afectó de una manera imperdonable, pero es mi padre y no puedo abandonarlo en las circunstancias en las que se encuentra. —Se alejó un poco de él, pero Mathew la atrajo de nuevo.
—Lo sé y lo entiendo, no será fácil, pero haremos que funcione para todos. Yo solo quiero que seas feliz.
A Giana se le aguaron los ojos otra vez. No le importaba la mina, pues había encontrado algo mucho más valioso que atesoraría siempre.
—Gracias, significa mucho para mí. Mi padre no volverá a la presidencia y quiero hacer las cosas a mi manera ahora que soy libre para hacerlo.
Y en ese futuro no está contemplada la mina, para nosotros ha sido un dolor de cabeza y la idea fue de Ethan, no quiero nada en mi empresa que me lo recuerde.
—Le aferró las manos y las entrelazó—. Quiero que conozcas todos mis planes.
No quiero ocultarte nada más, de ahora en adelante sabrás todo de mí.
—Sonrió por primera vez desde hacía unas horas—. Te vas a cansar.
—¡No! Nunca me cansaré de ti ni de todo lo que te rodea.
Aunque me parece precipitado lo de la mina, podremos hablarlo en otra ocasión.
No hay prisa. —Mathew la levantó—. Dejaré que tomes un baño, eso ayudará a que te relajes y te alivie el dolor y la tensión.
Llamaré al médico para que te revise la cara.
Ethan, aparte de hijo de puta, es una bestia.
—¿Me acompañarás?
—Sí, claro —dijo él pensando en cómo diablos se iba a controlar. Giana no necesitaba un hombre en celo a su lado en ese momento, necesitaba su cariño, su ternura, pero ella, como si adivinara sus pensamientos, le regaló una mirada carnal.
—Te deseo, y mucho, han sido muchos meses sin sentirte —lo abrazó y lo miró a los ojos—, me hiciste tu mujer y te necesito ahora.
Mathew no razonó más, él pensaba ir despacio, dedicarle poemas, flores y encender velas, pero su chica necesitaba otra cosa y él gustoso se la daría.
Le besó los labios con ternura, temeroso de lastimarle más la cara, pero ella profundizó el gesto.
—No te contengas.
—¿Estás segura? —La desvistió en segundos y luego la miró de nuevo—. ¿No quieres descansar primero? Podemos esperar. No quiero lastimarte.
—Me lastimarías si no me follas enseguida. Quiero a mi hombre ya, te he deseado todo el tiempo, así estuvieras rabioso conmigo, yo solo pensaba en nuestros encuentros.
—A mí me pasaba igual, por eso estaba tan furioso. Solo pensaba en quitarte la ropa y follarte contra cualquier pared.
—Hazlo.
Ella le desabrochó la camiseta y llevó la mano al cinturón, enredó sus dedos tratando de soltarlo y Mathew, que la notaba ansiosa y nerviosa, se dijo que a lo mejor su deseo era producto del susto que acababa de pasar.
Ella le bajó la cremallera y acarició su longitud con firmeza, dejó de pensar, y empezó a gemir desesperado.
—Ha transcurrido tiempo, pero quiero que sepas que no he estado con ninguna otra mujer.
Ella le regaló una mirada concentrada.
—Parece que ambos nos marcamos como propiedad privada.
—Eso parece —soltó otro gemido cuando ella se quitó el sujetador y sus hermosos pechos nublaron su visión.
Los acarició con deleite y con suavidad, luego profundizó el gesto con el pulgar en los pezones, los chupó durante un rato.
Luego la llevó en un santiamén hasta la cama.
Le quitó el interior y se recostó sobre ella, le aferró el rostro con ambas manos con suma delicadeza para no lastimarla y repasó con los ojos cada una de sus facciones.
Sonrió nervioso por todo lo que sentía, le destinó besos suaves como aleteos de mariposa que conmovieron a Giana al punto de volver a llorar.
—Te adoro, quería seguir los consejos de mis cuñadas, te lo juro, pero creo que Nathan tenía razón, solo que eras tú la que estaba en modo Playboy y yo en modo Hallmark.
—No entiendo un carajo de lo que dices, solo tócame y verás cuánto te necesito, me voy a derretir por ti.
—Te daré lo que quieras, siempre.
Ella lo volvió a besar con un poco más de fuerza, él le acarició el contorno del cuerpo y por fin posó los dedos en su sexo, y cuando ella empezó a gemir, desesperada por más, él tocó el cielo.
La acarició con los dedos y con las manos, agasajó su suavidad y sus humedades, se impregnó de su olor que lo marcaba como suyo, la besó con locura y entró en ella desesperado por fundirse en su piel o por lo menos dejarle una marca, como siempre le ocurría cuando entraba en contacto con su calor.
—Quiero cubrirte con amor, con caricias y con orgasmos —susurraba alterado en medio de los empujes, ella respondía con sus benditos gemidos que aumentaban de intensidad, haciéndolo sentir más hombre que nunca.
Ambos llevaban el corazón en la mano—, quiero que me ames siempre, quiero que te sientas así siempre. Te adoro.
La liberación fue luminosa y apasionada, este era amor del bueno, del explosivo, del violento, del de toda la vida.
Mathew estaba seguro de que solo lo experimentaban muy pocas personas.
Aún había muchas cosas que arreglar, muchos eventos que contarse y muchas cosas que reparar, y lo harían, una profunda fe lo sostenía esa noche.
Giana escogió ese momento para mirarlo con el brillo del mar profundo en sus ojos y él le sonrió agradecido, a pesar del terrible moretón que tenía en la cara, nunca le pareció tan bella como en ese momento en que estaban en comunión perfecta.
—Daré gracias todos los días por tener esto. —Ella le acarició el cabello y lo acercó más para besarlo—. Y en este instante doy infinitas gracias por tenerte. Cuando sea una anciana reumática recordaré estas horas y mis pobres articulaciones se estremecerán de alegría.
—Así será, mi amor. Siempre caminaré a tu lado, porque te has convertido en lo más importante de mi vida.