EPÍLOGO
Sarabi, tres años después
Dejar a sus mellizos tan chicos en compañía de la niñera y de su suegra Anne era lo más difícil que había hecho Giana en mucho tiempo, pero había trabajado bastante para que la inauguración del monumento a las víctimas del desafortunado derrumbe ocurrido años atrás fuera memorable para todos los empleados y, en especial, para las familias de los fallecidos.
Era una escultura de unos obreros con el equipo de la mina y de Meriem, que llevaba el uniforme de trabajo y el cabello suelto.
La obra era de una aleación de metales creada por un escultor originario de Kesia al que la fundación financiaba los estudios.
Giana había abrazado la labor social en Sarabi, así como encaraba todo en la vida, con verdadero tesón.
Hubo una ceremonia a la que asistieron Haaziq y el alto gobierno del país, Mathew los llevó a un recorrido por el nuevo colegio que habían fundado con parte de los beneficios de la mina y que preparaba a los jóvenes en varias áreas técnicas, lo que empezaba a hacer la diferencia en el entorno.
La segunda veta ya rendía su producción al máximo y los había hecho mucho más ricos de lo que ya eran.
En cuanto a Ethan Colton, purgaba una larga condena por una serie de delitos, habían podido vincularlo al derrumbe ocurrido en Sarabi y llevado el caso a instancias internacionales y estaban esperando una respuesta, pero los años que pasaría en la cárcel eran una compensación al sufrimiento causado.
No habían sido años fáciles debido a las nuevas circunstancias que enfrentaba el mundo, pero Mathew y Giana llevaban a Sarabi en su corazón y habían hecho esfuerzos ingentes para mejorar la calidad de vida de los habitantes del lugar.
Joyas Miccelatti había sido trasladada a Chicago.
Giana, como presidenta, le había dado una nueva imagen a la empresa, más moderna y audaz.
Cesare, totalmente retirado y divorciado de su joven esposa, ya totalmente recuperado, se había dedicado a jugar golf con verdadera pasión y ahora ejercía de abuelo junto a Anne.
Había asistido a terapia con Giana y abordado todos los temas que obstruían su relación, sobre todo la muerte de Marco.
No había sido fácil introducirlo en el entorno King, pero Anne había ayudado mucho.
Ambos se habían hecho muy buenos amigos, se visitaban y estaban planeando un viaje juntos.
De las tres nueras, Giana era la que mejor se llevaba con su suegra, se veían varias veces a la semana, Anne le daba valiosos consejos de negocios al tiempo que, haciendo caso a su hijo menor, se había hecho cargo de la dirección de una escuela de ballet para niños de escasos recursos.
Giana volvió a su presente, la vida era buena y feliz.
—Sin ti no habría podido hacerlo —soltó Mathew abrazándola por detrás mientras observaban una presentación del coro de estudiantes—. Tú y mis niños son la alegría de mi vida, gracias por todo lo que construyes. Revolucionaste mi mundo en un segundo y siempre te estaré agradecido por ello.
Ella se volteó a mirarlo, el sol no les daba tregua, sudaban a raudales a pesar de estar resguardados a la sombra de un árbol, pero no cambiarían ese espacio de tiempo y lugar por nada del mundo.
—Mi vida se divide en un antes y un después, antes vivía por vivir, ahora —sonrió—, todo es más pleno, más intenso.
Disfruto cada segundo de tiempo, no sabemos que pueda ocurrir mañana y el mejor homenaje a los muertos es vivir y disfrutar cada día como si fuera el último.
Te amo, Mathew King, no podría tener mejor compañero de camino.
Las ramas del árbol empezaron a mecerse y un susurro venido de lejos llegó hasta ellos, a Giana le pareció escuchar un “gracias”.
Sonrió, no era la primera vez que le ocurría, era un secreto entre ella y Sarabi que algún día le contaría a Mathew.
Elevó los ojos al cielo y también susurró: “Gracias a ti”.
Un año después
Era un día de Acción de Gracias muy especial.
La familia volvía a estar reunida en pleno después de algún tiempo.
Anne y Cesare jugaban con los chicos mayores a armar unos legos, Gregory, el mayor de Brandon, y Susan, la hija mayor de Nathan, trataban de que Adam, uno de los mellizos de Mathew, de casi tres años, no arruinara el armado.
El ambiente olía a galletas de jengibre, obra de Eva y Elizabeth, y a chocolate caliente.
Los tres hermanos discutían alrededor del mesón de la cocina mientras se afanaban preparando la cena.
Las mujeres, en cambio, estaban sentadas en el salón tomando vino, ya que los dos bebés de la familia hacían una siesta.
Este año, los hombres King habían decidido agasajar a la familia preparando los tres la cena.
No tenían mucha idea del menú, sus dotes culinarias eran simples, luego la comida de Acción de Gracias era todo un desafío y pensaban que algún video de cómo hacer el relleno y hornear el pavo les ayudaría.
—¿Si emborrachamos el pavo, crees que sea más comestible? —soltó Nathan viendo a la criatura aviar en el horno que se negaba a dorar.
—Deja de hablar bobadas y más bien ponte con el relleno, mira el video —Brandon le pasó el móvil mientras se limpiaba la frente con un delantal, a lo lejos escuchaban las carcajadas de las mujeres, ajenas al desastre que hacían en la cocina los hermanos King.
—Mammy lo hacía tan fácil.
—Mammy ya nos habría despedido de la cocina con un buen par de coscorrones por arruinar su pan de maíz.
—La masa no creció —se defendió Mathew.
—Porque eres un torpe —retrucó Brandon.
—Tío. —Gregory, el hijo mayor de Brandon, un lindo chico muy parecido a su padre jalaba de su pantalón.
Mathew se agachó a la altura del chiquillo.
—¿Qué quieres, cariño?
—Tía Giana le contó a la tía Elizabeth que tiene un pan en el horno y que no sabe cómo decírtelo. A lo mejor ese sirve para la cena y mi papá no se enoja.
Brandon y Nathan soltaron la carcajada. Mathew llevó la mirada a Giana, que le devolvió el gesto interrogante, ya que no escuchaba la charla del chiquillo.
—No estoy molesto, mi amor —soltó Brandon acercándose al pequeño y dándole un abrazo—, tu tío no hizo los deberes, solo eso.
—Pero mi tía tiene un pan en el horno, así reemplazará el que no salió bien.
—Otro King que dio en la diana —bromeó Nathan, cuyo hijo menor cumpliría dos años en enero.
—Parece que se arruinó la sorpresa —tarareó Brandon—. Se creció la familia —dijo emocionado observando a todos.
Gregory, con semblante serio, lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde estaban las mujeres, que soltaron unas risas cuando lo vieron llegar. Ahora entendía por qué Giana no había vuelto a beber vino con las comidas. Se inquietó, ya que una sombra de preocupación cruzó su mirada.
—Gregory me acaba de hablar de cierto pan que está en el horno.
Las mujeres soltaron la carcajada, pero a Giana se le nubló la visión y de sus hermosos ojos de lapislázuli empezaron a salir lágrimas.
Mathew se asustó, los demás se quedaron en silencio.
Eva tomó a su hijo de la mano y lo llevó con los otros niños; él tomó a su mujer de la mano y la llevó al estudio, que parecía un campo de batalla, los chicos se tomaban cada espacio de la casa por asalto.
—¿Qué ocurre, bottom blue? —La tomó con suavidad de los brazos y levantó su mentón, ya que se negaba a mirarlo a los ojos.
Ella negó con la cabeza.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
Negó otra vez.
—Vamos, Giana, dime qué diablos pasa, me estás asustando.
—Vamos a tener un bebé —dijo en un susurro.
Mathew la abrazó.
—La alegoría del pan estuvo muy bien y estoy muy feliz por eso, otro King en el panorama y un amigo de juegos para los chicos, la familia crece, es lo que sucede cuando una pareja no para de hacer el amor. ¿Qué es lo que te preocupa? Los métodos fallan.
—Fue por esa maldita gripa, tomé antibióticos y las pastillas perdieron su efecto, no lo sabía. ¿Quién diablos no sabe eso hoy en día?
Mathew se tensó.
—¿No quieres más hijos? ¿Por eso estás así? —la interrogó, incrédulo—. ¿Por qué Eva y Elizabeth lo supieron primero?
Ella se limpió las lágrimas y lo enfrentó.
—¡Claro que quiero más hijos! Quiero que Elle y Adam tengan más hermanos, quiero una familia grande, pero tú no quieres…
Mathew la observó extrañado.
—¿Cómo que no quiero? —preguntó, herido—. ¿Quién lo dice?
—Te escuché hablando con Nathan —sorbió la nariz—, la última vez que los chicos enfermaron y duramos un par de noches sin dormir, le dijiste que donde tuvieras otro hijo te lanzarías de cabeza al lago.
Mathew soltó una carcajada, la abrazó de nuevo un poco más fuerte, la alzó y la llevó a un sofá donde se acomodaron, ella se sentada en sus piernas.
—No puedes hacer caso de un hombre desesperado y sin dormir después de las noches que nos hicieron pasar los chicos, recuerda que tuvieron fiebre y dolor de estómago los dos a la vez… ¿En serio, bottom blue, pensaste que me molestaría un embarazo?
—Sí —soltó el llanto otra vez—. ¿Y si son mellizos?
Él le aferró el rostro con ambas manos y la besó con avidez.
—Mellizos, trillizos, cuatrillizos, los hijos que quieras darme serán siempre bienvenidos, porque son el fruto del inmenso amor que nos tenemos.
No lo dudes nunca ni por un segundo. Me frustra a veces no encontrar las palabras adecuadas para expresarte todos los sentimientos que me inspiras solo con ver tus ojos.
Ella lo miró, aún preocupada.
—¿En serio te emociona la idea de pasar noches sin dormir, de no tener tiempo para nosotros o de que me vuelva a engordar?
—Te ves hermosa cuando estás embarazada, me calienta como no tienes idea, no me importa pasar noches en blanco y a ti tampoco, porque adoramos a nuestros hijos, sacaremos tiempo para nosotros, este nuevo embarazo es la prueba de ello. Te amo y estoy feliz de que nuestra familia se agrande.
Ella lo abrazó ya totalmente tranquila.
La tomó de la mano y salieron al salón, Anne y Cesare habían relevado a Nathan y a Mathew en la cocina, Brandon aún se esmeraba en que la cena de Acción de Gracias fuera algo especial, pero tendría que conformarse con lo que resultara de todo el estropicio que había en la cocina.
—Familia —Mathew elevó el tono de voz—, Giana y yo estamos embarazados, Elle y Adam tendrán un hermanito, o varios, lo que la vida quiera, y estamos muy felices.
Las mujeres rodearon a Giana y los hombres a Mathew. Brandon abrió una botella de espumoso sin alcohol. Mathew se acercó de nuevo a Giana, que lo miró con todo el amor patente en sus ojos.
—Gracias porque me has dado mi gran historia de amor.
—Me alegra ser el pobre diablo que perdió los tejos por ti.
fin