CAPÍTULO 36 #2
—¿Qué hiciste con Peter? —Rogó porque no le hubiera sucedido nada, no se lo perdonaría.
—El viejo Peter está en uno de los depósitos del garaje, despertará en un rato.
Ethan se dijo que la mataría al escuchar uno de sus sollozos y le importaba bien poco lo que fuera de su vida de ahí en adelante, todo le había salido jodidamente mal, era consciente de que hubiera podido tener una buena vida, si la ambición, con sus colmillos disfrazados de oro y piedras preciosas, no hubiera tallado su alma.
Recordó una frase de Napoleón: “La ambición jamás se detiene, ni siquiera en la cima de la grandeza”.
Aunque lo que había hecho que se involucrara con los Orsini tenía que ver con sus sentimientos — amor, venganza, lujuria—, él le había adicionado la codicia: era el carrusel perfecto sobre el que se construían las grandes fortunas o se dilapidaban sin remedio.
Habían viajado por más de una hora cuando llegaron a una casa ubicada en Hudson Valley.
Las autoridades no lo habían seguido, se felicitó por haberlas despistado de nuevo.
No sabía qué hacer, su salida del país era imposible en ese momento, por más que se hubiera cortado el cabello a ras y oscurecido sus ojos con lentes de contacto, la barba y el bigote aún no eran tan tupidos como para que fuera un gran cambio de apariencia.
La casa la había arrendado con una de las dos identidades que había conseguido del falsificador.
Salía al pueblo cercano por provisiones, tarde en la noche y evitaba cruzarse con la gente del lugar.
Pero aún su venganza no se había completado.
Allí se encerraría con Giana y le haría pagar segundo a segundo la pérdida que le carcomía el alma.
Ella sentía los músculos entumecidos, las lágrimas y el dolor en la cara apenas la dejaban respirar, el miedo le mordía el pecho, pero ya empezaba a organizar sus pensamientos.
No se le ocurría cómo salir de esa situación, pero necesitaba conocer el motivo del odio de Ethan hacia ella y su familia y cómo había logrado enmascararlo por tantos años.
Esto no era solo por ambición y planes truncados, había algo más.
Su mente voló a Mathew, a su madre, recordó los últimos momentos pasados con ella antes de que saliera de viaje, habían discutido sobre una salida ese sábado con algunas amigas, ella le había sugerido qué ropa llevar y Giana se había reído, tenían estilos tan diferentes…
Se reconoció en aquella niña, de la que había tenido vislumbres durante su tiempo con Mathew.
Un nudo atravesó su garganta al pensar en él, el hombre del que estaba tan enamorada, se negaba a pensar en la posibilidad de no volverlo a ver, su traición por lo de las acciones ya carecía de importancia para ella, solo quería refugiarse en sus brazos, perderse en sus ojos oscuros como pozos de café y escucharlo decir cuánto la amaba y la necesitaba.
Un brinco originado por el paso del auto sobre una piedra la sacó de sus meditaciones.
En cuanto se detuvieron, de manera brusca, Giana se percató de la oscuridad del lugar.
Ethan abrió la puerta del vehículo y la sacó de allí con brusquedad.
Se la echó al hombro, subió unas escaleras y entraron a la casa.
La tiró sobre un sofá antes de ir a encender la luz.
Los ojos le ardieron en cuanto visibilizó el lugar.
Una casa pequeña con muebles de madera claro, un sofá de dos puestos de color oscuro en el que ella había aterrizado y un televisor en la pared.
En la mesa había dos botellines de cerveza, el resto del lugar lucía ordenado y limpio.
—Bienvenida a casa, princesa.
—Esto te va a salir caro, Ethan, por lo menos aflójame las muñecas, no siento las manos.
Él movió la cabeza.
—Tendrás que apañártelas así.
—¡Quiero ir al baño!
—Más tarde te llevaré —contestó como si le estuviera hablando a un niño.
Giana se negó a quedarse acostada en el sofá, se sentó observando todo lo que Ethan hacía: puso a funcionar la cafetera, se lavó las manos y sacó de la nevera una almohadilla de pan y un paquete de carnes frías que dejó encima de un mesón.
—¿Tienes hielo? —Giana presentía que tenía el pómulo como un balón.
Ethan sacó una bolsa de guisantes de la nevera, que le tiró sin moverse de la cocina, la bolsa aterrizó en una esquina del sofá. Giana la levantó, la aferró como pudo y se la puso en el pómulo.
—¿Qué me vas a hacer? —se atrevió a preguntar.
—Matarte —dijo en un tono de voz neutro que la asustó un poco más. Lo notaba inestable, sus emociones viraban de un extremo a otro.
—No puedes culparme por haber averiguado la verdad y acudido a las autoridades.
Ethan la miró con rabia.
—¡Eso es lo de menos! —Levantó el tono de voz y la miró con un fuego furioso en sus ojos—. Aunque me ha complicado mucho la vida.
Giana lo miró confusa.
—¿Cómo que es lo de menos? Según tú soy culpable de todos tus males.
Se notaba que trataba de contenerse.
—No es por eso que te traje aquí —susurró entre dientes mientras armaba un sándwich.
—¿Entonces por qué?
Ethan rodeó la cocina y se acercó a Giana, le movió las piernas con la punta de sus botas y se sentó en la mesa de centro frente a ella.
—Me quitaste algo mucho más valioso que una maldita mina de diamantes, me quitaste al amor de mi vida.
Giana lo miró como si se hubiera vuelto loco.
—¿Perdón?
Él le regaló un gesto sardónico.
—¡Me arrebataste a Marco, maldita zorra!
Giana abrió los ojos espantada.
—¿Estás hablando de Marco, mi hermano?
—¿De quién más? —La aferró por ambos brazos y la levantó—.
Estábamos enamorados, íbamos a vivir juntos en cuanto acabara el verano.
—Negó con la cabeza, como si así pudiera ahuyentar los recuerdos y luego la miró, calibrando su reacción—.
Sí, soy homosexual, y si tu hermano hubiera seguido con vida, jamás hubiera mirado a una mujer.
Marco le tenía miedo a tu padre y a su reacción, de no ser por eso, hubiéramos estado juntos desde el momento en que nos conocimos, pero tenías que ser tú con tus aires de princesa desvalida la que le arrebatara vida.
Giana se quedó pasmada sin saber qué decir: en su mente la última pieza del rompecabezas encajaba por fin.
Había tenido razón todo el tiempo, era algo más que la ambición lo que había empujado a Ethan a hacer todo lo que hizo, pero eso no lo excusaba, aunque ella se sintiera culpable de nuevo, como cada vez que la herida de lo ocurrido con su hermano se abría.
—¡Fue un accidente!
—¡No debiste conducir el maldito auto! —gritó Ethan con tono de voz que mostraba el profundo dolor que lo embargaba—. Pero eras una mocosa malcriada y tu hermano, incapaz de negarte algo, ¡maldita egoísta! —La tiró con fuerza de nuevo en el sofá—. ¡Por eso voy a matarte!
Giana se dijo que lo haría y en lo único en lo que pudo pensar fue en que iba a dejar esta vida sin decirle de nuevo a Mathew que lo amaba.
—¡Hazlo! Si eso te devuelve a Marco. —Giana negó con la cabeza—. ¿Cómo pudiste engañarme así?
—Muy sencillo, estabas tan necesitada de afecto que era patético, fue fácil acercarme a ti y hacerme tu amigo, te enamoraste de mí como una tonta. Necesitaba hacerles pagar a ti y a tu padre este dolor que siento en el pecho y que no me da tregua.
—Estás loco.
—Sí, estoy loco, luego Charlotte me presentó a un grupo de cuatro hombres, eran rusos tapizados de dinero y ocurrió lo que tenía que pasar, sería la venganza perfecta, arrebatarles la mina, arrebatarles todo, eso hizo que tuviera la paciencia de un santo al tratar contigo y con el déspota de tu padre, su dinero sería mi dinero y un triste consuelo por la pérdida de Marco, pero todo salió mal y ahora tú pagarás por todo.
¿Qué sentirá tu padre al ver que no apareces?
—Déjame ir, será menos grave.
—¡No!