CAPÍTULO 35 #2
—Me quedaré en Nueva York unos días —le soltó Mathew a Brandon en una llamada a la mañana siguiente, mientras desayunaba en la habitación del hotel donde se hospedaba.
—¿Qué se te perdió en Nueva York? —preguntó Brandon con un tono burlón.
—Se me perdió Giana y he venido a recuperarla.
—Eva y Elizabeth lanzarán cohetes cual cuatro de julio, pero yo te pediría que fueras un poco más cauto y no te precipitaras.
No porque desconfíe de ella, sino porque aún hay cantidad de cosas que resolver entre ustedes y con la empresa.
¿Le dijiste que posees un porcentaje de acciones de Joyas Miccelatti?
—No, aún no.
—Mierda, no quisiera estar en tus zapatos ahora mismo.
—Lo solucionaré, no creo que sea para tanto.
Mathew llevaba meditando sobre cómo darle a Giana la noticia de la adquisición de su puesto en la junta.
No estaba tan seguro como lo aparentó ante su hermano mayor, conociendo a la joven, la noticia no le caería nada bien y más porque su abogado, por orden de él, había votado en contra de algunas de sus ideas innovadoras.
Pero si quería arreglar las cosas, no podía ocultarle por más tiempo que él era el accionista.
Llamó a la oficina de abogados que estaba encargada de ese asunto.
El letrado en cuestión le dijo que esa tarde tenían una reunión de directorio para discutir sobre varios temas y tomar decisiones.
Mathew se dijo que agarraría el toro por los cuernos y se presentaría a esa reunión.
Aprovechó su mañana en dos reuniones con los proveedores que tenían sus oficinas en Manhattan.
Almorzó con Aaron Lobstein, el gemólogo judío que en ese momento residía en Nueva York.
Caminó desde el restaurante hasta las oficinas de Joyas Miccelatti. A pesar de las bajas temperaturas, el cielo estaba azul. Las calles lucían igual de congestionadas que siempre y más porque faltaban pocos días para la Navidad.
Al llegar al edificio, se anunció en la recepción, presentó sus credenciales para estar en la reunión y subió por el ascensor hasta el piso donde lo recibió una joven secretaria que lo llevó hasta la sala de juntas.
El lugar era como el de cualquier otra sala de juntas en las que hubiera estado, amplia mesa de madera oscura rodeada de sillas alrededor y el paisaje de edificios de Nueva York tras los ventanales.
Había tres personas sentadas a la mesa, saludó y se presentó con el nombre del holding comercial donde tenía la mayoría de sus inversiones.
Antes de sentarse a la mesa, se acercó a la ventana para observar el paisaje.
Poco a poco, y en los siguientes cinco minutos, se presentaron los demás. Por último escuchó el taconeo de unos zapatos y supo que Giana había entrado a la sala, con su paso de amazona y sus ojos tormentosos fijos en él.
Sorprendida, Giana caminó hasta Mathew. ¿Quién diablos lo había dejado entrar?
¿Y por qué estaba en la sala de juntas, a donde solo tenían acceso los inversionistas?
A medida que se acercaba, no pudo soslayar que estaba guapísimo, con un pantalón oscuro, zapatos de cuero, camisa blanca y un abrigo negro que le llegaba a la rodilla.
No se había afeitado y el asomo de barba le daba ese aspecto de rufián que tanto le atraía, recordó el beso de la noche anterior y cómo había sido como arcilla en sus manos, estuvo furiosa gran parte de la noche por ello.
Se reprendió por estar pensando esas cosas en vez de cuestionar su presencia en la reunión.
—No puedes estar aquí —fue todo lo que dijo ella tan pronto llegó hasta él.
Mathew carraspeó incómodo y un asomo de culpa nubló su expresión.
—Difiero contigo en esto, bottom blue. Me alegro mucho de verte —dijo sonriendo con dulzura, ajeno a la ira que empezaba a nublar el rostro de Giana—. Estás muy hermosa.
—No te hagas el gracioso, Mathew King, y dime qué diablos estás haciendo aquí —señaló en tono bajo; no quería que los demás escucharan la conversación.
—Compré la mayoría del paquete de acciones que puso a la venta Charlotte Rupert.
Giana reaccionó como si Mathew le hubiera dado una bofetada y él se sintió miserable.
—Dime que es una jodida broma tuya —musitó con los dientes apretados y los ojos que echaban chispas.
Mathew negó con la cabeza.
—Me temo que no.
—Pretendes destruirme.
A pesar del tono de la conversación, la tensión era evidente. Los demás accionistas les destinaban vistazos curiosos.
—Acompáñame —dijo Giana, no iba a perder los estribos frente a la junta.
Mathew caminó detrás de ella con gesto manso, pero por dentro estaba nervioso y a la expectativa. Le explicaría sus intenciones al inicio y luego lo que haría de allí en adelante. Si ella no lo asesinaba antes.
Entraron en una oficina aledaña y Giana quedó apoyada en la puerta.
—Habla —señaló de mal modo.
—En cuanto supe que Rupert había puesto las acciones en venta, mi holding de inversiones se apresuró a comprarlas.
—¿Con qué intenciones? —Apenas podía respirar de la rabia, pero no quería demostrarle cuánto la afectaba esa treta sucia. De Ethan esperaba cualquier cosa, pero de Mathew no.
—Las peores, te soy sincero —dijo con mortificación—. Estaba furioso y el tener algo de poder dentro de tu empresa era mi revancha por lo ocurrido.
—Has puesto obstáculos a cada idea de expansión que he tenido. ¿Quieres mi empresa? Porque ahora es un jodido mal negocio —soltó, decepcionada.
Caminó por la oficina hasta que se situó frente a la ventana dándole la espalda.
—Así sea mal negocio, tú amas tu empresa y eso era suficiente para mí. —Se acercó hasta quedar a su lado.
—¿Cuáles son tus intenciones ahora? —preguntó sin mirarlo.
—Mírame, Giana. —Ella no le hizo caso—. ¡Joder, mírame!—¿Qué quieres de mí, Mathew? —le preguntó fastidiada.—Estar juntos. ¿Tanto te cuesta creerlo?
—En este punto sí.
Giana se quedó pensando en todas las noches que no pudo dormir y que amaneció llorando por él.
Con el corazón fragmentado había intentado seguir con su vida, y la avalancha de problemas se lo había permitido, pero fue difícil saber que ella ya no tendría un futuro con él.
Y ahora lo de las acciones, era lo último que faltaba para terminar de romper su corazón.
Su resentimiento le impedía ver más allá de lo que Mathew le ofrecía.
Él le acarició el brazo y ella se alejó como si hubiera recibido una descarga.
—Te cederé las acciones.
—No quiero tu limosna, te las compraré.
—Has lo que quieras con ellas, son tuyas desde este momento.
Giana lo miró como si estuviera como una cabra.
—No tengo el dinero para comprarlas.
—No te estoy pidiendo nada, te lo repito, haz con ellas lo que quieras.
Giana negó con la cabeza varias veces.
—Es mucho dinero. Estaría loca si lo hago.
—¿Sabes? —dijo mirándola a los ojos. Hizo una pausa para elegir bien las palabras—. Se me acaba de ocurrir que fue una jodida buena idea el comprar esas acciones, ya no me opondré a tus decisiones.
Giana soltó una carcajada irónica.
—¿Ahora debo darte las gracias?
—¡No! Pero piensa por un momento, si esas acciones hubieran caído en manos equivocadas, tu negocio sí tendría problemas.
—¡Cayeron en manos equivocadas! No te quepa duda.
Mathew sacó un sobre de su bolsillo.
—Este es un poder, solo falta tu firma, tienes derecho a opinar lo que quieras con mi número de acciones apoyándote, si quieres poner una sede en la jodida luna, lo apoyo, ¿está claro?
Giana tomó el sobre, no tenía sentido seguirse negando, además, necesitaba de esas acciones.
—No te quiero sentado en esa mesa.
Mathew alzó los brazos.
—Está bien.
Giana se dirigió a la puerta. Se volteó enseguida.
—¿Por qué tengo la sensación de que tu regalo es un obsequio envenenado?
—El tiempo lo dirá, bottom blue.