CAPÍTULO 34 #2
Pidió otra copa, y no porque necesitara el embotamiento del alcohol, lo mal que se sentía no lo aplacaría todo el licor del mundo.
Necesitaba hablar con alguno de sus hermanos, pero estaba seguro de que le dirían lo que él ya sabía, que se había precipitado en sus apreciaciones.
Además, el hecho de que hubiera investigado para ayudarlo no la libraba de lo que había visto en ese maldito restaurante, después de lo vivido por ellos.
“¡Basta!”, se dijo a sí mismo, “lo estás haciendo otra vez, otra vez la maldita desconfianza haciendo de las suyas”.
Pidió la cuenta, mientras su mente trabajaba sin tregua, le daba mucho miedo confiar.
La confianza era como arrojar su corazón al vacío sin una red que lo contuviera, solo con la creencia de que abajo estaría alguien para atraparlo.
Era difícil entregar su corazón a otra persona, como si ese órgano fuera de fino cristal y Giana lo tuviera haciendo maromas entre sus manos, así sería su vida si él le daba una nueva oportunidad.
¿Podría confiar en que ella lo cuidara? ¿Lo atesorara?
Se levantó de la silla, necesitaba caminar, la incertidumbre le impedía permanecer en un solo lugar.
Observó su reloj: las ocho de la noche, no era tan tarde, aún había gente observando las vitrinas decoradas para la Navidad.
Lo que sentía era algo muy diferente al desengaño, la ira podía manejarla, el resentimiento también, eran combustibles que lo hacían actuar; en cambio, esta nueva sensación era como si una lima estuviera lijando su ya lacerado corazón.
A medida que sus pasos se comían las calles, lo acosaban demasiadas conjeturas descabelladas, preguntas sin respuesta.
Mathew podría dejar las cosas así, no volver a hablar con ella, es más, estaba seguro de que después de su comportamiento de la tarde, Giana lo consideraría persona no grata.
Ambos superarían su historia, estaba seguro, tal vez no ahora o en unos meses, pero lo harían, ambos eran de fuerte temple, estarían bien. El problema era que él no quería.
Quiso volver a la oficina a trabajar, tenía un lote de piedras que examinar, bien podía pasar la noche haciéndolo, eso era él, un reputado gemólogo.
Se imaginó una bandeja tras otra, minerales esperando su beneplácito o ser rechazados por alguna imperfección, esa sería su vida, apilar y apilar piedras.
¿Y qué pasaría después? ¿Qué palabras pronunciarían las piedras, qué harían, qué sentirían?
Esos costosos trozos de mineral no valdrían nada en una noche invernal en la que solo el fuego de una chimenea y otro ser humano podrían darle calor.
Tomó el móvil y llamó a Tony, el hombre contestó al segundo timbrazo.
—¿En qué hotel se hospeda?
—Ella volvió hace un par de horas a Nueva York.
Interrumpió la llamada sin despedirse. Observó de nuevo la hora, si se apuraba, alcanzaría el vuelo de las diez y media.
Volvió a su departamento, tomó una mochila con un par de mudas y salió camino al aeropuerto.
No se cuestionó lo precipitado de su decisión, porque si las dudas, que las tenía, se apoderaban del timón, no saldría de la ciudad ni tampoco iría a buscarla.
Llegó a Nueva York pasadas la once y media de la noche y se dirigió enseguida al domicilio de Giana. Después se instalaría en un hotel.
El viaje a Chicago había sido un desperdicio de tiempo, se dijo Giana mientras se lavaba los dientes y se quitaba el maquillaje.
La conducta de Mathew era irracional y daba de bruces con sus planes de trasladar la empresa; le haría las cosas muy difíciles si le iba a cerrar el paso a cada oportunidad.
Recordó el encuentro paso a paso. Fue inevitable, por más molesta que estuviera con él, pudo respirar un poco más profundo en cuanto lo tuvo frente a ella; verlo fue placentero, lo notó un poco más pálido y las ojeras circundaban sus ojos, fue muy duro no poder acercarse, tocarlo y abrazarlo.
Se dijo que estaba siendo una tonta, Mathew la había atacado de frente en las dos oportunidades que había querido hablar con él, de manera terca y obstinada se negaba a escucharla y mucho menos a creer en ella.
Él pensaba que ella era de la misma calaña de Ethan Colton. ¡Que se jodiera!
Abrió el ordenador dispuesta a trabajar un rato, pues el sueño estaba ausente.
Analizó de nuevo la situación de la empresa: para permanecer en Nueva York, tendría que renunciar por el momento a abrir la tienda en Houston.
El proyecto estaba paralizado, había invertido una cantidad de dinero respetable, luego le dolía no poder sacarlo adelante, pero el bien común primaba sobre el individual y no podía arriesgar el bienestar de la empresa en general por una sucursal que ni siquiera había inaugurado.
Escuchó el sonido del citófono. Se asustó enseguida y tomó el móvil dispuesta a llamar a la agente Thompson si era Ethan.
El portero le avisó que el señor Mathew King estaba en la recepción pidiendo verla.
Por un momento quedó paralizada y olvidó para qué servían los pulmones, pero una rabia burbujeante y espesa recorrió sus venas, haciéndole olvidar lo meditado segundos atrás.
Le pidió al empleado que le pasara a Mathew el aparato.
—¿Qué quieres? —preguntó altanera.
—Hablar contigo.
—Habla —ordenó ella sin importarle la hora y el motivo por el que Mathew se había desplazado a Nueva York.
—Me gustaría que me invitaras a pasar.
—No tengo ganas, acabo de llegar de viaje y si es para escuchar más insultos, paso.
Mathew bajó el tono de voz.
—La recepción de este lugar es algo fría, se me están congelando las pelotas, Giana, necesito hablar contigo, tengo noticias de Dylan Barrett.