HERMANOS KING CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Una voz en su cabeza le decía a Giana que el aceptar las acciones, por lo menos acceder a firmar un documento y poder tomar decisiones con ellas de su parte, no era una buena idea.

Estuvo reunida gran parte de la tarde, los miembros de la junta apoyaron la mayoría de los puntos de su agenda y cuando volvió a la oficina eran casi las seis. Mia la siguió tan pronto ella se quitó los zapatos y se sentó en uno de los sillones ubicados frente al escritorio.

—Estoy muerta.

La asistente fue hasta un mueble, sacó una botella de brandi y dos vasos. Le pasó la bebida a Giana, que sonrió.

—Gracias, lo necesito.

—Me imagino que la visita de Mathew te indispuso.

—¿Cómo sabes que Mathew estuvo aquí? —Bebió un sorbo largo, que le quemó la garganta, pero le calentó el estómago.

—Nos cruzamos, él estaba en el pasillo, decidiendo si entraba a la reunión o no.

—No lo hizo.

—Hablamos un rato.

Giana levantó el vaso para brindar.

—Salud por tu nuevo mejor amigo, ahórrate sus disculpas.

Mia se sentó frente a ella.

—Mathew me contó todo, por qué compró su participación en la junta. Esto no se trata de disculpas, se trata de comunicación y la de ustedes apesta desde el comienzo.

—No decías eso cuando alababas sus detalles, sus flores y mensajes —dijo Giana resentida.

—Estaban en la etapa de la agonía y el éxtasis, del ideal romántico.

La ilusión se impuso a todo lo demás, no tuvieron tiempo de madurar la confianza, pero el no poder contarle tus problemas y el que Mathew no pudiera hacer patentes sus inquietudes abrió una brecha que tarde o temprano les iba a pasar factura. Los dos trabajan en el mismo campo.

Giana se dijo que Mia tenía razón, ambos llevaban mucho equipaje a cuestas; el de ella, terrorífico por demás.

—No podía llegar a nuestra tercera cita y decirle: “Lo siento, Mathew, creo que mi novio y mi padre jodieron las cosas en Sarabi”, ni tampoco decirle que el hombre era un asesino que quería llevarse por delante a un presidente, por culpa de su ambición —Giana dio otro sorbo a su bebida—, o preguntarle por qué nos quitaron a nuestro proveedor de oro.

—Negó con la cabeza varias veces—. Creo que nuestra relación estaba condenada al fracaso desde el comienzo.

Somos rivales y mira lo que ocurrió tan pronto hubo una crisis, Mathew corrió a comprar una participación en la junta, ahora tiene injerencia en cada una de mis actuaciones, es complicado.

No podemos estar juntos, así de sencillo.

—Estás hablando del mismo hombre que te propuso cederte cada una de esas acciones para reparar su error.

—Gesto que no puedo aceptar, no tengo el dinero para pagarle y no puedo aceptar ese tipo de regalos, no quiero deberle nada.

Mia blanqueó los ojos.

—El maldito orgullo. Te estás escudando en unas estúpidas acciones para evadir tus sentimientos.

Siempre te escudas en el trabajo para no enfrentarte a ti misma, ¿por qué?

Cuando las cosas empezaron a torcerse con Ethan, hiciste exactamente lo mismo, en vez de enviarlo a freír espárragos como se lo merecía, abrazaste la cruz de la expansión y prácticamente te desterraste de aquí, y mira por dónde van las cosas.

Ahora lo vuelves a hacer, no niego que el negocio está en un momento vulnerable, tanto, que prácticamente vives aquí, pero no olvides que la empresa no te acompañará siempre, no te dará amor, ni hijos. Recuérdalo.

Giana recordó la mirada tierna de Mathew, esa que tanto había extrañado.

Él no era de fácil temperamento, pudo conocerlo en sus dos facetas, como hombre enamorado y apasionado, y como el hombre rencoroso y herido capaz de llevarse todo a su paso.

Ella amaba sus dos facetas, pero eso no quería decir que pudieran estar juntos de nuevo, debería estar furiosa por lo ocurrido con las acciones, debería denunciarlo a la Comisión de Acciones y Valores, pero sabía que no lo haría.

Había pecado por omisión, entonces lo tomaría como su revancha por todo lo ocurrido.

El par de mujeres se quedaron en silencio, cada una concentrada en sus meditaciones, cuando el móvil de Giana interrumpió el silencio. Ella, al ver quien era, se dispuso a contestar enseguida.

—Dígame, agente.

—Charlotte Rupert está detenida, es cuestión de horas que Ethan Colton caiga también.

—Gracias, es un alivio saberlo.

Escuchó un carraspeo en el otro lado de la línea.

—Giana —dijo la agente—, tengo que decirle algo de Charlotte…

—Dígame —soltó distraída, aun pensando en las dichosas acciones—. ¿Qué pasa con Charlotte?

—Que en realidad no es Charlotte sino Charles Rupert.

Giana casi suelta el móvil, quedó pasmada por la noticia.

—¿Perdón?

—Charlotte es un hombre.

—Lo entendí perfectamente. ¿Ethan lo sabe?

—Sí, lo ha sabido todo el tiempo, llevan juntos un par de años.

Giana, sorprendida, cortó la llamada. Se quedó sin saber qué decir.

Mia la observaba atenta.

—¿Y bien?

—Detuvieron a Charlotte, parece que falta poco para que Ethan también caiga —contestó saliendo del aturdimiento con que había enfrentado la noticia.

Ahora entendía muchas de las actitudes de su exprometido, su frialdad en algunos momentos y cómo siempre quería culparla de su poco satisfactoria vida sexual.

Ethan era bisexual, o quizá incluso homosexual, y a lo mejor ella nunca lo habría sabido de no haber ocurrido esto.

—¡Bien! —exclamó Mia haciendo un gesto con el brazo—. Quiero verlo con el mono naranja.

—Yo también. —Se puso los zapatos, no le diría nada a Mia aún—. Iré a casa, quiero descansar.

Giana se levantó de la silla y tomó su bolso que estaba sobre una mesa esquinera.

—Yo también iré a casa, pero antes pasaré por el bar de Greg. —Greg era el hermano menor de Mia, tenía un local a pocas cuadras de la empresa.

—Salúdalo de mi parte —dijo Giana, mientras observaba un mensaje de texto de Mathew.

No quería abrirlo, observó que lo había enviado hacía una hora apenas, podría esperar unos minutos más antes de que se diera cuenta de que ella lo había visto. ¡No! Se dijo que no abriría el consabido mensaje y todos tan tranquilos.

—Eso haré y deja de mirar el móvil como si quisieras triturarlo —sonrió—. Por tu cara me imagino que hay mensaje. —Soltó la risa—. Eso es lo que me gusta de tu Mathew, que es implacable.

Ella levantó la cabeza indignada.

—Yo también soy implacable y no es “mi Mathew”. Deberías revisar dónde están tus lealtades.

Envió un mensaje de texto al chofer diciéndole que la recogiera en el aparcamiento.

—Sabes que mi lealtad está ciento por ciento contigo —dijo Mia en tono suave—, pero pienso que el chico se merece una oportunidad.

No tocaron más el tema, se despidieron en la puerta del ascensor. El auto que la recogía la esperaba con las luces encendidas, en cuanto Giana se subió, saludó al chofer.

—Buenas noches, Peter. Llévame a casa.

El hombre llevaba una gorra de lana que le cubría el cabello, seguro para protegerse de las bajas temperaturas.

A Giana no le molestó, aunque iba contra la etiqueta del uniforme que usaban los choferes de su padre, así como tampoco le inquietó el gruñido de respuesta a su saludo.

Observó de nuevo el móvil sin saber si abrir el mensaje que Mathew le había enviado, pero pudieron más el ansia y la curiosidad por saber qué le había escrito que su resentimiento. Abrió el texto.

Cometí un gran error al no escucharte y ahí seguí bajando por la escalera de los errores, no quiero ponerme melodramático, pero pienso que el momento por el que atravesamos tú y yo lo amerita, solo puedo expresarme desde los sentimientos que me inspiras y, a pesar de todo lo ocurrido, de lo molesto que estaba, desde que te conocí has sido mi estrella guía, mi estrella del norte y no quiero vivir sin tu brillo, dame otra oportunidad.

Posdata: apesto en esto de escribir mensajes de amor, pensé en borrar este más de una vez, pero solo quiero que leas cómo me siento.

Al levantar la vista, se dio cuenta de que el conductor no había tomado la dirección para su casa.

—Peter, esta no es la ruta para mi casa.

El hombre frenó, se volteó y Giana se quedó helada al ver el rostro de Ethan, con lentillas oscuras, apuntarla con un arma.

—Haces un puto movimiento con el móvil y estás muerta. —Le indicó con un gesto que le entregara el aparato.

—¡Estás demente! La policía está tras tus talones, ¿y esto es lo que se te ocurre hacer? —preguntó Giana después de la primera impresión.

Le entregó el móvil y rogó por que las autoridades estuvieran detrás de ellos, al fin y al cabo, la agente le había dicho que era cuestión de tiempo detener a Ethan. Ella solo debía mantenerse viva hasta que llegara el momento.

—No puedo dejar que te salgas con la tuya. —Tuvo la osadía de guiñarle el ojo—. A donde vaya, tú también irás, y si me van a echar el guante, pues que sea a lo grande.

El corazón de Giana latía asustado, un sudor frío cubrió su frente. Ethan sabía que no tenía nada que perder y eso lo hacía muy peligroso. Él salió del auto y al abrir la puerta trasera, Giana lanzó una patada que, desafortunadamente, dio al aire.

—Quieta, princesa, date la vuelta, despacio.

—¡No!

Le dio un puño en la cara que la dejó atontada y sin poder creer que el hombre que le había regalado joyas y flores estuviera actuando como una bestia.

Ethan sacó de uno de sus bolsillos dos tiras plásticas, la volteó de mala manera, le aferró las manos a la espalda y luego hizo lo mismo con los pies. Giana ya sentía dormido medio lado de la cara.

—Estás cometiendo un error, déjame ir.

Él soltó un gruñido, la acostó en el piso y volvió al asiento del conductor. Giana, que ya sentía un fuerte dolor de cabeza, dio gracias a Dios porque no la pusiera en la cajuela o le hubiera dado un infarto enseguida, no toleraría la oscuridad y la falta de aire.

—¿A dónde me llevas?

—¡Callate! Si no quieres que te cierre la boca de otro golpe —contestó él manejando a alta velocidad y dando volantazos que la lastimaban.