HERMANOS KING CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Mathew tomó la llamada de su hermano Nathan mientras observaba distraído en la pantalla del televisor de la habitación del hotel un partido de rugby jugado en Australia. Silenció el aparato antes de contestar.

—Me imagino que estás ideando las mil y una maneras de arrastrarte por el piso para lograr el perdón de Giana.

Mathew gruñó en respuesta. Sus cuñadas le habían dejado mensajes de texto, sugiriéndole ideas para lograr el perdón de Giana, ideas poco prácticas, como, por ejemplo, encontrarse primero a sí mismo, darse tiempo para reflexionar un buen plan, no ignorar lo ocurrido, hablarlo hasta el cansancio, no utilizar los celos (ya lo había hecho).

En cuanto a la primera idea, no tenía idea de que estaba perdido y, si lo estaba, no tenía tiempo en ese momento de encontrarse; en cuanto a lo segundo, desde que la dejó esa tarde en la oficina, no había hecho sino idear maneras de acercarse y no encontraba ninguna.

Sí, hablaría hasta el cansancio de lo ocurrido si con ello Giana le daba otra oportunidad y tendría que amordazar los malditos celos que aún le provocaba el matón de Ethan Colton.

—¿Qué quieres?

—Quería avisarte de que Brandon dio la orden de retirar el par de hombres que vigilan a Giana.

Él dice que es innecesario, Giana no tiene nada que ocultar o, por lo menos, algo que sea de nuestro interés, las cosas se están solucionando.

Ya le avisé a Tony, así que ya sabes, tú chica queda libre de vigilancia.

Mathew no quería dejar a Giana sin protección. Aunque no creía que Colton fuera tan imbécil para tratar de acercarse a ella, tampoco metería las manos en el fuego por el coeficiente intelectual del matón, sus ideas apestaban una detrás de otra.

—No lo sé —se llevó una mano a la cabeza.

—Me imagino que tus motivaciones habrán cambiado, ya no necesitas conocer cada uno de sus pasos, no está conspirando contra ti o contra nosotros.

—Nunca conspiró contra nosotros —dijo en tono bajo—. Tienes razón, mis motivaciones cambiaron, ahora necesito saber que ella está bien y que está siendo protegida.

—Tendrás que hablarlo con Brandon.

—Lo haré. Le pediré que los chicos sigan tras ella unos días más, no me perdonaría si algo malo le llegara a suceder.

—¿Sabes que detuvieron a la cómplice de Colton? La mujer a la que le compraste las acciones.

—No tenía idea —soltó un suspiro—, espero que toda esta pesadilla acabe pronto.

La llamada se interrumpió con el aviso de otra llamada.

—Tony me está llamando, hablamos más tarde.

Cortó la llamada de su hermano y se apresuró a contestarle a Tony.

—Hola, Tony, ya iba a llamarlo…

—Las autoridades están tras de Ethan en este momento.

Nathan se levantó como un resorte.

—¡Bien! Quiero ver a ese hijo de puta tras las rejas. Hablaré con Brandon, no quiero que Giana se quede sin protección.

—Retiré a los hombres hace dos horas.

—Vuélvalos a llamar, los necesito tras ella hasta que el maldito de Ethan Colton esté tras las rejas.

—Mathew…

—¿Sí?

—Giana está con él.

Mathew sintió como si alguien le hubiera golpeado el estómago, empezó a sudar frío.

—¿Qué? —preguntó Mathew con la adrenalina acelerada.

—La agente Thompson me acaba de avisar. Está en calidad de rehén o eso creemos.

La sangre abandonó el rostro de Mathew.

—¡Maldita la hora en que Brandon dio esa jodida orden! —Se sintió morir por dentro, Giana podría morir, Ethan estaba acorralado como animal rabioso y eso lo hacía más peligroso.

Mathew caminó desesperado por la habitación y con unas ganas enormes de estrellar el móvil contra la pared.

—Su hermano no podía adivinar lo que iba a pasar.

—¿Ella está bien? ¿Qué dicen las autoridades? —No, no, eso no podía estar pasando, rezaba asustado Mathew.

—Aparentemente está bien, la agente me mantendrá informado de la situación.

—Vamos tras ellos.

—¿No me escuchó? Acabo de hablar con la agente Thompson —señaló Tony—, lo van a detener hoy, pero el secuestro de Giana es un inconveniente para ellos…

—¡Inconveniente! Una mierda que es inconveniente le hubiera echado el guante a ese maldito hace días, no sé qué los detenía.

—Con todo respeto, Mathew, este tipo de detenciones llevan su tiempo para que el menor número de gente inocente salga lastimado.

—¡Giana puede salir lastimada! —No podía estar lejos de ella. Un torrente de sentimientos lo inundó de repente como una nebulosa que le impedía respirar: amor, añoranza, pasión, aflicción, rabia y un profundo miedo que se erigía vivo y rabioso y se sobreponía sobre todos los demás.

—Las autoridades harán el trabajo.

—¡No! Necesito estar cerca.

—No sea terco, King, usted sería estorbo, ni siquiera podrá acercarse, no lo permitirán.

—¡No me importa! Usted vendrá por mí, porque yo se lo ordeno, al fin y al cabo, su firma gana una cantidad obscena de dinero con nuestro contrato, lo menos que puede hacer es obedecerme en esto.

Un silencio sepulcral le respondió del otro lado de la línea, tanto, que Mathew pensó que el hombre había cortado la llamada. Sabía que se había excedido, pero en ese momento no le importó, le parecía que cada minuto era una pérdida de tiempo para ir tras ella.

—Su hermano también se las quiso dar de héroe y lo que hizo fue darnos más problemas —hizo una pausa—.

Sí, es cierto, su contrato es un gran contrato, pero estoy hasta las huevas de ustedes y sus ínfulas rescatistas, va a dejar actuar a las autoridades y si las autoridades no pueden con Ethan y se pone en la mira de mis hombres, acabará con una bala en la cabeza.

Mientras, usted, que me paga una cantidad obscena de dinero, espera sentado en la suite de su hotel tomándose un trago del mejor whisky que su dinero pueda comprar. ¿Estamos?

Mathew rumió su disgusto y se dijo que el hombre tenía razón. No era momento de jugar a los malos y policías, aunque estuviera muerto de la angustia, dejaría el rescate de Giana en manos de profesionales, él solo iba a estorbar.

—Lo siento, Tony, usted tiene razón, esperaré por noticias.

En cuanto cortó la llamada, se comunicó con Brandon.

—¿Qué sucede?

A Mathew se le cortó la voz, carraspeó antes de hablar.

—Te necesito.

Brandon hizo una pausa.

—Voy.

La agente Thompson estaba a menos de cincuenta metros de la casa donde Ethan mantenía prisionera a Giana y que, por lo averiguado, era el escondite del delincuente, cuando un par de francotiradores del equipo élite de la policía se ubicaron detrás de una arboleda.

Era cuestión de minutos que todo terminara, esperaba que Giana, víctima inocente en todos esos eventos, saliera indemne.

—Estamos en posición —avisó uno de los francotiradores por un audífono que la mujer llevaba en el oído.

—Esperen la señal, hay un civil y no podemos arriesgarlo.

—Bien.

Con unos binoculares de visión nocturna Thompson podía observar a Ethan, que se había levantado y zarandeaba a la mujer.

Era un hombre inestable y peligroso. Los agentes caminaban agachados, se habían ido acercando poco a poco, y en ese momento escuchaban la discusión que se llevaba entre la pareja.

—Escucha —dijo uno de los agentes a la mujer a través del auricular.

—Ya los oigo —respondió ella.

El par de agentes se levantaron con las armas preparadas y apuntaron hacia la puerta de entrada, que echarían abajo en pocos segundos.

Esperaron pacientes hasta que las voces bajaron de tono, enseguida escucharon unos pasos, necesitaban a Colton alejado de Giana en el momento de la irrupción.

Él estaba tan distraído en su discusión que no se percataba del movimiento fuera de la casa.

—Es hora —señaló Thompson—. A la cuenta de tres.

—Uno, dos, tres —contó uno de ellos.

Un uniformado se acercó, tumbó la puerta con un artilugio pesado y enseguida el par de agentes apuntaron contra Ethan, que ya iba por su arma.

—¡Quieto, Ethan Colton! —exclamó uno en voz firme y gruesa.

—¡No se mueva! —ordenó el otro agente—. Las manos en alto.

Ethan quedó sorprendido y no atinaba a obedecer ninguna de las órdenes que le daban.

—¡Ahora!

En cuanto puso las manos en alto, los hombres se acercaron y lo esposaron. La agente Thompson se acercó a Giana, que soltó enseguida un llanto convulso.

—Ya pasó todo, tranquila. —Sacó una navaja y cortó el plástico que ataba sus muñecas y sus tobillos, evitaba mirarla la cara, cuyo pómulo parecía un balón de tonos rojizos y púrpuras.

—Necesito salir de aquí.

La agente la entregó a uno de los policías, que la condujo lejos de la casa.

Ella se recostó contra uno de los vehículos oficiales.

El miedo empezó a aflojar, no así su angustia, se miró las manos que temblaban de manera convulsa, se masajeó las muñecas, que estaban lastimadas por culpa del plástico con que habían sido maniatadas.

Vio salir al hombre esposado de la casa, apenas le destinó a ella una mirada.

Ethan la hubiera matado si las autoridades no llegaban a tiempo y todo por culpa de lo ocurrido años atrás.

Su hermano muerto estuvo siempre en medio de la venganza orquestada por Ethan, no entendía cómo la obsesión por una persona podía llevar a alguien a hacer algo tan terrible.

Pensó en su padre, también una víctima de él, tendría que contarle, necesitaba escucharlo hablar de Marco, era hora de cerrar esa herida.

Si no estaba dispuesto a perdonarla por el accidente, aprendería a vivir con ello.

Nunca más volvería a ver a Ethan y algo parecido al alivio la inundó, entonces meditó que a lo mejor le tocaría testificar en el juicio que enfrentaría.

Recordó el día que lo conoció, llegó a su vida como si fuera un príncipe de cuento, pero ahora comprendía que siempre había sido una ilusión alimentada por sus pérdidas y carencias afectivas.

Todo en él era tan falso como un billete de tres dólares y había llevado su venganza demasiado lejos.

Un oficial le pasó una bolsa de hielo que ella enseguida puso sobre su pómulo lastimado.

Le pidió a uno de los agentes que buscaran su bolso en el auto, necesitaba su móvil, necesitaba hablar con Mathew.

En cuanto le entregaron sus pertenencias, se percató de que el móvil no estaba, a lo mejor Ethan lo había tirado a la carretera.

Una ansiedad producto del estrés la atacó, empezó a llorar de nuevo, se sentía como una niña.

—Quiero ver a Mathew King, lléveme con él —expresó Giana a la agente Thompson cuando se acercó a ella.

—Tendrá que rendir declaración. —La oficial la miraba con algo de pena en su semblante—. Es importante que nos relate los hechos.

Giana negó con la cabeza. A lo lejos observó cómo el vehículo en el que se llevaban a Ethan se perdía por el camino.

—Hoy no puedo, lo siento. —Soltó la bolsa de hielo en el capó del auto en el que estaba recostada y se aferró las manos, tratando de aplacar el temblor—. Mañana, le prometo que lo haré mañana. Ahora quiero estar con él.

La mujer le destinó una mirada de entendimiento y asintió brevemente.

—Necesita un médico, parece al borde de un ataque de nervios.

—Estaré bien —dijo sin mirarla—. Solo sáqueme de aquí, por favor.

—La espero mañana a primera hora para rendir indagatoria.

—Allí estaré.

La mujer le hizo una seña a un par de hombres que observaban la escena a unos pasos de ellos.

—Ellos la llevarán con él, son sus guardaespaldas.

—¿Mis guardaespaldas? —preguntó sorprendida.

—Sí, contratados por Mathew King.

—Ya veo —dijo ella en voz baja y cuando los hombres se acercaron, les preguntó beligerante—: Si ustedes son mis guardaespaldas, ¿dónde diablos estaban cuando ese loco me llevó con él?

—Buena pregunta —contestó uno de los hombres—, suspendieron nuestros servicios hoy en la tarde.

—¿Por qué me tenían vigilada?

Uno de los hombres enrojeció.

—El señor King así lo dispuso.

Giana fijó los ojos en las luces de la carretera.

—Cuándo usted se refiere al señor King, ¿es a Mathew?

—No, señorita Orsini, las órdenes venían directamente del señor Brandon King.

Giana no dijo nada más.

—Lléveme con Mathew, por favor.

—Como usted diga.

Se recostó en el asiento, cerró los ojos y por fin, desde que había empezado todo, se sintió libre, libre para vivir la vida a su manera y con la persona que le había robado el corazón.

Respiró aliviada, visualizó su rostro con la mirada tierna que le había obsequiado en la tarde y su alma voló hasta él.