HERMANOS KING CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Mathew creyó que Giana no lo dejaría subir, pero no importaba, si eso ocurría se plantaría allí hasta que ella saliera, así tuviera que pasar la noche entera en el lugar.

Cuando escuchó al portero indicarle que podía seguir, respiró un poco más tranquilo.

Mientras subía en el ascensor, meditó en la mejor forma de abordarla y, por segunda vez en su vida, se encontró desconcertado; quería abrazarla tan pronto la viera, perderse en su olor y en su piel, pero no sería bien recibido.

Ella era una mujer orgullosa y aún había muchas cosas que aclarar, él aún estaba molesto y, además, la había maltratado, la había arrojado de su vida sin escucharla.

Recordó lo hablado con Dylan y su corazón se llenó de calidez al recordar las palabras del hombre: ella había ido a tratar de exculparlo, de buscar pruebas contra Ethan, y él no se había abierto a ella.

Ambos trabajaban por el mismo objetivo, si hubieran unido fuerzas estaba seguro de que no estarían en esa situación tan lamentable.

De pronto, todo su disgusto de meses pasados le pareció inoficioso, solo un terrible error de comunicación.

Necesitaba escucharla hablar de Ethan y la horrible escena del restaurante, las dudas empezaban a difuminarse y él lo único que deseaba era estar a su lado.

Con los sentimientos alborotados, llegó hasta el piso del departamento de Giana.

Ella, con la furia de Dios en su rostro, lo esperaba con la puerta abierta.

—Espero que sea importante lo que tengas que decir, no voy a tolerar un reproche más. Si vienes a eso puedes devolverte por donde llegaste.

Mathew se sintió avergonzado por su comportamiento de la tarde, ella hizo un gesto invitándolo a seguir.

Él respiró profundo y los pensamientos ardientes que lo asaltaron en el elevador volvieron con más fuerza al verla vestida con un sencillo conjunto de dormir de pantalón largo y suéter de franela de color azul oscuro.

El cabello lo llevaba suelto y el maldito aroma cítrico revoloteaba en el aire burlándose de él. Carraspeó para aclarar la garganta.

—Necesito que hablemos.

Paseó por la habitación decorada con gusto y recordó el fin de semana que habían pasado en el departamento. “Céntrate”, se dijo molesto. Ella lo observaba desde un extremo de la sala con los brazos cruzados.

—Habla.

Carraspeó otra vez.

—Giana, sé que mi proceder ha sido irracional, sé que ni siquiera te he dado el beneficio de la duda...

Ella lo interrumpió enseguida con unas ganas inmensas de darle un empellón, pero no le daría el gusto de verla descompuesta. Recurrió a su orgullo para tranquilizarse, aunque no le sirvió de mucho.

—No, tú ni siquiera has querido escucharme —contestó con tinte irónico.

—Quiero escucharte ahora, por favor, hablemos —dijo mirándola fijamente por la emoción.

Ella negó con la cabeza y soltó una sonrisa baja y torturada.

—Ya no importa, Mathew, déjalo. Viniste a hablarme de Dylan Barrett, no sé por qué diablos, hazlo y déjame en paz.

Mathew se le acercó con paso suave y se detuvo en cuanto ella retrocedió unos pasos.

—¿Sabes lo que sentí al saber que te ibas a comprometer con ese hijo de puta?

—preguntó ignorando el tema de Barrett. Ella permaneció en silencio—.

Hacía apenas unos días habíamos hecho el amor, me habías dicho que me amabas, luego descubrimos el origen de los artículos y crecían nuestras certezas respecto al derrumbe, todo te culpaba…

Ella lo miró con ojos brillantes de ira y los puños apretados.

—¡De lo único que me declaro culpable fue de proteger a mi padre!

Ethan me amenazó, yo iba a hablar contigo, pero apareciste en ese lugar y sí, reconozco que se veía muy mal, pero pudiste escucharme, yo nunca hubiera vuelto con él, lo odiaba, pero tú diste el veredicto.

Así que volvamos a lo que te trajo aquí en primer lugar.

—¿Cómo diablos iba a saberlo? —preguntó—. ¿Por qué lo hiciste, entonces? ¿Por qué no confiaste en mí?

—¡Porque nunca me creerías! Necesitaba explicártelo con pruebas e iba a hacerlo. Si hubieras confiado en mí un poco, lo hubieras entendido.

Mathew la escuchaba con la mandíbula apretada.

—¿Cómo carajo iba a entender que te comprometieras con otro? —se aferró el cabello con rabia y se alejó de ella—. ¡Habíamos estado juntos! ¡Maldita sea, eres mía! —exclamó acercándose nuevamente y aferrándole los brazos con rabia.

Ella se soltó con firmeza y negó con la cabeza varias veces.

—¡No soy tuya! —bajó el tono de voz—. Ya no. Sé que cometí errores, debí confiar en ti, pero eras quien eras y no sabía cómo ibas a reaccionar, no tienes idea de todo por lo que he tenido que pasar. No todos tenemos familias leales y perfectas como la tuya.

Mathew soltó una carcajada irónica.

—Mi familia está lejos de ser perfecta.

Ella sintió las lágrimas agolparse en sus ojos, pero las contuvo; no iba a llorar frente a Mathew King.

—No tienes idea lo que me mataba no poder contarte mis preocupaciones y los resultados de mis pesquisas.

Mathew se acercó a su mochila y sacó de uno de los bolsillos el sobre de manila, que le entregó. Le contó la conversación que había tenido con el ingeniero.

—Aquí están las pruebas de que Colton movió los hilos para jodernos y joderle la vida a un poco de gente. —Giana leyó las primeras páginas del escrito con avidez—. Barrett me dijo que viajaste a Sarabi para buscar pruebas que me absolvieran.

Ella levantó la mirada.

—Así es, lo hice por ti —Giana volvió a dejar el documento dentro del sobre de manila—, porque vi lo importante que era para ti, y también porque necesitaba encontrar alguna prueba de que mi padre no estuviera implicado. Le entregaré esto a la agente que lleva el caso de Ethan.

Mathew se acercó de nuevo y le acarició el brazo. Ella se separó enseguida.

—Espero que nunca tengas que volver a pasar por algo así, botton blue.

A Giana se le aguó la mirada.

—No me vuelvas a llamar así.

—Eres mi bottom blue —dijo mirándola con ternura. La culpa lo atenazaba, la desconfianza lo había hecho el hombre que era, si quería un nuevo comienzo con Giana, que lo quería, tenía que demostrarle que ellos estaban hechos para estar juntos.

Ella negó con vehemencia.

—No tuvimos tiempo de conocernos, Mathew, en eso tienes razón, ya déjalo.

—¡Estaba furioso y resentido! Y celoso, putamente celoso, y sí, llegamos a conocernos, muy bien, porque tú eres la única mujer que ha atravesado mis barreras y tocado mi jodida alma.

La arrinconó con firmeza contra la pared.

—No te atrevas… —advirtió ella vulnerable al ver el fuego en sus ojos y las intenciones en su gesto—. Eso no es conocer a una persona. Todo fue algo superficial, un enamoramiento como muchos otros.

Mathew le devolvió un gesto frustrado.

—No, es algo más que eso —inhaló profundo meditando muy bien lo que iba a decir—.

Me cuesta mucho confiar en las personas, solo confío en mis hermanos, y cuando todo esto me cayó de golpe, me recriminé por haberte dado mi confianza.

Siempre me defraudan, Giana, de una u otra forma siempre ocurre, por un momento pensé que contigo podía ser diferente.

—Era diferente —dijo con voz entrecortada—, y era cierto, pero nos separan muchas cosas. Nuestros respectivos negocios y todo lo que ha pasado.

—¡No!

Él agachó la cabeza y se pegó a ella. Estaba seguro de que Giana le daría un empujón y lo tendría merecido, pero por alguna extraña razón, ella no lo hizo.

En cambio, percibió que su cuerpo se escalofriaba y ese fue todo el aliento que Mathew necesitó para perderse en su boca.

Volver a sentir sus labios mullidos y suaves casi le hizo doblar las rodillas, el sentirla así, entregada y deseosa, era la mejor sensación del mundo.

Se apoderó de su boca y de su gesto, sin darle tregua ni siquiera para respirar.

Su lengua furtiva recorrió la cavidad, húmeda y con sabor a crema dental, reconoció todo a su paso y profundizó más el beso.

El corazón le latía furioso, las manos recorrían su espalda.

Ella le acarició el cuello. Mathew decidió darle algo de espacio, entonces ella inhaló por aire, estaba sonrosada y se negó a mirarlo a los ojos.

Él aferró su barbilla obligándola a mirarlo.

—Te echo de menos y sé que tú también. —Le acarició el rostro—. Vamos, hablemos, arreglémoslo.

Giana despertó de la nube sensual en que la tenía envuelta Mathew King. Estaba enfadada consigo misma por caer de una manera tan deplorable. Se alejó, él trató de aferrarla de nuevo.

—No digas que me extrañas después de la forma en que me trataste esta tarde.

Mathew la miró arrepentido.

—Lo siento, lo siento. Dime qué quieres que haga para que te sientes a hablar conmigo. ¿Quieres que te pida perdón? Lo hago, perdóname, soy un cabrón completo, pero soy tuyo. Te traté así esta tarde porque no he podido superarte, no dejo de pensar en ti.

—Ahora soy yo la que no te cree nada. No sé cuáles son tus verdaderas intenciones o si deseas jugar conmigo. En la tarde me mirabas como si fuera un jodido purgante.

—Lo siento —murmuró de nuevo Mathew contra el cabello de Giana—. Te quiero.

Ella cerró los ojos dolida, así lo echara de menos, no estaba dispuesta a claudicar. Se zafó de su agarre.

—No más, Mathew. ¿Qué te hace pensar que puedes venir aquí y decirme lo que sientes? El Mathew de esta tarde es el real, este es una jodida mentira.

—Sabes que no miento y que siempre te diré lo que pienso, creo que esa era una de las cosas que te atraían de mí.

Mathew decidió dejarla en paz. No lo había echado a patadas como se merecía, pero que ni pensara por un momento que él iba a claudicar.

—Está bien, cena conmigo mañana, te recojo en tu oficina.

—Estoy ocupada.

Él sonrió.

—Sabes que no voy a desistir. Te daré tabarra hasta que lo arreglemos.

Ella negó con la cabeza.

—Suerte con eso.

Mathew abrió la puerta.

—Que tengas dulces sueños, bottom blue.